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El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

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El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Miér Dic 13, 2017 4:30 pm

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maquetación de portada:
ilustración portada: Rosa Buk, argentina, extraordinaria poeta 
con cuya amistad me honró y su recuerdo permanecerá en mí hasta mi último día.
conviven en la portada: Max Ernst y De Chirico


EL JURAMENTO DE DON ANTONIO PIÑEIRO
 
 
 
 
 
 
 
 
 
C. S. RAMOS    
   
 
 
 
 
 
A MODO DE BIOGRAFÍA
 
C.S. Ramos, nacido en Barcelona, cuenta, que su infancia fue vivida en un contexto de post guerra. Joyero de oficio, pintor y escritor por vocación.
Diplomado en Dirección Comercial y Estudios de Mercado, gusta del arte en todas sus manifestaciones, la filosofía, lo abstracto, y todo lo que entraña sensibilidad y espiritualismo. Su rasgo más notable es la idea de competitividad que mantiene hasta consigo mismo.
Buen pintor de paisajes, desde siempre y poeta. Pertenece al movimiento poético “El Cerro de la Fuente” y ha sido publicado en diversas antologías, como “EL CERRO DE LOS VERSOS.”Antología poética de relevancia.
                                                                                    
Encuentro de Poetas y Pintores de Rincón Literario en la Casa del Cerro de la Fuente. Ediciones Atenas 2004.
Al leerlo, reconocemos en muchos de sus poemas ecos de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Bécquer y algún que otro verso de claro tono modernista. Sus poemas siguen una línea neo popularista y destacan por su madurez y su calidad  plástica. Como diría Antonio Oliver: “el arte es modernidad más tradición”, y esa es la condición esencial de este hombre, discreto y humilde, comprometido con su tiempo que es C. S. Ramos.
Hoy edita su primera novela, alentado por quienes le reconocen más mérito del que él mismo se otorga.
 
 
PALABRAS PARA UNA NOVELA o UN RELATO
 
 
En la creación literaria fluyen impetuosos, sentimientos y fantasía; y así brillan con luz propia, hasta construir su extrínseca realidad, dándole a la idea ese bagaje indescriptible que le otorgan agentes gramaticales y sintácticos para conseguir la unidad de la frase y del relato. Abrir esas compuertas es el trabajo inapelable de su autor. Darle vida propia a los personajes, inventarlos, identificarse con su comportamiento y resolver el problema de la escena, constituye la tarea.
 
El autor, se involucra con el personaje, lo pronuncia, se convierte en el paradero ignorado y desconocido de sus vivencias, y hace de la sugerencia su campo de batalla, siempre inmerso en la logística de la sorpresa. Luego, los personajes nos conducen a lo largo de la historia que generan, hacia lugares, entrañables en ocasiones, e ignotos en otras...
 
Dejarme llevar por los sueños, e ir desarrollando la trama, y conseguir una ficción verosímil, será la perceptiva poética de la narración y la novela. Armonizar presente y pasado, como un péndulo, en las sucesorias aguas de la memoria y del olvido, es encontrar la unidad del punto de suspensión entre la experiencia del tiempo, el pasado y el presente, hasta intuir el futuro.
 
A esa pregunta, indivisible al paso de las horas, responde la creación literaria, el deleite del relato y el lirismo con que la prosa se adorna
de su halo poético, entre la esperanza y la nostalgia, el amor y el desamor. Las reglas de este juego complejo, urdido por sus personajes, ambientes y situaciones, han sido tratadas a lo largo del tiempo con maestría, desde Azorín a Unamuno ó más recientemente por Delibes, García Márquez, Tolkin, José Luis Sanpedro o Ken Follet, sólo por citar algunos.
 
En este orden de cosas se nos presenta la novela de C.S. Ramos, con "El juramento de Don Antonio Piñeiro", alejándose de modas y teniendo como cauce único, la búsqueda de la prosa bien escrita y ese instinto básico con el que reviste a sus personajes, llenos de sentimientos, adentrándose hasta los cautivadores laberintos del alma, por encima de cualquier existencia doctrinal, nadando incluso, contra la corriente misma de modas e improperios, hasta el cauce de las aguas claras del manantial en el que se suscribe la historia que relata.
 
"El juramento de Don Antonio Piñeiro" tiene la seguridad y la firmeza de una escritura, rica, convincente y bien modulada, pero sobre todo, seguridad de enfoque, al mirar con ojos diferentes la propia realidad que circunscribe su historia. C. S. Ramos, ha sido capaz de aliar en su novela, lo inesperado con lo risueño; lo absurdo con lo metafísico; el gozo de fabular con la potestad de inquietar.
En un tirón de apenas ciento cincuenta páginas con una estructura nítida basada en la relación de dos personajes: El tío Andrés y Carmiña. Ambos se buscan, y se necesitan. Por encima de ellos, la figura sombría de Don Antonio Piñeiro. Pequeñas alusiones que pertenecen al rio  de la adolescencia, y esa fértil tierra de Galicia, van pautando el paso del tiempo como mero telón de fondo. Porque lo que verdaderamente importa en esta novela, no es la trama, sino ese mensaje categórico que C.S.Ramos, quiere imponer a su novela, con una frase lapidaria que cierra el telón: "Hay misterios insondables para el hombre que no le son permitidos
descubrir. Si acaso, sólo la muerte podrá desvelarlos".El deslumbrado y su alucinante final, constituye un material doblemente fabuloso por lo inédito y lo consabido, que asegura un festín delirante para el lector.
 
Siempre, una novela o un relato es un parto, y en esta ocasión, acaba con el gozo que toda claridad otorga.
 
José María Pinilla
Editor
 
 
 
 
  
A mi tío:
"Nunca niegues
si no sabes,
ni afirmessi lo ignoras"


_______.________



CAPÍTULO  1
 
  Llovía con fuerza y los limpiaparabrisas no conseguían despejar ni la mitad del agua que se estrellaba contra el cristal. Hacía días que una lluvia persistente anegaba los campos en toda Galicia, los arroyos alimentaban el caudal de los ríos amenazando desbordarse y algunas carreteras se habían cerrado al tráfico por desprendimientos. El peligro que suponía la poca visibilidad obligaba a una conducción lenta y en esas condiciones se apreciaba mejor el confort del coche.
- Tío, prometiste relatarnos la aventura de tu primer viaje a Galicia ¿recuerdas?
   Dijo el más joven de los dos sobrinos que viajaban con Andrés.
- Por supuesto y aunque nunca me ha gustado hablar sobre ella os la contaré. Este paisaje, la lluvia, el entorno en sí, me la recuerda como vivida ayer. Igual que si el tiempo no hubiera transcurrido.
  Viajaba desde Lisboa a donde había ido por asuntos de negocio para la empresa en la que prestaba sus servicios, y en Oporto, recogió a sus sobrinos.
-Si tenéis un poco de paciencia podréis conocer una historia que, os aseguro, fue tan real como que habremos de proseguir el viaje en barca si sigue lloviendo así. Ocurrió en una determinada época de mi vida y por fortuna  hoy puedo contarla.          
Fue durante un verano allá por los años cincuenta. Entonces yo era un joven fuerte y bien parecido, con alguna que otra pretensión dada la buena disposición que encontraba entre las muchachas de mi edad para dejarse acompañar fueran de la clase social que fueren. La juventud y una complexión fuerte de la que siempre hacía gala, me incitaba a presumir y ser atrevido. Pensaba que nada ni nadie podrían amedrentarme. No sentía ningún temor aún hallándome en situaciones en las que otras personas se intimidaban, pero... lo cierto era que nunca había pasado por una experiencia realmente comprometida para comprobar el valor y serenidad que yo me suponía. Hay que vivir un suceso como el de aquel verano para saber hasta que punto el hombre es capaz de controlar sus reacciones, conocer su presumida valentía o, hasta dónde el miedo puede paralizar todos los músculos del cuerpo en situaciones tan críticas que sienta la muerte pisándole los talones.
  Me hallaba en esa época en un pueblecito, una aldea perdida entre las montañas de la provincia de Pontevedra y del que pasaremos bastante cerca según nos acerquemos a Santiago.
En aquel lugar las gentes vivían muy aisladas del resto de la población y por entonces las comunicaciones eran muy escasas. No existía la televisión, a las casas de las zonas rurales no llegaba la energía eléctrica y por tanto, no se disponía de aparato de radio, tampoco de transistor porque aún no se habían inventado. Cosas difíciles de imaginar por vosotros.
- ¡Ja! ¡ja! ¡ja! -rieron los dos muchachos- ¿No será de cuando los celtas llegaron a Galicia?
- Sigo. Los teléfonos parecían elementos del futuro, dando a esta expresión el mínimo índice de exageración. En esa aldea no habitaban más allá de ocho o diez familias que vivían, además, apartadas unas de otras. Entre ellas había huertos, un bosquecillo, un pequeño barranco o campos de sembrados.
  Invitado por tío Pepe -al que no llegasteis a conocer- tenía la intención de pasar una larga temporada en esa región que me encantaba. Proliferaba la caza y muy cerca se encontraba un hermoso río, entonces de aguas cristalinas, en el que abundaba la trucha y el salmón.
  La casa de mi tío era una de las más alejadas del pequeño núcleo compuesto por una tienda de comestibles donde vendían desde tejidos a cualquier apero de labranza y pienso para el ganado. Un aserradero y dos casitas más que destacaban de las otras por sus dos plantas de altura.
  La nuestra -la de mi tío- estaba a medio terminar o a medio empezar, según se mire  puesto que faltaba gran parte del suelo del primer piso. En la segunda planta no había puertas ni ventanas y solo una escalera de  madera sin pasamanos conducía a la planta superior; faltaban tabiques para la distribución y estaba por construir el baño y la cocina. No obstante, yo la prefería a vivir en las habitaciones que tío Pepe tenía alquiladas en una de esas casas de doble planta que antes comenté. Sentía la impresión de ser un trampero, un cazador de osos que debía valerse recurriendo sólo a lo que la naturaleza le brinda.  
- Siempre te ha gustado la montaña y la vida al aire libre ¿verdad, tío Andrés?
- No interrumpas, Quique – protestó su hermano que empezaba a interesarse.
- Escuchad, mi tío era el delegado comercial de una funeraria que atendía el servicio en toda la comarca y en los bajos de la casa se apilaban los productos afines a su actividad; una exposición de ataúdes, cirios y todos los ornamentos requeridos para un sepelio. En aquellos años estaba muy difundido contratar en vida este tipo de servicio mediante cuotas más o menos importantes, según la suntuosidad que se solicitaba. Esto obligaba a que tío Pepe viajara constantemente.
Entre los ataúdes destacaba uno especialmente lujoso, forrado su interior con láminas de plomo y diseñado para ser herméticamente cerrado y sellado con soldadura evitando la putrefacción del cadáver; sobre la madera noble, incrustaciones de plata y el crucifijo de oro prestaban a la caja mortuoria un relieve majestuoso. Era en verdad una obra de arte; una joya.
   Fue un encargo de don Antonio Piñeiro, un hombre sumamente avaro conocido en toda la comarca como prestamista y por la fortuna que había amasado con su avaricia y usura, mientras mantenía para él y los suyos una vida mísera. Los parientes que vivían con él, lejos de representarle una carga económica, estaban obligados a aportar hasta la última peseta que ganaban con su trabajo. Eran: dos sobrinos que contaban quince y veinte años, una hermana viuda - madre de los muchachos - y una joven sirvienta  que suponían hijastra de don Antonio.
  Nadie sabía dónde guardaba su dinero. Sólo se le conocía alguna que otra pequeña finca y dos casas que tenía alquiladas más la que ellos habitaban. Poca cosa para los muchos intereses que cobraba por sus préstamos que sólo concedía si la garantía eran joyas u objetos de valor diez veces mayor que el crédito concedido. El caso era que en veinticuatro horas disponía de cualquier efectivo que precisara como prestamista.
  En el ataúd que se hizo construir había un doble fondo que nunca tuve ocasión de ver pero que, según mi tío, era prácticamente una pequeña caja fuerte cerrada mediante una combinación de números que, claro está, sólo él conocía.
  Don Antonio pidió que se le permitiese obrar un pequeño sótano en las dependencias de la funeraria, o sea, donde se almacenaban las cajas mortuorias.
Era lógico que quisiera tener bajo llave un féretro de tanto precio. A cambio le contrató el más rico y fastuoso entierro que podía ofrecerle, además de pagarle un alquiler razonable por el sótano que ocupaba la cuarta parte de la estancia y cerraba mediante una trampilla de acero que también aseguró con cerraduras, cerrojos y candados. A menudo nos visitaba, bajaba al pequeño compartimiento y permanecía en él hasta que el aire se hacía irrespirable.
  Era talmente una pequeña fosa iluminada con velas porque como os dije antes aún no se había instalado la luz eléctrica. Según pretextaba, ese lugar lo usaba de refugio espiritual donde convivía con los recuerdos de una vida tormentosa, leyendo y releyendo las cartas de amor guardadas en el doble fondo del ataúd. Recuerdos de un amor que fuera imposible en su juventud, proyectos y palabras que quería llevarse consigo allá donde viajara su alma tras su muerte. Las habladurías de las gentes murmuraban ciento y una historias distintas y contradictorias que no le favorecían. Incluso en más de una boca se escuchó si tendría que ver con la muerte de una joven mujer acaecida veinte años atrás, quizá es amor que le atormentaba.
  En ausencia de mi tío, yo atendía cualquier encargo que pudiera surgir con relación a su actividad. Mi trabajo era muy simple; consistía únicamente en mostrar los ataúdes, rellenar unos pocos papeles y, una vez tomada la decisión por los parientes del finado, trasladarme en bicicleta a Santiago donde se encontraba la sede central para que llevasen a cabo el funeral.
  Como la población era muy poca y dispersa, los encargos de la zona que atendíamos eran contados, por lo que podía dedicar casi todo el tiempo a mis aficiones preferidas, incluso en ausencia de mi tío.
  Un día, nos visitó don Antonio para tratar un tema sobre el cual deseaba estuviera yo presente. Preparé un zumo de limón que serví con trocitos de hielo  en la entrada de la casa, donde una frondosa parra daba sombra al porche. Sombra que agradecíamos pues el verano estaba en su apogeo y el calor era sofocante. Nos sentamos cómodamente en unas sillas alrededor de una mesita de jardín dispuestos a escuchar lo que don Antonio quería decirnos.
- Don José, ante todo le doy las gracias por este zumo, tan refrescante que uno recobra el resuello. Si se pueden permitir estas gratificaciones la vida es más deseada, no hay duda. Yo... no puedo comprar un cuarto de hielo todos los días, amigo mío.
  Por entonces, aún se vendía el hielo en las bodegas. En barras cuadradas de un palmo de sección y un metro de largo por lo general. La gente compraba un cuarto o medio cuarto, según la capacidad del armario, al que se llamaba nevera por el hecho de cerrar herméticamente y conservar el frío un día completo. Al abrir la puerta debía irse con ligereza en meter o sacar los alimentos a fin de que no se fundiese el hielo antes de reponerlo.
- Don Antonio, por favor, no diga - respondió mi tío - usted bien puede procurarse esta pequeña satisfacción.
- Habladurías de la gente don. José, yo tengo una familia a la que he de mantener, poca salud y muchos gastos. Las cosechas son malas, los que me deben no me pagan y mis medios no dan para tanto. Miseria don José, miseria. Precisamente sobre este particular he venido a tratar hoy.
- Pues hable con plena libertad Sr. Piñeiro que está en su casa -le animó mi tío.
  Don Antonio se acomodó en la silla, tomó un sorbo largo de refresco y dijo:
 - Usted sabe que para mi sepelio está todo dispuesto. Como es poco el tiempo que me resta de estar en esta vida, he querido preparar con antelación el largo viaje que me espera. La cripta está terminada desde hace meses y pagado lo mucho que me ha costado, sólo queda pendiente liquidar los servicios de la funeraria, pero me está resultando muy caro don José, me cobran ustedes más dinero de lo que vale. Entre unos y otros quieren llevarme a la ruina, abusan de un pobre viejo enfermo que apenas si tiene para comer.
  Nos armamos de paciencia dejando que expresara todas sus plañideras quejas porque sabíamos que esta era su habitual forma de expresarse. Al fin, pasó a lo que realmente quería proponer a mi tío.
- Yo he pensado, ya que usted está interesado en la finquita que linda con las dos suyas, que podríamos llegar a un acuerdo conveniente para ambos, porque dinero para estos menesteres no tengo, don José, y antes de vender a otros que también la quieren comprar, se la ofrezco, de manera que si le interesa, dígame si está dispuesto a pagar lo que me ofrecen por ella.
- Don Antonio, como es lógico eso depende de lo que usted pida. Aunque reconociendo estar algo interesado, este no es quizá mi mejor momento económico porque...
  Y así, continuaron tratando por espacio de dos horas hasta que por fin llegaron a un acuerdo y quedaron para reunirse con el notario tres días después. En realidad, lo que pretendía don Antonio Piñeiro, era hacer su último negocio con el mayor beneficio, liquidando el pago restante a la funeraria sin sacar de su bolsillo una peseta más. Por otra parte, le urgía ultimar el trato y liquidar todos sus asuntos pendientes, porque según nos dijo en repetidas ocasiones, su salud no era buena y además, estaba advertido por sus premoniciones de que debía abandonar su cuerpo en un plazo muy breve.
- ¡Jo, tío. Estaba como una chota el avaro aquel!
- Quique, no interrumpas – se quejó su hermano.
 - Ciertamente era un hombre muy extraño. Creía fanáticamente que la muerte era un puro trámite para reencarnar en otro cuerpo, debiendo esperar en otra dimensión la oportunidad de ocuparlo en el momento y lugar que se le destinase. Decía también, que la espera podía ser un instante o varios siglos, dependiendo del bagaje espiritual que cada uno pudiera presentar en su juicio celestial, aunque el valor del tiempo no era el mismo para ambos lados de la frontera.
  Cuando se despedía, volvió a insistir después de mil recomendaciones sobre su sepelio.
- Don José, ya sabe usted como quiero se lleve a cabo todo lo encomendado, que buen dinero me está costando.
- Si, señor Piñeiro, no debe preocuparse, sabe que el Sr. notario dará Fe y observará el fiel cumplimiento de todas sus disposiciones.
  Don Antonio siguió diciendo como si no hubiera oído las últimas palabras de mi tío.
-A usted y a su sobrino más que a nadie les hago responsables de que todo se ajuste a lo convenido y pagado. Es mi última voluntad. Hará sellar el ataúd y la puerta de la cripta ante el señor notario una vez mi cuerpo sea depositado en su interior y deben cuidar de que nadie más que ustedes y los empleados asistan a este acto. Recuerde don José -terminó diciendo como en broma pero con un brillo especial en sus ojos que a mí me incomodó- ¡soy capaz de volver del otro mundo para pedir responsabilidades!
- Descuide don Antonio, descuide, que no tendrá por qué. Su cuerpo descansará tranquilo en su panteón y su alma allí donde se encuentre. Vaya usted tranquilo, se lo garantizo.
- ¡Confío en ello!
  Y se marchó. Mientras, tío Pepe y yo nos quedamos comentando sobre todo lo que se había hablado, las ideas tan originales de aquel personaje, su avaricia extrema y sobre la incógnita de quién o quiénes heredarían su fortuna.
Andrés detuvo el relato para decir a sus sobrinos.
-Chicos, si os apetece un buen café con leche calentito ahí tenemos una posada.
- Buena idea, tío. Pero continuarás después ¿verdad?
- Desde luego.
________.________



CAPÍTULO  II
 
Seguía lloviendo aunque había aminorado algo y permitía una mayor visibilidad cuando volvieron al coche, era finales de septiembre y en esas fechas las lluvias son intensas en Galicia. Además, la temperatura había descendido unos cuantos grados y hacía frío.
 -Una tarde –prosiguió Andrés tras retomar la carretera- cuando intentaba captar la atención de una hermosa trucha que desde hacía un buen rato desafiaba mis dotes de pescador, alguien me llamó desde lo alto del puentecillo que cruzaba el río cien metros corriente abajo. Sin duda era una mujer joven, pero a esa distancia no conseguía descubrir su fisonomía.
-¡Señorito Andrés! ¡Señorito Andrés! Venga pronto, le están buscando.
  Pese al rumor del agua pude oírla y lamenté que en aquel momento hubiera dado conmigo, perdía la oportunidad de conseguir el ejemplar por el cual había empleado tanta paciencia y tiempo.
-¡Ya voy!  Respondí a la vez que agitaba los brazos por si no me oía. Inmediatamente, la trucha arqueó su cuerpo casi imperceptiblemente en un auto-reflejo al eco de mi voz y se escapó con la instantaneidad del rayo. Maldije mi suerte  mientras acudía presuroso al encuentro de aquella joven que resultó ser Carmiña, la sirvienta de don Antonio, que muy agitada me fue contando el motivo por el que  me buscaban.
-¡Ay! señorito Andrés, cuando se entere mi tío nos mata. ¡Nos mata, señorito Andrés! ¡Nos mata!   
- Cálmate Carmiña, cálmate por favor y cuéntame con detalle que ocurre.
- Señorito  Andrés, que han robado en la funeraria.
  Me quedé atónito. ¿Quién podía robar en semejante lugar? Enseguida pensé en el ataúd de don Antonio y un estremecimiento me corrió por todo el cuerpo.
 -¡Corre, corre! - acerté a decir - ¡Vamos!
  Y me lancé a  correr yo también precediendo a Carmiña y olvidando todas mis artes de pesca. Al llegar a la funeraria,  encontré a los vecinos que me aguardaban y me contaron lo que habían visto y oído, cada uno con una versión distinta pero coincidente en que alguien con una camioneta, se había llevado el ataúd de don Antonio. Mediante algún explosivo que fue lo que alertó a los vecinos, descerrajaron la puerta del sótano y se llevaron la caja mortuoria en menos tiempo del que se tarda en contarlo.
- ¡Que pasada, tío! Cuando se enterase el avaro os correría a tiros me imagino –interrumpió   qué como su hermano, escuchaba con la máxima atención la narración de Andrés.
 - Os aseguro que lo pasé muy mal. De alguna manera me sentía responsable del hecho ya que me recriminaba haber ido a pescar y me decía que de estar en la funeraria no habría sucedido. La explosión destrozó buena parte de cuanto se encontraba en la funeraria. Parecía que había pasado un tornado por aquel lugar.
  Mi primera reacción fue avisar a mi tío inmediatamente, de modo que tomando la bicicleta, que por fortuna no se hallaba en el interior de la funeraria donde acostumbraba a guardarla, volé más que corrí hasta Santiago donde pensaba encontrarle, o bien, al responsable de la Delegación.                                               
  Aún llegué a tiempo de  ver a don Luís, el Delegado, antes de que cerrasen la oficina y desde allí, se pudo localizar a mi tío en Lalín, a unos veinticinco kms. de casa.
  Bien, después de todo ello, comenzarían los trámites que requería el caso. Denunciarlo a la Guardia Civil, iniciar la investigación policial, declaraciones, dar parte  a la entidad aseguradora, restaurar la funeraria y reponer los elementos que habían sido afectados. Pero lo esencial, lo que trato de explicar es otra cosa, otra historia. Son los acontecimientos ciertamente extraños que desencadenaron el robo del ataúd de don Antonio, por tanto, pasaré por alto todo aquel embrollo que no es precisamente lo que queréis escuchar.
  Cuando ocurrió el suceso don Antonio tampoco se encontraba en el caserío; se hallaba de viaje y como otras veces, nadie sabía donde. Tampoco sus sobrinos que según dijeron, fueron a la feria de ganado que se celebraba en La Estrada los días quince de cada mes. Precisamente ese día. Por tanto, tuvimos que esperar a su regreso para afrontar la situación y comunicarle el robo de su ataúd.
  Nos avisaron su llegada y fuimos a verle de inmediato. Nadie osó darle la mala noticia, de manera que cuando nos recibió no sabía nada. Nos hizo pasar al comedor y nos ofreció asiento junto a la mesa. Después de que él también lo hiciera, mi tío me miro de soslayo y tras carraspear la garganta porque dudaba como empezar, le dio la mala nueva. Pese a darle todas las garantías de construirle otro exactamente igual, corriendo la Compañía con todos los gastos a que hubiese lugar, no pudimos evitar su exasperación.
  Permanecía inmóvil mientras escuchaba. No pronunció una sola palabra pero el color de su piel fue tornándose lívido. Observé que las aletas de su nariz se dilataban,  su mirada quedó fija en un punto indefinido seguramente sin ver cuanto tenía ante sí, adquirió la frialdad y dureza del acero y me pareció que sus pupilas adquirían fosforescencia en ese momento, tal era el furor que  le invadía.
 De repente, apretó sus mandíbulas, rechinaron los dientes, se irguió en su asiento, su rostro se transfiguró, desapareció la lividez, enrojeció en extremo y sus ojos se desorbitaron tanto que parecía iban a salirse de sus cuencas.
  Balbuceaba palabras que apenas entendíamos, pero sí percibimos, que se refería a ciertas  joyas, oro, piedras preciosas y gran cantidad de dinero que por lo visto guardaba en el fondo oculto del ataúd.
  Todo su cuerpo temblaba como sacudido por una corriente eléctrica. De improviso, se abalanzó sobre mi tío y un grito sobrehumano nos aterró mientras sus manos crispadas atenazaron su cuello. Resultaba tan inútil mi esfuerzo para liberarle sólo con la fuerza de mis brazos que desistí y busqué algún objeto contundente para golpearle. A mi tío ya le faltaba el aire y aquel hombre convertido en un ser irreal no le soltaba.
  Cuando por fin encontré el artefacto que  buscaba, de repente, profirió un nuevo grito al tiempo que le soltaba y se llevaba las manos al pecho preso de gran dolor y desesperación. Se desplomó sobre la mesa, su tez volvió a palidecer, una mueca de horror desfiguró su faz, los ojos desmesuradamente abiertos miraban sin ver mientras una espuma blanca manaba de su boca.
  Entre los borbotones se confundían estertores de muerte con sus últimas palabras que no logré entender <¡Venaré!...  ¡Juro que so... le... ré...!> O algo así. Tampoco le presté mucha atención pues mi tío se encontraba casi inconsciente y precisaba de toda mi ayuda. Cuando pudo reponerse le tendimos en el suelo, ya cadáver, y reclamamos el auxilio de los familiares y vecinos.
   Dos días más tarde en el pequeño cementerio, el notario se despedía de mi tío Pepe una vez finalizado el sepelio. A excepción del dichoso ataúd, todo se llevó a cabo como nos dejara encargado don Antonio; se buscó una caja mortuoria que aunque no era exactamente igual cumplía el requisito principal del finado, esto es, forrado su interior con láminas de plomo y sellada igual que lo fue la cripta donde quedó sepultado. Solo faltó el crucifijo de oro macizo propiedad de don Antonio que fue sustituido por uno de igual tamaño pero, de latón dorado.
Aún sin tener la seguridad de haber oído bien las últimas palabras del señor Piñeiro,  lo comunicamos a la Guardia Civil por si era prueba aclaratoria del robo del ataúd, ello sirvió de comentario final a don Luís, el notario, mientras le acompañábamos a su automóvil.
   -No cabe duda don José, alguien debía conocer donde guardaba su fortuna don Antonio. Las cartas a que hacía mención era solo el pretexto para estar a solas con su tesoro. Que cosa es la avaricia don José, ¡Qué cosa es! ¡Qué cosa, qué cosa!
 
 ________.________

CAPÍTULO  3
 
La noche era cálida y la Luna lucía su circunferencia de tal modo, que a su luz se podía caminar con la seguridad del pleno día. Regresaba de una de esas fiestas populares que en los meses de verano se celebran en todos los pueblos de España y más, en los caseríos, o Parroquias como le llaman en Galicia a los pequeños núcleos de población. Sería la una o las dos de la madrugada. Tomé un sendero que acortaba el camino considerablemente hasta casa de mi tío, si bien, se apartaba mucho de la carretera.
  Debía cruzar un bosquecillo de eucaliptos cuya frondosidad oscurecía el entorno. Los helechos muy desarrollados por la humedad del clima cubrían la superficie del terreno y sólo a duras penas se percibía en ese tramo el trazo zigzagueante de una estrecha senda. No eran más de mil quinientos metros, muy poca distancia;  pero a media noche y solo, no resultaba grato y mucho menos cuando en esos días se habían avistado lobos cundiendo la alarma entre los habitantes de la parroquia. Aves de corral y alguna que otra oveja habían sido atacadas, cosa que no extrañaba mucho a las gentes del lugar por ser frecuentes estas incursiones en determinadas épocas del año. Pero para mí, joven de ciudad, un lobo me parecía un enemigo de consideración, un animal tan peligroso como un león hambriento.

Con todo, caminaba despreocupado pensando sólo en Marta, la muchacha de Madrid que servía en casa de don  Jaime, el médico de la zona. Con ella bailé toda la noche y tenía la certeza de haberla interesado, quedamos en volver a vernos y me complacía pensar en su hermosa figura, sus ojos negros, su talle en mis brazos y en el calorcillo de su aliento próximo a mi oído mientras bailábamos. La joven no se recataba en cruzar sus piernas con las mías ni en presionar su busto contra mi pecho con cuyo proceder, conseguía elevar la temperatura de mi cuerpo hasta el punto que casi resultaba más un suplicio que un placer danzar con ella.
  -Menudo don Juan serías, tío. Tú, de gran ciudad ante la muchachada sencilla de la aldea… je, je, me apuesto a que te llevabas de calle a todas las mozas de Souto. –Bromeó Quique dando un codazo a su hermano.
  -Sigue, tío –insistió Raúl sin prestarle atención.
  -Sí. Y esto que sigue, -más tarde pensé- fue el primer incidente de todo un rosario de sucesos extraños.
  Veréis, de súbito algo me alertó, sólo hacía quince días de la muerte de don Antonio y cualquier cosa inesperada me sobresaltaba. Una palabra pronunciada en su último estertor que entonces no entendí, fue tomando cuerpo en  mi imaginación, en mi memoria; recordándola después con claridad casi absoluta: ¡Volveré! Y su pronunciación fue tan lenta que las tres sílabas se alargaron en sus labios con la ronquera de su último suspiro tanto como el infinito. ¡Vol... ve... ré...! y cada una me resonaba en los oídos como un eco cuando pensaba en ello. Por supuesto que yo no creía en fantasmas ni aparecidos, pero presenciar una escena como la muerte de aquel hombre, de forma tan dramática, me despertaba un sentimiento de reserva cuando menos.
  Me detuve conteniendo la respiración y afiné el oído para escuchar cualquier sonido. Todo era silencio, miré en derredor forzando la visión para ver más allá de la oscuridad y no descubrí nada. Quizá permanecí inmovilizado un minuto largo sin pestañear siquiera, esperando percibir algún atisbo de alarma, pero nada sucedía y al fin, decidí reanudar el camino con mayor ligereza que hasta entonces. No hube caminado doscientos metros más, cuando otro rumor, un chasquido, una intuición, me volvió a crear la sensación de que no estaba solo.
  Esta vez no me equivoqué, ante  mí, a media distancia en mitad del camino descubrí la figura de un enorme lobo, o así me pareció, pues yo no era capaz de distinguirlo con seguridad porque nunca antes había visto ninguno.  Pero en ese momento, tuve la certeza que era un lobo el que me cerraba el paso mientras me miraba con ojos tan brillantes y fosforescentes que  parecían tener luz propia. Se mantenía completamente inmóvil sin apartar su mirada de mi cuerpo, consiguiendo con su actitud paralizar mis pensamientos. Intuía que al menor gesto podía atacarme y yo no tenía más armas que mis propias manos.
  No sé que tiempo permanecimos así, mirándonos los dos de hito en hito, hasta que decidí poner fin de alguna forma a aquella situación. Mi paciencia fue inferior a la del lobo y la calma que intentaba mantener me abandonó.
  Me agaché poco a poco con la máxima cautela, sin dejar de observarlo ni un momento y, a tientas, busqué entre la maleza tantas piedras como cogían en mis manos. Tensé todos los músculos del cuerpo y con la mayor agilidad de que era capaz me incorporé de un salto  haciendo el máximo ruido y moviendo los brazos como aspas de molino a fin de ahuyentar al animal en tanto que le arrojaba las piedras con toda mi furia y la puntería de un recién nacido. Lejos de asustarse, me sorprendió con una reacción tan insólita, que no sé si decir el alivio que sentí, o el frío que corrió mi columna vertebral. Ignoro si es normal que se puedan dar a la vez, dos sensaciones tan opuestas. Alzó la cabeza majestuosamente lanzando un aullido interminable y, tras volverme a mirar, se alejó con tanta lentitud que parecía que no iba a desaparecer nunca. Ni mis gritos ni las piedras, le intimidaron lo más mínimo despreciando mis alaridos y la amenaza que podía representar mi presencia.
Con el temor de volverlo a encontrar llegué a la casa sin ningún otro sobresalto, subí a la planta superior donde tenía mi dormitorio de pobre, un colchón en el suelo situado en un rincón próximo al balcón en forma de tribuna, flanqueado por ventanas a las que les faltaban hasta los marcos. Encendí una vela, me tumbé tras desvestirme y con un último pensamiento sobre el incidente quedé profundamente dormido.


Última edición por Carlos Serra Ramos el Lun Ene 15, 2018 9:12 pm, editado 6 veces
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Re: El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Lun Dic 18, 2017 2:28 pm

CAPÍTULO IV
 
   -¡Señorito Andrés! ¡Señorito Andrés! -me llamaba Carmiña desde la puerta logrando con el timbre alto de su voz, desvelarme por completo.
   Eran las nueve de la mañana y aún permanecía acostado. Aunque por lo general solía levantarme pronto, ese día a las siete, di media vuelta en la cama para seguir durmiendo en compensación a la vigilia de la noche anterior.
  -¡Ya voy! ¡Bajo enseguida, Carmiña! -Le contesté mientras me incorporaba a toda prisa, me puse los pantalones y calcé unas botas sin entretenerme en los calcetines. Bajando la escalera me peiné con los dedos la buena mata de pelo que lucía entonces, y así, desnudo el torso, sin prestar mucha atención al detalle, olvidé cuan recatadas eran las muchachas en el trato con los hombres, le abrí la puerta y la invité a entrar.
   -No sé... si debo,  Andrés -Dijo mirándome sorprendida al advertir mi falta de ropa.  
   -¿Por qué?- le interrogué mirándole a los ojos  al darme cuenta  que había apeado el tratamiento en una muestra de confianza, pues en aquellos años, a los forasteros se les distinguía con el mayor respeto y la máxima deferencia por las gentes de las aldeas, mucho más si eran del sexo opuesto. Bastaría que alguien la viera cruzar la entrada para perder la honestidad en boca de los vecinos.
   -Pues… no sé, es que... me da un poco de apuro. -Y se encendieron sus mejillas. 
   -No seas tímida y pasa. Dime, ¿qué ocurre? -Le pregunté con el timbre de voz más persuasivo, al tiempo que la acompañaba suavemente hacia el interior de la casa.
   - Señorito And...
  -¡No, no, no! Por favor Carmiña, te ruego que no me llames más “señorito”, que no lo soy, te llevo pocos años y deseo ser tu  amigo y, además, de tú, trátame de tú.
   -Huy,  no sé si podré, bueno si acaso... cuando estemos solos. Si no hay nadie delante... -seguía roja como la amapola.
   -Eso está mejor. Y bien, dime ¿qué querías de mí?
  -Le... te... traigo la leche y un poco de fruta, pero también un sobre de la Guardia Civil para don José. Parece que es importante, según dijeron.
  -Gracias Carmiña, eres una muchacha encantadora. -Como estaba sin cerrar extraje de su interior una hoja amarillenta que no era otra cosa que una citación para personarse en el cuartelillo. Era viernes y como siempre, mi tío vendría a la aldea para pasar el fin de semana, y aunque lo hacía también otros días, en sábado y domingo su vuelta era segura.
  Pasamos a lo que hacía de cocina y le pedí  que me calentase un vaso de leche mientras me aseaba un poco y terminaba de vestirme. Tardé cinco minutos que le fueron suficientes para prepararme un suculento desayuno. Unas lonchas de tocino fritas acompañadas de un par de tomates y dos huevos estrellados, pan de trigo -que se había de traer de Santiago porque en la aldea solo consumían de centeno- una jarrita de vino del país y un buen vaso de leche muy caliente para terminar.
  -Carmiña, ¡qué maravilla! No sospechaba que disponía de tanto. ¿Lo compartimos?
–No, gracias. Pero te haré compañía mientras desayunas –dijo tomando una silla para sentarse al otro lado de la mesa. Se encontraba menos azorada y me di cuenta que deseaba conversar. A mí también me complacía porque ciertamente a la muchacha no le faltaban prendas.
  Su cuerpo y la belleza de su rostro casi infantil, no conseguía ser disimulado por la sencillez o austeridad de su atavío. El cabello largo, negro como azabache lo recogía en una hermosa trenza que descansaba por encima de su hombro desnudo, sobre el escote. Mantener en sus ojos la mirada, era sentir la dulce sensación del deseo; casi puedo decir que teniéndola tan cerca y a solas en la pequeña cocina, el azorado era yo en aquellos momentos, en cada ocasión que levantaba la vista del plato, me encontraba con sus ojos fijos en mí. Grandes, óvalos de nácar con pupilas tan negras y profundas como la noche, brillaban expresivas comunicándome más sus pensamientos, que la voz en sus labios de grana; no precisaba de ornatos ni pinturas, era bella sin más. Nunca había reparado antes en tanto detalle sobre su figura. Buscando un motivo de conversación, le pregunté.
  -¿Cómo estáis, Carmiña?  Doña Elvira y sus hijos, ¿cómo llevan la muerte de don Antonio?
   - Que voy a decirte, doña Elvira aún, pero Tomas y Juanito no pueden ocultar cierta satisfacción. La verdad es que llevaban una vida muy austera y sacrificada. Trabajaban de sol a sol sin un respiro sólo por un mal plato de comida. Don Antonio no era un hombre bueno, les pegaba y castigaba por lo mínimo, pero... a mí me duele que deban alegrarse por su muerte. Conmigo no era tan duro.
  Como vi  que su cara  se ensombrecía, me disculpé.
  -Perdóname Carmiña, no era mi intención... recordarte la tragedia.
  Me sonrió y colocando su mano sobre la mía, dijo con su voz más cálida.
  -No te disculpes Andrés, que nada que digas o venga de ti me puede disgustar.
   Parecía una invitación a confesarle mi admiración, pero disimulé y me limité a darle las gracias por el cumplido.
  -Supongo que será difícil verte en alguna fiesta en tanto no pase un tiempo.
  -Me gustaría, pero ya sabes, esto del luto se tiene muy en cuenta en los pueblos -prosiguió bajando un poco la cabeza -pero si tu quieres puedo venir a verte alguna tarde con pretexto de cualquier cosa.
  -Me complacerá mucho. Respondí mientras me levantaba de la mesa y sin apenas pensarlo me situé tras ella y acaricié su cabello en un impulso de ternura.
   Carmiña se incorporó presurosa excusándose por lo mucho que tenía por hacer y se despidió quedando en volver cuando marchara mi tío después del fin de semana.
....................................
 
  Mi tío llegó en el coche de línea porque un accidente sufrido con el suyo, le ocasionó tales desperfectos que tuvo que ser remolcado al taller donde tenían trabajo con él para ocho días por lo menos. Mientras metíamos en casa los paquetes que traía me fue contando como había ocurrido.
  -No pasó del susto pero tuve mucha suerte, sobrino. Un maldito lobo se me cruzó de repente en la calzada y por evitar el encontronazo frené, derrapé y no pude hacerme con la dirección yendo a caer por un terraplén. Afortunadamente  unos matorrales detuvieron el coche pocos metros antes del barranco aquel, casi vertical, que se encuentra  justo antes del puente sobre el Ulla, después de cruzar Santa Cristina.
  -¡Demonios, tío! Pues se ha librado usted por poco -le dije asustado conociendo bien lo peligroso del lugar. Malditos lobos…
  En la cena le entregué la citación de la Guardia Civil, y comentamos que seguramente sería en relación con el robo del ataúd de don Antonio. También le relaté mi aventura  de aquella noche a la vuelta de las fiestas de Souto.
   -Ve con cuidado Andrés, son bestias salvajes y si se ven atacadas o molestadas son muy peligrosas. Enfrentarse sin armas a un lobo es llevar las de perder pues de una sola dentellada pueden degollar a una persona y en estos días abundan en la región. Ya ves, nosotros hemos tenido dos encuentros en una semana. También es casualidad ¡diantre!
   - Si que lo es –corroboré
El lunes por la mañana, mi tío se personó en el cuartelillo de la Guardia Civil atendiendo al requerimiento y, a su regreso, me confirmó que, en efecto, el motivo era para notificarle que se había encontrado el ataúd. Claro está, descerrajado, abierto el doble fondo y sin las incrustaciones de plata ni el crucifijo de oro. Lo hallaron en la margen izquierda del río, a ocho o diez metros del agua y más de dos, por encima de la superficie. No obstante, se advertía claramente por el deterioro del barniz y el forro de seda de su interior que había estado medio sumergido.
  Esto con ser extraño, ya que alguien pudo rescatarlo de la corriente por alguna razón que entonces ignorábamos, no era lo único. Lo inquietante  fue cuando mi tío dijo que la guata, el acolchado, se mostraba ligeramente hundida a mitad de la caja, apreciándose en ella gran cantidad de pelos que sin lugar a dudas, eran de lobo.
   -Ya sé, queridos sobrinos, lo absurdo que es encontrar relación entre  la aparición repetida de un lobo y la muerte de don Antonio como estoy dando a entender. Ha quedado dicho que en esa época del año, los lobos hacían su aparición en el entorno, siendo muy frecuente encontrarse con las camas que entre la hierba, testimoniaban con su huella inequívoca donde habían dormido.
  -¿Camas, tío?
  -Es el nombre que se les da en Galicia al lugar donde pasan la noche. Yo era incapaz de descubrirlas pero yendo por el bosque con los aldeanos me mostraron algunas. Se aprecia la hierba aplastada, restos de comida y muchos detalles que ellos saben ver. El que mi tío y yo pensáramos en una cama, lo que era el interior del ataúd no era extraño, ya que éste ofrecía un refugio cómodo y caliente que el lobo supo apreciar. Pero... ¿Quien se molestó en rescatarlo del agua? ¿Con qué  fin lo alejaron del cauce del río?






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El juramento de Don Antonio Piñeiro - 5 y 6

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Jue Dic 28, 2017 7:55 am

CAPÍTULO  V
 
   Hacía días que no ocurría nada anormal. Yo estaba extrañado pero esperanzado en que el rosario de sucesos poco claros de pequeña o mayor importancia que se venían sucediendo desde la muerte de don Antonio hubiera terminado. 
  Tal como prometiera, Carmiña, vino el martes a media mañana a traer la leche y los alimentos que le teníamos encargados. Charlamos amigablemente un buen rato en el que, menos cohibida y más comunicativa, intimamos con nuestra  conversación.
  Un joven de una aldea cercana intentaba cortejarla sin que ella tuviese el más mínimo interés. Desde el pasado año no acudía a una fiesta. Bien porque temía que una vaca estuviese enferma si no comía... doña Elvira no sé qué... y por un montón de cosas banales que se llevaban el tiempo en un santiamén.
  También me dijo, que Tomás y su hermano, habían abandonado las labores que les eran propias. Prácticamente no aparecían por casa sino para dormir, y no todas las noches.  Muerto su tío nada les obligaba a seguir en la aldea y pensaban emigrar a  Argentina, con  idea de hacer fortuna como la mitad de los gallegos en aquellos años. Se excusaban diciendo que  los trámites les ocupaban mucho  tiempo, y querían marchar muy pronto.  Me extrañó una decisión de esta envergadura tomada tan repentinamente, cuando parecía que estando liberados al faltar su tío, tenían una vida más fácil junto a su madre, pero tampoco le di mayor importancia. De aquella familia  pocas cosas despertaban mi interés salvo la atracción que empezaba a sentir por Carmiña.
  Quedamos  en vernos al día siguiente por la tarde junto al río, en el lugar que acostumbraba a ir de pesca. Ella ya procuraría algún pretexto. Llevaría un par de bocadillos para merendar juntos en aquel lugar,  aprovechando las últimas horas del atardecer.
  Me  levanté temprano y  de buen humor. Mientras me incorporaba cantaba una canción de moda. El día se prometía feliz y en las cosas por  hacer me daría prisa  en realizarlas ganado tiempo para ir a pescar esa tarde. Me ilusionaba  la merienda con Carmiña junto al río.
   Salí al balcón para aspirar el medido aire fresco de la mañana y realizar los cuatro ejercicios físicos de costumbre. La calina con qué  despuntaban los amaneceres se había descuidado en comparecer esa mañana del mes de julio y el cielo lucía un azul nítido, tanto más claro cuanto más al Este. La noche había sido serena porque el rocío, cubría por igual con sus finísimas gotas, hortalizas y frutales.
Desde la tribuna, sin marcos siquiera en las  ventanas, observé el reducido paisaje con más entretenimiento que otras mañanas. El arbolado y las montañas próximas no permitían ver más allá. Frente a mí, a la derecha,  un pequeño encinar, despensa natural de dos cerdos que manteníamos. ¡Cuánto gozaba recogiendo las bellotas caídas al suelo, o cosechándolas directamente de las encinas! ¿Y los caracoles?  Rastrear las  veredas de caminos y campos, recolectando esos parsimoniosos gasterópodos, era un placer extraordinario.
   Frente a la casa; el huerto, y en el centro, un pozo. Después de los ejercicios iría a bañarme derramando un cubo de agua sobre mi cabeza. Tras la casa; unos frutales, una pequeña alberca y un cobertizo dividido en tres secciones: la “cerdera” un corralito con gallinas y unos pocos conejos. Al final un cobertizo donde se guardaban los aperos de labranza y todo lo inservible o de poco uso.
  La finquita  que no era muy grande, quedaba enmarcada por un seto formado con todo tipo de plantas, rosales, margaritas, hortensias, geranios, claveles, crisantemos... y sobre todo, por dalias, gran profusión de dalias. Como la parcela lindaba con la carretera, los vecinos de las aldeas próximas que pasaban a diario, nos conocían más por la casa de las dalias que por el nombre de la funeraria, tal era la admiración que despertaban cuando estaban en plena floración.
   Concluida mi gimnasia, tomé la toalla y el jabón y, en paños menores llegué hasta el pozo. El agua fresca me revitalizaba produciéndome la sensación de acentuar mi virilidad, notando con cierto narcisismo, cómo los músculos tensos marcaban el relieve de mi anatomía.
  Así el balde atado con la cuerda  y lo dejé caer por el negro orificio. En dos segundos oí el chasquido que produjo en la superficie del agua. La piedra que llevaba en un costado lo inclinaría para hundirlo. Esperé un poco y tiré de ella con fuerza para izarlo, pero a la primera brazada la cuerda se tensó no cediendo al esfuerzo. Algo la retenía en el fondo y era extraño porque no había relieves ni nada presumible en lo que pudiera atorarse. Aflojé la presión y balanceé la cuerda a derecha e izquierda  volviendo a intentarlo, pero el cubo seguía trabado. Me asomé lo que pude apoyando las manos sobre el brocal por si descubría cualquier cosa y observé un destello en el fondo que no correspondía al reflejo del exterior en el agua, sino que parecía brillar con luz propia. Más intrigado aún, forcé la postura hasta el límite para cerciorarme mejor, cometiendo la imprudencia de prescindir del apoyo de un brazo al hacerme visera con la mano, intentando ver mejor en la negrura del pozo. 
   En ese momento, algo ocurrió. Una fuerza misteriosa me atraía irremisiblemente con sensación de vértigo hacia el fondo y, con estupor noté que alguien o algo, me presionaba en la espalda para lanzarme al vacío. Sentí mil sensaciones distintas mientras me resistía a ceder y otras tantas imágenes surgieron del recuerdo en un segundo solapándose en un único plano. Por fin, vencido mi equilibrio, caí en el túnel vertical del que sería imposible salir. La muerte era segura, pensé, y mi pensamiento se confundió con el eco de un sonido que llegó a mis sentidos con claridad meridiana. ¡Vol... ve... ré!...
  Cuando parecía que ya no habría remedio para mi fin, acerté milagrosamente con  la  cuerda, el cuerpo ya iniciaba la caída y la cuerda en mi mano podía evitarlo. Me agarré desesperadamente a ella -estoy seguro que se hubieran desprendido mis brazos antes de soltarla- el nudo en su extremo la trabó en la polea, y con todo el empeño de salvar la vida, conseguí recuperar la serenidad escapando a una muerte cierta.
   Al salir  tuve que reclinarme en la pared exhausto y atemorizado, no podía dar crédito a lo ocurrido, ahora dudaba al comprobar que todo parecía normal, no percibía nada sospechoso en derredor, no había nadie. Desde el pozo se cubría un área de cien metros por lo menos y hubiera descubierto a cualquier persona que estuviera huyendo, no obstante, momentos antes, estaba bien seguro de haber notado en mi espalda la presión de unas manos que me precipitaban al vacío.
   Cuando me repuse, todo el optimismo de momentos antes había desaparecido, imponiéndose la indignación al terror sufrido. Había cometido una imprudencia, una absurda tontería, una imperdonable falta de precaución y, para disculparme, fundamentaba mis temores con fenómenos extraños, poderes ocultos, interferencias mentales de un espíritu vengativo...  ¡vol... ve... ré!... sin otra base más que la superchería. También había oído antes esa frase en tono de susurro, reconociendo después que todo era producto de un mal recuerdo. Pronto olvidaría aquella escena y todo lo que tenía relación con la muerte de don Antonio y su maldito juramento.
     Aunque seguía con el ceño fruncido, me hice el ánimo de imponerme a la fantasía con la fuerza de la realidad. Dejé pasar unos minutos y volví a tirar de la cuerda que en esta ocasión, no ofreció más resistencia que la propia por el peso del agua que contenía el balde.
   Terminé mi aseo prolongando más la ducha de agua fría, intentando restablecer el optimismo perdido y la ilusión por la pesca de la tarde, sobre todo, por la merienda con Carmiña, seguro de  que ella conseguiría despejar toda mi zozobra.
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CAPÍTULO  VI
 
   Como si quisieran compensar mis pesadillas y el mal momento de la mañana, esa tarde, las truchas acudían al anzuelo atropellándose entre ellas en disputa por  el cebo, daba lo mismo que fuera lombriz, quesito amasado con harina o miguitas de pan. Empleaba más tiempo en extraer el anzuelo de las agallas, que en cobrar otra pieza. Dos docenas de truchas, y media de salmones agonizaban en el cesto. Sacaba una y pensaba que la próxima sería la última pero la avaricia del pescador no tiene límites. ¡Que tiempos aquellos queridos sobrinos! Ni licencias de pesca ni vedas, ni límite de cantidad o tamaño. Las aguas se mantenían cristalinas hasta la desembocadura de los ríos. Pero quizá no fuera del todo así, ya se sabe que del tiempo guardado en la memoria se recuerda más lo bueno que lo malo.
   - Será, tío, pero, anda que el abuelo… Cuando nos cuenta sus batallitas se queda solo, que si en la República, que cuando la guerra, que el racionamiento…
  - Es verdad, fueron tiempos muy difíciles  los que sufrieron los abuelos. Poco de bueno tiene para recordar, pero me consta que a vosotros os gusta que os cuente sus hazañas de cuando estuvo en el frente ¿a que sí?
  - Ah, sí, porque además, pone el alma y parece que lo está viviendo de nuevo.
  - Sigue, tío. Y, cállate Raúl  que tío Andrés nos termine de contar la historia.
  - Pues la tendré que resumir, de lo contrario no creo que dé tiempo antes de llegar a Santiago
  - De eso nada, detalle por detalle –protestaron los dos hermanos.
-Bien, sigo.
  Deseaba ver a Carmiña pero al mismo tiempo esperaba que  se retrasara  para  no dar fin a lo que era un sueño y de no ser por ella, la noche me hubiera sorprendido con la caña en las manos. Más, no se retrasó, sino que se adelantó unos minutos cuando oí que me llamaba.
  - ¡Andrés! ¿Dónde estás?
 Escuché su voz tras el pequeño repecho, que  me ocultaba a medias.
   - ¡Aquí, Carmiña! Bajo la encina, a tu derecha -la orienté.
  Bajaba la pequeña vertiente como una gacela, sorteando piedras y arbustos con la agilidad de quien está muy acostumbrado al bosque. Vestía una falda a media pierna, ajustada en el talle, acampanada, de color oscuro con flores estampadas en rojo y amarillo. Botas sin tacón y calcetines altos para protegerse de los tojos -arbustos espinosos que cubrían casi todo el bosque- una blusa blanca con generoso escote de barca, rematado con un volante fruncido como en las mangas, cortas y vaporosas, que se ajustaban al brazo bajo los hombros. El cabello como siempre, recogido en una larga trenza.
   - ¡Hola, Carmiña! - la saludé - este margen del río es muy frondoso pero bajo esta encina estaremos muy bien. Observa, tenemos incluso asientos  y mesa - le hice notar, señalando unas grandes piedras apropiadas para el caso -y añadí- ¡Que pronto has venido!
   -Es que me di toda la prisa que pude ¿Cómo estás? -Se interesó.
   - Feliz,  por dos razones. Primero por verte y también, por la pesca. Se me dio muy bien. Puedes llevarte tantas truchas  como quieras. –Callé, por supuesto, el susto pasado en el pozo.
   - Esperaba con impaciencia tu llegada, Carmiña.
   - ¿Tanta hambre tienes? - contestó con picardía.
  A punto estuve de decirle que mi apetito podía ser por ella, pero no quise precipitar una situación que me comprometiese más allá de lo que deseaba.
   - ¡Mmm!... ¡que suculenta merienda! -exclamé a la vista de lo que preparó en un abrir y cerrar de ojos. Chorizo, morcilla, costillas de cerdo en adobo, aceitunas verdes y negras, un par de hermosos tomates y un buen trozo de queso de cabra para terminar. Una botella de Ribeiro acompañaría los alimentos.
  A poco de empezar, comía lo que ella me daba y ella, lo que yo ponía en sus labios, pasábamos más tiempo mirándonos  a los ojos que a las viandas.          
  - Temía no poder venir.
  - ¿Y eso?
  - Hay revuelo en casa,   Juanito y  Tomás hace dos días que no aparecen. En cambio, su dormitorio amaneció totalmente revuelto esta mañana. Puede que vinieran a recoger algo y se marcharon sin decir nada porque no les vimos. Pero no entendemos por qué lo hicieron. Doña Elvira piensa que alguien habrá intentado robar. ¡Ya me dirás que se iban a llevar! Ni en la habitación ni en la casa hay nada de valor. ¿No te parece extraño?  
  - Quizá convendría denunciarlo a la Guardia Civil. ¿No crees?
  - ¿Y para que? Si no falta nada. Luego, ya sabes, todo son preguntas.
  - ¿Cómo les van los trámites? ¿Siguen decididos a emigrar?
  - No sabemos nada, no dicen nada, están muy raros y sumamente huraños. Doña Elvira anda llorando todo el día porque se van y por el modo de comportarse con  ella. Piensa que se  queda muy sola. Creo que hasta añora el mal trato de don Antonio. A fin de cuentas era su hermano. Me da pena, ahora que podríamos estar bien si hubiera más cariño.
  Le noté un acento de tristeza en su expresión que me conmovió y deseando animarla le tomé una mano que presioné con las mías.
  - Piensa en ti solamente Carmiña, mereces ser feliz y tienes mucho por ver y conocer. Hay otros lugares dónde la vida es distinta. Hermosas ciudades en las que uno no  se siente constantemente espiado como en las zonas rurales, allí eres dueño de tus actos y puedes expresar libremente los sentimientos. Cierto que en ellas  reina el bullicio, la prisa, el ir y venir de sus habitantes, la multitud de las gentes que se  presionan en tranvías, autobuses y algún que otro lugar público. Largas colas para conseguir cualquier cosa, y muchas más incomodidades. Pero tienen compensaciones sobradas. Más tiempo para el ocio, centros de recreo, de cultura, espectáculos, restaurantes dónde cenar una noche con alguien que te enamore.  Conversar con todo el mundo, en el mercado, o en el centro de trabajo. Tienes  compañeros  y   vecinos,    creas amistades,  vas de tiendas o a la playa si es ciudad costera.  Bailes,  fiestas, toros, deportes.  Todo,  las ciudades tienen de todo. De bueno y de malo y más que nada, vida, lo que te falta aquí, Carmiña. La vida rural con todos sus encantos, no puede ambicionarse cuando la sangre es joven y fluye vigorosa por las venas arrebolando ilusiones.
  Había dejado de comer y me escuchaba absorta mientras su mano libre mimaba las mías en un intercambio de ternura, preludio de mayores caricias por la pasión que nos iba invadiendo.
   - ¡Oh, Andrés! Calla por favor, que despiertas ilusiones en mí a las que no puedo aspirar - y sus ojos brillaron con mayor intensidad por culpa de dos lágrimas.
   - ¡Carmiña, Carmiña! Encontraras un joven que se enamorará de ti, y tú de él,  aquí o allá, y verás que la vida es para vivirla con ilusión pero, entretanto,  no te aflijas. –Y sin medir bien mis palabras dejé escapar mis sentimientos,  agregando -Si yo fuera uno de esos mozos que viven aquí... o tu habitaras en mi ciudad... -no podía contenerme y me entusiasmaba prendido en sus pupilas. Su boca se me antojaba diseñada por los dioses guardando en su interior tósigos de meigas para encender el amor. Los labios, corazón abierto con vida propia que podían robarte tu propia vida. ¿Cómo sería un beso de aquella sílfide? Incapaz de seguir hablando notaba como mi pulso se aceleraba y se me entrecortaba la voz. También ella debió notarlo y correspondía acompasando su respiración al ritmo de la mía.
  Sin meditar las consecuencias que no me importaban en aquel momento, di rienda suelta a mis deseos  y  aproximándome  más a  ella, le dije -¿Me dejas?- mientras tomaba su trenza y la descomponía hasta que su mata de cabello quedó suelto, ondulante tras su espalda. Parecía una virgen, o una bacante, o ambas a la vez para mi anhelo. Un rostro frente al otro, tan cerca, que podía ver  en  sus  pupilas mis  propios  ojos codiciosos. La fantasía de mis jóvenes años se me desbordaba y le hubiera compuesto mil poemas en aquel instante.  
  Penetró en mi ser con su mirada unos segundos antes de entornar los párpados, movió imperceptiblemente los labios en ofrenda a mi deseo y...  me fundí con ella. No encuentro otra expresión para  evocar ese recuerdo. Uno sólo de dos cuerpos, una sola de dos almas. En tanto duró aquel beso… conocí el Cielo.
  Regresábamos a la aldea avanzada la tarde. Caminábamos cogidos de la mano por el arcén de la carretera, ella a mi derecha, a mi izquierda: la bicicleta asida del sillín y en el porta-paquetes  los cestos y las truchas.
  Como no deseábamos ser vistos y quizás con otra intención que no confesábamos, tomamos a poco una  senda que se adentraba en el bosque dando un pequeño rodeo que ofrecía un paisaje encantador, además,  ocultaba posibles  miradas indiscretas.
  De no estar mi atención presa por Carmiña, hubiera sido un placer contemplar la variedad de su fronda. Pinos, encinas y robles se entremezclaban confundiendo el ramaje que bordeaba el arroyo y el camino por el que caminábamos. Una hilera de gigantescos eucaliptos ocultaba el cielo. Como remate, en un propósito de no dejar huecos, las acacias silvestres cubrían los espacios libres a ambos lados del estrecho río. Nada faltaba, el rumor del agua brincando entre las piedras, el enjambre de gorriones, vencejos, zorzales y pardillos que a esa hora se recogían hendiendo el silencio del lugar  con sus alborotados trinos... No cabía más, no podía encontrar mejor marco para cortejar a la joven.
  Incapaces de andar cien metros sin detenernos, rivalizábamos  por acariciarnos. Sabor a miel eran sus besos y mientras uníamos los labios jugaba con su cabello, cubriéndonos con él los rostros en un intento por relegarnos del entorno, abismados en nosotros mismos.
  Mis manos corrían centímetro a centímetro el relieve de su cuerpo notando en la tersura de su carne el temblor que la dominaba. Insignificante frontera las ropas que nos separaban y, no obstante, lo mismo hubiera sido un muro, porque el sentimiento que nos embebía a los dos satisfacía nuestros sentidos más allá del placer físico.
   - ¿Te acordarás de mí? -me preguntó con tono  de súplica- ¿me escribirás?
  - ¡Claro que te recordaré! Y te escribiré a menudo.
  - Sí, pero...
   Algo quería añadir comprometiendo nuestra relación, y para evitarlo, la interrumpí.
  - Pero... ¡nada! Te escribiré tanto como pueda. Aunque no debemos prometernos sin estar seguros que lo deseamos realmente, Carmiña.
   - Yo sí lo sé.  -Se apresuró a decir besándome de nuevo.
  La dejé un poco antes de llegar a su casa y me fui a la mía satisfecho y feliz de cómo había finalizado el día. Empezó mal pero terminó bien.
  Un gran tazón de leche con migas de pan fue toda mi cena. Me acosté pronto y leí un buen rato sin poder concentrarme del todo en la lectura porque Carmiña seguía ocupando mi pensamiento. Como había supuesto por la mañana, ella consiguió con su presencia y su recuerdo disipar cualquier recelo. Al fin, quedé plácidamente dormido.
   
...................................
 
  Amaneció lloviendo. Había dormido bien hasta la madrugada, pero serían casi las cinco, cuando la lluvia me despertó y a partir de ese momento, todo lo más que conseguí, fue permanecer en ese estado que se da entre la vigilia y el sueño en el que las percepciones sensoriales son alteradas. Ese  sopor del que no deseas escapar. Oía el batir de la lluvia confundido con mis  sueños. Un trueno más fuerte que los otros me devolvió a la realidad.
  Ya despierto, Carmiña llenó por completo mi pensamiento, no por ella en sí misma, sino por la duda de iniciar una relación de compromiso que no estaba en mi ánimo por el momento. Deseaba mantenerme libre, terminar mis estudios, iniciar los proyectos que con mi padre teníamos pensados y estabilizarme en una situación de trabajo y económica desahogada antes de comprometerme en relaciones amorosas. Pero es que Carmiña... ¡era única! Tampoco favorecía la distancia. Yo vivía al otro lado del país y  no podríamos vernos más de dos o tres veces al año, aunque cabía la posibilidad de encontrarle trabajo en Barcelona si ella aceptaba marcharse de la aldea. Imposible. No dejaría sola a doña Elvira. No obstante...
  Mientras pensaba en todo ello, me arrebujaba con la ropa de la cama cada vez que un relámpago anunciaba el estallido de un trueno. Mis pensamientos no me evadían de una rara sensación sabiendo que bajo el piso se apilaban las cajas mortuorias, los crucifijos, cirios, coronas de flores artificiales,... Imaginaba el espectro de las sombras y luces en la funeraria por efecto de  los relámpagos. Pocas imágenes son tan impactantes como la sombra alargada de una cruz proyectada entre el suelo y la pared por el destello de un relámpago.
  La lluvia arreciaba muy fuerte a intervalos y  no me apetecía nada levantarme a pesar de que  hacía un buen rato que había amanecido, además, ese día tendría menos que hacer porque cualquier labor o entretenimiento lo practicaba en el exterior de la casa, algo que si seguía lloviendo no podría ser.
Pasé pues, la mayor parte del tiempo en el pequeño escritorio, aprovechando la ocasión para ordenar facturas, albaranes y todo tipo de documentos relacionados con la Delegación. Me puse al corriente en las cartas que debía a mis padres, amigos y amigas y, consideré que a fin de cuentas, había exprimido bien la eventualidad del mal tiempo.
  Era jueves  y mi tío regresaría el sábado. Aún tenía la oportunidad de volver a estar con Carmiña si ella podía, pero debía pedírselo con tiempo y no sabía como. No quería ir a su casa si no aportaba un motivo justificado ante doña Elvira y sus hijos.                             
Serían las siete de la tarde y hacía un buen rato que había escampado, lucía el sol próximo al horizonte, pero sus rayos aún podían evidenciar con todos sus matices los límpidos colores del paisaje tras la lluvia. La temperatura era muy agradable y, después de todo el día sin salir de casa, sentía la necesidad inaplazable  de dar un paseo. Si primero pensé en un pretexto de peso para ir a ver  a Carmiña, después me dije que cualquier cosa valdría y tomando la lechera de la alacena, me encaminé a su casa.
  Crucé la carretera y tomé el pequeño sendero encharcado por la lluvia en las regatas que las carretas formaban con sus ruedas de madera y llantas de hierro. Entre una y otra crecía la hierba a modo de alfombra y se podía caminar sin embarrarme. Pasé frente al pequeño huerto de don Jaime donde los racimos de uvas ya colgaban del emparrado anunciando su pronta recogida. Yo esperaba con impaciencia ese día porque me habían invitado a presenciar el prensado y ver correr el mosto.
-Chicos, es una “pasada”, una fiesta.
  Al final del huerto, tras una curva la casa de don Antonio.
   - Buenas tardes, doña Elvira, ¿cómo está usted? - La saludé cuando me abrió la puerta.
  - ¡Oh, Señorito Andrés!  Qué sorpresa, buenas tardes. Pero pase, pase por favor. -Dijo atropelladamente.
  - Muchas gracias, se lo agradezco. El caso  es que vengo a molestarles sólo porque me quedé sin leche y no sabe usted  cuánto me gusta la de sus vacas. Quizá sería acertado que a partir de mañana Carmiña me lleve una lechera cada dos días si no hay inconveniente- Mientras hablaba entré al interior aceptando la invitación y mirando con disimulo en derredor por si algo me descubría la presencia de Carmiña.
  - La leche es la mejor cosa que tenemos por aquí, cuidamos a las vacas mejor que a las personas. -Y eso podía ser cierto, porque para la gente del campo, en Galicia como en Asturias, eran casi tan imprescindibles como a los nómadas del desierto sus camellos. Eran el tiro de sus carretas, con ellas labraban sus campos,  bebían y vendían su leche, abonaban las tierras con el estiércol de sus defecaciones, trillaban el trigo, rodaban la noria... Todo un sin número de labores que sin vacas no se concebían.
  No había vuelto a entrar en la casa desde la muerte de don Antonio. Recordaba con detalle la pieza destinada a comedor en que me hallaba. Un rectángulo casi cuadrado, de techo alto, pintado en su día de blanco con vigas del mismo color ya amarillentas, descascarilladas, con manchas de humedad, chorreando agua en días de lluvia como aquel. En el corredor frente a la entrada, puertas a lado y lado cerraban  dormitorios, la cocina y el servicio. De las paredes, colgaban   todo tipo de cosas; ropas, cestos, una cuerda, talegas, unos zuecos y un saco que vuelto en su mitad hacia sí mismo  formaba una larga capucha para protegerse de la lluvia. Por último, un almanaque y un espejo que apenas reflejaba nada. El desvencijado aparador, una mesa cuadrada y cuatro sillas con asiento de anea reparadas a saber cuantas veces pese a lo cual, seguían colgando multitud de cabos. Herramientas de labranza en un rincón y junto a ellas, una escupidera, artilugio “sanitario” tan raro y antihigiénico que hoy nos produciría asco sólo verlo, sin embargo, en el campo hasta podía representar un signo de lujo. Todo iluminado a duras penas por una lámpara de pocas bujías. La única nota de pulcritud que se apreciaba era la falta de polvo o suciedad. En los pobres muebles se notaban claras huellas de la acción del estropajo y la lejía. 
   - Y dígame. ¿Cómo está su tío?
   - Espero que bien. Esta semana quizá venga más tarde porque andará retrasado al ser requerido en el Puesto de la Guardia Civil por del robo del ataúd. ¡Que desgracia doña Elvira!
   - Ay, No me diga, ¡qué desgracia! -repitió- ¿Quién haría una  cosa así?  ¿Cuándo terminará  todo esto, Señor? -dijo con sincero pesar, y añadió- Hoy ha venido La Pareja preguntando también por mis hijos. No sé que querrían, además, no estaban...
  - ¿No han dicho nada?
  - No. Sólo que  se trataba  de cumplimentar un formulario o un formulismo, no sé, algo así, Andrés. La Guardia Civil me pone muy nerviosa, quizá dijeran algo más que no recuerdo.
  - Y sus hijos... ¿es que están de viaje? -Quise saber.
  - Pues tampoco puedo decirle, hace cuatro días que no les veo, pero no andarán muy lejos porque ayer vinieron mientras fui a recoger unas bellotas para el cerdo. Removieron todo su cuarto y volvieron a marchar antes de verles- y entre dientes murmuró- si es que fueron ellos.
  Precisaba mostrar su inquietud por el hecho extraño de encontrar su dormitorio anormalmente revuelto sin que se dejaran  ver después de tantos días  que no daban señales de vida.
  - ¿Que quiere decir, doña Elvira?
  - ¡Ay, señorito Andrés! Estoy muy preocupada no sé que decir ni que pensar. Todo es muy raro -dijo con la voz quebrada- Si su tío... Si le dijera a su tío cuando le vea... ¡le agradecería tanto que viniera a verme...!
  - Pierda cuidado doña Elvira. Se lo diré cuando llegue y esté segura que vendrá de inmediato por si en algo puede ayudarla. No se preocupe, no tiene por qué temer nada. Piense que posiblemente quieran resarcirse un poco de todo el malestar de estos días y de lo mucho que trabajaban sin apenas un respiro. Para bien o para mal, los jóvenes no pensamos igual que los mayores, se nos pasa por alto muchas cosas a las que no prestamos la atención debida aún siendo importantes y, no es por cuestión de falta de valores, de ingratitud, de omisión de los deberes, o... que se yo de que cosas, es... lo que se dice, la juventud, doña Elvira, la juventud que es diferente. -No sabía más, no podía animarla con otros argumentos que no fueran los que dice  todo el mundo, no obstante, me lo agradecía.
  - Dios le oiga, Andrés ¡Dios le oiga! Es usted como su tío. -Y solícita añadió-  pero siéntese. Enseguida le traigo la leche, recién ordeñada, como le gusta. Llamaré a Carmiña para que le haga compañía y le sirva una taza de caldo.
  - Gracias, doña Elvira, es usted muy amable pero no hace falta tanto. Deje a Carmiña que andará ocupada -disimulé.
  - Nada, con gusto, Andrés -y se marchó sin más, llamando a la muchacha cuando salió afuera.
  No tardó ni cinco minutos. Apareció en el dintel  con gesto de sorpresa.
  - ¡Andrés!
  - ¡Hola, Carmiña! No sabía como verte y se me ocurrió la excusa de la leche...
  Entornó la puerta, me arrastró tras ella y un beso apresurado me selló los labios. Tras el beso, un torrente de palabras de amor, pronunciadas con vehemencia vertía en mis oídos al tiempo que me acariciaba el rostro con ambas manos.
   - ¡Cariño, cariño mío! Sólo pienso en ti ¿Qué me has dado? ¡Si supiera expresar cuánto te quiero! Te amo desde el primer momento  que te vi.  En silencio, sin decirte nada, sin que te dieras cuenta... pero deseaba tanto que lo supieras... 
  Era una cascada de frases susurradas, como dichas para ella, pero que a mí por una parte me halagaban pero por otra me entristecían. No deseaba lastimarla. Le tenía un gran afecto. Cariño sí, y me gustaba enormemente; pero no estaba seguro de poder corresponderla en su amor. En realidad, no deseaba enamorarme. Besos y ternura consumieron los pocos minutos sin darnos cuenta.
   - Carmiña, por favor. Doña Elvira... atiende... que nos puede sorprender -me valí de este argumento para separarnos y evadir las frases que ella esperaba. -Antes de que vuelva... óyeme, verás... he venido porque quería preguntarte sí...
   - Iba a proponerle vernos al día siguiente, motivo por el que había ido a su casa, pero me detuve ante su apasionamiento. Sería  ilusionarla  más  y mayor  el daño que le haría si  no prosperaba nuestra relación, así que continué diciendo.
  - Si... doña Elvira aceptaría  ir contigo a casa de mi tío, el domingo por la tarde a merendar.
  - ¡Ah! Ya le diré, pero no sé si querrá. Insistiré cuanto pueda.
  - No, ya no hace falta. Ella misma me ha dicho que desea  verle. Está muy preocupada por sus hijos y a Don José le tiene confianza para pedirle consejo y saber que debe hacer.
  - ¿Y hasta entonces no te veré, Andrés?
  - Me traerás la leche el sábado, ¿no?
  - Si, pero estará tu tío.
  - No creo - aunque pensé que era posible.
  Me pareció notar en sus ojos una sombra de duda, como intuyendo que excusaba un nuevo encuentro a solas, pero ya no tuvimos ocasión de más intimidad. Los pasos de doña Elvira nos advertían de su llegada.
  - Mina, -así la llamaban familiarmente- ¿no le has ofrecido un tazón de caldo al señorito Andrés?
  - Sí y  más de una vez  -me adelanté en decir- pero no me apetece doña Elvira, se lo agradezco mucho.
  Me despedí de ellas con el sentimiento de dejar a Carmiña visiblemente entristecida. Me dolía  no haberle pedido vernos al día siguiente. A fin de cuentas fui por verla, deseaba  estar con ella. No acababa de entender mis sentimientos.

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Capítulo VII
 
 
   Doña Elvira se sentó frente a la mesa y escondió su rostro entre las manos ocultando las lágrimas que no podía contener.
   Alarmada, Carmiña acudió solícita a su lado. Hacía varios días que la notaba muy nerviosa y a ratos sumamente apesadumbrada. Entendía que tenía motivos para estarlo y procuraba ayudarla más que nunca, evitándole todo el trabajo posible y dedicándole el trato más cariñoso que podía.
   - Doña Elvira  ¿Se encuentra mal?
  -No, Mina. Es la pena que tengo por todo lo que está pasando. Estoy aturdida, desconcertada. Ya ves, tan fuerte que siempre he sido y ahora...
   Se secó las mejillas con una punta del delantal, si bien, a duras penas lograba contener su emoción. Carmiña aproximándose más posó las manos en sus hombros y reclinó la cabeza sobre la suya, al tiempo que intentaba animarla con palabras y el tono de voz más tierno de que era capaz.
  -Vamos, Doña Elvira... que yo estoy con usted. Sabe como la estimo y cuanto la quiero. Saldremos adelante aunque nos quedemos solas. Yo estoy  y estaré siempre  con  usted doña Elvira – repitió. Pero al pronunciarlo, un sentimiento de infelicidad le aprisionó el pecho. Eso sería tanto como renunciar al amor recién despertado en su corazón. ¡Cuánto le costaría abandonarla si Andrés le pidiera un día vivir en Barcelona! Pero eso era un sueño e hizo un esfuerzo por volver a la realidad.
  -Dígame ¿qué le ocurre? ¿Es por el recuerdo de Don Antonio o algo  sobre sus hijos? Si es por ellos no debe preocuparse. Saben cuidarse. Tienen edad para escoger entre lo bueno y lo malo. Yo tampoco quisiera que se marchasen, pero dicen que van donde Juan, el hijo de don Pepe, el del aserradero, que también se fue no hace mucho, y, con el hijo de don Sebastián que vuelve a Buenos Aires donde tienen trabajo para ellos. Es cosa de unos pocos años, ya lo verá. Se curtirán y han de volver hechos unos hombres bien plantados habiendo conseguido unos ahorrillos. Como vuelven casi todos, doña Elvira. Por favor, no se lo tome así.
  Seguía consolándola pero doña Elvira, tras las palabras de Carmiña, se abrazó fuertemente a ella y rompió en un sollozo incontrolado.
  -No es únicamente eso Mina. Hay algo más que me tiene desesperada, angustiada como no puedes imaginar. No sé que hacer ni que pensar porque presiento que es muy grave. No quería decir nada a nadie pero ya no puedo callarlo más. Tú lo has de saber, Carmiña, aunque sé que también lo sentirás.
   - ¡Ay! No me asuste, mamita.
   La llamaba así cuando era pequeña y le afloró a los labios espontáneamente después de muchos años.
   - ¿Qué es, qué ha ocurrido?
  Por toda respuesta le dijo.  -Ven- y  la llevó a su habitación. Tomó una silla y  encaramándose en ella  buscó algo en lo alto del armario.
  Oculto entre un revoltijo de cosas, había un envoltorio que mostró a Carmiña.
  - Lo encontré en el cuarto de mis hijos hace unos días.
Carmiña lo dejó sobre la cama con cuidado y temblorosa lo fue desenvolviendo. Al separar el último papel no pudo reprimir un grito de asombro y miedo al reconocer el objeto.
  - ¡Dios del Cielo! ¡El crucifijo! ¡Ay, ay, la Santísima Trinidad!
   Las dos mujeres prorrumpieron en sollozos a un tiempo. Abrazadas, dejaban escapar su emoción por lo que significaba aquel enorme crucifijo de oro en su casa.
  -¡Por Dios! ¿Cómo dio  con él? -pudo articular al fin, deshaciéndose del abrazo- ¿Dónde lo encontró?
  - En un rincón del cuarto, bajo el piso. Me llamó la atención que la mesita junto a la cama quedaba coja y al intentar asegurarla observé que una madera se movía, estaba suelta, la levanté extrañada y descubrí lo que estas viendo. ¿Qué puedo hacer Carmiña? ¡Si son mis hijos! Por eso pedí al sobrino de don José,  ir a verle. Quizá él sepa mejor que yo qué es más conveniente. ¿Por qué se encuentra aquí el crucifijo del ataúd?  ¿Por  qué, Carmiña, por qué?  
  Estuvieron mucho tiempo haciendo mil conjeturas que las inquietaban o tranquilizaban según el último argumento. Se negaban a aceptar que los dos hermanos guardasen una relación directa con el robo de la caja mortuoria y preferían pensar que lo habrían encontrado junto al río o a saber en qué sitio. Probablemente, rescatado a los ladrones.
   Sin más  razonamientos, sin despejar las dudas que les afligía, decidieron al fin, retirarse a descansar y esperar el consejo de don José, que a buen seguro les diría que era lo mejor que podían hacer..
   Carmiña se dejó caer en la cama exhausta por tantas y distintas emociones. Cierto que le preocupaba la suerte que pudieran correr Tomás y Juan, pero a doña Elvira la quería como hubiese deseado querer a su propia madre de haberla conocido y le apenaba verla sufrir. Pese a todo, el mayor desasosiego y la ansiedad, la incertidumbre y el     infortunio que la embargaba era, sin más, por las  dudas que el amor  de Andrés le despertaba. No quería pensar como iban a ser los días sin él, sin verle ni oírle, ignorando qué  hacía.
   Su pulso se aceleraba con estos pensamientos y cualquier otra inquietud perdía importancia ante la aflicción de no sentirse correspondida.
   Le amaba. Le amaba tanto que no dudaría en seguirle allí donde él quisiera. Abandonaría la aldea, la casa donde vivía, a doña Elvira... todo, todo con tal de estar a su lado, de estar con él...  de unirse a él en cuerpo y alma, de ser suya  toda la vida.
    Y así, recordando la merienda en el río, el paseo de vuelta por el bosque,  sus besos... sus caricias… se quedó dormida.
   Apenas percibió que de lejos el suave viento que se había levantado, traía desde bosque el aullido quejumbroso de un lobo.  
 
.......................................
  
 
   No tenía apetito. El sol ya se había puesto tras las montañas más próximas pero la claridad del ocaso se prolongaría durante bastante rato y a esta hora acostumbraba a cenar en el porche, bajo la parra.
  Me gustaba ver recogerse  los pájaros en el atardecer; seguirles con la vista en sus círculos por el cielo agrupados en bandadas que se encogían y expandían en cada giro. ¿Buscarían el cobijo para la noche desde lo alto? ¿Sería cada día uno distinto o intentarían reconocer el refugio de todas las noches que sería su particular alcoba? ¿Por qué el escandaloso gorjeo en su retiro? Se dice que trinan de miedo porque se oculta el sol. Sentiría  pena si esa fuera la razón. Terror inútil por lo inevitable. Inútil su temor en la ignorancia de un nuevo amanecer.
  Me hallaba melancólico. Estaba triste. Como los pájaros, sentía miedo por gastar el día sabiendo que acortaba el tiempo y pronto me tendría que marchar. A Carmiña, algún joven aldeano la cortejaría  y conseguiría hacerle olvidar este amor que hoy cree tenerme, pronto desaparecería como el humo.
  Volví a prestar atención a los pájaros. Cada vez quedaban menos en el azul grisáceo del cielo. Intenté recomponer mi ánimo pensando que como ellos, ignoraba la luz del día siguiente. Infundado pesar por el devenir que aún no conocemos. 
   Me procuré unas manzanas y me serví un gran vaso de leche recién ordeñada. En aquellos años, queridos sobrinos, no había tantos requisitos sanitarios como ahora. Creo que se podría decir que el hombre era más inmune a las enfermedades.
 - Ya, tío. Pero que me dices de la tuberculosis,  la viruela…
 - Ya saltó el respondón, Quique. Tu hermano será un buen abogado. Pues te digo que en el campo sólo morían de apendicitis y de viejos.
 - ¿Pero a qué edad eran viejos, tío?
 - ¡Joder, con el niño! Ja ja ja ja, tienes respuesta para todo. Y si te callas sigo.
  La lluvia  había refrescado el ambiente y me apetecía más que otras veces ir a dormir, era muy agradable cobijarse con  mantas en pleno verano si la noche era fresquita. Cuando terminé de cenar, pasé por el escritorio de la funeraria a recoger la novela que  leía. Di un último vistazo al depósito, me aseguré de que las ventanas de la planta baja y la puerta de la casa estuviesen cerradas por si volvía a llover y subí a mi “alcoba” un poco a tientas porque ya oscurecía.
   Un quinqué de aceite o una vela me prestaba la luz que precisaba para desvestirme y leer un rato antes de dormir. Esa noche como todas, cerré el libro sobre las once, cuando las letras empezaban a bailar ante mis ojos pero, sobre la una desperté porque algo me inquietaba y no era capaz de mantener la postura más de diez minutos seguidos.
  Adormilado aún,  percibía sonidos que no eran los habituales de la contracción de la madera a los que ya me había acostumbrado. Unos leves ruidos, un intermitente plaf, plaf, resonaba en las paredes sin la intensidad suficiente para despertarme del todo. Luego, un mínimo roce próximo a mi oído, después una ligera  presión  en mi cuerpo ejercida sobre las mantas. Todo tan suave, tan liviano que, si bien no bastaba  para sobresaltarme y recobrar la lucidez, sí me impedía recobrar el sueño profundo. Sin embargo, los pequeños ruidos se intensificaron en cantidad y por fin me sobresalté cuando los toques sobre la ropa de la cama fueron múltiples.
   Tomé conciencia plena y creo que mis orejas se irguieron como las de un perro cuando se pone en guardia. Ya oía con claridad los pequeños chasquidos, ya sentía sobre mí cierto hostigamiento desde los pies hasta los hombros. Noté que un cuerpo se deslizaba al interior del lecho y, tras mi cabeza un movimiento, de inmediato, el contacto de algo que hurgaba en mi cabello. Mi primer impulso fue taparme con las mantas totalmente evitando cualquier resquicio pero una de aquellas cosas había quedado cubierta conmigo profiriendo un agudo chillido cuando con mis movimientos para envolverme, quedó atrapada.
   Aún me produce repugnancia recordar el tacto grasiento y peludo de aquel bicho que ignoraba qué podía ser: quizá una rata asquerosa. Por puro reflejo, de un manotazo la arrojé fuera de la cama, me arropé  tanto como  pude, pensando qué hacer para ahuyentar  aquellos seres extraños que me hostigaban. Cada vez estaba más convencido de que eran ratas, por sus chillidos y por el leve peso de sus cuerpos que percibía a través de las mantas.
   La situación era sumamente angustiosa. Por momentos aumentaban en número, de forma que tenía la impresión de estar cubierto por ellas. Advertía como intentaban encontrar cualquier descubierto para introducirse entre las sábanas, consiguiéndolo en más de una ocasión y llegando a rozar mis pies o mis costados. A patadas las expulsaba como podía.
   El trance no podía prolongarse mucho más y debía encontrar una solución que me librara del asedio. Dudaba. Tapado cabeza y todo empezaba a sentir la falta de oxígeno, sudaban todos los poros de mi piel  y me resultaba difícil mantenerme tranquilo y razonar con serenidad. Al fin, opté por deslizarme envuelto con la ropa de la cama, hasta alcanzar la vela y las cerillas que debían estar próximas. 
   Poco a poco, evitando los movimientos bruscos y procurando no dejar resquicio alguno, llegué hasta el lugar dónde esperaba encontrar lo que buscaba.  Saqué la mano, estiré el brazo y lo alcancé. Un arañazo me hizo retirarlo bruscamente, pero tuve tiempo de coger la vela y las cerillas.
   Ahuecando la  ropa la encendí como pude. Tenía que actuar con rapidez si quería controlar aquel acoso, de modo que volví a extender el brazo con la vela encendida en la mano dejándola en el suelo lo más alejada  posible y cubriéndome de nuevo. La estancia ya se hallaba iluminada.
   No sé si fue el romper la oscuridad o la acción de mis movimientos lo que promovió el arrebato de aquellos bichos que arreciaron en su actividad. Los chillidos, y los plaf, plaf, en las paredes se centuplicaron.
   Y no esperé más. Cerca, apoyada en la pared, tenía una rama de roble que precavido, me procuré desde el primer día como arma de defensa por si llegaba el caso y ahora celebraba la idea. Conté mentalmente hasta tres y de un brinco me incorporé  vociferando, espantando a no sabía qué, moviéndome frenéticamente y dando puntapiés. Tomé la estaca y repartí golpes de palo a diestro y siniestro.
   Para sorpresa mía no eran ratas. Fueron unos primeros instantes de furor. Las paredes se oscurecieron de sombras que se cruzaban en todas las direcciones, alargándose y contrayéndose según proyectara la luz de la vela los cuerpos de aquellos animales voladores. Más de un centenar de murciélagos lo invadía todo, el techo, las paredes, la cama, los rincones y el  suelo. Despavoridos por mis gritos, el zumbido de la vara que blandía con fuerza y los palos que recibían, los enloquecían más aleteando perdidos contra todos los relieves.
   Aquellos vampiros  enajenados que  me atacaban  por todas partes con el propósito de hacer presa en la carne desnuda, intentaban hincar sus afilados colmillos en cualquier lugar de mi cuerpo buscando las arterias para emponzoñar mi sangre. Terminarían conmigo si dejaba de moverme un solo segundo. La espalda contra la pared, enarbolando el palo sin desmayo cuando menos para despistarles en su orientación y pataleando constantemente no podía,  pese a todo, evitar que muchos consiguieran desgarrar mi piel con sus uñas. ¡Mmm!... ¡Qué asco sentir el abrazo de sus membranas! ¡Un manto negro envolviéndome como un sudario!
   Casi una hora me costó librarme de ellos, pero por fin, huía el último por el dintel de la ventana. En el suelo yacían más de veinte asquerosos cuerpos de aquellos mamíferos nocturnos. Hasta cogerlos exánimes me repugnaba. 
   Me hallaba derrotado y hecho una pena. El sudor licuaba la sangre de los cuantiosos arañazos y parecía que iba a desangrarme. Recurrí al botiquín y con paciencia fui limpiando y desinfectando todas las heridas. Cuando terminé casi parecía una momia con tanta venda y esparadrapo.
  Serían las tres de la madrugada cuando decidí volver a acostarme. Sacudí las mantas, cambié las sábanas y tras dejarlo todo en orden, me dispuse a olvidarme de los murciélagos y conciliar el sueño pensando que no habría más incidentes aquella noche. No obstante, dejé por precaución dos largas velas encendidas y me acosté.
  Como después de la tempestad viene la calma y a la excitación le sigue el relajamiento, en pocos minutos quedé profundamente dormido. Ignoraba que un mayor peligro se cernía sobre mí, como si el destino hubiera dispuesto mi fin para antes del amanecer.
  Sus sobrinos seguían la narración sin interrumpirle, atentos a todos los detalles que Andrés iba describiendo como si reviviera aquella escena tan lejana en el tiempo.
  - Tío, ahora si que nos tienes intrigados. Lo que nos cuentas ya es bastante para que aún te ocurriese algo más. Si eso me pasa a mí me meo encima,  –dijo Quique.
  - ¡Que asco! Repugnantes  ratas  voladoras. Vampiros, ¡Uf...! - añadió  Raúl.
  - Desde luego, la noche fue bien movida. ¡Joder… si lo fue!
  - Sigue por favor que estamos en ascuas...
  - Os contaré pero antes pongamos gasolina, sólo faltaría quedarnos con el depósito vacío en medio de esta tormenta. Ahí hay una estación de servicio.


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Carlos Serra Ramos
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Re: El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Dom Ene 07, 2018 10:06 pm

 CAPÏTULO VIII
 
   Había cesado de llover cuando volvieron a la carretera, incluso, asomaba  entre  las nubes algún azul de cielo por el que se filtraban rayos de luz prestando mayor claridad al paisaje cubierto de verde por todas partes.
  Andrés se acomodó en el asiento y se dispuso a  continuar el relato satisfecho por el interés que  despertaba. Cruzaban sobre el Ulla  en ese momento y su pensamiento voló a los días que paseó sus riberas con Carmiña. La recordaba con su cabello recogido y descansando como cola de caballo sobre su pecho. La blusa estampada de colores vivos mostrando tímidamente el nacimiento de unos senos que se intuían nacarados -Me embelesaban- pronunció en voz alta sin darse cuenta absorto en aquella imagen.
 -¿Qué dices, tío? -¿Qué?- Preguntaron ambos sobrinos a la vez.
 -Nada, chicos. Pensaba en voz alta.
 -Tío, porfa... estamos deseando seguir la aventura.
 -Sigo, aunque estamos a menos de media hora de Santiago.
  -Quedamos…
  -Nos decías que volviste a dormirte después de ahuyentar a los murciélagos.
  -Sí, y apenas si serían las cinco de la madrugada cuando un estrépito me despertó sobresaltado. Alertado como estaba mi subconsciente, con cualquier susurro hubiera reaccionado igual.
  El estruendo provenía de la funeraria, del lugar donde se exhibían los ataúdes que, apilados, ahora se desmoronaban y chocaban unos contra otros. Por alguna razón habría cedido uno de los pies donde se asentaba el primero y cayendo uno, caían todos. En el silencio de la noche el ruido era ensordecedor  y  se prolongaba demasiado para ser sólo por el desplome de una pila de cajas. Se oía también chocar de metales y de cristales rotos. No tenía ninguna lógica salvo que alguien estuviera revolviendo todo lo que en la exposición se encontraba.
   Me  incorporé con todos los sentidos alerta  sin  llegar  a levantarme, tomé una de las velas y quedé atento por si descubría algún otro sonido que me revelase lo que ocurría sin necesidad de bajar.  La verdad, es que no me atrevía a dar un paso y comenzaba a encontrarme francamente mal.
    De  pronto  cesaron  los ruidos. Se hizo el silencio más absoluto y  no sé cuánto tiempo transcurrió, porque en lances angustiosos un minuto se eterniza. Me sentía petrificado esperando oír el más leve murmullo, notaba en el cuello los fuertes latidos del corazón. Pensaba que si la espera se prolongaba podría desvanecerme y quedar a merced del causante del estrépito. Porque no cabía duda,  alguien o algo lo habría originado.
   De súbito,  otra vez irrumpió en mi memoria la imagen de don Antonio, su muerte,  su cuerpo rígido con aquel rictus en la boca tan extraño mientras se sellaba el ataúd. Su última palabra y la ferocidad mostrada con mi tío; pensé también en el incidente del pozo, el lobo en el bosque... y todas las escenas vividas que pusieron en riesgo mi seguridad desfilaban por mi mente produciéndome escalofríos de espanto. No siento rubor al confesaros que sentí miedo. Estaba persuadido de que algo tenía que ver el espíritu de don Antonio desde El Más Allá. Tal vez, tuviera insólito fundamento su  teoría  sobre la reencarnación y, en la espera, como él decía, vagase su alma con intenciones de venganza. Pero… si era su espíritu o algo parecido, me decía yo, que hubiera de aparecerse en otra forma que no fuera la física.
  Desde luego no pensaba volver a dormir, por consiguiente, tenía que optar por levantarme, vestirme y marchar o quedarme en vela lo que restaba de la noche. Tendría que tomar una decisión pero no sabía cual. Pensé multitud de cosas. Buscaba  un sin fin de alternativas sin poner ninguna en práctica, cualquier idea la desechaba al momento y...  esperaba.
   Esperaba nuevos acontecimientos que me hicieran reaccionar; que me devolviesen un poco del valor del que otrora presumía y al fin, me pareció oír un tenue crujido en la escalera... después... otro más claramente audible.
   No sé cómo me salió la voz de la garganta. Me sorprendí a mí mismo oyendo el tono que empleé al preguntar con autoridad -¿Quien anda ahí?- aunque nadie me respondió -¡Atención que estoy armado!- dije pretendiendo intimidar. Más los crujidos siguieron en la escalera.  Leves pisadas y una  respiración agitada, anunciaban  que alguien ascendía por ella.
   Sobreponiéndome al terror que  me embargaba, aparté las mantas y me puse en pié. Agarré por segunda vez el palo que tan válido me fuera antes. Encorvado y tensos los músculos esperaba dispuesto a defenderme del enemigo que subía la escalera. En esta ocasión la estancia se hallaba iluminada y descubriría de inmediato con quien o a qué tendría que enfrentarme esta vez. Por el fuerte jadear, presentía su presencia muy próxima. Le suponía en los últimos peldaños. Y, en efecto, a poco pude ver a la luz de las velas una cabeza que emergía por el hueco de la escalera. Era... la cabeza de un animal. De un lobo.
    No pude reprimir un escalofrío que recorrió mi espina dorsal. Se me secó la boca y el corazón se aceleró tanto que sentía como golpeaba el pecho desde dentro presionando las costillas. Con pasos lentos, terminó de subir hasta mostrarse completamente. Se quedó quieto, estático, como figura esculpida, como ser embalsamado. Igual al que se me apareció en el bosque -si no era el mismo- la cabeza erguida, ojos fosforescentes mirándome con arrogancia y la tranquilidad de saberme presa fácil. Con lentitud elevó la mirada al cielo y profirió un aullido que heló mi sangre.
   Sin embargo, este fue el detonante que motivó  jugarme el todo por el todo. Fue un reflejo instintivo. Encorvado como estaba estiré las piernas y salté  al frente lanzando un alarido más fuerte que el del lobo; tanto que le sorprendió y me di cuenta de que se achicaba un poco amedrentado. Este pequeño gesto me dio valor para rematar mi asalto blandiendo el palo y asestando un solo golpe que le dejaría fuera de combate.
    Algo parecido debió pensar el animal porque retrocedió un paso, se encogió,  gruñó ferozmente y abriendo sus fauces se abalanzó sobre mí buscando mi garganta con sus colmillos.
    Acerté a  medias  golpeándole de refilón sobre el lomo. Rodó por el suelo y se incorporó de nuevo gruñendo con mayor ferocidad; retrocedía dos pasos, avanzaba uno, se desplazaba a la izquierda y a la derecha  con la cautela que le aconsejaba el castigo recibido. Yo esperaba atento el posible embate con la estaca en alto. 
  Como el animal no se decidía, perdida mi paciencia, no lo pensé más.  Me adelanté hacia él, gritando con furia a la par que descargaba con toda mi fuerza un golpe que no llegó a tocarle porque de un salto lo esquivó y con otro, alcanzó el dintel de la ventana por la que se arrojó al exterior. 
Podía pensar que había ganado la partida, que no tenía motivo para temerle, que  yo era más fuerte que la bestia; podía pensar que debía recobrarme del susto recibido y la angustia de aquellos minutos, del terror experimentado en una noche de pesadilla; podía pensar en  no sé que más cosas. Sin embargo, no pensé en nada. Me desplomé sobre el suelo porque las piernas se negaron a sostenerme.
  Cuando me repuse a medias no esperé más. Me vestí a toda prisa. Recogí lo imprescindible de mis cosas personales y las llaves del piso alquilado por mi tío. Ni un sólo minuto más deseaba permanecer en la casa. La noche no podía dar más de sí. 
 
 


 
 
 
CAPÍTULO IX
 
  Pasé todo el día con impaciencia. Varias veces estuve tentado de marchar a Santiago a buscar a mi tío, si bien, no tenía la seguridad de encontrarle y el incidente de la pasada noche no me parecía suficiente razón para justificarme, teniendo en cuenta que tío Pepe venía al día siguiente. A fin de cuentas, unos murciélagos que irrumpen en una casa sin ventanas y un lobo -o quizá fuera un perro- que penetró en la funeraria persiguiendo algún conejo o liebre de los que tanto abundaban en el bosque, casi a diario los tenía que ahuyentar del huerto. Quizá el desbarajuste en la funeraria no era tanto. Lo que se me antojó un gran estropicio en la oscuridad de la noche, probablemente lo viese exagerado en el estado de ánimo en  que me hallaba. Y mientras razonaba de este modo, sentía el impulso de ir a comprobarlo a la luz del día. No obstante, otras reflexiones me lo impedían.
   Pretexté una indisposición para no salir de la casa y no conté a nadie lo sucedido. Sólo Carmiña hubiera despejado mi ansiedad, pero a ella  menos aún podía confesar la zozobra que me embargaba por  algo que parecía carecer de sentido.
   Pero… don Antonio juró que volvería y admitiendo su creencia en la reencarnación vagaría su espíritu por algún lugar no lejos de la aldea. Nadie ha vuelto jamás del Más Allá para explicar qué sucede, qué se encuentra al otro lado de la frontera que separa la vida de la muerte. Nos sabemos vivos porque no conocemos más vida que la que nos recuerda la memoria, sin admitir por vanidad o por temor, que simplemente, podemos estar ocupando un cuerpo confeccionado por unas cuantas células. ¿Qué es la carne más que un compuesto químico? ¿Y no es la materia una sucesión en distintas formas?
   Recuerdo que de niño me asombré cuando  un sacerdote nos puso como ejemplo de Fe, el que todos los océanos no llenarían un vaso si era voluntad de Dios y me pareció poco convincente por grande que fuera el milagro. Cuando descubrí que en el Universo existen astros tan compactos que una masa tan grande como el Sol puede ser del tamaño de una bola de billar entendí que nada es imposible. Para mí,  la lección es, que nunca puede negarse aquello sobre lo que no se pueda demostrar lo contrario. Todas las religiones abundan en el reconocimiento de una existencia espiritual tras la muerte, entonces ¿por qué negar la presunción de don Antonio? No podía dudar que los acontecimientos acaecidos desde su muerte eran cuando menos sumamente extraños.
   Con estas y otras muchas cábalas pasé todo el día, pensando al tiempo en dar por finalizadas mis vacaciones y marcharme del lugar donde ya no encontraba satisfacción.
   Mi tío llegó ese mismo día, ya oscurecido, y se extrañó al encontrarme en la casa de la aldea. Vino en su automóvil, reparado al fin. Le reconocí por el ronroneo del motor antes de verle y bajé corriendo a recibirle como si llegase de la Luna.
  - Tío Pepe, le esperaba mañana. ¿Cómo está?
  - Bien sobrino ¿y tú? Adelanté mi vuelta porque he de  ir al “cuartelillo”  pero... ya te contaré. Ahora ayúdame a meter estas cuatro cosas y el resto lo descargaremos mañana en la casita.
   Mientras subíamos la escalera le ponía al corriente sobre la aventura de la pasada noche. No tenía paciencia para esperar a que se acomodase y aunque su alarma resultó lógica por los desperfectos en la funeraria, me sentí algo decepcionado porqué me  pareció que relegaba el peligro corrido en el incidente. Cierto que una cosa era explicarlo, y otra vivirlo.
  - Entiendo el susto que habrás pasado, Andrés, pero observo que estás bien gracias a Dios y sin que reste importancia al peligro en que te has visto, date cuenta que no salimos de una cuando entramos en otra. Van a pensar en la Central que no prestamos la suficiente atención...  - dijo, excusando de este modo su primera preocupación por los desperfectos, y añadió  -Vamos allá ahora mismo, sobrino. Veremos que hizo ese maldito perro. No repliqué ya que esta duda también la tuve yo.
                                                                
  - ¡Dios Santo! ¿Y dices que esto lo hizo un lobo? Ni una manada entera puede hacer algo así. Explícame, explícame con detalle todo lo que pasó. Es imposible tal estropicio.
   Volví a contarle punto por punto lo que vi, oí y sentí esa noche, mientras mi tío balanceaba la cabeza con aire de incredulidad y asombro.
   Bien. Volvamos a casa. Es obvio que algún misterio hay en todo esto. Veremos mañana que pueden decirnos en el “cuartelillo”. Me ha llamado esta tarde don Julián, ya sabes, el sargento de la Guardia Civil,  para decirme que están a punto de culminar la investigación. Pero de verdad, Andrés, no encuentro relación entre los incidentes que me has contado y la muerte de don Antonio, no obstante, se lo diremos por si cree el sargento que debe investigarlo. Y por supuesto, entiendo que no debes  dormir más en la funeraria. 
  - Hay más tío - y le conté también el susto del pozo.
  - Una grave imprudencia tuya. Insisto, si no creemos en fantasmas, nada tiene que ver la muerte de don Antonio.
   Bien sabía yo que no tenía una lógica razonable pero a mi pesar y titubeando le pregunté.
  - Tío Pepe ¿Conoce usted algo sobre los fenómenos paranormales?
 
..................................
 
 
   -Buenos días, don José. Pasen ustedes -dijo el sargento don Julián, comandante del Puesto, invitándonos a entrar en su despacho. -¿Cómo están?
  - Bien gracias. Deseando que termine este penoso asunto. Parece que tienen ustedes nuevas noticias al respecto. 
  - Si, las tenemos. Y son buenas por un lado y muy lamentables por otro.
  - Usted dirá.
  -¿Un cigarro, don José?
  -  No, gracias. No fumo.
  -¿Y tu, muchacho? Disculpa que no recuerde tu nombre.
  - Andrés, señor, y tampoco fumo. Muchas gracias.
  - Don Julián, nos tiene sobre ascuas. -Apremió mi tío soslayando el tratamiento oficial.
   Se conocían bien y sin reconocerse como amigos íntimos, se tenían gran aprecio y respeto. Eran compañeros de dominó en las tardes de café muchos domingos.
   Parecía deseoso de mantener el suspense porque sonrió, tomó un cigarro de la caja de habanos sobre su mesa y cortó parsimoniosamente la punta antes de decir.
  - Paciencia don José que busco la forma de expresarlo mejor.
   Encendió una cerilla, con ésta, la funda  de fina madera del cigarro y con el máximo refinamiento y ritual logró prender la brasa en el habano succionando con aparente deleite una gran bocanada de humo, que exhaló tan lentamente que parecía se tratase de conseguir un récord.
  - Después del desayuno y un buen café, es algo que no perdono. Bien señores, parece ser que hemos tocado fondo y podemos dar la investigación por terminada. Ayer por la tarde se pasó el informe definitivo al juzgado y ahora es  el juez quien debe cerrar el caso. Nuestro trabajo ha terminado.
  - Entonces don Julián ¿saben pues quienes son los autores del robo? 
  - Creemos saberlo, aunque el juez dictaminará a la vista de las pruebas que se aportan por las diligencias de la Benemérita. Por esta razón le pedí venir esta mañana. Ustedes denunciaron el robo y don Antonio murió en sus manos al comunicárselo. Le citarán a declarar por puro formulismo y poca cosa más.
   -Pero por encima de todo ello, pienso en el dolor que se va a infringir a una mujer que  apreciamos usted y yo, y que resulta ser la víctima inocente de este desgraciado asunto. Don José, quiero pedirle que me ayude a darle a doña Elvira la mala noticia que voy a revelarle.
  -¿A doña Elvira? - exclamó alarmado mi tío-  Sargento, cuente conmigo. Pero diga, diga ya ¿qué ha ocurrido?
 
.....................
 
 
   Doña Elvira acogió la noticia sin pestañear siquiera, su rostro no delató la menor expresión del dolor que su corazón sentía. Sólo en sus ojos se percibía el impacto que las palabras de don José iban produciendo en su ánimo. La mirada perdida y la mente en blanco. Apenas respiraba. Ni un gesto, ni palabra alguna. Quedó inmóvil como si ese fuera su estado natural desde siempre.
  -Doña Elvira, por favor, reaccione usted -le rogaba mi tío en un intento de devolverle la percepción del momento- Usted es persona creyente y debe asumir que los designios de Dios no son entendidos por los hombres. Él sabe el porqué de las cosas y nuestro análisis a su voluntad sería poner en duda su bondad.
  Las palabras de mi tío tuvieron un efecto contrario al deseado en tanto que doña Elvira levantó levemente la cabeza, sus ojos cobraron una expresión indefinida y mirándole de frente, dijo con un hilo de voz, no obstante, infligiendo al acento la mayor firmeza.
  -¡No me hable usted de Dios!
  A continuación vaciló en el asiento un instante y se desplomó sobre sí misma.
  Carmiña que sollozaba en silencio junto a ella, fue la primera en socorrerla. Consiguió a duras penas sostenerla antes de que cayera al suelo.
  -¡Mamita, mamita! -la llamaba angustiada- Por Dios mamita, recóbrese, recóbrese. ¡Vuelva en sí!
   Mi tío y yo, acudimos presurosos en su ayuda y entre los tres la llevamos a su cama intentándolo todo para reponerla.
   La conmoción sufrida por la muerte de sus hijos había sido superior a su entereza, superior a sus fuerzas. Realmente, el desgraciado accidente era de escalofrío. Hallaron a los dos muchachos despeñados en un barranco, al pie del cual discurría un pequeño afluente del río Ulla. Ambos presentaban multitud de heridas y fracturas al golpearse con las rocas en su caída lo que con seguridad, les había ocasionado la muerte.
  Pero había algo más  que el forense trataba de descubrir, algo que  aumentaba el dramatismo de la tragedia, prestándole un añadido de espanto y morbosidad. A pocos metros de los cadáveres,  yacía el cuerpo acuchillado de un lobo.
  Según la primera impresión de la Guardia Civil, los jóvenes habrían luchado con el animal y en la refriega se despeñaron. En su piel se apreciaban multitud de arañazos y no pocas dentelladas en sus carnes. Sin duda la pelea sería feroz y encarnizada acabando con la vida de Tomás y Juan.
   Por si todo ello fuera poco, entre la maleza  y las  piedras del barranco, dispersas por doquier, se encontraron un gran número de joyas y billetes de banco.
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Carlos Serra Ramos
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Re: El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Sáb Ene 13, 2018 1:11 pm

CAPÍTULO X

  Hacía  una semana  que habíamos enterrado a los muchachos y aún la noticia de su muerte y el  accidente que la ocasionó era el comentario más importante en todas las conversaciones. La actividad por nuestra parte fue grande ya que tuvimos que cuidar de todos los trámites  del sepelio, acudir a los requerimientos de La Guardia Civil y sobre todo, en mi caso, atender a doña Elvira y no dejar sola a Carmiña. Todas las tardes iba a visitarlas y procuraba infundirle un algo de consuelo. Aunque estas tragedias no tienen serenidad posible, ella me agradecía cuando menos la intención y la compañía a Carmiña. En estos días se fue acrecentando nuestro  amor pese al freno que yo intentaba poner a este sentimiento, pero debía rendirme a la evidencia y reconocer que amaba a Carmiña. Qué desenlace tendría nuestra relación era cosa que ya no me preocupaba. Nos queríamos y eso era lo más importante.
  Esa tarde, doña Elvira me hizo el comentario con relación al crucifijo encontrado en el dormitorio de sus hijos, el cual, se había dado por desaparecido.   
  - Olvídelo doña Elvira, pienso que  no deberían decir nada,  sin duda les pertenece legalmente y a nadie iba a beneficiar dar más razones a La Guardia Civil para nuevas declaraciones. Estoy seguro que todos deseamos poner fin a los trámites legales. Usted sabe que nadie lo va a reclamar doña Elvira, y terminadas las diligencias, a fin de cuentas es usted heredera legal de los bienes.
  - Si,  pero también sé que no me pertenece. Mi  hermano lo encargó para su ataúd y siendo esta su voluntad mi conciencia no estará en paz si me lo quedo, además, ni siquiera sabría que hacer con él. Lo entiende usted ¿verdad? Yo no quiero nada. Tan sólo esta casa porque no tengo donde vivir, si no, ni eso, Andrés. Está manchado con sangre de mi propia sangre.
  - Doña Elvira, eso la honra. Pero espero que recapacite, el daño ya está hecho. –no quise insistir en un tema tan delicado, pero agregué- En cuanto al crucifijo no veo de qué forma podrá restituirlo.
  - He pensado en ello y este es el motivo de esta conversación que tanto me duele, Andrés.     
  - Hizo una pausa que no sé si fue para enjugar sus ojos o buscar las palabras para expresarse mejor en lo que quería decirme- Es preciso que pueda entrar en la cripta, señorito Andrés, pero ignoro el procedimiento a seguir. No sé si el señor notario accedería a dejarnos la llave que tiene en custodia o si la funeraria guarda una copia, evitando así revelar el móvil que justifica abrirla, claro, siempre que a ustedes no les comprometiese.
  Doña Elvira, en su afán de retornar el crucifijo -pensé que la razón oculta fuera mitigar en algo la acción de sus hijos- no tenía en cuenta los expedientes que ello comportaría, la imposibilidad de llevarlo a cabo sin la intervención del juez y las autoridades.
  -Doña Elvira, olvida usted que no tan sólo está cerrada con llave, sino que también fue sellada con soldadura de plomo, y abrirla sería una profanación y por lo tanto un delito. No obstante, si usted quiere transmitiré a mi tío su deseo para  que averigüe los trámites legales. 
  - No, no, Andrés. Eso sería delatar yo misma a mis propios hijos, aunque ya todo el mundo lo sabe.
  Y prorrumpió en un sollozo que no pudo reprimir. Carmiña y yo nos cruzamos la mirada sin atrevernos a pronunciar palabra. Ya no las encontrábamos y era mejor permanecer en silencio respetando el sentimiento de la pobre mujer. Cuándo consiguió reponerse dijo con un hilo de voz apenas audible.
  - No diga usted nada a su tío, Andrés. Bastante ha hecho por mí, bastante han hecho por nosotras. -y terminó diciendo- Ya encontraré el medio.
  No quise insistir pero no había más medio que el legal.
   Pasada la media tarde me despedí de doña Elvira repitiéndole sin mucha fe que intentara descansar y sobreponerse. Carmiña, al contrario que otras veces no se quedó en la puerta de la casa, sino que dirigiéndose a ella dijo.
  - Acompañaré a Andrés hasta la carretera. No le importa ¿verdad?
  - No te entretengas mucho que la tarde está al caer -fue su respuesta y su permiso.
  Tomamos el camino de las carretas por ser el más transitado, previniendo ser motivo de crítica mal intencionada, si en su situación de duelo alguien nos viera adentrarnos por los senderos y atajos del bosque. Estaba mal visto que una muchacha anduviera sola junto a un joven aún en pleno día. Pese a todo, alargué la mano para estrechar la suya mientras caminábamos.
  - Andrés, deseaba  acompañarte porque estoy muy preocupada por doña Elvira.
  -¿Y pues?
  - Hace tres días la oí salir de casa a media noche, me intrigó porque no lo había hecho nunca y menos de forma sigilosa para que yo no me apercibiera.
  - Estaría desvelada y quizá olvidó algo.
  -Yo también busqué una razón, pero no. Pasada casi una hora salí temiendo otra desgracia  y no la encontré ni en el cobertizo, ni en ninguna parte, de modo que volví a meterme en la cama ansiosa, sin saber que hacer, pensando que si tardaba un poco más, iría a pedir ayuda a los vecinos, aunque siendo tan tarde no me atrevía a alarmar a nadie si no era por una razón muy justificada.
  - ¿Y entonces regresó?
  - Si y  me quedé tranquila cuando percibí que se acostaba, pero espera, el caso es... ¡Qué miedo estoy pasando, Andrés!  Anoche volvió a salir y la seguí.
  Se mostraba muy nerviosa y le temblaba la voz. Deteniéndose me miró asustada, sus ojos brillaban  a punto de llorar.
  - Carmiña, serénate por favor. Dime qué té inquieta y qué puedo hacer.
  -¡Oh, Andrés! Es una pesadilla. Llevaba un fardel al brazo, algo que no pude distinguir. La seguí de lejos sin que se diera cuenta. No hacía frío pero yo temblaba de pies a cabeza. Temía que me descubriese y sentía pavor al adentrarnos en el bosque cada vez más. Los tojos me arañaban las piernas y me pinchaban las manos al apartarlos. Apenas veía por donde andaba, se enganchaba la bata en las ramas bajas causándome la sensación de que mil espíritus me sujetaban. Perdí a doña Elvira más de una vez pero volvía a encontrarla casi por intuición.
  - Carmiña, ¿cómo no la detuviste? - La interrumpí.
  - No sabía que hacer y deseaba descubrir a donde iba.
  - Sigue, sigue -apremié mientras la acomodaba sobre un gran tronco caído- Siéntate y cuéntame con calma. ¡Qué imprudencia!
  - Verás, parecía una sombra que se deslizara sin tocar el suelo. Cruzó la carretera, pasó el arroyo por el puentecillo de piedra y enseguida supe a donde se dirigía. En aquella dirección sólo podía ser... al cementerio.
  - ¿Al cementerio? -exclamé perplejo- ¡Dios, qué espanto! ¿Qué pretendía? ¿Llegó hasta él?
  - Sí. Cuando me cercioré quise volver corriendo a casa pero la curiosidad y el recelo de que corriese algún peligro me empujaban a seguirla sin ser capaz de otra cosa. Alcanzó la entrada, movió la verja por si acaso cedía y siguió la tapia desapareciendo tras la esquina. Cuando llegué ya no pude verla. Sabes que a su alrededor la zona está despejada por lo que pensé que habría entrado en el recinto de alguna forma. En efecto, descubrí  que a unos pocos pasos hay un orificio en la parte baja de la tapia que las lluvias han socavado y la hierba tapa a medias, y aunque pequeño, es suficiente para que pase su cuerpo, delgada como está.
  -¿Y qué hiciste? ¡Pobre Carmiña! Y doña Elvira, qué pena da. ¿Tardó en volver?
  -No, unos diez minutos o quince. Si hubiese sido más, creo que me habría ido o habría muerto de miedo porque no podía resistir el terror después de todo lo que está pasando. Apareció por el orificio arrastrándose por el suelo hasta pasar el muro. Al asegurarme de que regresaba, apresuré el paso, corriendo todo lo que pude para llegar antes que ella pese a que di un gran rodeo evitando que me viera.
  -¿Y no ha comentado nada? ¿Algo que pudiera darnos algún indicio sobre lo que pretende? ¿Tendrá  que ver con la idea de abrir la cripta? Temo que la conversación de esta tarde, sus preguntas, guarden relación con lo que me has contado, Carmiña.
  - No sé, pero sospecho que pudiera ser  porque al volver no traía el hatillo.
  -¿Que estás pensando, Carmiña?
  - No habló en todo el día sobre sus hijos como lo ha venido haciendo constantemente hasta hoy. Es más, casi recuperó su actividad de antes y prácticamente sólo la oí  hablar cuando tú has venido. Extrañada por lo de estas noches y su proceder de todo el día, me asaltaba una sospecha que quise comprobar y en un momento que salió al corral fui a su alcoba y hurgué entre sus cosas, miré bajo su cama, encima del armario, dentro y fuera, por todas partes sin encontrar el crucifijo. Andrés, estoy segura de que anoche lo llevó al cementerio.
  - Es muy posible. Doña Elvira está obsesionada con ese Cristo y piensa que restituyéndolo, aminora el sacrilegio de sus hijos. Pero para eso tenía que penetrar en la cripta y para ella es impracticable. Además ¿por qué pregunta acerca de la eventualidad de abrirla?
   -No sé, pero algo bulle en su cabeza.
  -Desde luego, aunque tiene motivos sobrados para perder el control. - Apostillé contrariado agregando con energía - En modo alguno debes consentir que repita esas incursiones. Le sales al paso con cualquier pretexto. Le dices que estabas desvelada, que no podías dormir, oíste ruido y acudías por si precisaba de ti. ¡Que sé yo! Lo que se te ocurra, pero no dejes que salga. Si te ve, es seguro que desistirá.
   Hice una pausa mientras pensaba y decidido dije. -Mañana iré al cementerio por si descubro algo. Sus pisadas, el intento de forzar la puerta de la cripta o cualquier cosa. Ya te contaré.          


 
 
 
CAPÍTULO  XI


No eran más de las ocho de la mañana  cuando empujaba la verja del cementerio no sin cierto recelo. La mañana era neblinosa como casi todos los días y  pensé que habría tenido que esperarme a que luciera el Sol pero deseaba averiguar cuanto antes si la cripta de don  Antonio permanecía inviolada. No podía dar crédito a que doña Elvira la hubiera forzado.
   Las losas mortuorias emergían entre la niebla confundidas con los arbustos y matorrales que dispuestos aquí y allá configuraban los senderos y la minúscula glorieta del pequeño cementerio. Cruces y santos de mármol o de hierro forjado acentuaban el misticismo del lugar. La calma y el silencio era absoluto, ni siquiera roto por el trino de los pájaros que respetaban el lugar, quizás porque su instinto les advertía que aquél era el reino de la muerte. No obstante, a mí se me antojaba que hasta las piedras se movían y mis sentidos percibían susurros tras las lápidas y suspiros que escapaban de las fosas. Mi ánimo se mantenía alertado temiendo que en cualquier momento aconteciera algún extraño fenómeno. Es curioso cómo con un solo paso al cruzar la entrada, tan simple, tan natural, tan trivial...  un halo misterioso te envuelve y sobrecoge.
  Llegué hasta la cripta, revisé la puerta, escudriñé palmo a palmo su dintel. La soldadura de plomo contorneaba el marco como la dejara el operario que la selló. Di un par de vueltas a su alrededor sólo por cumplir con la inspección y nada llamó mi atención. No había más entrada que la puerta y las paredes construidas con grandes bloque de granito hubieran precisado la embestida de un tanque para derribarlas. La hierba ya crecía junto a ellas y la hiedra empezaba a encaramarse.
  Deseoso de abandonar el lugar ya me iba aunque con cierta frustración por parecerme que había perdido el tiempo en una labor por demás desagradable. Si doña Elvira había escondido el crucifijo como pensaba Carmiña, ella sabría dónde, pero desde luego no en el interior del mausoleo.
  Entonces... ¿dónde podría ser? Ilógico pensar en alguna sepultura de mejor acceso. ¿En qué lugar se le ocurriría ocultarlo para no ser descubierto? ¿Bajo una losa? ¿Tras el muro en alguna oquedad? Podría ser en cualquier lugar mientras no fuera asequible.
  Cruzaba la verja cuando la espesa hierba que la atoraba me despertó la sensación de no haber reparado en un detalle que podía ser importante y volví casi corriendo a la cripta. Todo normal, la puerta, los muros, la pesada cruz de mármol en lo alto, la hiedra, la hierba... ¡La hierba sí! O mejor, la que crecía en la parte posterior. No guardaba la misma proporción, se encontraba lacia, desvaída y revuelta. Me agaché para observarla mejor y pronto me di cuenta de que no estaba enraizada sino superpuesta. 
  Dudé entre darme ya  por satisfecho  o comprobar  que doña Elvira había enterrado allí, al pie del mausoleo, el dichoso crucifijo. Y opté por cerciorarme.
  Con la ayuda de una puntiaguda piedra escarbé y escarbé, arañando con las uñas y hundiendo con avidez los dedos en la tierra mientras sentía la impresión de estar profanando una  tumba. A medio metro de profundidad apareció lo que buscaba. Una caja de cartón atada con varias vueltas de cuerda. Volví a dudar. Si con sólo el tacto hubiese notado el relieve de la cruz a buen seguro no la habría abierto, pero el cartón era recio y no cedía, de modo que conteniendo la respiración proseguí y golpeando la cuerda entre dos piedras conseguí segarla y abrir la caja. Un paño era su último envoltorio. Lo separé casi ceremoniosamente, no sé si por respeto o por temor. Y allí estaba tal y como la vi sobre el ataúd. Pero la mano izquierda del Cristo desprendida de la cruz, brillaba como si tuviera luz propia, igual que si dispusiera del áurea con la que se pintan los santos.
  Cuarenta centímetros de alto por treinta de ancho. Tres kilos de oro macizo enterrados sin ningún provecho para nadie y portador en parte de las desgracias acaecidas. ¿Que hacer con él?  Por supuesto no   iba a  llevármelo. ¿Descubrir el hecho a no sé quién para salvaguardarlo mejor o dejarlo allí como no visto? Lo inmediato era volver a ocultarlo y con un recelo que no entendía fui a tomarlo en mis manos para envolverlo de nuevo.
  Me temblaba el pulso como  epiléptico y sudaba por todos los poros de la piel. Aspiré hondo y lo cogí. Sólo una fracción de segundo porque a su contacto chisporrotearon mis dedos y sentí el mismo dolor y reflejo que si hubiera asido un hierro candente, una brasa, o un cable eléctrico. Lo solté lleno de espanto. Tal como cayó sobre la caja abierta y el paño lo cubrí de tierra de dos manotazos. Sin reflexionar en nada, sin prestar atención por si quedaba bien o mal disimulado por los cuatro hierbajos que replanté, marché tan deprisa como me permitieron las piernas.
  Días más tarde pensé que debió ser fruto del nerviosismo que me acometía y que había sido cosa de mi imaginación. Quería recordar la sensación percibida sin conseguirlo. Mi mente rechazaba con fuerza la imagen y el recuerdo pero en la yema de mis dedos persistía aún un leve hormigueo por el contacto del crucifijo. Hoy estoy seguro que todo fue autosugestión. No hay mayor fantasma que el propio miedo y la imaginación a veces nos juega malas pasadas.
   Cuando vi a Carmiña, esa misma tarde, le mentí diciéndole que no había descubierto nada. No quise entonces dar más motivos de angustia y preocupación, ni a ella ni a mi tío. Si fue decisión de doña Elvira, que así quedara.
........................
  -Bien, queridos, esto es casi todo, en los pocos días que siguieron antes de volver a Barcelona no ocurrió nada más con relación al misterioso asunto. No quisiera cansaros con  detalles que no contienen interés para mantener el vuestro por el relato, si es que no os  habéis aburrido. -Pero estaba seguro de cual sería la respuesta.
  -¡Qué va, tío! Nos has tenido en vilo. ¡Jo! Ni una película de Hitckoc tendría tanto suspense - dijo entusiasmado  Raúl
  - Se nos ha hecho el viaje cortísimo.  Yo veía duendes en cada curva –añadía Quique.
  -¿Y nunca supiste nada más?
  - Bueno, tío José me contó en sus cartas que se dio por cerrado el caso al comprobar que los hijos de doña Elvira habían robado el ataúd con todo su contenido a la vista de que las joyas aparecieron junto a sus cuerpos como ya os dije. Si todo lo que sucedió era paranormal o no, nadie podrá decirlo pero el caso es que muertos los muchachos y el lobo, nunca más mi tío observó fenómenos extraños; si es que los hubo porque nadie tuvo esa experiencia más que yo, y de verdad os  digo, que hoy apostaría a que todo fue producto del impacto que me produjo la muerte de aquel hombre amenazando volver para vengarse mientras daba su último estertor.
  Y dando por terminado el relato, Andrés cambió la conversación distrayendo la atención de los muchachos.
  -Mirad, ya se distingue la catedral. En verdad, es majestuosa. Os encantará Santiago. Ningún español debiera morir sin conocerla. Como veis ha dejado de llover y podéis aprovechar para daros un paseo por el casco antiguo declarado Patrimonio  Cultural por la UNESCO en 1.981. Pasear por las rúas que circundan la colina, bajo los pórticos de algunas de ellas, era extraordinario y supongo que seguirá siéndolo. Ya me contareis. Yo me quedo en el hotel porque he de hacer unas llamadas de teléfono y contactar con la empresa. Si os parece, mañana iremos todos a visitar la catedral que como veis -habían llegado ya a la plaza del Obradoiro, frente al Parador de Los Reyes Católicos donde se hospedarían- sólo el Pórtico de la Gloria ya es promesa de lo que se puede ver en su interior.
   A los jóvenes no les importó porque les apetecía el paseo y la libertad de ir a su albedrío. Mientras que Andrés en realidad lo que deseaba era encontrarse en el recuerdo, y, tras el trámite de entrada y ocupar las habitaciones, salió a la calle sintiendo revivir aquella lejana época con la impresión de haber detenido el tiempo.
   Aunque la ciudad había cambiado tanto y, eran tantos los años transcurridos, que le era imposible reconocer apenas nada.  Multitud de tiendecitas, una junto a otra, competían entre sí para ofrecer al turista el mejor y más barato souvenir. Tenía que fijar su atención en los pórticos conservados en algunas calles, como la rúa del Villar, para recordar el Santiago de entonces. Callejones empinados que se abrían a su derecha conducían entre muros a alguna ruina romana. No obstante, hubiera sido suficiente  desembocar en la plaza del Obradoiro para saber que se hallaba en Santiago de Compostela. Las escalinatas a la catedral, el Pórtico de la Gloria tras la fachada principal, Puerta de Platerías, el Ayuntamiento y el hotel de los Reyes Católicos se conservaban igual.
   Programaron la visita a la ciudad con motivo del Año Compostelano, al tiempo que, aprovechando el viaje, se entrevistaría con un cliente de su empresa para cerrar un contrato importante.
   Su mujer llegaba al día siguiente en vuelo directo desde Barcelona y sus sobrinos podrían acompañarla mientras él hacía la gestión pasado mañana  Aunque tendría que   desplazarse unos kilómetros, no emplearía más allá de unas dos horas. A lo sumo a media tarde estaría de regreso si almorzaba con su cliente. Pero sobre todo, se proponía detenerse en la aldea ya que le venía al paso, para revivir pasadas emociones, ver otra vez la casa que fuera de su tío, recorrer el lugar que nunca había olvidado y enfrentarse al fantasma de unos hechos que aún perduraban en su mente.
 
………………..
 
   Por fortuna la lluvia que volvió a caer a primeras horas había cesado  unas horas y las pistas del aeropuerto se encontraban en buenas condiciones, aunque no fueran las óptimas. 
   Eran  las once, así que aún faltaba media hora para la llegada del vuelo. Tomó el segundo café de la mañana, compró La Voz de Galicia y acomodándose en una butaca de la sala de espera desplegó el periódico para seguir la actualidad. Le gustaba estar al corriente sobre prácticamente todo. Política, deporte, economía y además... resolver el crucigrama de turno.
   En primera plana destacaban unas fotografías del desbordamiento del Ulla en algunos tramos, como también el Navia en parte de su curso; lo que indicaba que las lluvias eran generalizadas por toda Galicia anunciándose sin cambio para los próximos días.
   Miró de nuevo el reloj. Las once y veinte. Todavía quedaba un cuarto de hora pero su escasa concentración en la prensa no le permitía enterarse del contenido. Su pensamiento estaba en aquella pequeña aldea ahora tan cercana.
   También llovía intensamente aquella noche cuando tomó el tren  para marcharse casi huyendo tras el último episodio, dejando abandonada a Carmiña solo con la promesa de  no olvidarla. La recordaba tan vivamente como si el tiempo se hubiese detenido desde entonces.
   Justo las once cuarenta en el instante que por los altavoces anunciaban la llegada del vuelo 832. Se dirigió a los ventanales  para presenciar la toma de tierra. El hecho de que se encontrasen casi anegadas en algunos tramos le hacía sentir cierta reserva.
   El avión alcanzó el suelo con el ángulo de inclinación perfecto levantando a su paso una nube de agua pulverizada que parecía le fuera siguiendo como  cola de cometa hasta quedar casi detenido, ya con lentitud, se fue acercando hasta la zona donde desembarcaría el pasaje.
   Cuando descubrió a su mujer bajando la escalerilla, una sonrisa de satisfacción le distendió los labios. Tantos años de matrimonio y aún sentía por ella más amor que cariño.
   El tiempo había mermado en parte su belleza, la frescura de su tez no era la misma. Se había atenuado el brillo de sus ojos y el perímetro de su talle algo mayor,  por al contrario, hoy tenía un sello de distinción y elegancia que atraía la mirada de ambos sexos. Era una de esas mujeres que emanan serenidad y ternura con su marcada feminidad. Unos pocos centímetros más de la estatura media, muy próxima a esas ambicionadas medidas de modelo. Cabello castaño con mechas más claras, corto y ondulado que recogía su rostro con tres  mechones estratégicamente distribuidos.
   Al distinguirla  entre el grupo de pasajeros que salían por la puerta de llegadas no esperó a ser visto, y gritó llamándola como si hiciera meses  que se hubieran separado.
   - ¡Carmiña! ¡Aquí, aquí, Carmiña! 

______.______


CAPÍTULO XII


Eran las ocho de la mañana cuando Andrés terminaba el desayuno en el comedor del hotel. Carmiña y sus sobrinos lo harían más tarde.
   - Por favor Andrés, no vayas a la aldea - le había dicho su mujer una vez más.
  - Tranquilízate. Sabes que me cae al paso y no podré evitar la curiosidad de ver como sigue todo aquello. La casa de mi tío por ejemplo, el aserradero, la tienda... Dudo que pueda reconocerlo después de tantos años. Entiendo que tú no quieras ir por lo que significa el recuerdo de aquella época pero no sientas temor por que yo vaya.
   Carmiña no se atrevió a insistir. Le parecía absurdo manifestar reparos por sucesos vividos hacía más de treinta años, sin embargo, una inquietud profunda le alertaba sobre algún peligro que no podía definir.
  - Ve con cuidado Andrés. Prométeme al menos que no irás al cementerio - le pidió por último.
  - Si mujer, pero repito, queda tranquila y ahuyenta de la imaginación esos fantasmas. No debieras preocuparte por lo que solamente fue un pasaje de nuestra vida, tan lejano, que de no ser porque allí nos conocimos estaría totalmente olvidado.  Queda tranquila cariño – repitió despidiéndose de ella con un beso en los labios como era su costumbre, aunque en esta ocasión se prolongó emulando los besos de las noches en tanto su pulso registraba más latidos.
 
…………………………
 
Volvía a llover con fuerza cuando regresaba de Lalín después de la visita a su cliente. El negocio resultó mejor de lo previsto y tenía motivos para sentirse satisfecho. No obstante, su pensamiento insistía en la idea casi morbosa de volver a la aldea, al lugar donde vivió una experiencia sobre la cual nunca encontró explicación.
   Estuvieron mucho tiempo sin querer recordar aquellos acontecimientos. Desde que Carmiña abandonó la aldea tras la muerte de doña Elvira, poco después de que se marchara Andrés, hablar sobre ello les resultaba desagradable y llegaron a obviar cualquier tema  que tuviera relación con la desgraciada historia. 
   Cruzó el pueblo de La Estrada sin darse apenas cuenta. Seis o siete kilómetros más y llegaría a Souto.
   La que fue una estrecha carretera con empinadas cuestas era hoy una magnifica pista asfaltada de suaves pendientes y sólo algún que otro pazo diseminado en el paisaje tenía similitud con la imagen de aquellos que mantenía en su memoria.
   Le hubiera gustado extasiarse en la contemplación de los verdes bosques y las bien cuidadas parcelas de cultivo a plena luz del sol. Las reses pastando y, como no, una yunta de bueyes tirando de la carreta como antaño, con ruedas de madera maciza forradas con llanta de hierro, pero la lluvia era tenaz y no alcanzaba a ver más allá de un reducido espacio ante su automóvil.
   “Concello de Souto”, anunciaba la tablilla a la derecha de la carretera y Andrés sintió una extraña sensación. Mientras sus labios se distendían en una mueca entre la sonrisa y la expectación, las palpitaciones aceleradas de su corazón denotaban el aumento de adrenalina que su prevención provocaba.
  Al final de la cuesta divisó  la aldea y antes de llegar a la primera edificación, le pareció descubrir  la casita de su tío, aunque más la presumió que la vio a unos cien metros de la carretera camuflada entre los árboles y la maleza que la envolvía.
  Un modesto restaurante se anunciaba con un gran rótulo vertical poco más allá y frente a él detuvo el coche con suavidad. Paró el motor y su vista escudriñó, a través del parabrisas y el agua que lo cubría, las cuatro casas adosadas al restaurante. No había más.
   -Buenos días – dijo al entrar.
  - Buenos. Si se puede decir buenos con estas lluvias - respondió desde detrás de la barra una joven señora..
  - Siempre es buena la lluvia pero es cierto que los excesos son malos.
  -Desde luego, señor. Por aquí ya está todo anegado, se derrumbó un tramo de muro del cementerio y el Ulla se llevó el puente viejo.. De seguir así más días no sabemos que podrá pasar -y agregó interesándose-  pero, dígame ¿En qué puedo servirle?
  - Dan ustedes comidas por lo que veo.
  - Lo que usted quiera señor. Pero acabo de sacar del fuego un caldo gallego que le encantará -y añadió sugiriendo el menú- De segundo, unas costillitas de lechal o churrasco, lo que usted diga.
    Mientras hablaba iba preparando una mesa junto a una gran ventana con vista a la carretera.
 - Primero le sirvo una ensalada ¿y para beber?
 - Vino -se limitó a decir.
  Pensaba como formular las preguntas que deseaba hacer. Observaba a la mujer que debía tener entre treinta y cinco y cuarenta años suponiéndola  dueña del establecimiento.
  - Disculpe -dijo cuando le sirvió la ensalada- Recuerdo que antes había una serrería aquí enfrente ¿Hace mucho que no está?
  - ¡Uy, Dios bendito! ¿De cuando habla usted? Era yo muy pequeña cuando se quemó y no se volvió a abrir. Se plantaron encinas que ya son más altas que esta casa. ¿Cuánto hace que no venía usted por aquí?
  - Algunos años, es verdad. Unos treinta.
  - De todos modos, no crea que esto ha cambiado tanto. Si lo que hay es campo y bosque poco puede cambiar. Si acaso, las personas que nos hacemos viejas. Y pronto ni eso porque cada año quedamos menos -y terminó diciendo- Le traigo el caldito enseguida.
  Mientras llenaba el plato del humeante puchero hasta rebosar, le preguntó de nuevo.
  -¿Conoce a los señores de Castro? ¿Aún viven?
  -Castro... Castro... Si son los mismos en quienes pienso, se marcharon a Madrid hace mucho, mucho tiempo. Era yo una niña y apenas les recuerdo. Tenían un hijo en América, y cuando regresó se fueron todos. Creo que el señor Castro  falleció. Lo dicho señor, lo único que ha cambiado por aquí son las personas.
  - Y... dígame, ¿quien habita esa casa que hay a unos doscientos metros de aquí próxima a la carretera?
  La mujer tardó esta vez un poco en responder. Le extrañaba que un forastero se interesara tanto por las gentes y cosas del lugar, de modo que contestó con otra pregunta.
  - ¿Es usted marchante quizá? Lo pregunto porque esa casa está en venta desde siempre. Nunca fue habitada por nadie. Hace muchos años era una funeraria y a la gente le da respeto ¿me comprende? Al menos yo, no dormía en ella una noche por nada del mundo. Además, tiene mala fama - retiró el plato vacío agregando - ¡Uf! Me da repelo solo nombrarla. ¿No estará interesado en comprarla, verdad?                                 
  - Desde luego que no, pero me ha despertado usted la curiosidad y además, conocí  a los antiguos dueños que la vendieron a don Pepe, el del aserradero. Por eso al no verlo le pregunté por él, por si la familia vivía  en el chalet.
  - No, ya le dije que nunca se habitó. Me doy cuenta de que conoció bien a la gente de por aquí. ¿Estuvo mucho tiempo en la aldea señor...?
  - Andrés, me llamo Andrés –contestó al darse cuenta de la ansiedad de la mujer por saber más sobre aquel forastero que parecía conocer el lugar.
  - No, sólo un verano, pero inolvidable. Usted aún no habría nacido.
  - Claro, si hace tanto, seguro que no. Tengo veintinueve años.  
  - Y sus padres, ¿viven? Es posible que llegara a conocerles.
  - Mi madre sí que vive todavía. Si está usted por aquí un rato más la podrá ver más tarde.
 - Me gustaría pero he de marchar.
  Sobre poco más hablaron porque le dominaba la impaciencia. Deseaba acercarse al cementerio y asegurarse que nada había cambiado.
  - Le agradezco la buena comida y su atención -dijo mientras pagaba el servicio -Muchas gracias.
   -De nada señor, gracias a usted. Le diré a mi madre de su visita, aunque sólo por el nombre…
   -Le puede decir que soy el sobrino de don José, el de la funeraria.
  -¡Virgen de la Santísima Trinidad! –exclamó entre sorprendida y asustada.
  - Buenas tardes.
  - Adiós… -respondió sin apenas voz.
   Pero ya Andrés salía del establecimiento dirigiéndose  al coche cuando más arreciaba la lluvia. Maniobró con cuidado  para acceder a la carretera y a menos de un Km. encontró el camino del cementerio que se abría a su derecha adentrándose en el bosque. Antes de quince minutos se hallaba frente a la puerta. Había dejado el vehículo en el último repecho porque el barro del camino hacía patinar las ruedas, de modo que los últimos metros los cubrió a pie hundiéndose en el fango hasta los tobillos. Seguía lloviendo torrencialmente y se había levantado de repente un fuerte viento cuyas ráfagas amenazaban arrebatarle el paraguas con que se protegía.
   Ahora que se encontraba a sólo un paso de entrar en el recinto casi se arrepentía de no haber escuchado a Carmiña y de la idea que tantos años le había acompañado. Los muertos, muertos están y el recuerdo de aquel pasado no les era grato. Sólo tenía valor haberse conocido y lo demás, fueron acontecimientos desgraciados que debían ignorarse, como si nunca hubieran existido.
   En todo ello pensaba al empujar mecánicamente la verja que marcaba la frontera entre la vida y la muerte. No podría definir el sentimiento que le embargaba. Solo sabía que le incitaba a proseguir la aventura un impulso incontrolable pese al temor que sentía intuyendo un inexplicable riesgo.
  Apenas se apercibió del estado descuidado en el que se encontraba el recinto. La verja sólo era indicativa de entrada porque el muro derruido franqueaba el paso sin dificultad por cualquier lugar y la maleza cubría las losas de los nichos hasta hacerlas desaparecer. Lápidas agrietadas y cruces caídas aquí y allá le conferían un aspecto desolador, de abandono y fantasmagórico entre  la intensa lluvia y la niebla que se iba adueñando del lugar, como si cualquier fenómeno atmosférico tuviera cabida en él.
  Avanzaba a tientas entre las tumbas luchando contra el viento, recordando vagamente la situación del mausoleo de don Antonio, que sobre un pequeño montículo emergía del resto de las sepulturas con la inútil pretensión de dominio sobre los otros muertos.
  De improviso, su silueta se destacó entre la cortina de agua y no pudo evitar un estremecimiento. Tanto tiempo transcurrido quedó en un solo plano. La última escena vivida era para Andrés el crucifijo en sus manos abrasándole la piel y ocurrió allí mismo, donde ahora se encontraba, tras la cripta, en ese pequeño rincón que forma la columna de cemento reforzando su estructura. Necesitaba comprobar que aún se encontraba allí y conteniendo la respiración se arrodilló frente a él sin importarle el barro ni la lluvia que empapaba su ropa.
  Con nerviosismo incontrolable hundió las manos una y otra vez en la anegada tierra sin descubrir lo que buscaba. Se levantó para asegurarse de que aquel era el lugar donde quedó enterrado el Cristo convencido de no equivocarse y volvió a escarbar profundizando y ensanchando más la cavidad.
  Decididamente, allí, no estaba. Tantos años en su mente la imagen de aquella cruz que le abrasara las manos, y ahora, cuando pensaba confirmar que sólo fue una ofuscación, un engaño, se hallaba desconcertado sin admitir su falta. Tendría de seguir con la duda de sí fue real o una fantasmagoría del momento. Pero recordaba con claridad la luz que emitía, un solo brazo y el dolor sentido por la impresión de una descarga eléctrica.
  Por fin, se convenció de la inutilidad de seguir escarbando y se incorporó imponiéndose a la frustración que le embargaba. No había duda, alguien la había robado. A saber cuanto tiempo mantuvo una idea vana.
   Sin ánimo de abandonar el lugar, quiso rodear la cripta con el presentimiento de que algo quedaba por descubrir.
  Apenas había avanzado unos pasos cuando una luz cegadora le obligó a cerrar los ojos con fuerza, y el estallido del trueno le ensordeció. En un acto instintivo, se encorvó protegiéndose el rostro con los brazos al tiempo que un nuevo relámpago inundó de espectral luminosidad el pequeño cementerio. Esta vez, la descarga eléctrica fue tan cerca que sintió en su cuerpo la quemadura del rayo. Con las manos ennegrecidas, la piel chamuscada, los cabellos erizados, empapado de agua y cubierto de barro, tambaleándose aturdido, se hubiera confundido con un zombi deambulando entre los sepulcros.  El penetrante olor a azufre le impedía la respiración, sentía vértigo y deseos de vomitar.
  Apoyándose en la pared consiguió rodear el panteón y llegar hasta la entrada donde terminaba el sendero por el que había venido. La puerta había recibido el impacto del rayo atraído por el metal, desgajándose del marco. La entrada estaba libre y Andrés no vaciló en franquearla.
  Los relámpagos se sucedían sin interrupción iluminando el interior con más claridad que la propia de aquella tarde tormentosa, y a su luz, distinguió en el centro de la cámara el ataúd de don Antonio Piñeiro.
  Sobre el pedestal de mármol negro artísticamente labrado con incrustaciones de nácar y plata ennegrecida por la patina del tiempo, el ataúd, el sarcófago con sus restos y quizás todavía con su espíritu si no se había reencarnado, según la esperanza en vida de  don Antonio.
   Apartando las telarañas que le envolvían a su paso llegó hasta él y observó con estupor que sobre la tapa de acero inoxidable lucía un crucifijo de oro.    ¡El mismo que mandara fundir para la caja! Manco del brazo derecho, como el enterrado junto al mausoleo por Doña Elvira. No daba crédito a sus ojos, se los restregó en un acto de incomprensión y extrañeza pero siguió viéndolo en el mismo lugar, brillante, reluciente, igual que recién bruñido.
   Hipnotizado por la visión, sin voluntad para detenerse, estiró el brazo y  la mano asió con fuerza el crucifijo. Una descarga de energía brutal le retuvo enganchado a él tal si se tratara de un cable de alta tensión mientras que un relámpago cegaba nuevamente sus ojos. Don Antonio le llamaba, pensó perdida la razón y profirió un grito de dolor y espanto que resonó con eco de ultratumba  fundiéndose con el tronar de la tormenta. Un instante, y su cuerpo cayó exánime a los pies del pedestal donde reposaba el ataúd con sus restos.


 
 
 
CAPÍTULO  XIII

 
Una tenue claridad  iluminaba la blanca habitación del hospital. Junto al enfermo, una enfermera tomaba nota de su tensión arterial y el ritmo cardíaco.
  - Se va recuperando -dijo dirigiéndose a Carmiña al abandonar la habitación.
   Raúl y Quique acababan de entrar  con  la ansiedad reflejada en sus rostros por la noticia que el conserje del hotel les había dado.
  - ¿Qué ha pasado, tía?  Nos  han dicho en el hotel que  tío Andrés había sufrido un accidente.
   - Sí, un rayo.
   - ¿Un qué? ¿Un rayo?
   -¿Un rayo, tía?
  Exclamaron incrédulos a un tiempo los dos sobrinos.
  - ¡Podía haber muerto!
  - Cierto, ha tenido mucha suerte.
  - ¿Es grave, tía? –preguntó Quique deseoso de saber.
  - No. Han dicho que no, pero aún no ha recobrado el conocimiento. Estad tranquilos. El susto ya lo hemos pasado.
  - Cuenta ¿Cómo ha sido? ¿Qué ha ocurrido?
  - No lo sé con certeza. Llamaron al hotel para comunicarme que había sufrido la descarga de un rayo y se encontraba hospitalizado. Una ambulancia le trajo desde La Estrada a donde le llevaron los vecinos de una aldea.
  - Pero... ¿Cómo? ¿Yendo en el coche…?
  - Vuestro tío estaba empeñado en visitar el cementerio de una pequeña aldea por algo que me resulta difícil explicaros.
   - ¿Es dónde os conocisteis?
   - Sí, pero no deseo entrar en detalles. Vuestro tío os contará si se lo pedís.
  - Ya nos contó durante el viaje toda la tenebrosa historia tía y nos puso los pelos de punta tantas extrañas coincidencias fuera de toda lógica.
  - Hubo cosas de las que nunca se supo y vuestro tío siempre ha tenido el deseo de volver, aunque ni él ni yo, sabemos para qué.  
  - Entonces... su accidente está relacionado con...
  - ¡Por Dios! Espero que no. Sólo que por esa curiosidad un tanto morbosa, tío Andrés quería aprovechar este viaje a Santiago para visitar el panteón de don Antonio y ha tenido la mala fortuna de que arreció la tormenta y un rayo casi lo mata. Por fortuna, el guarda forestal andaba cerca y quiso cerciorarse si algún daño se había producido en el cementerio ya qué los rayos se abonaban en él.   
  - ¡Jo, tía! ¡Qué susto! –dijo Quique.
  - Y que suerte ha tenido dentro de todo –añadió Raúl…
  - Aún estoy temblando –exclamó Carmiña con la voz rota conteniendo el llanto.
  Las últimas palabras llegaron a la conciencia de Andrés sin saber quien las pronunciaba ni a que se referían. Era un eco que llegaba a sus sentidos de forma incoherente.
- Tía, se está moviendo –  le pareció que decía su sobrino 
  Alguien  tomó su mano y sintió en la frente el contacto de una caricia. Se sentía bien, como si flotase en el espacio. Nada le dolía, ni se encontraba extraño.
  - Cariño, que miedo he pasado -susurró Carmiña mientras le besaba en la frente-  descansa que estás bien y ya ha pasado todo.
   Poco a poco iba recobrando la lucidez y llegaban a su mente las últimas imágenes vividas. Recordaba la tormenta, los relámpagos continuos y aquel fogonazo que le cegó.
  Sonrió levemente y haciendo un esfuerzo dijo.
  - No os preocupéis, sólo tengo sueño y la mano parece que me esté quemando. ¿Qué me ha pasado en la mano, Carmiña?
  - Nada importante. Se curará pronto. Es la única lesión que tienes han dicho los médicos. Asías algún hierro o metal que atrajo al rayo y te chamuscó la mano, pero no es gran cosa. Cariño, descansa, descansa.
  -Andrés volvió a sonreír agradeciendo las palabras cariñosas de su mujer y cerró los ojos para caer en un profundo sueño.
 
..........................
 
 
  A los dos días abandonó el hospital totalmente repuesto. Únicamente su mano derecha vendada, testimoniaba el accidente de la descarga eléctrica. Pero ahora estaba seguro de que hay misterios insondables para el hombre que no le son permitidos descubrir. Si acaso, sólo la muerte podrá desvelarlos.
  No fue la acción de un rayo. No. Y nada dijo a Carmiña cuando en la última cura, al deshacer el vendaje, observó en la palma de su mano la clara huella de una cruz.
 
“Nunca niegues
si no sabes,
ni afirmes
 lo que ignoras” 
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Re: El juramento de Don Antonio Piñeiro - Capítulos 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11, 12 y 13

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