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La Encina del Roquedal.- Capítulos 5, 6,

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La Encina del Roquedal.- Capítulos 5, 6,

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Dom Oct 22, 2017 8:38 pm

5) ENTRE CRIS Y LOLITA  
 
Al llegar a casa deseé llamar a Lolita.
  –Abuelita, ya estoy aquí ¿Puedo llamar a una amiga?
  –Puedes ¿Qué te dijo el tito?
  –Que lo de la encina es verdad.
  –Claro ¿por qué te iba a engañar? ¿Y qué más te dijo?
  –No, nada –contesté sin querer darle detalles por no descubrir mi interés, e insistí – ¿Puedo llamar?
  –Puedes. –Y marqué el número de la tienda de su tía donde acostumbraba a estar por las mañanas –Ojala no haya salido –pensé en tanto sonaba repetidamente.
  – ¡Hola! ¿Por qué me llamas?
   Me quedé cortado por la pregunta y estuve a punto de colgarle, pero, tras unos segundos respondí –Bueno, te pido disculpas mujer, ayer estaba cabreado cuando te contesté de aquel modo.
  –Pues yo tenía ganas de estar contigo y me llevé una desilusión.
  –Vale, Loli, perdóname. Yo también me había hecho la ilusión de volver juntos, pero al verte con Jacinto… Vi que os besabais y…
  –Mentira, me cogió por sorpresa y me robó un beso. Es verdad que me va detrás el muy baboso, pero no me mola ¿te enteras? ¿Qué querías, qué empezara a patadas con él para cabrearle más? No, si ya pensé yo que el cabreo te venía porque lo viste, eso te pasa por espiar.
  –Bueno, perdóname, te lo repito otra vez…
  –No, si ya está. Se me va la cabeza por ti para que me enfade, y casi me alegro de la rabieta porque me di cuenta que yo también te gusto, pero no estaba segura de si era porque nos viste.
  –Bueno, ¿amigos?
  –Claro, tonto.
  –Pues esta tarde nos vemos, ¿vale?
  –No podré, Dani. Voy con mi tía al Rincón de la Victoria a comprar género para la tienda y quiere que la ayude, pero si te parece mañana estamos toda la tarde juntos.
  –Vale, pero es que tengo muchas ganas de verte, aunque si no hay otro remedio…
  –Mañana toda la tarde juntos, Dani, ya me inventaré cualquier rollo. Y a ti no te negaré el beso –se atrevió a decir de corrido, y colgó de inmediato casi seguro avergonzada por la invitación que no pudo reprimir.
  Lamenté no verla porque la chica me gustaba y casi podía asegurar que me correspondía. La promesa del beso despertó de tal modo mi sexualidad que me vino a la mente el cuerpo de Cristina, y de inmediato pensé en llamarla. –La chavala está de buena… y apuesto a que ella sí se deja pillar con cuatro besos.
  Me asomé al patio y vi que mi abuela estaba arreglando el pequeño huerto así que disponía de tiempo para hablar con ella.
  – ¿Cris?
  –Hola, Dani, dime –respondió a mi voz  
  –Hola, Cris ¿Qué haces? Quedamos en vernos esta tarde ¿verdad?
  –Por mí, sí ¿Puedes?
  –A la hora que digas
  –Pues me iría bien lo más tarde posible ¿Qué tal a las ocho?
  –Vale, pero no podremos estar mucho porque mi abuela quiere cenar pronto. No obstante, ya me inventaré algún rollo, no voy a perder el estar contigo cuanto más mejor, no te preocupes.
  –Pues a las siete en el Roquedal porqué a mi también me gusta, y si estamos solos mejor.
  Esa respuesta de Cris consiguió que mi sexualidad subiera algunos grados más, sin embargo, me frenó la cita en el Roquedal y le pregunté por si había posibilidad de otro lugar.
  – ¿En el Roquedal?
  –Es un lugar donde a esa hora no pasa nadie, ya sabes las manías de la gente.
  –Bueno, dicen que han pasado cosas… –titubeé
  –Cuentos de brujas, no te fastidia ¿No me dirás que tú también crees en esas bobadas? Quiero estar a solas contigo porque nunca podemos hablar sin moscones al lado. Pero si te da corte…
  Y no me atreví a confesarle que cierta aprensión sí que tenía, y más, después de la conversación con mi tío.
  – ¿Corte? ¿A mí? Eso son supersticiones de los pueblos. Yo soy de ciudad y allí no hay quien crea esos cuentos.
  –Pues a las siete. Llevaré una botellita de anís, nos fumamos un par de cigarrillos y charlamos un rato, lo pasaremos pipa ¿vale?
  –Vale. Hasta luego Cris. Y ponte algo ligerito de ropa –le dije riendo para disimular –sólo es por el calor que hace, mujer –y volví a reír.
  –Ya, ya, no te defraudaré pero por si acaso también me pondré un cinturón de castidad –y más risas, suyas y mías.
  –Ostras, me lo pone en bandeja –me dije a media voz al colgar el teléfono, y por si acaso se demoraba la vuelta pedí a mi abuela que me disculpara si llegaba algo más tarde esa noche porque celebrábamos la onomástica de un amigo.
  Arreglada la cita con una y otra, me sentí feliz y orgulloso de mi éxito con las chicas y, lamenté que se acabaran las vacaciones cuando tenía a la vista un buen “rollo” con ambas. Pero volvía a revoletear en mi cabeza el enigma de la encina, máxime cuando el encuentro con Cris era en el Roquedal. ¿Cómo iba a negarme sin que ella pensara que tenía miedo? Y decidí que lo mejor sería ir y, que después del almuerzo me acercase al cementerio a cerciorarme que estaba bajo tierra, muerto y bien muerto y con ello me tranquilizaría.
________.________
 
 




 6) EN EL CEMENTERIO
 
  La verja, que se hallaba entornada, cedió ofreciendo una ligera resistencia y chirriando sus goznes por el orín que los trababa. Un estrecho pasillo entre cipreses llevaba al rectángulo pobremente ajardinado donde los sepulcros cubrían el recinto casi por entero marcando diferencias también en el Campo Santo entre ricos y pobres. Esculturas de gran valor artístico sobre lujosos mausoleos destacaban ostentosamente junto a las losas de cemento cuyos ornamentos no eran más que una foto comida por el tiempo y cuatro flores de papel descolorido. Sólo en las cruces se asemejan por sus brazos abiertos en ademán de amparo.
  –Que distintas se ven en la iglesia –pensé –en el cementerio se encoge el ánimo, despiertan el temor a la muerte, y en cambio en la capilla infunden respeto y protección.
  Iba buscando la lápida de Aurora leyendo todos los nombres porque de noche y acuciado por el espanto no me fijé más que en el grabado sobre el mármol.
  El sol de media tarde no calentaba como al mediodía, pero el aire llega del mar cargado de humedad y sudaba por todos los poros de la piel. Hice ademán de quitarme la camisa, no obstante, una voz interior me dijo que no lo hiciera. Mira tú que tontería, pero me dio corte, me pareció una falta de respeto a los muertos, y cabreado, dije – ¡Joder! Estoy hasta los mismísimos de este tema y no puedo evitar seguir en ello. Si estuviera aquí muchos más días me volvía tarumba.
  Tres, cuatro tumbas más y descubrí la que buscaba, de mármol rosa y vi que la cruz había vuelto a caer. Cuando me acerqué más pude leer, Aurora, y bajo el nombre, 20 años, y más abajo la fecha de su nacimiento y el día que falleció.
    En la cabecera de la lápida una losa vertical también de mármol, en este caso blanco, se encontraba grabada la imagen de la Virgen María, y a su derecha una ventanilla enmarcaba la fotografía de una mujer, me acerqué y quedé boquiabierto ante la belleza extraordinaria de su rostro – ¡Dios, que guapa era! –y sin reprimir mi admiración besé la yema de mis dedos depositando el beso en el cristal –Si es cierta la historia del tío Julián no me extraña que Edgard sea un alma en pena –dije.
  Llevado por la emoción tomé un par de piedras de buen peso para sujetar la peana del crucifijo, que si se caía era porque se despegó da la lápida, las cubrí con un poco de musgo que encontré junto a otra tumba y satisfecho, busqué unas flores silvestres esparciéndolas sobre su nombre. –Se las llevará el viento –manifesté en voz alta mientras acariciaba la lápida –pero no importa, Aurora, la ofrenda ye está hecha. Siento que vives, si todos los fantasmas fueran como tú… –y se me humedecieron los ojos cuando me alejaba – ¡Soy imbécil o qué! –exclamé en tanto que me refregaba con el dorso de la mano para borrar las lágrimas.
  Repuesto de la emoción me dirige a un rincón alejado de los mausoleos donde la carencia de cruces suponía que allí se sepultan a los que por alguna razón no pueden ser enterrados en suelo sagrado, y en efecto, sólo el nombre del fallecido y una fecha escrita sobre una placa de cemento indicaba que bajo ella se hallan los restos de un ser excomulgado. No me resultó difícil dar con la de Edgard, donde su nombre en castellano, apellidos y fecha coincide con la de su fallecimiento bajo la encina.
  Me quedé tenso ante la sepultura y no sabía que decir.
  –Bajo esa losa están sus huesos –murmuré al fin –y su espíritu dando vueltas por el pueblo. Imposible creerlo. –y añadí –a tu novia la sentí viva pero en ti sólo presiento un esqueleto con los huesos descompuestos. Pero me asustas, ni me atrevo a girarme por si estás detrás de mí como fantasma y se me hiela la sangre sólo pensarlo ¡qué horror presentir tu presencia!
  Bien a mi pesar porque deseaba marchar cuanto antes, decidí construir una cruz con dos ramas secas que seleccioné de donde las apilaba el jardinero y con el cordón de una de mis alpargatas las fijé una sobre otra componiendo una cruz que me pareció perfecta. En la cabecera de la sepultura la hinqué en tierra lo más hondo que puede y a modo de oración murmuré.
  –Si creo en la historia de mi tío no me parece que fueras mal hombre y Aurora estará contenta de que una cruz proteja tu fosa. Si es verdad que eres esa cosa que se muestra en la encina del Roquedal, por favor, te pido que dejes en paz a mi tío Julián y a las gentes del pueblo que en nada son culpables de tu desgracia.
  Antes de marcharme aún seccioné de un tirón unas flores próximas depositándolas a los pies de la tumba.
  Me tranquilicé totalmente. Contento y satisfecho abandoné el cementerio con la sensación de haber hecho las paces con el fantasma. La tarde se prometía feliz.
 
________.________
 




  Daniel, que se está recreando en memorar paso a paso todos los detalles de aquellos días, pide al camarero un café con hielo por no repetir con la cerveza, saborea el agradable frescor de la bebida y le vienen a la memoria imágenes que ya nunca se repetirán porque cambió la forma de vida, el progreso también llegó a las zonas rurales y piensa  que se perdió el prensado de uvas con los pies, las ruedas de molino para moler el trigo… y piensa con añoranza –qué buen frangollo hacía mi tía María cociendo el grano con cáscara y molido a medias- me gustaba el gazpachuelo, el ajo blanco y las ricas lonjas de tocino crudo, y sobre todo, la manteca del adobe. Me gustaba ir al gallinero y recoger los huevos –alguna vez, más de uno me los bebía por el camino- ordeñar las cabras, las vacas y parar las trampas con mis primos para cazar zorzales. Habían días que volvíamos con collares de pájaros de una y dos vueltas. Ya, con casi quince años, mis preferencias se fueron inclinando por las chicas, desde mis primas hasta la estanquera que tenía cinco más que yo, y entre ellas, Lolita que me robaba hasta el sueño o, Cristina, que me despertaba la lívido con sus insinuaciones –Qué calor ¿verdad? –y se desabotonó dos ojales de la blusa un par de días antes de nuestro encuentro para mostrarme la gloria de sus pechos.
  Sería a esta hora o poco más cuando me dirigía camino del Roquedal, era tanto el deseo de disfrutar sus besos que temía que no fuera, podía ser incluso por cualquier contratiempo porque estaba seguro de que ella también lo deseaba. 
 Aquella tarde, tan calurosa como ésta, iba cediendo el bochorno según me alejaba del pueblo y una leve brisa refrescaba el ambiente. Los rayos del Sol cercano al horizonte, ya no calentaban del mismo modo, además, en las márgenes del camino comenzaban los olivares y aprovechando su sombra podía guarecerme. El cielo cambiaba su color y el azul cobalto del mediodía se iba desvaneciendo por Oriente en un azul celeste cada vez más claro.
   Faltaba mucho para que se pusiera el Sol, además, la Luna saldría más tarde, por lo cual no sentía el temor de las veces anteriores, cierto que el pensamiento en Cris me distraía la atención.
  Según me acercaba, el paisaje se tornaba más agreste y las carrascas sustituían a los olivos, apareció el matorral y los peñascos obligaban a retorcidas curvas para salvarlos, así, que la gran encina aparecía siempre de improviso a la vista del caminante.
  Ahí está –pronuncié en voz alta al ver su frondosidad, la enorme copa, cuya sombra oscurecía el suelo, y sus ramas de tal diámetro y longitud que parecían por si solas árboles suspendidos nacidos de su tronco – ¡Dios, menuda encina! Si sólo contemplarla ya impone respeto –dije sin poder evitar mi admiración.
  En tanto no la vi caminé con el ánimo tranquilo, la visita al cementerio ahuyentó mi temor por las apariciones, había sentido la realidad de la muerte y pensé que no cabía recelo de quien falleció tantos años atrás, sin embargo, ahora se me desmoronaba el ánimo al verme bajo la lobreguez de su manto. Aun así, me esforcé por serenarse e intenté un andar pausado. Inconscientemente llevé mi mano al pecho buscando protección en la medalla.
  Más allá, tras una nueva curva se ofrecía otro paisaje donde las carrascas emergen entre las peñas y grandes riscos de paredes verticales se hunden en el barranco por el que, al fondo, discurre el cauce de un pequeño arroyo. Era bella la tarde y lamenté no tener a mano mi cuaderno de dibujo para plasmar la imagen de las lomas cercanas coronadas por nubes de un blanco inmaculado – ¿Cómo pintar el silencio? –me pregunté observando que ningún sonido perturbaba la paz del lugar. Al mediodía las cigarras organizan su concierto y al ocaso son los pájaros que pueblan el ambiente con sus trinos, pero a media tarde el silencio sólo lo sesga el viento si sopla el aire. –Sí, he de estudiar cómo pintar el silencio. –recuerdo que dije en ese momento de mi yo poético.
  El paraje era frondoso, Cris había elegido un buen lugar para la intimidad –Seguro que no voy a ser el primero en compartir con ella los escondites de estos riscos –pensé mientras miraba la hora en el reloj –las siete menos cuarto, estará al llegar.
  Apenas dos minutos y oí su voz de soprano que me llamaba
  –Daniiii… muñecooo… ¿dónde estáaas?
 
_________.________


Última edición por Carlos Serra Ramos el Vie Oct 27, 2017 1:08 pm, editado 5 veces
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Re: La Encina del Roquedal.- Capítulos 5, 6,

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Jue Oct 26, 2017 1:11 pm

Carlos Serra Ramos escribió:
5) ENTRE CRIS Y LOLITA  
 
Al llegar a casa deseé llamar a Lolita.
  –Abuelita, ya estoy aquí ¿Puedo llamar a una amiga?
  –Puedes ¿Qué te dijo el tito?
  –Que lo de la encina es verdad.
  –Claro ¿por qué te iba a engañar? ¿Y qué más te dijo?
  –No, nada –contesté sin querer darle detalles por no descubrir mi interés, e insistí – ¿Puedo llamar?
  –Puedes. –Y marqué el número de la tienda de su tía donde acostumbraba a estar por las mañanas –Ojala no haya salido –pensé en tanto sonaba repetidamente.
  – ¡Hola! ¿Por qué me llamas?
   Me quedé cortado por la pregunta y estuve a punto de colgarle, pero, tras unos segundos respondí –Bueno, te pido disculpas mujer, ayer estaba cabreado cuando te contesté de aquel modo.
  –Pues yo tenía ganas de estar contigo y me llevé una desilusión.
  –Vale, Loli, perdóname. Yo también me había hecho la ilusión de volver juntos, pero al verte con Jacinto… Vi que os besabais y…
  –Mentira, me cogió por sorpresa y me robó un beso. Es verdad que me va detrás el muy baboso, pero no me mola ¿te enteras? ¿Qué querías, qué empezara a patadas con él para cabrearle más? No, si ya pensé yo que el cabreo te venía porque lo viste, eso te pasa por espiar.
  –Bueno, perdóname, te lo repito otra vez…
  –No, si ya está. Se me va la cabeza por ti para que me enfade, y casi me alegro de la rabieta porque me di cuenta que yo también te gusto, pero no estaba segura de si era porque nos viste.
  –Bueno, ¿amigos?
  –Claro, tonto.
  –Pues esta tarde nos vemos, ¿vale?
  –No podré, Dani. Voy con mi tía al Rincón de la Victoria a comprar género para la tienda y quiere que la ayude, pero si te parece mañana estamos toda la tarde juntos.
  –Vale, pero es que tengo muchas ganas de verte, aunque si no hay otro remedio…
  –Mañana toda la tarde juntos, Dani, ya me inventaré cualquier rollo. Y a ti no te negaré el beso –se atrevió a decir de corrido, y colgó de inmediato casi seguro avergonzada por la invitación que no pudo reprimir.
  Lamenté no verla porque la chica me gustaba y casi podía asegurar que me correspondía. La promesa del beso despertó de tal modo mi sexualidad que me vino a la mente el cuerpo de Cristina, y de inmediato pensé en llamarla. –La chavala está de buena… y apuesto a que ella sí se deja pillar con cuatro besos.
  Me asomé al patio y vi que mi abuela estaba arreglando el pequeño huerto así que disponía de tiempo para hablar con ella.
  – ¿Cris?
  –Hola, Dani, dime –respondió a mi voz  
  –Hola, Cris ¿Qué haces? Quedamos en vernos esta tarde ¿verdad?
  –Por mí, sí ¿Puedes?
  –A la hora que digas
  –Pues me iría bien lo más tarde posible ¿Qué tal a las ocho?
  –Vale, pero no podremos estar mucho porque mi abuela quiere cenar pronto. No obstante, ya me inventaré algún rollo, no voy a perder el estar contigo cuanto más mejor, no te preocupes.
  –Pues a las siete en el Roquedal porqué a mi también me gusta, y si estamos solos mejor.
  Esa respuesta de Cris consiguió que mi sexualidad subiera algunos grados más, sin embargo, me frenó la cita en el Roquedal y le pregunté por si había posibilidad de otro lugar.
  – ¿En el Roquedal?
  –Es un lugar donde a esa hora no pasa nadie, ya sabes las manías de la gente.
  –Bueno, dicen que han pasado cosas… –titubeé
  –Cuentos de brujas, no te fastidia ¿No me dirás que tú también crees en esas bobadas? Quiero estar a solas contigo porque nunca podemos hablar sin moscones al lado. Pero si te da corte…
  Y no me atreví a confesarle que cierta aprensión sí que tenía, y más, después de la conversación con mi tío.
  – ¿Corte? ¿A mí? Eso son supersticiones de los pueblos. Yo soy de ciudad y allí no hay quien crea esos cuentos.
  –Pues a las siete. Llevaré una botellita de anís, nos fumamos un par de cigarrillos y charlamos un rato, lo pasaremos pipa ¿vale?
  –Vale. Hasta luego Cris. Y ponte algo ligerito de ropa –le dije riendo para disimular –sólo es por el calor que hace, mujer –y volví a reír.
  –Ya, ya, no te defraudaré pero por si acaso también me pondré un cinturón de castidad –y más risas, suyas y mías.
  –Ostras, me lo pone en bandeja –me dije a media voz al colgar el teléfono, y por si acaso se demoraba la vuelta pedí a mi abuela que me disculpara si llegaba algo más tarde esa noche porque celebrábamos la onomástica de un amigo.
  Arreglada la cita con una y otra, me sentí feliz y orgulloso de mi éxito con las chicas y, lamenté que se acabaran las vacaciones cuando tenía a la vista un buen “rollo” con ambas. Pero volvía a revoletear en mi cabeza el enigma de la encina, máxime cuando el encuentro con Cris era en el Roquedal. ¿Cómo iba a negarme sin que ella pensara que tenía miedo? Y decidí que lo mejor sería ir y, que después del almuerzo me acercase al cementerio a cerciorarme que estaba bajo tierra, muerto y bien muerto y con ello me tranquilizaría.
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 6) EN EL CEMENTERIO
 
  La verja, que se hallaba entornada, cedió ofreciendo una ligera resistencia y chirriando sus goznes por el orín que los trababa. Un estrecho pasillo entre cipreses llevaba al rectángulo pobremente ajardinado donde los sepulcros cubrían el recinto casi por entero marcando diferencias también en el Campo Santo entre ricos y pobres. Esculturas de gran valor artístico sobre lujosos mausoleos destacaban ostentosamente junto a las losas de cemento cuyos ornamentos no eran más que una foto comida por el tiempo y cuatro flores de papel descolorido. Sólo en las cruces se asemejan por sus brazos abiertos en ademán de amparo.
  –Que distintas se ven en la iglesia –pensé –en el cementerio se encoge el ánimo, despiertan el temor a la muerte, y en cambio en la capilla infunden respeto y protección.
  Iba buscando la lápida de Aurora leyendo todos los nombres porque de noche y acuciado por el espanto no me fijé más que en el grabado sobre el mármol.
  El sol de media tarde no calentaba como al mediodía, pero el aire llega del mar cargado de humedad y sudaba por todos los poros de la piel. Hice ademán de quitarme la camisa, no obstante, una voz interior me dijo que no lo hiciera. Mira tú que tontería, pero me dio corte, me pareció una falta de respeto a los muertos, y cabreado, dije – ¡Joder! Estoy hasta los mismísimos de este tema y no puedo evitar seguir en ello. Si estuviera aquí muchos más días me volvía tarumba.
  Tres, cuatro tumbas más y descubrí la que buscaba, de mármol rosa y vi que la cruz había vuelto a caer. Cuando me acerqué más pude leer, Aurora, y bajo el nombre, 20 años, y más abajo la fecha de su nacimiento y el día que falleció.
    En la cabecera de la lápida una losa vertical también de mármol, en este caso blanco, se encontraba grabada la imagen de la Virgen María, y a su derecha una ventanilla enmarcaba la fotografía de una mujer, me acerqué y quedé boquiabierto ante la belleza extraordinaria de su rostro – ¡Dios, que guapa era! –y sin reprimir mi admiración besé la yema de mis dedos depositando el beso en el cristal –Si es cierta la historia del tío Julián no me extraña que Edgard sea un alma en pena –dije.
  Llevado por la emoción tomé un par de piedras de buen peso para sujetar la peana del crucifijo, que si se caía era porque se despegó da la lápida, las cubrí con un poco de musgo que encontré junto a otra tumba y satisfecho, busqué unas flores silvestres esparciéndolas sobre su nombre. –Se las llevará el viento –manifesté en voz alta mientras acariciaba la lápida –pero no importa, Aurora, la ofrenda ye está hecha. Siento que vives, si todos los fantasmas fueran como tú… –y se me humedecieron los ojos cuando me alejaba – ¡Soy imbécil o qué! –exclamé en tanto que me refregaba con el dorso de la mano para borrar las lágrimas.
  Repuesto de la emoción me dirige a un rincón alejado de los mausoleos donde la carencia de cruces suponía que allí se sepultan a los que por alguna razón no pueden ser enterrados en suelo sagrado, y en efecto, sólo el nombre del fallecido y una fecha escrita sobre una placa de cemento indicaba que bajo ella se hallan los restos de un ser excomulgado. No me resultó difícil dar con la de Edgard, donde su nombre en castellano, apellidos y fecha coincide con la de su fallecimiento bajo la encina.
  Me quedé tenso ante la sepultura y no sabía que decir.
  –Bajo esa losa están sus huesos –murmuré al fin –y su espíritu dando vueltas por el pueblo. Imposible creerlo. –y añadí –a tu novia la sentí viva pero en ti sólo presiento un esqueleto con los huesos descompuestos. Pero me asustas, ni me atrevo a girarme por si estás detrás de mí como fantasma y se me hiela la sangre sólo pensarlo ¡qué horror presentir tu presencia!
  Bien a mi pesar porque deseaba marchar cuanto antes, decidí construir una cruz con dos ramas secas que seleccioné de donde las apilaba el jardinero y con el cordón de una de mis alpargatas las fijé una sobre otra componiendo una cruz que me pareció perfecta. En la cabecera de la sepultura la hinqué en tierra lo más hondo que puede y a modo de oración murmuré.
  –Si creo en la historia de mi tío no me parece que fueras mal hombre y Aurora estará contenta de que una cruz proteja tu fosa. Si es verdad que eres esa cosa que se muestra en la encina del Roquedal, por favor, te pido que dejes en paz a mi tío Julián y a las gentes del pueblo que en nada son culpables de tu desgracia.
  Antes de marcharme aún seccioné de un tirón unas flores próximas depositándolas a los pies de la tumba.
  Me tranquilicé totalmente. Contento y satisfecho abandoné el cementerio con la sensación de haber hecho las paces con el fantasma. La tarde se prometía feliz.
 
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  Daniel, que se está recreando en memorar paso a paso todos los detalles de aquellos días, pide al camarero un café con hielo por no repetir con la cerveza, saborea el agradable frescor de la bebida y le vienen a la memoria imágenes que ya nunca se repetirán porque cambió la forma de vida, el progreso también llegó a las zonas rurales y piensa  que se perdió el prensado de uvas con los pies, las ruedas de molino para moler el trigo… y piensa con añoranza –qué buen frangollo hacía mi tía María cociendo el grano con cáscara y molido a medias- me gustaba el gazpachuelo, el ajo blanco y las ricas lonjas de tocino crudo, y sobre todo, la manteca del adobe. Me gustaba ir al gallinero y recoger los huevos –alguna vez, más de uno me los bebía por el camino- ordeñar las cabras, las vacas y parar las trampas con mis primos para cazar zorzales. Habían días que volvíamos con collares de pájaros de una y dos vueltas. Ya, con casi quince años, mis preferencias se fueron inclinando por las chicas, desde mis primas hasta la estanquera que tenía cinco más que yo, y entre ellas, Lolita que me robaba hasta el sueño o, Cristina, que me despertaba la lívido con sus insinuaciones –Qué calor ¿verdad? –y se desabotonó dos ojales de la blusa un par de días antes de nuestro encuentro para mostrarme la gloria de sus pechos.
  Sería a esta hora o poco más cuando me dirigía camino del Roquedal, era tanto el deseo de disfrutar sus besos que temía que no fuera, podía ser incluso por cualquier contratiempo porque estaba seguro de que ella también lo deseaba. 
 Aquella tarde, tan calurosa como ésta, iba cediendo el bochorno según me alejaba del pueblo y una leve brisa refrescaba el ambiente. Los rayos del Sol cercano al horizonte, ya no calentaban del mismo modo, además, en las márgenes del camino comenzaban los olivares y aprovechando su sombra podía guarecerme. El cielo cambiaba su color y el azul cobalto del mediodía se iba desvaneciendo por Oriente en un azul celeste cada vez más claro.
   Faltaba mucho para que se pusiera el Sol, además, la Luna saldría más tarde, por lo cual no sentía el temor de las veces anteriores, cierto que el pensamiento en Cris me distraía la atención.
  Según me acercaba, el paisaje se tornaba más agreste y las carrascas sustituían a los olivos, apareció el matorral y los peñascos obligaban a retorcidas curvas para salvarlos, así, que la gran encina aparecía siempre de improviso a la vista del caminante.
  Ahí está –pronuncié en voz alta al ver su frondosidad, la enorme copa, cuya sombra oscurecía el suelo, y sus ramas de tal diámetro y longitud que parecían por si solas árboles suspendidos nacidos de su tronco – ¡Dios, menuda encina! Si sólo contemplarla ya impone respeto –dije sin poder evitar mi admiración.
  En tanto no la vi caminé con el ánimo tranquilo, la visita al cementerio ahuyentó mi temor por las apariciones, había sentido la realidad de la muerte y pensé que no cabía recelo de quien falleció tantos años atrás, sin embargo, ahora se me desmoronaba el ánimo al verme bajo la lobreguez de su manto. Aun así, me esforcé por serenarse e intenté un andar pausado. Inconscientemente llevé mi mano al pecho buscando protección en la medalla.
  Más allá, tras una nueva curva se ofrecía otro paisaje donde las carrascas emergen entre las peñas y grandes riscos de paredes verticales se hunden en el barranco por el que, al fondo, discurre el cauce de un pequeño arroyo. Era bella la tarde y lamenté no tener a mano mi cuaderno de dibujo para plasmar la imagen de las lomas cercanas coronadas por nubes de un blanco inmaculado – ¿Cómo pintar el silencio? –me pregunté observando que ningún sonido perturbaba la paz del lugar. Al mediodía las cigarras organizan su concierto y al ocaso son los pájaros que pueblan el ambiente con sus trinos, pero a media tarde el silencio sólo lo sesga el viento si sopla el aire. –Sí, he de estudiar cómo pintar el silencio. –recuerdo que dije en ese momento de mi yo poético.
  El paraje era frondoso, Cris había elegido un buen lugar para la intimidad –Seguro que no voy a ser el primero en compartir con ella los escondites de estos riscos –pensé mientras miraba la hora en el reloj –las siete menos cuarto, estará al llegar.
  Apenas dos minutos y oí su voz de soprano que me llamaba
  –Daniiii… muñecooo… ¿dónde estáaas?
 
_________.________

7) PESADILLA
 


  Eran las once da la noche cuando  fui a mi habitación para dormir, las emociones del día habían sido muchas y muy fuertes. La regañina de mi abuela no fue dura porque ya estaba advertida, sin embargo, el encuentro con Cristina se alargó más de lo previsto ya que no me fue tan fácil como pensaba vencer su voluntad. Se repetía hasta la saciedad en un “deseo pero no quiero” “me gustas pero no puede ser” Por suerte, los traguitos repetidos de aguardiente fueron venciendo su resistencia más que mis palabras.
  – ¡Uff..! Y que buena está la tía –pensaba mientras me vestía el pijama –al final la puse a cien y no llegamos a mayores porque yo no quise, que si no… Pero bueno, así mejor, que tampoco me hizo falta ¡Y, anda qué ella…! Sus gemidos debieron oírse hasta en el pueblo cuando llegó al éxtasis. ¡Qué tetas! Casi me ahogo entre ellas.
  Pero, al mirarme en el espejo me vino a la memoria la imagen de Lolita y me pareció sentir una voz dentro de mí que me recriminaba –Bueno tío, no me mires así que yo a quien quiero es a Loli aunque no esté tan buena –le confesé a modo de disculpa, al rostro que me devolvía el azogue.
  Y con ello di por finalizado el día, apagué la luz, entreabrí la ventana y al contemplar las estrellas desde la cama recordé la frase del tío Julián “Si miras al cielo y no te asombras puedes creer cualquier cosa”  
  Por las noches bajaba bastante la temperatura y me gustaba cubrirme hasta las orejas, y acomodándome, cerrar los párpados y repasar los acontecimientos del día, pero fue en Cris donde mi pensamiento se detuvo evocando cada centímetro de su cuerpo, cada gemido y cada beso. Y la caricia crucial en su entrepierna que aceptó con agrado separándolas…
  De no estar tan cansado hubiera seguido hurgando en la sensualidad de sus caricias, pero al fin, me rindió el sueño.
  Sonaban las doce en el reloj de la iglesia que oí veladamente  desde la subconsciencia y en ese estado memoré la noche anterior cuando tras la oración a San Antonio se abrió la puerta de la mesilla de noche, pero  esta vez fue el ventanal que a una ráfaga de aire franqueó la entrada de una sombra indefinida aproximándose a mi lecho, y sin voz, percibí que me decía.
  –No temas Daniel, no me tengas miedo –y no, no lo sentí, advertí su presencia como desde una dimensión etérea y sumido entre el sueño y la vigilia le formulé una pregunta.
  – ¿Eres Edgard? ¿Qué quieres de mí?
  –Sí, soy el espíritu del que fue Edgard, pero no temas –volvió a repetir –no te causaré ningún daño y te necesito.
  La voz me llegaba serena, con tono grave y profundo, más no a través de los oídos.
  –Te oigo igual que al eco ¿Dónde estás?
  –Frente a ti, pero sólo puedes apreciarme cuando ciego tu visión de lo que hay tras de mi espectro.
  – ¿Sabes si estoy soñando? No me asustas y eso es ilógico.
  –Te puede parecer que sueñas por la irrealidad de la vida que vives según la idea que tienen los seres vivos. Vamos, sígueme.
  No me resistí, no sabía que me impulsaba a obedecer y me levanté. Tenía consciencia de ser quien era y me afirmaba - Estuve con Cris esta tarde, mi madre vendrá el domingo y me llamo Daniel- sin embargo, actuaba y sentía tal si estuviera sometido a la hipnosis más profunda.
  –Dime, ¿Qué debo hacer?
  –Vístete y ve al cementerio, te espero junto al mausoleo de Aurora –y la sombra que constantemente iba cambiando su forma, se alargó y desapareció por la ventana dejando tras de sí una destello de luz fosforescente.
  Tuve un momento de duda, sabía que actuaba ajeno a mi voluntad consciente y pensé que si hacía un esfuerzo quizá pudiera liberarme de su influencia, pero a mi pesar seguía como autómata obedeciendo las órdenes del duende.
  Para no ser visto salté por la ventana al patio y corrí el cerrojo de la verja cuidando de no hacer ruido, si mi abuela me hubiese   descubierto ¿cómo iba a explicarle tamaño disparate? Eludí la calle Real y subí por las más solitarias hasta la plaza de Bernardo Gálvez, allí, la iglesia, y tras ella el Campo Santo, caminaba como sonámbulo y sólo sabía que tenía que seguir hasta él sin preguntarme por qué. Cuando estuve en uno de sus costados doblé la esquina y seguí el muro.
  Una vez dentro ignoraba si había penetrado a través de la pared, o si la verja estaba abierta, pero no albergaba duda alguna del lugar en que me hallaba y miraba con recelo las tumbas a ambos lados del corto pasillo de tierra por donde caminé acercándome al mausoleo rosa que ya conocía. A la luz de la luna pude distinguir el nombre de Aurora y la cruz que se mantenía erguida como la dejé, aún estaban las flores silvestres sobre la lápida. Súbitamente desapareció su imagen velada por el espectro de Edgard que telepáticamente me decía.
  –Te necesito Daniel, llegó la hora y he de abandonar la tierra. Nunca he estado proscrito por el Cielo ya que la muerte de Aurora fue accidental, sin embargo, se me impuso un tiempo de reflexión por la mía.
  –No lo entiendo, Edgard –le respondí extrañando mi propia voz y el sereno tono con qué le hablaba.
  –Ya no soy Edgard, Daniel, aquél yace en esa fosa. Te mostraré qué pasó aquella noche.
  Al instante giré entre un torbellino de luz de todos los colores, y cuando cedió, me sentí incorpóreo e ingrávido y, abismado en una profunda gnosis visioné la terrible escena.
  Vi a un hombre con figura de monstruo cuyo rostro desencajado por la lujuria luchaba para reducir a una joven mujer que desesperada se defendía del hombre-bestia, pero la fuerza del malvado logró al fin inmovilizarla y separando sus piernas, de un empellón la penetró sin misericordia alguna. Otro hombre que logró librarse de sus ligaduras se abalanzó sobre él, su brazo armado con una navaja descendió buscando la carne, pero por desgracia, el monstruo esquivó la embestida y el cuchillo, imparable, encontró el cuerpo de la joven.
  – ¡Noooooo! –Escuché de su boca un alarido atronando el espacio propagando el lamento y el horror de Edgar, que no era otro. Invadido por la locura y con ira incontenible hincó una y otra, y otra, y otra vez, la hoja de acero en la carne de malvado, sintiendo el mórbido placer de remover en sus entrañas. Cuando ya solamente era una masa de carne destrozada y cubierta de sangre la arrojó lejos con la fuerza de un coloso, se acercó a la muchacha desplomándose junto a ella y, le suplicaba que no muriese. A la muchacha, aún le quedaron fuerzas para sonreírle y, con un hilo de voz le dijo –Te quiero Edgard, te quiero… –Fueron sus últimas palabras.
  Edgard cerró sus ojos y con su sangre escribía sobre la tierra “enterradnos juntos”; y uniendo sus labios a los de la muchacha en un beso prolongado, buscó su propio corazón y hundió en él el arma blanca hasta la empuñadura, sintiéndose feliz en ese instante con un postrer sentimiento de amor infinito, que yo percibí como si fuera propio. Luego sólo estas palabras “Voy contigo amor” 
  El cuerpo de Aurora se desdobló en ese instante en una figura transparente que repitiendo “sí, sí… que nos entierren juntos” “te amo Edgard, te amo…” en tanto ascendía al espacio infinito.
  –Pero no, no consintieron y hasta en la muerte nos separaron –me trasmitió a la mente desvanecida mi catarsis –El Cielo me llama y debo partir, sé que Allí está ella y me espera para compartir en la eternidad la luz de las estrellas, pero aquí en la tierra he de cumplir nuestra última voluntad. Desde el otro lado mientras se elevaba al infinito me repetía “Sí… que nos entierren juntos…”
  –Y apenas hay tiempo… Ven…
  Percibí que el sonido de su voz se alejaba, era más profundo y ronco resonando como el eco. Le seguí con obediencia ciega pero iba tomando mayor contacto con la realidad.
  –Llevarás mis huesos al féretro de Aurora 
  – ¡No! –e intenté revelarme, pero el espectro me envolvió con su sombra y de nuevo caí en la hipnosis más profunda. Mi visión era real, sabía qué hacía con absoluta carencia de voluntad.
  La lápida que guardaba el cadáver de Edgar se elevó movida por una energía extraña y apareció el ataúd que a un soplo de aire se desmoronó. De su interior, el esqueleto íntegro levitó sin peso hasta mis brazos extendidos. La losa se asentó de nuevo cubriendo la sepultura y envuelto por la sombra llegué al mausoleo de Aurora. De igual modo, se alzó el pesado mármol, y mostró el ataúd de la muchacha a la luz fantasmagórica de la Luna. Vi como la tapa se abría lentamente. En la penumbra del interior distinguí un vestido blanco cubriendo los restos del cuerpo momificado y un manto de cabellos junto al cráneo.
  El esqueleto de Edgard se alzó de mis brazos yendo a descansar junto al de la muchacha. La escena era dantesca, pero no me inmutaba en tanto que la mente se hallara ausente de mi cuerpo.
  –Gracias Daniel… –De nuevo disminuyó la percepción de su voz y sus palabras se prolongaban en los sentidos con tonos de vacío –Yo no puedo tocar mis restos… desde el otro lado… Ahora… ve… vuelve a tu lecho antes de que despiertes… Sin mi protección no puedes estar en este lugar, hay almas almascondena…das a los infier…noooos… que odian a los seres vivos. Corre… marcha…
  Apenas le oía, así que iba tomando conciencia del entorno la voz se alejaba.  –Marcha… an…tes de queee… se cierre el se…pul…crooo…
  Pero el asombro me mantuvo estático ante el espectro que recogiendo su sombra se filtró en la fosa por la pequeña rendija que faltaba por cerrar. Un golpe leve pero seco me anunció que se había sellado, y en ese instante, multitud de otras sombras aparecieron en el recinto, se cruzaban, se elevaban y descendían. Cambiaban su forma; ora circulares, ora ovoides que se estiraban y se encogían, o transformaban su figura en rojos demonios con ojos verdes y tentáculos por brazos. Reían y aullaban mientras me cercaban no dejando espacio para escapar. 
  Corrí, huía aterrado sorteando a los espectros que me cerraban el paso, pero aún acerté a ver una esfera de luz blanca y brillante que emergía de la tumba de Aurora y ascendía al cielo dejando por unos segundos una estela luminosa eclipsando los haces de la Luna.
  Los aparecidos me acorralaron cuando estaba a punto de alcanzar la tapia, penetré entre los árboles y me sentí agarrado por la espalda sin saber si eran las zarzas o las garras de esos monstruos sin cuerpo. Oía sus gritos, murmullos y lamentos entremezclados que me amenazan y vociferan “¡Ya eres nuestro, maldito intruso…! ¡Yaaaa… ya… eres nuestro…!” En tanto que yo me defendía a patadas gritando - ¡Nooo…! ¡Nooo…! Cabrones, soltadme, soltadmeee…

   – ¡Daniel! Daniel, hijo ¿qué te ocurre? Despierta, despierta Daniel, despierta.
  

Me sentí zarandeado mientras percibía desde el fondo de mi consciencia la voz lejana de mi abuela que me llamaba confundiéndose con los gritos de las almas en pena que intentan retenerme.
  – ¡Daniel! Hijo, despierta.
  La oía y luchaba por despertar pero era como vivir dos mundos a la vez porque también ensordecían mis oídos los desaforados gritos del Campo Santo. Poco a poco me fue llegando con claridad el desespero de mi pobre abuela en tanto que se desvanecía el sueño.
  – ¡Qué horror abuela! ¡Uff…! qué pesadilla –dije abrazándola, sin aliento por la ansiedad que me embargaba –Estaba en el cementerio y los muertos me perseguían sin que pudiera escapar. Menos mal que me has despertado, abuelita. –Aun no podía creer que fuera sólo una pesadilla lo que me pareció tan real, ni creer que lo real fuera la evidencia de estar en mi cama junto a mi abuela. Sí recuerdo, que miraba los muebles, las paredes y todo el entorno para cerciorarme que había sido un sueño, un mal sueño por haberme metido tanto en la historia de la misteriosa encina.
  – ¡Ay, Dan! Me asusté tanto al oír tus gritos… y tu patalear en la cama… Bueno, ya pasó. –Dijo después de consolarme.
  –Ha sido horrible, aparecían espíritus y demonios de todas partes.
Bueno, bueno, ya pasó Dan. Anda, vuelve a dormirte que son las tres de la madrugada. Dejo la puerta abierta y si me necesitas vendré enseguida, hijo –A los pocos minutos me trajo una tila diciéndome –Tómala, esto te calmará.
  Más tranquilo, besé a mi abuela y me acurruqué en la cama cubriéndome con el embozo hasta las orejas mientras me juré no volver a pensar jamás en esas historias de lo oculto. En el sillón se quedó mi abuela no se cuanto tiempo porque a los pocos minutos me rindió el sueño.  
  A las diez de la mañana aparecí por la puerta del comedor aún con cara de sueño.
   – ¿Qué, ya te levantaste dormilón? 
  –He dormido a “pata suelta” abuelita.
  – ¿Y qué soñabas esta noche, Dan? Menudo susto me llevé.
  –Una pesadilla terrible, abuela, aunque ya no recuerdo de qué iba, pero estaba en el cementerio y me perseguían los muertos, o sus fantasmas que intentaban aprisionarme ¡qué horror! Sus caras se alargaban o se encogían y yo qué sé. Menos mal que apenas recuerdo el porqué. 
  –Seguro que estará relacionado con la conversación del otro día y tus oraciones a San Antonio. Los sueños siempre tienen algo que ver con la realidad. Haz el favor de no pensar más en esas cosas Daniel.
  –Qué no, abuela, que no. Que te juro que no vuelvo a pensar en ellas sean verdad o mentira. –dije convencido –Bueno, arreglo mi cuarto y si no te importa iré a ver si encuentro a Juan en la huerta, seguro que está parando las trampas. ¡Ah! Y esta tarde me gustaría ir al El Valdés a despedirme de mis amigos y doña Jimena, me dejarás ¿verdad?
  –Mucho pides tú, pero bien está porque lo bueno se te acaba, pero ayúdame primero a regar las plantas del patio. ¡Anda!
  –Vale abuelita –y sin hacerme de rogar fui con premura a hacer lo que me pedía, de modo qué, me arremangué la camisa y lancé el cubo al pozo para llenar los baldes. Todo me parecía poco por estar con Lolita aquella tarde. Y por supuesto, no pasé por el Roquedal.
  –Niño, quítate la camisa, hombre, qué no hace tanto frío y acabará chorreando –dijo mi abuela sin faltarle razón. Pero al descubrir mi espalda se acercó alarmada con el ceño fruncido.
  – ¡Dan, por Dios! ¿Qué te has hecho en la espalda? 
  –Nada, abuela ¿Qué pasa? 
  –La tienes llena de arañazos ¿no me dirás que no te has enterado? –y la primera visión que me vino a la mente fue la pesadilla, los espinos junto a la tapia, pero no dije nada, tal cosa no era posible, y por otra parte, con Cristina me revolqué por el suelo una y otra vez en nuestro juego amoroso, me clavaba las uñas y me arañaba en tanto jadeaba en llegar al éxtasis. Sin embargo, se me helaba la sangre al pensar que podía ser en el cementerio.
 
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Carlos Serra Ramos
MIEMBRO HONORARIO
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La encina del Roquedal.- Capítulo 5, 6, 7 y epílago

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Vie Oct 27, 2017 12:45 pm

Carlos Serra Ramos escribió:

Al llegar a casa deseé llamar a Lolita.

  –Abuelita, ya estoy aquí ¿Puedo llamar a una amiga?
  –Puedes ¿Qué te dijo el tito?
  –Que lo de la encina es verdad.
  –Claro ¿por qué te iba a engañar? ¿Y qué más te dijo?
  –No, nada –contesté sin querer darle detalles por no descubrir mi interés, e insistí – ¿Puedo llamar?
  

–Puedes. 
Y marqué el número de la tienda de su tía donde acostumbraba a estar por las mañanas –Ojala no haya salido –pensé en tanto sonaba repetidamente. 


– ¡Hola! ¿Por qué me llamas?

   Me quedé cortado por la pregunta y estuve a punto de colgarle, pero, tras unos segundos respondí –Bueno, te pido disculpas mujer, ayer estaba cabreado cuando te contesté de aquel modo.
  –Pues yo tenía ganas de estar contigo y me llevé una desilusión.
  –Vale, Loli, perdóname. Yo también me había hecho la ilusión de volver juntos, pero al verte con Jacinto… Vi que os besabais y…
  –Mentira, me cogió por sorpresa y me robó un beso. Es verdad que me va detrás el muy baboso, pero no me mola ¿te enteras? ¿Qué querías, qué empezara a patadas con él para cabrearle más? No, si ya pensé yo que el cabreo te venía porque lo viste, eso te pasa por espiar.
  –Bueno, perdóname, te lo repito otra vez…
  –No, si ya está. Se me va la cabeza por ti para que me enfade, y casi me alegro de la rabieta porque me di cuenta que yo también te gusto, pero no estaba segura de si era porque nos viste.
  –Bueno, ¿amigos?
  –Claro, tonto.
  –Pues esta tarde nos vemos, ¿vale?
  –No podré, Dani. Voy con mi tía al Rincón de la Victoria a comprar género para la tienda y quiere que la ayude, pero si te parece mañana estamos toda la tarde juntos.
  –Vale, pero es que tengo muchas ganas de verte, aunque si no hay otro remedio…
  –Mañana toda la tarde juntos, Dani, ya me inventaré cualquier rollo. Y a ti no te negaré el beso –se atrevió a decir de corrido, y colgó de inmediato casi seguro avergonzada por la invitación que no pudo reprimir.
  Lamenté no verla porque la chica me gustaba y casi podía asegurar que me correspondía. La promesa del beso despertó de tal modo mi sexualidad que me vino a la mente el cuerpo de Cristina, y de inmediato pensé en llamarla. –La chavala está de buena… y apuesto a que ella sí se deja pillar con cuatro besos.
  Me asomé al patio y vi que mi abuela estaba arreglando el pequeño huerto así que disponía de tiempo para hablar con ella.
  – ¿Cris?
  –Hola, Dani, dime –respondió a mi voz  
  –Hola, Cris ¿Qué haces? Quedamos en vernos esta tarde ¿verdad?
  –Por mí, sí ¿Puedes?
  –A la hora que digas
  –Pues me iría bien lo más tarde posible ¿Qué tal a las ocho?
  –Vale, pero no podremos estar mucho porque mi abuela quiere cenar pronto. No obstante, ya me inventaré algún rollo, no voy a perder el estar contigo cuanto más mejor, no te preocupes.
  –Pues a las siete en el Roquedal porqué a mi también me gusta, y si estamos solos mejor.
  Esa respuesta de Cris consiguió que mi sexualidad subiera algunos grados más, sin embargo, me frenó la cita en el Roquedal y le pregunté por si había posibilidad de otro lugar.
  – ¿En el Roquedal?
  –Es un lugar donde a esa hora no pasa nadie, ya sabes las manías de la gente.
  –Bueno, dicen que han pasado cosas… –titubeé
  –Cuentos de brujas, no te fastidia ¿No me dirás que tú también crees en esas bobadas? Quiero estar a solas contigo porque nunca podemos hablar sin moscones al lado. Pero si te da corte…
  Y no me atreví a confesarle que cierta aprensión sí que tenía, y más, después de la conversación con mi tío.
  – ¿Corte? ¿A mí? Eso son supersticiones de los pueblos. Yo soy de ciudad y allí no hay quien crea esos cuentos.
  –Pues a las siete. Llevaré una botellita de anís, nos fumamos un par de cigarrillos y charlamos un rato, lo pasaremos pipa ¿vale?
  –Vale. Hasta luego Cris. Y ponte algo ligerito de ropa –le dije riendo para disimular –sólo es por el calor que hace, mujer –y volví a reír.
  –Ya, ya, no te defraudaré pero por si acaso también me pondré un cinturón de castidad –y más risas, suyas y mías.
  –Ostras, me lo pone en bandeja –me dije a media voz al colgar el teléfono, y por si acaso se demoraba la vuelta pedí a mi abuela que me disculpara si llegaba algo más tarde esa noche porque celebrábamos la onomástica de un amigo.
  Arreglada la cita con una y otra, me sentí feliz y orgulloso de mi éxito con las chicas y, lamenté que se acabaran las vacaciones cuando tenía a la vista un buen “rollo” con ambas. Pero volvía a revoletear en mi cabeza el enigma de la encina, máxime cuando el encuentro con Cris era en el Roquedal. ¿Cómo iba a negarme sin que ella pensara que tenía miedo? Y decidí que lo mejor sería ir y, que después del almuerzo me acercase al cementerio a cerciorarme que estaba bajo tierra, muerto y bien muerto y con ello me tranquilizaría.
________.________
 
 




 6) EN EL CEMENTERIO
 
  La verja, que se hallaba entornada, cedió ofreciendo una ligera resistencia y chirriando sus goznes por el orín que los trababa. Un estrecho pasillo entre cipreses llevaba al rectángulo pobremente ajardinado donde los sepulcros cubrían el recinto casi por entero marcando diferencias también en el Campo Santo entre ricos y pobres. Esculturas de gran valor artístico sobre lujosos mausoleos destacaban ostentosamente junto a las losas de cemento cuyos ornamentos no eran más que una foto comida por el tiempo y cuatro flores de papel descolorido. Sólo en las cruces se asemejan por sus brazos abiertos en ademán de amparo.
  –Que distintas se ven en la iglesia –pensé –en el cementerio se encoge el ánimo, despiertan el temor a la muerte, y en cambio en la capilla infunden respeto y protección.
  Iba buscando la lápida de Aurora leyendo todos los nombres porque de noche y acuciado por el espanto no me fijé más que en el grabado sobre el mármol.
  El sol de media tarde no calentaba como al mediodía, pero el aire llega del mar cargado de humedad y sudaba por todos los poros de la piel. Hice ademán de quitarme la camisa, no obstante, una voz interior me dijo que no lo hiciera. Mira tú que tontería, pero me dio corte, me pareció una falta de respeto a los muertos, y cabreado, dije – ¡Joder! Estoy hasta los mismísimos de este tema y no puedo evitar seguir en ello. Si estuviera aquí muchos más días me volvía tarumba.
  Tres, cuatro tumbas más y descubrí la que buscaba, de mármol rosa y vi que la cruz había vuelto a caer. Cuando me acerqué más pude leer, Aurora, y bajo el nombre, 20 años, y más abajo la fecha de su nacimiento y el día que falleció.
    En la cabecera de la lápida una losa vertical también de mármol, en este caso blanco, se encontraba grabada la imagen de la Virgen María, y a su derecha una ventanilla enmarcaba la fotografía de una mujer, me acerqué y quedé boquiabierto ante la belleza extraordinaria de su rostro – ¡Dios, que guapa era! –y sin reprimir mi admiración besé la yema de mis dedos depositando el beso en el cristal –Si es cierta la historia del tío Julián no me extraña que Edgard sea un alma en pena –dije.
  Llevado por la emoción tomé un par de piedras de buen peso para sujetar la peana del crucifijo, que si se caía era porque se despegó da la lápida, las cubrí con un poco de musgo que encontré junto a otra tumba y satisfecho, busqué unas flores silvestres esparciéndolas sobre su nombre. –Se las llevará el viento –manifesté en voz alta mientras acariciaba la lápida –pero no importa, Aurora, la ofrenda ye está hecha. Siento que vives, si todos los fantasmas fueran como tú… –y se me humedecieron los ojos cuando me alejaba – ¡Soy imbécil o qué! –exclamé en tanto que me refregaba con el dorso de la mano para borrar las lágrimas.
  Repuesto de la emoción me dirige a un rincón alejado de los mausoleos donde la carencia de cruces suponía que allí se sepultan a los que por alguna razón no pueden ser enterrados en suelo sagrado, y en efecto, sólo el nombre del fallecido y una fecha escrita sobre una placa de cemento indicaba que bajo ella se hallan los restos de un ser excomulgado. No me resultó difícil dar con la de Edgard, donde su nombre en castellano, apellidos y fecha coincide con la de su fallecimiento bajo la encina.
  Me quedé tenso ante la sepultura y no sabía que decir.
  –Bajo esa losa están sus huesos –murmuré al fin –y su espíritu dando vueltas por el pueblo. Imposible creerlo. –y añadí –a tu novia la sentí viva pero en ti sólo presiento un esqueleto con los huesos descompuestos. Pero me asustas, ni me atrevo a girarme por si estás detrás de mí como fantasma y se me hiela la sangre sólo pensarlo ¡qué horror presentir tu presencia!
  Bien a mi pesar porque deseaba marchar cuanto antes, decidí construir una cruz con dos ramas secas que seleccioné de donde las apilaba el jardinero y con el cordón de una de mis alpargatas las fijé una sobre otra componiendo una cruz que me pareció perfecta. En la cabecera de la sepultura la hinqué en tierra lo más hondo que puede y a modo de oración murmuré.
  –Si creo en la historia de mi tío no me parece que fueras mal hombre y Aurora estará contenta de que una cruz proteja tu fosa. Si es verdad que eres esa cosa que se muestra en la encina del Roquedal, por favor, te pido que dejes en paz a mi tío Julián y a las gentes del pueblo que en nada son culpables de tu desgracia.
  Antes de marcharme aún seccioné de un tirón unas flores próximas depositándolas a los pies de la tumba.
  Me tranquilicé totalmente. Contento y satisfecho abandoné el cementerio con la sensación de haber hecho las paces con el fantasma. La tarde se prometía feliz.
 
________.________
 




  Daniel, que se está recreando en memorar paso a paso todos los detalles de aquellos días, pide al camarero un café con hielo por no repetir con la cerveza, saborea el agradable frescor de la bebida y le vienen a la memoria imágenes que ya nunca se repetirán porque cambió la forma de vida, el progreso también llegó a las zonas rurales y piensa  que se perdió el prensado de uvas con los pies, las ruedas de molino para moler el trigo… y piensa con añoranza –qué buen frangollo hacía mi tía María cociendo el grano con cáscara y molido a medias- me gustaba el gazpachuelo, el ajo blanco y las ricas lonjas de tocino crudo, y sobre todo, la manteca del adobe. Me gustaba ir al gallinero y recoger los huevos –alguna vez, más de uno me los bebía por el camino- ordeñar las cabras, las vacas y parar las trampas con mis primos para cazar zorzales. Habían días que volvíamos con collares de pájaros de una y dos vueltas. Ya, con casi quince años, mis preferencias se fueron inclinando por las chicas, desde mis primas hasta la estanquera que tenía cinco más que yo, y entre ellas, Lolita que me robaba hasta el sueño o, Cristina, que me despertaba la lívido con sus insinuaciones –Qué calor ¿verdad? –y se desabotonó dos ojales de la blusa un par de días antes de nuestro encuentro para mostrarme la gloria de sus pechos.
  Sería a esta hora o poco más cuando me dirigía camino del Roquedal, era tanto el deseo de disfrutar sus besos que temía que no fuera, podía ser incluso por cualquier contratiempo porque estaba seguro de que ella también lo deseaba. 
 Aquella tarde, tan calurosa como ésta, iba cediendo el bochorno según me alejaba del pueblo y una leve brisa refrescaba el ambiente. Los rayos del Sol cercano al horizonte, ya no calentaban del mismo modo, además, en las márgenes del camino comenzaban los olivares y aprovechando su sombra podía guarecerme. El cielo cambiaba su color y el azul cobalto del mediodía se iba desvaneciendo por Oriente en un azul celeste cada vez más claro.
   Faltaba mucho para que se pusiera el Sol, además, la Luna saldría más tarde, por lo cual no sentía el temor de las veces anteriores, cierto que el pensamiento en Cris me distraía la atención.
  Según me acercaba, el paisaje se tornaba más agreste y las carrascas sustituían a los olivos, apareció el matorral y los peñascos obligaban a retorcidas curvas para salvarlos, así, que la gran encina aparecía siempre de improviso a la vista del caminante.
  Ahí está –pronuncié en voz alta al ver su frondosidad, la enorme copa, cuya sombra oscurecía el suelo, y sus ramas de tal diámetro y longitud que parecían por si solas árboles suspendidos nacidos de su tronco – ¡Dios, menuda encina! Si sólo contemplarla ya impone respeto –dije sin poder evitar mi admiración.
  En tanto no la vi caminé con el ánimo tranquilo, la visita al cementerio ahuyentó mi temor por las apariciones, había sentido la realidad de la muerte y pensé que no cabía recelo de quien falleció tantos años atrás, sin embargo, ahora se me desmoronaba el ánimo al verme bajo la lobreguez de su manto. Aun así, me esforcé por serenarse e intenté un andar pausado. Inconscientemente llevé mi mano al pecho buscando protección en la medalla.
  Más allá, tras una nueva curva se ofrecía otro paisaje donde las carrascas emergen entre las peñas y grandes riscos de paredes verticales se hunden en el barranco por el que, al fondo, discurre el cauce de un pequeño arroyo. Era bella la tarde y lamenté no tener a mano mi cuaderno de dibujo para plasmar la imagen de las lomas cercanas coronadas por nubes de un blanco inmaculado – ¿Cómo pintar el silencio? –me pregunté observando que ningún sonido perturbaba la paz del lugar. Al mediodía las cigarras organizan su concierto y al ocaso son los pájaros que pueblan el ambiente con sus trinos, pero a media tarde el silencio sólo lo sesga el viento si sopla el aire. –Sí, he de estudiar cómo pintar el silencio. –recuerdo que dije en ese momento de mi yo poético.
  El paraje era frondoso, Cris había elegido un buen lugar para la intimidad –Seguro que no voy a ser el primero en compartir con ella los escondites de estos riscos –pensé mientras miraba la hora en el reloj –las siete menos cuarto, estará al llegar.
  Apenas dos minutos y oí su voz de soprano que me llamaba
  –Daniiii… muñecooo… ¿dónde estáaas?
 
_________.________

7) PESADILLA
 


  Eran las once da la noche cuando  fui a mi habitación para dormir, las emociones del día habían sido muchas y muy fuertes. La regañina de mi abuela no fue dura porque ya estaba advertida, sin embargo, el encuentro con Cristina se alargó más de lo previsto ya que no me fue tan fácil como pensaba vencer su voluntad. Se repetía hasta la saciedad en un “deseo pero no quiero” “me gustas pero no puede ser” Por suerte, los traguitos repetidos de aguardiente fueron venciendo su resistencia más que mis palabras.
  – ¡Uff..! Y que buena está la tía –pensaba mientras me vestía el pijama –al final la puse a cien y no llegamos a mayores porque yo no quise, que si no… Pero bueno, así mejor, que tampoco me hizo falta ¡Y, anda qué ella…! Sus gemidos debieron oírse hasta en el pueblo cuando llegó al éxtasis. ¡Qué tetas! Casi me ahogo entre ellas.
  Pero, al mirarme en el espejo me vino a la memoria la imagen de Lolita y me pareció sentir una voz dentro de mí que me recriminaba –Bueno tío, no me mires así que yo a quien quiero es a Loli aunque no esté tan buena –le confesé a modo de disculpa, al rostro que me devolvía el azogue.
  Y con ello di por finalizado el día, apagué la luz, entreabrí la ventana y al contemplar las estrellas desde la cama recordé la frase del tío Julián “Si miras al cielo y no te asombras puedes creer cualquier cosa”  
  Por las noches bajaba bastante la temperatura y me gustaba cubrirme hasta las orejas, y acomodándome, cerrar los párpados y repasar los acontecimientos del día, pero fue en Cris donde mi pensamiento se detuvo evocando cada centímetro de su cuerpo, cada gemido y cada beso. Y la caricia crucial en su entrepierna que aceptó con agrado separándolas…
  De no estar tan cansado hubiera seguido hurgando en la sensualidad de sus caricias, pero al fin, me rindió el sueño.
  Sonaban las doce en el reloj de la iglesia que oí veladamente  desde la subconsciencia y en ese estado memoré la noche anterior cuando tras la oración a San Antonio se abrió la puerta de la mesilla de noche, pero  esta vez fue el ventanal que a una ráfaga de aire franqueó la entrada de una sombra indefinida aproximándose a mi lecho, y sin voz, percibí que me decía.
  –No temas Daniel, no me tengas miedo –y no, no lo sentí, advertí su presencia como desde una dimensión etérea y sumido entre el sueño y la vigilia le formulé una pregunta.
  – ¿Eres Edgard? ¿Qué quieres de mí?
  –Sí, soy el espíritu del que fue Edgard, pero no temas –volvió a repetir –no te causaré ningún daño y te necesito.
  La voz me llegaba serena, con tono grave y profundo, más no a través de los oídos.
  –Te oigo igual que al eco ¿Dónde estás?
  –Frente a ti, pero sólo puedes apreciarme cuando ciego tu visión de lo que hay tras de mi espectro.
  – ¿Sabes si estoy soñando? No me asustas y eso es ilógico.
  –Te puede parecer que sueñas por la irrealidad de la vida que vives según la idea que tienen los seres vivos. Vamos, sígueme.
  No me resistí, no sabía que me impulsaba a obedecer y me levanté. Tenía consciencia de ser quien era y me afirmaba - Estuve con Cris esta tarde, mi madre vendrá el domingo y me llamo Daniel- sin embargo, actuaba y sentía tal si estuviera sometido a la hipnosis más profunda.
  –Dime, ¿Qué debo hacer?
  –Vístete y ve al cementerio, te espero junto al mausoleo de Aurora –y la sombra que constantemente iba cambiando su forma, se alargó y desapareció por la ventana dejando tras de sí una destello de luz fosforescente.
  Tuve un momento de duda, sabía que actuaba ajeno a mi voluntad consciente y pensé que si hacía un esfuerzo quizá pudiera liberarme de su influencia, pero a mi pesar seguía como autómata obedeciendo las órdenes del duende.
  Para no ser visto salté por la ventana al patio y corrí el cerrojo de la verja cuidando de no hacer ruido, si mi abuela me hubiese   descubierto ¿cómo iba a explicarle tamaño disparate? Eludí la calle Real y subí por las más solitarias hasta la plaza de Bernardo Gálvez, allí, la iglesia, y tras ella el Campo Santo, caminaba como sonámbulo y sólo sabía que tenía que seguir hasta él sin preguntarme por qué. Cuando estuve en uno de sus costados doblé la esquina y seguí el muro.
  Una vez dentro ignoraba si había penetrado a través de la pared, o si la verja estaba abierta, pero no albergaba duda alguna del lugar en que me hallaba y miraba con recelo las tumbas a ambos lados del corto pasillo de tierra por donde caminé acercándome al mausoleo rosa que ya conocía. A la luz de la luna pude distinguir el nombre de Aurora y la cruz que se mantenía erguida como la dejé, aún estaban las flores silvestres sobre la lápida. Súbitamente desapareció su imagen velada por el espectro de Edgard que telepáticamente me decía.
  –Te necesito Daniel, llegó la hora y he de abandonar la tierra. Nunca he estado proscrito por el Cielo ya que la muerte de Aurora fue accidental, sin embargo, se me impuso un tiempo de reflexión por la mía.
  –No lo entiendo, Edgard –le respondí extrañando mi propia voz y el sereno tono con qué le hablaba.
  –Ya no soy Edgard, Daniel, aquél yace en esa fosa. Te mostraré qué pasó aquella noche.
  Al instante giré entre un torbellino de luz de todos los colores, y cuando cedió, me sentí incorpóreo e ingrávido y, abismado en una profunda gnosis visioné la terrible escena.
  Vi a un hombre con figura de monstruo cuyo rostro desencajado por la lujuria luchaba para reducir a una joven mujer que desesperada se defendía del hombre-bestia, pero la fuerza del malvado logró al fin inmovilizarla y separando sus piernas, de un empellón la penetró sin misericordia alguna. Otro hombre que logró librarse de sus ligaduras se abalanzó sobre él, su brazo armado con una navaja descendió buscando la carne, pero por desgracia, el monstruo esquivó la embestida y el cuchillo, imparable, encontró el cuerpo de la joven.
  – ¡Noooooo! –Escuché de su boca un alarido atronando el espacio propagando el lamento y el horror de Edgar, que no era otro. Invadido por la locura y con ira incontenible hincó una y otra, y otra, y otra vez, la hoja de acero en la carne de malvado, sintiendo el mórbido placer de remover en sus entrañas. Cuando ya solamente era una masa de carne destrozada y cubierta de sangre la arrojó lejos con la fuerza de un coloso, se acercó a la muchacha desplomándose junto a ella y, le suplicaba que no muriese. A la muchacha, aún le quedaron fuerzas para sonreírle y, con un hilo de voz le dijo –Te quiero Edgard, te quiero… –Fueron sus últimas palabras.
  Edgard cerró sus ojos y con su sangre escribía sobre la tierra “enterradnos juntos”; y uniendo sus labios a los de la muchacha en un beso prolongado, buscó su propio corazón y hundió en él el arma blanca hasta la empuñadura, sintiéndose feliz en ese instante con un postrer sentimiento de amor infinito, que yo percibí como si fuera propio. Luego sólo estas palabras “Voy contigo amor” 
  El cuerpo de Aurora se desdobló en ese instante en una figura transparente que repitiendo “sí, sí… que nos entierren juntos” “te amo Edgard, te amo…” en tanto ascendía al espacio infinito.
  –Pero no, no consintieron y hasta en la muerte nos separaron –me trasmitió a la mente desvanecida mi catarsis –El Cielo me llama y debo partir, sé que Allí está ella y me espera para compartir en la eternidad la luz de las estrellas, pero aquí en la tierra he de cumplir nuestra última voluntad. Desde el otro lado mientras se elevaba al infinito me repetía “Sí… que nos entierren juntos…”
  –Y apenas hay tiempo… Ven…
  Percibí que el sonido de su voz se alejaba, era más profundo y ronco resonando como el eco. Le seguí con obediencia ciega pero iba tomando mayor contacto con la realidad.
  –Llevarás mis huesos al féretro de Aurora 
  – ¡No! –e intenté revelarme, pero el espectro me envolvió con su sombra y de nuevo caí en la hipnosis más profunda. Mi visión era real, sabía qué hacía con absoluta carencia de voluntad.
  La lápida que guardaba el cadáver de Edgar se elevó movida por una energía extraña y apareció el ataúd que a un soplo de aire se desmoronó. De su interior, el esqueleto íntegro levitó sin peso hasta mis brazos extendidos. La losa se asentó de nuevo cubriendo la sepultura y envuelto por la sombra llegué al mausoleo de Aurora. De igual modo, se alzó el pesado mármol, y mostró el ataúd de la muchacha a la luz fantasmagórica de la Luna. Vi como la tapa se abría lentamente. En la penumbra del interior distinguí un vestido blanco cubriendo los restos del cuerpo momificado y un manto de cabellos junto al cráneo.
  El esqueleto de Edgard se alzó de mis brazos yendo a descansar junto al de la muchacha. La escena era dantesca, pero no me inmutaba en tanto que la mente se hallara ausente de mi cuerpo.
  –Gracias Daniel… –De nuevo disminuyó la percepción de su voz y sus palabras se prolongaban en los sentidos con tonos de vacío –Yo no puedo tocar mis restos… desde el otro lado… Ahora… ve… vuelve a tu lecho antes de que despiertes… Sin mi protección no puedes estar en este lugar, hay almas almascondena…das a los infier…noooos… que odian a los seres vivos. Corre… marcha…
  Apenas le oía, así que iba tomando conciencia del entorno la voz se alejaba.  –Marcha… an…tes de queee… se cierre el se…pul…crooo…
  Pero el asombro me mantuvo estático ante el espectro que recogiendo su sombra se filtró en la fosa por la pequeña rendija que faltaba por cerrar. Un golpe leve pero seco me anunció que se había sellado, y en ese instante, multitud de otras sombras aparecieron en el recinto, se cruzaban, se elevaban y descendían. Cambiaban su forma; ora circulares, ora ovoides que se estiraban y se encogían, o transformaban su figura en rojos demonios con ojos verdes y tentáculos por brazos. Reían y aullaban mientras me cercaban no dejando espacio para escapar. 
  Corrí, huía aterrado sorteando a los espectros que me cerraban el paso, pero aún acerté a ver una esfera de luz blanca y brillante que emergía de la tumba de Aurora y ascendía al cielo dejando por unos segundos una estela luminosa eclipsando los haces de la Luna.
  Los aparecidos me acorralaron cuando estaba a punto de alcanzar la tapia, penetré entre los árboles y me sentí agarrado por la espalda sin saber si eran las zarzas o las garras de esos monstruos sin cuerpo. Oía sus gritos, murmullos y lamentos entremezclados que me amenazan y vociferan “¡Ya eres nuestro, maldito intruso…! ¡Yaaaa… ya… eres nuestro…!” En tanto que yo me defendía a patadas gritando - ¡Nooo…! ¡Nooo…! Cabrones, soltadme, soltadmeee…

   – ¡Daniel! Daniel, hijo ¿qué te ocurre? Despierta, despierta Daniel, despierta.
  

Me sentí zarandeado mientras percibía desde el fondo de mi consciencia la voz lejana de mi abuela que me llamaba confundiéndose con los gritos de las almas en pena que intentan retenerme.
  – ¡Daniel! Hijo, despierta.
  La oía y luchaba por despertar pero era como vivir dos mundos a la vez porque también ensordecían mis oídos los desaforados gritos del Campo Santo. Poco a poco me fue llegando con claridad el desespero de mi pobre abuela en tanto que se desvanecía el sueño.
  – ¡Qué horror abuela! ¡Uff…! qué pesadilla –dije abrazándola, sin aliento por la ansiedad que me embargaba –Estaba en el cementerio y los muertos me perseguían sin que pudiera escapar. Menos mal que me has despertado, abuelita. –Aun no podía creer que fuera sólo una pesadilla lo que me pareció tan real, ni creer que lo real fuera la evidencia de estar en mi cama junto a mi abuela. Sí recuerdo, que miraba los muebles, las paredes y todo el entorno para cerciorarme que había sido un sueño, un mal sueño por haberme metido tanto en la historia de la misteriosa encina.
  – ¡Ay, Dan! Me asusté tanto al oír tus gritos… y tu patalear en la cama… Bueno, ya pasó. –Dijo después de consolarme.
  –Ha sido horrible, aparecían espíritus y demonios de todas partes.
Bueno, bueno, ya pasó Dan. Anda, vuelve a dormirte que son las tres de la madrugada. Dejo la puerta abierta y si me necesitas vendré enseguida, hijo –A los pocos minutos me trajo una tila diciéndome –Tómala, esto te calmará.
  Más tranquilo, besé a mi abuela y me acurruqué en la cama cubriéndome con el embozo hasta las orejas mientras me juré no volver a pensar jamás en esas historias de lo oculto. En el sillón se quedó mi abuela no se cuanto tiempo porque a los pocos minutos me rindió el sueño.  
  A las diez de la mañana aparecí por la puerta del comedor aún con cara de sueño.
   – ¿Qué, ya te levantaste dormilón? 
  –He dormido a “pata suelta” abuelita.
  – ¿Y qué soñabas esta noche, Dan? Menudo susto me llevé.
  –Una pesadilla terrible, abuela, aunque ya no recuerdo de qué iba, pero estaba en el cementerio y me perseguían los muertos, o sus fantasmas que intentaban aprisionarme ¡qué horror! Sus caras se alargaban o se encogían y yo qué sé. Menos mal que apenas recuerdo el porqué. 
  –Seguro que estará relacionado con la conversación del otro día y tus oraciones a San Antonio. Los sueños siempre tienen algo que ver con la realidad. Haz el favor de no pensar más en esas cosas Daniel.
  –Qué no, abuela, que no. Que te juro que no vuelvo a pensar en ellas sean verdad o mentira. –dije convencido –Bueno, arreglo mi cuarto y si no te importa iré a ver si encuentro a Juan en la huerta, seguro que está parando las trampas. ¡Ah! Y esta tarde me gustaría ir al El Valdés a despedirme de mis amigos y doña Jimena, me dejarás ¿verdad?
  –Mucho pides tú, pero bien está porque lo bueno se te acaba, pero ayúdame primero a regar las plantas del patio. ¡Anda!
  –Vale abuelita –y sin hacerme de rogar fui con premura a hacer lo que me pedía, de modo qué, me arremangué la camisa y lancé el cubo al pozo para llenar los baldes. Todo me parecía poco por estar con Lolita aquella tarde. Y por supuesto, no pasé por el Roquedal.
  –Niño, quítate la camisa, hombre, qué no hace tanto frío y acabará chorreando –dijo mi abuela sin faltarle razón. Pero al descubrir mi espalda se acercó alarmada con el ceño fruncido.
  – ¡Dan, por Dios! ¿Qué te has hecho en la espalda? 
  –Nada, abuela ¿Qué pasa? 
  –La tienes llena de arañazos ¿no me dirás que no te has enterado? –y la primera visión que me vino a la mente fue la pesadilla, los espinos junto a la tapia, pero no dije nada, tal cosa no era posible, y por otra parte, con Cristina me revolqué por el suelo una y otra vez en nuestro juego amoroso, me clavaba las uñas y me arañaba en tanto jadeaba en llegar al éxtasis. Sin embargo, se me helaba la sangre al pensar que podía ser en el cementerio.
 
______._____


 EPÍLOGO
 
  Daniel se muestra satisfecho por encontrase en “su” Macharaviaya, reviviendo en la memoria los días felices de su infancia y adolescencia en la que descubrió el amor por vez primera en los ojos de Lolita. Qué distinto el beso cuando ese sentimiento sacude las fibras más sensibles a la ternura. Sólo veinticuatro horas antes todos los sabores de Cristina inundaron de placer mi paladar pero, ninguno me despertó la sensación metafísica de ser tan sólo alma fundida con el alma de una virgen. El beso no fue caricia solamente, fue la unión de dos conciencias navegando espacios siderales. Nunca más nos vimos pero la llevo en mí como un estigma. Casi prefiero no haberla visto por si acaso, perdía ese recuerdo tatuado en la memoria dignificando el amor.
  Sentado a la sombra de la parra en la terraza del café le han pasado un par de horas sin apenas darse cuenta. Si quiere visitar el cementerio no debe descuidarse ya que dijo a su primo que llegaría antes de las ocho.
  Llama al camarero para abonar la cuenta y, al acercarse observa que no es el que le sirvió anteriormente, su cara le resulta conocida e intenta relacionarla con alguien en la memoria.
  –Usted dirá, señor.
  –Yo… ¿Usted no es…?
  Ambos se cruzan la mirada y el camarero exclama con un grito de sorpresa
  – ¡El mismo, Dani!
  – ¡Rafa! ¡Joder, que alegría verte!
  Y ambos se abrazan efusivamente sin simular el agrado de encontrase.
  – ¿Qué haces por aquí, chaval? ¿De dónde coño sales, cabrón? –y vuelven a abrazarse con el mismo entusiasmo.
  –Ni te imaginas las ganas que he tenido siempre de volver. Nunca he olvidado aquellos veranos y la amistad de mis amigos, pero al casarse mi madre de segundas nos fuimos a Barcelona y la vida cambió por completo, los estudios, la puesta en marcha de un negocio y… yo qué sé.
  – ¿Te quedarás muchos días?
  –En principio no pensaba en más de dos.
  –Ni hablar, al menos una semana, aquí seguimos casi los mismos, Justino, Ginés, Alberto… y todos querrán verte y pasar un rato juntos. Hemos de corrernos una juerga ¡Hey! Eso si has venido solo ¿Estás casado?
  –Bueno, veré si puedo algún día más. Y no, no me casé, no encontré la media naranja ¿Y tú?
  –En maldita hora, pero bueno, acabó pronto. Nos separamos a los seis meses y eso fue hace mucho.
  – ¿Alguien del pueblo? Lo pregunto por la relación posterior.
  –No, si tú la conociste, hombre. Cristina, venía todos los años en verano y en uno de ellos piqué el anzuelo.
  – ¡Oostras, Pedrín! ¡Cris!
  –La misma.
  –Pero si eras tú que no parabas de tirarle los tejos, y mira que estaba buena la tía. Al menos te sentirías feliz una temporada.
  –Sí, pero cuando se acabó el deseo… ya no fue lo mismo –responde Rafa con cierto acento de fracaso.
  –Bueno, lo siento chico –le contesta cambiando también a un tono más serio, pero piensa que cegado por la belleza de Cris y su figura no se apercibió de más.
  –Bueno, dime Dani ¿Cómo es que has decidido venir, asuntos de negocio?
  –No, verás, he tenido que ir a Granada para…
  Y sobre todo un poco, siguen conversando animadamente hasta que Daniel mirando su reloj dice
  –Lo siento Raf, pero he de dejarte. Si te parece mañana nos vemos, di tú la hora y me llamas.
  –Vale, dame tu teléfono y a ver si reúno a los amigos y cenamos juntos.
  –Será un placer, toma nota –y le da el número del móvil preguntándole a continuación sobre lo que deseaba saber desde el principio.
  –A propósito Rafa, ¿Qué, se descubrió al fin el enigma de la encina? ¿Apareció el fantasma? –acompañando a la segunda pregunta una carcajada fingiendo la mayor incredulidad e inocencia.
  –Chico, nunca más se supo, es más, hoy es un lugar visitado por los forasteros y turistas atraídos por la leyenda, hasta el Ayuntamiento lo acomodó para hacer picnic.
  –Lo celebro, pero sigo pensando que algún tipo de autosugestión colectiva debió influir en esa historia.
  –Tío, que yo lo palpé cuando la ouija, y bien, hasta el punto que más de una noche he soñado aquella experiencia. Estoy firmemente convencido de que los muertos, muertos  están pero sus espíritus sobreviven a la carne.
 
_______._______
 
  

 
Tras despedirse de Rafa, llama a su primo Juan para anunciarle que en media hora estará en su casa. El cementerio sólo dista de la plaza unos cien metros y no quedaría satisfecho si no volvía al lugar que motivó una pesadilla tan viva, que durante mucho tiempo mantuvo la duda de si fue real y, por alguna razón que no puede explicarse, se encontró en la cama zarandeado por  su abuela. Cuando se lo contó a su madre, tras un tiempo en qué pesadillas parecidas le desequilibraba el descanso, e incluso la vigilia, su padrastro y ella decidieron recurrir a más de un psicólogo para que recobrase la tranquilidad y convencerle de que el cerebro es sensible a determinadas experiencias que luego acomoda a su capricho, debía dar por hecho que “vivió” la pesadilla pero sólo en su mente. Para el caso, la sensación, la angustia y el recuerdo son lo mismo. “Tú lo viviste amigo mío, pero no te quepa duda, en la cama mientras dormías”, le decían todos.
  Ya con el paso de los años y su carrera de psicología -que quiso estudiar por lo mismo- se convenció de que no fue más que un mal sueño. Sin embargo, cree que encontrarse con el pasado ante la misma tumba de Aurora y la de Edgar será poner punto y final a la luctuosa historia. 
  La verja se halla abierta de par en par y aprecia desde la entrada una bien cuidada jardinería, pasillos bordeados con recortado seto y el suelo enlosado con piedras planas. En los nichos y sepulturas las flores ya no son de papel descolorido y las de plástico casi parecen auténticas. Abundan los claveles, margaritas, crisantemos, algunas dalias y el botón de oro en pequeños ramos o anclados en la tierra. 
  –No es como lo recordaba, la diferencia es obvia aunque también puede ser que en mi mente se encuentre la imagen fantasmagórica más que la de un cuidado jardín aunque lo fuera –piensa Daniel en tanto que camina entre los mausoleos buscando el de Aurora. Lo descubre pronto porque el recuerdo imborrable del diseño y el color rosa de la lápida destacan de los mármoles negros y las losas de granito de otras tumbas.
Siente que su corazón se acelera al acercarse y observar los detalles que la conforman. Ahí está la cruz erguida sobre la losa, ya reparada, su foto más sepia que entonces aun conserva la imagen de una mujer bella y, la hiedra, abrazando la sepultura, ha sido recortada por alguien que no permite ascienda hasta borrar su nombre, Aurora.
  Siente su pulso acelerado cuando extiende el brazo para acariciar la piedra con mano temblorosa. Busca en la rendija palpando con los dedos, alguna muestra de desajuste con la fosa que hiciera sospechar que fue abierta y mal cerrada. Todo está perfecto, ni la más mínima señal de abandono ni falta de cuidados, demuestra sin lugar a dudas que su familia no la olvida. 
  –No quisiera conocerla, –piensa –ignoro por qué razón tengo a esta muchacha por un ángel llegado del Cielo para descubrir una vez más el alma negra de Caín y premiar al amor con la vida eterna.¡Uff…! divago –dice en un susurro sumergido en sus pensamientos. Se inclina sobre la losa y, sus labios depositan un beso largo sobre la superficie marmórea.
 Divisa el rincón olvidado de los infieles qué cercado por el seto, en éste lugar es mucho más alto y apenas ha cambiado. Crece la hierba descuidada por el jardinero y la hiedra cubre casi por completo algunas fosas. El hecho de que sean pocas le facilita descubrir la de Edgar. Para asegurarse debe separar la enredadera que la envuelve totalmente, pese a qué, el grabado está deteriorado aun puede leerse su nombre con claridad.
  Estoy junto a tu sepultura y aún no tengo la seguridad plena de si están aquí tus huesos o descansan con los de Aurora –se lamenta Daniel como dirigiéndose a Edgar y dándose cuenta que sigue en la memoria el trauma de su pesadilla. 
 – ¡Oh, Dios! No sólo es por el terror de aquella noche, a él me sobrepuse, es la constatación de lo que ando buscando desde entonces, de que Tú, el Cielo y tu Reino existe. ¿Qué mejor prueba que fuese realidad la pesadilla? Pero me dicen qué fue una alteración de la mente y, a mí me consta que eso puede suceder, más, deseo lo contrario y conocerte –termina diciendo emocionado.
  Al llegar a su coche echa en falta las llaves y piensa que con toda seguridad le hayan caído cuando intentaba liberar de hiedra la lápida de Edgar. Vuelve presuroso y busca entre el matorral apartando como puede la entrelazada enredadera. 
  – ¡Uff! Aquí están, menos mal –las recoge y da media vuelta para abandonar por última vez el cementerio, pero, al recoger las llaves algo debió llamarle la atención ya que retrocede y hurga de nuevo entre las hierbas. Atónito, sin dar crédito a lo que tiene en su mano se arrodilla y ora con alegría y devoción en tanto besa la medalla de la abuela, perdida desde entonces. Estuve, estuve aquí aquella noche ¡Oh, Dios! Cierto, cierto, fue cierto.
 Y en la memoria de Daniel se hacen luz aquellas palabras de tío Julián. 
 
“Si miras al cielo
y no te asombras
puedes creer cualquier cosa”
  

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Carlos Serra Ramos
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Fecha de inscripción : 11/09/2016

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Re: La Encina del Roquedal.- Capítulos 5, 6,

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