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La encina del Roquedal.-Capítulos 1, 2, 3 y 4

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La encina del Roquedal.-Capítulos 1, 2, 3 y 4

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Mar Oct 10, 2017 10:54 pm

Palabras del autor:
 
Inducido por mis nietas, ya adolescentes, escribí este relato basado en las historias paranormales que se cuentan en muchos de los pequeños pueblos de nuestro país, casos que se dan como ciertos sobre todo por nuestros mayores, que a su vez, las escucharon de los suyos. Tampoco hay que ponerlos rotundamente en duda ya que es muy posible sean silogismo de hechos acontecidos sabe Dios cuando.
Aún hoy, hay fenómenos de difícil explicación científica y, en esos casos, la imaginación del hombre busca o inventa razones para obtener una respuesta.
La acción transcurre en un pueblecito de la provincia de Málaga donde escuché en mi infancia relatos parecidos al de esta obra. Y puedo asegurar qué, llevado por el interés de esas narraciones también tuve una experiencia que me erizó el vello y cuento en el capítulo número cuatro. Sobre ella, como sobre tantas cosas que nos suceden sin encontrar una razón lógica, concluimos diciendo que es una “casualidad”.
 
Si miras al cielo 

y no te asombras

puedes creer cualquier cosa

_______.______
 






1) EL ENIGMA DE LA ENCINA
 
   ¡Cuántos años, Dios mío! –Piensa Daniel al descubrir el pueblo tras la última curva­ –Más de quince, apenas recordaré algo después de tanto tiempo. Por lo pronto, la carretera ya no es el camino de la primera vez que vinimos de vacaciones a lomos de una mula entre El Rincón de la Victoria y Macharaviaya, aunque lo disfrutaba más que ahora metido en esta lata con ruedas no obstante, el último verano ya tenía visos de carretera.
  Sin embargo, al llegar a la calle Real, observa que sigue en ella el pilar con tres caños manando agua constantemente. Si la plazoleta le parece mayor, quizá sea porque sin pavimento y las anchas aceras de entonces la empequeñecían.
  Las fachadas encaladas, las cancelas cubiertas de claveles, geranios y enredaderas que se encaraman hasta los primeros balcones, le otorgan el tipismo de los pueblos andaluces. En una esquina un pequeño bar, que no recuerda, y la vivienda de su abuela a la salida de la plaza. Está cerrada como ya le dijo su prima de Málaga, pero al verla sin cambio alguno en su estructura y blanca igual que entonces, se siente regresar en el tiempo y no puede reprimir unas palabras en voz alta.
– ¡Abuela, abuelita, que ya estoy aquí! –Y ha de suspirar hondo para sobreponerse a la emoción del recuerdo.
  –Parece que la esté viendo –exclama –con su pañuelo negro en la cabeza, a veces, atado bajo la barbilla y otras tras la nuca. – ¡Ay… mi nieto preferido! -me decía –pero no se lo digas a tus primos que tendrán celos. –No sé cómo he demorado tanto esta visita si lo he deseado siempre, al fin falleció sin poder darle el último beso.
  Tenía una razón que en los primeros años le mantuvo sin ganas de volver excusándose con su madre con mil pretextos. Luego, al casarse de segundas y trasladarse a Barcelona cambió su vida y su entorno. También la Universidad, los estudios… y las vacaciones, que siempre eran en Italia, Noruega, Viena y un largo etc. porque a Sebastián -su padrastro- le parecía no salir de casa si no iban al fin del mundo.
  La aventura del último verano en Macharaviaya fue perdiendo credibilidad en su ánimo conforme la madurez de adulto y su formación académica aportaban al hecho todo tipo de razonamientos lógicos. Hoy, ya no sentía más que curiosidad -y un tanto de nostalgia- por revivir con su presencia los acontecimientos de aquellos días y, recuerda sentado en el brocal del pilón, las palabras de su abuela aquella tarde marcando el comienzo de su obsesión por el enigma de la encina.
    «–Dan, hijo, hazme el favor de no demorarte tanto a la vuelta del El Valdés. No quiero que te pase nada mientras estás conmigo, bueno, no quiero que te pase nunca, tu madre se enfadaría mucho si te lastimas y, si consiente tus vacaciones en el pueblo es por la confianza que nos tiene. A ti, porque eres un chico prudente, y a mí, por el cariño tan grande que te tengo, así pues,  no vuelvas tarde y, otra cosa, si se te hace de noche no bajes por el Roquedal. Vienes por el camino de Benaque.
   – ¡Uff, abuelita! ¿Qué dices? Eso es andar media hora más y subir la cuesta –me quejé
  –Pues ya lo sabes, vuelve antes.
  – ¿Y qué de malo hay en venir por arriba?
  –Nada, si es antes de que anochezca, el camino es muy malo, un tropezón en cualquier peña, y te vas barranco abajo, sobre todo, si hay luna llena como esta noche.
  –Pero, por qué… Si hay luna llena se ve casi igual que en un día nublado. No lo entiendo.
  –Ni falta que te hace. Tú vuelve antes de caer el sol. La luz de la Luna desfigura los relieves en un lugar tan accidentado como ese. –Lo que callaba mi abuela eran los fenómenos extraños que desde hacía unos años se sucedían de cuando en cuando en ese lugar coincidiendo con noches de plenilunio.
   –Vale, pero ¡anda ya! abuela, –le rogué lleno de curiosidad porque en el pueblo había oído versiones de todo tipo. –Dime si es verdad lo que cuentan de espíritus y fantasmas.
  –Niño, eso ni se mienta.
  –No, si nadie dice nada, vaya misterio que todo el mundo calla. ¡Venga! Dime tú abuela…
  –Son cosas de mayores, tú no tienes edad para que puedas entender lo que las personas con muchos años no le encuentran explicación.
  – ¿Pero qué es?
  –Un misterio, cosas ocultas de difícil comprensión, niño, que es mejor ignorarlas.
  –Bueno, cuéntame tú y te prometo volver más pronto –Insistí de nuevo.
  –Mira, yo sé lo que se dice –cedió al fin porque en realidad estaba deseando relatar la historia aunque lo negara.
  – ¿Y qué se dice, abuela? Porque si es de tanto misterio…
  –Pues… que durante la noche se oyen voces y lamentos. Gritos que alguna vez han llegado a escucharse hasta en las primeras casas del pueblo. Por eso en ellas ya no vive nadie. Tenían miedo y las fueron abandonando una tras otra.
   –Abuelita, algún guasón, gamberros para asustar a la gente. ¿Tú te lo crees? Ya no hay fantasmas más que en los cuentos –argumenté dándole a la voz un acento de incredulidad en tanto que mi interés crecía –Casi siento ganas de ir expresamente y descubrir quienes son –añadí.
   –Jesús, Daniel –Cuando mi abuela me reñía me nombraba sin el apócope –Ni lo sueñes, te envío con tu madre más pronto que canta un gallo.
   –Disculpa, sólo es broma ¿Pero hay alguna prueba? ¿Alguien ha visto algo?
   – ¿Si las hay? Mira, con Justino sin ir más lejos, su burra se negó a dar un paso bajo la encina. Por más que la castigó sólo conseguía que rebuznara más fuerte. Al fin tuvo que dar un gran rodeo por no matarla a palos.
   –Eso no prueba más que la tozudez del animal, ya sabemos cómo son los borricos. Abuelita que no, que nada hay de misterio en que una burra se niegue a caminar.»
  Daniel, sonríe memorando la expresión de temor en su rostro intentando convencerle del hecho al que no se hallaba otra explicación si no era por qué algo tuvieran que ver los demonios.
  « – ¿Y qué me dices del tío Julián? –Siguió diciendo – ¡Anda, ve y pregúntale! cuando hace unos años bajaba de El Valdés a Macharaviaya pasadas las diez de la noche. Te dirá que la Luna llena iluminaba el sendero como si fuera el despuntar del alba. Podía haber contado hasta los higos de las chumberas y al pasar bajo la encina sintió un peso enorme sobre sus hombros sin que nadie le oprimiera; ni llevaba carga alguna, ni nada que supusiera una razón lógica, sin embargo, no podía moverse, quedó paralizado sintiendo que el peso le encogía más y más hasta arrodillarle en tierra ¡y no había nadie! Sólo la sombra de la enorme encina que le envolvía oscureciendo el entorno.
  –Quizá un mareo. No le llevaría la contraria por respeto, pero ten por seguro que fue un mareo. ¿Fantasmas a mí? Ya me armaré de un buen palo por si aparecen –dije sacando pecho mientras me reía para asombrar a mi abuela.
   –Mira tú el mocoso. Aún no tiene quince años y ya se siente un hombre.
   –Todos me dicen que parezco mayor, mira, ya me sale el bigote y pelos en las piernas. A los quince años no se es un niño, abuela.
   –Aún no los tienes. Y más hombre que tú es el tío Julián y si no hubiera sido porque gracias al Cielo se le ocurrió formar una cruz con dos ramas secas cuando ya sentía que se ahogaba hubiéramos visto si vive para contarlo. Rezó una oración encomendándose a Dios y casi de inmediato cesó la presión sobre su cuerpo. Y, bueno, basta de conversación. Tú vuelve antes de que oscurezca. No sé que te dan en el El Valdés para que vayas todas las tardes.
  Yo, sí lo sabía, se llamaba Lolita y era la chica más guapa que había conocido. Desde el primer día exponía razones a sus padres para visitar a su abuela más a menudo porque no quería pensar en no verla, más que en las vacaciones de verano, Navidad o Semana Santa.
  –Vale, me voy, abuelita
  –Espera ¿Ya llevas la merienda?
   –Sí, cogí media barra de pan y un buen trozo de chorizo, eso no se me olvida.
  –Espera, hijo –me volvió a pedir, y aunque deseaba salir cuanto antes respondí lo contrario.
  –No hay prisa abuelita. ¿Te ayudo en algo?
  –No, hijo, es sólo un minuto, que tengo algo para ti.
  Tardó más de cinco pero al fin vino con aire de acertijo y las manos tras la cintura.
  – ¿A qué no adivinas que tengo en la mano?
  – ¡Uff! Ni idea abuela.
  –Aaah, adivina adivinanza. Mira, niño. Te lo pensaba dar como un regalo de despedida cuando venga tu madre a recogerte, pero como faltan pocos días lo mismo da, y por lo que hemos hablado y lo atrevido que eres, prefiero que la lleves puesta para que te proteja.
  No podía creerlo, era un pequeño estuche conteniendo la medalla de la Santísima Virgen y la correspondiente gargantilla de oro.
  –Abuelita… pero… ¿eso por qué? –le pregunté totalmente sorprendido.
  –Porque quiero. Es de oro y me la regaló mi madre el día que me case con el abuelo. Siempre me ha protegido de todo lo malo que pasamos cuando la guerra y siempre he pensado que fuera para ti. De mí, ya poco le queda por guardar, pero tú tienes toda una vida ante ti, hijo. Que la Virgen te proteja, Daniel –me decía emocionada.
  No supe qué debía hacer ni qué decirle. –Abuela, abuelita… mamá se enfadará si me la quedo…
  –Y yo me enfadaré con ella y contigo si no la aceptas. Así que venga, póntela ya –y ella misma me la colocó en el cuello. Me la comí a besos, pobre abuelita, si hubiera sabido qué pronto la perdí.»
  Con una marcha corta va recorriendo la calle Real hasta la plaza Bernardo Gálvez donde se ubica la iglesia, tras la cual, los pinos piramidales asomando sobre el alto muro anuncian el Campo Santo.
  Son las once de la mañana y a esa hora, el sol calienta con fuerza en el mes de junio y Daniel decide seguir hasta El Valdés aplazando la visita al cementerio. Desea saber qué fue de aquella muchachita de la que aún recuerda su nombre, sus grandes ojos negros y el perfume a tomillo de su piel.
  –Por ella desperté a la pubertad –piensa recordando el beso adolescente en su despedida.
  A la salida del pueblo observa que se han construido pequeñas casas con piscina rodeadas de jardín, donde antaño se encontraban aquellas cuyos dueños las abandonaron por los fenómenos extraños que se contaban – ¡Joder, vaya cambio! –dice admirando las bellas viviendas y los racimos de flores sobre el césped.
  «–Recuerdo que mientras subía por esta calle iba pensando en visitar a tío Julián. Me intrigaba la historia de la encina, y si era cierta, deseaba oírlo en su propia versión.
  No podía creer en aparecidos, no, sin embargo, lo que no confesé a nadie es que la noche que crucé el cementerio porque me quedé dormido en la iglesia, la ropa no me rozaba la piel del cuerpo, y en un lugar que se supone en silencio, me llegaba con claridad todo tipo de sonidos y murmullos. No supe cómo logré saltar la tapia de dos metros.
   –Ahora bien –me decía para disculparme el miedo que sentí –a ver, quien se hubiera detenido ante aquella cruz caída.
  Se encontraba en el suelo junto a una tumba de mármol rosa y, en mi carrera, no la descubrí hasta que tropecé con ella sin poder evitar que uno de mis pies pisara en el cruce mismo de los brazos. Me pareció un sacrilegio y volví sobre mis pasos para colocarla en la lápida. A la luz de una media luna en creciente, aún baja en el horizonte, se alargaban las sombras contorneando los relieves de mausoleos y una diversidad de esculturas mortuorias, ángeles inmóviles, cuerpos caídos, Vírgenes y Cristos esculpidos; sobre la losa, la cenicienta luz daba de lleno sobre la losa donde pude leer con claridad, “AURORA” y debajo: “20 AÑOS”.
Por un instante me inhibí del entorno con un pensamiento para la joven repitiendo su nombre –Aurora… que contraste con esos años.
   Pero que horror cuando después lo pensaba, sentía en la espalda la sensación de que una pluma de ave me acariciaba la columna vertebral y me erizaba el vello. Se mecían los cipreses sin que me pareciera fuese por el viento. ¡Cómo deseaba girar la cabeza para comprobar que estaba solo! No obstante, un sexto sentido me gritaba ¡Corre, corre y no mires atrás! Tres, cuatro lucecitas brillaban entre unas matas. Serán luciérnagas –me dije – pero cualquiera se paraba a comprobarlo y otra vez la voz en mis oídos ¡Corre, corre y no mires atrás! Y corrí, ¡madre mía si corrí! ¿Por qué será que en la noche intimida tanto el Campo Santo? »
   Y así, recordando y discurriendo conjeturas sobre si falso o verdadero el deambular de los espíritus, rebasé las últimas casas del pueblo mirando con respeto las puertas y ventanas cerradas. Los patios cubiertos de matorral, muros en ruina y tejas desprendidas de los tejados que denuncian abandono. Nunca antes había parado cuenta y sabía que también en Benaque, El Valdés, Jacamón y en todos los pequeños pueblos o caseríos de la comarca había casas deshabitadas. En cambio, aquella tarde se me antojaban caserones en cuyo interior quizá se oyeran por las noches un arrastrar de cadenas y lamentos. Doscientos metros más arriba, tras una pronunciada curva que sortea el primer roquedo, apareció a lo lejos la gigantesca encina.
  La miré con mayor detenimiento que otras veces en tanto que mi respiración se agitaba, y dudaba en seguir o, bajar hasta la rambla por el camino que me recomendó mi abuela.
   –Que tontería, –pensé –además, no es ni media tarde y esas apariciones sólo han sido por las noches, si es que fueran ciertas. De cualquier modo, bien estará que me arme de una buena tranca –y tomé una gruesa rama caída al pie de un roble.
   Decidido, sintiéndome más protegido, caminé hacia la encina sin dejar de observarla en todos sus detalles. Al pasar bajo sus ramas miré a lo alto descubriendo una de gran grosor que crecía casi horizontal y se me ocurrió decir – ¡Ostras, menudo columpio me hacía en ésta! –y añadí con voz en grito para vencer mi recelo – ¿A ti no te importaría verdad, fantasma de ultratumba? –Y reí forzando carcajadas mientras eché a correr cuesta arriba.»
 
   –Espero que la encina siga tan hermosa como era –Se dice Daniel enfilando la carretera de El Valdés, pero la ruta no sigue el trazado del antiguo camino y sólo alcanza a verla de lejos. –Si quiero acercarme a ella tendré que llegar a pie, –lamenta al ver el desvío –si acaso, lo haré a la vuelta. Apenas nada me resulta conocido.
  «Mis paseos con Lolita eran por los huertos o los cabrerizos, lugares donde no pudieran verles y siempre con la intención de si conseguía el propósito de un beso o toqueteo. Lo deseaba tanto como yo pero nunca me atreví a propasarme por el temor a perder la intimidad que nos teníamos.»
  Llegado a El Valdés busca con la vista algún indicio que le resulte familiar. Cuando llega a la plazoleta del centro decide preguntar en la bodega donde algunos parroquianos están sentados a su puerta.
  –Buenos días.
 –Buenos días –le responde el hombre que está tras el mostrador mientras todas las miradas recaen en su espalda.
  – ¿Qué se le ofrece, amigo?
  –Un café manchado, por favor.
  – ¡Digo…! De pote habrá de ser.
  –Pues de pote, pero en ese caso unas gotas de aguardiente.
  – ¡Digo…!
  –Y una pregunta, si no le importa.
  –Usted dirá…
  –Verá, ando buscando la casa de doña Jimena, una señora, que si vive ha de ser muy mayor.
  Se miran unos con otros haciendo visibles esfuerzos de memoria hasta que al fin el de más edad dice dirigiéndose al que parece el dueño
  –Sí, hombre, el señor se refiere a la madre de Lourdes, la del estanco.
  – ¡Huy…! Esa mujer murió hace ya unos años.
  –Lo siento, de chico la visitaba casi a diario. Me gustaba trenzar palma para los ceretes y pinchar pasas.
  –Sí, tenían viñedos en aquella época. Habla usted al menos de veinte años atrás –comenta el cantinero.
  –Es cierto, hace mucho, pero no tantos, yo ya era un mozalbete. Y, por cierto, recuerdo también a doña Elvira y a una tal… Lolita, más o menos de mi edad –dice intentando mostrar apenas interés, pero atento a las respuestas ya que es el motivo principal de subir a El Valdés.
  Y vuelven los parroquianos a dar cada uno su versión
  –De doña Elvira no sabemos nada, se fue a vivir con sus hijos cuando ya no podía con sus piernas. Dolores, sí, esa casó y vive en Málaga. Viene de cuando en cuando algún verano.
  –Ya, al menos visitaré a la hija de doña Jimena si me dicen por dónde para el estanco. Digamos que somos primos terceros.
  –Pues no va a poder ser, amigo, porque están de vacaciones por el Norte.
  –Vaya mi suerte. –aunque no le importa gran cosa ya que su intención ha sido la de ver a Lolita después de tantos años, piensa que tal vez su primo sepa de ella, recuerda que le gustaba y andaba tras de sus faldas, en los pueblos pequeños las relaciones no se rompen nunca del todo.
  Como ya no tiene objeto seguir en el pueblo decide volver a Macharaviaya donde se verá con él, le había anunciado su visita días atrás. Con Jacinto y sus primas de Málaga siempre se mantuvo el contacto y una buena relación.
  Pidió un bocadillo de jamón y un cuenco de gazpacho que le pareció el mejor de los manjares, y tras despedirse de la parroquia agradeciendo su información, da por terminada la visita a El Valdés.
______._____



2) EN LOS TOLDOS
 
  A la salida del pueblo le llama la atención una casa que destaca por su cancela en hierro forjado y los balcones cubiertos de claveles, geranios, y campanillas en macizos colgantes de color azul y blanco. En el patio, hortensias y dalias al pie de los rosales embellecen las encaladas paredes de la casa.
  –Qué preciosidad –piensa Daniel deteniendo el coche para admirarla y, sobre la reja lee “Villa doña Jimena”. ¡Ostras, la casa de doña Jimena! Imposible reconocerla, además, la calle no puedo ubicarla en el recuerdo salvo porque es la entrada del pueblo –se dice alborozado – y apeándose del coche revisa las viviendas colindantes y cualquier indicio que despierte la memoria.
  –Vaya que sí, el banco de piedra ahora está en el patio y en aquella casa vivía doña Elvira. –goza reconociendo los detalles.
  «–Aquel último día que crucé esa puerta, bueno, la de entonces… –Y Daniel se abisma en los recuerdos reviviendo con detalle lo que la memoria guarda de aquellas visitas.
   –Hola Dani, pasa, llegas a tiempo para merendar –me dijo doña Jimena al recibirme
  –Gracias, traigo un bocadillo de chorizo de la última matanza de mi tío Julián que está estupendo, si quiere lo compartimos.
   – ¡Huy! Pues no te diría que no, ya me dio un par de morcillas y es verdad que estaban exquisitas. Tiene una mano para eso que es de envidia.
   Cuando pasamos al comedor vi que estaban Cayetano, la señora Elvira, Carmencita y Remedios, -sus dos sobrinas- pero eché en falta a Lolita, mas, no me atreví a preguntar por ella porque tenía la seguridad de verla aparecer por la puerta de un momento a otro, ya que iba todas las tardes cuando era el tiempo de pinchar las pasas. Doña Jimena –prima segunda del tío Julián –la tenía contratada de palabra para ayudar en cualquier labor que hiciera falta.
   Mientras merendábamos no dejaba de hacer preguntas sobre las labores del campo; me gustaba ir a la vendimia, a la huerta, ordeñar las cabras, recoger almendras y la fruta de los frutales. Sobre todo, montar la mula del primo Juan. Con todo ello, además de mi predisposición en ayudar en lo que fuera, me granjeaba el cariño de las personas que trataba, casi todas de parentesco próximo o lejano –primos segundos, terceros y hasta cuartos, ya que en esos pueblos pequeños de la provincia de Málaga se mantienen los vínculos familiares hasta donde alcanza la memoria.
   –Bueno, chicos y chicas, volvamos a las pasas que hemos de terminar la carga para Velez –dijo doña Jimena levantando la mesa, y dirigiéndose a mí – ¿Tú te quedas?
  –Claro, ya sabe que me encanta esto de pinchar pasas o trenzar palma para los ceretes* de higos.
   –Te lo agradecemos pero, anda y date una vuelta por los toldos, está tu primo recogiendo las trampas.
   –No… prefiero quedarme un rato con ustedes. Mañana temprano iré con el primo Juan a pararlas en la huerta.
 (*) cerete, envase o cesta trenzada con palma para envasar los higos secos.
 
 
 –Como quieras –y añadió mirando con picardía a su hija Lourdes – ¿Le diste a Lolita la merienda para Jacinto?
   –Sí, mamá –y de nuevo, dirigiéndose a mí –Tu primo no perdona una.
   Sentí que me había precipitado al no aceptar la sugerencia de doña Jimena. Busqué la forma de retractarme sin descubrirme y dando a la expresión el tono más creíble dije –Aunque bien es verdad que hace días que no veo a Cinto y me gustaría porque se que tiene una honda que guarda para mí. 
   –Pues venga, hombre, no pierdas tiempo y ve que se alegrará de verte.
   –Vale, pero que conste que me gustaría quedarme.
   –Sí hombre, si. Lo sabemos ¿verdad, Lourdes?
   –Claro, y si ves por casualidad a Lolita dile que se pase por la era y me recoja el cestito de labor que me lo descuidé en algún lugar.
  –Se lo diré si aún está en los toldos.
  –Seguro que sí porque ya que ha ido ayudará a tu primo en cubrir la puesta.
   –Ah, vale, así ya tengo qué hacer, les echaré una mano.
   Doña Jimena no pudo contener las ganas de gastarme una broma al responderme –Mientras no se la eches a Lolita… –y el coro de carcajadas me azoró de tal modo que se hizo visible el rubor de mi rostro aunque reí con ellos. Entendí que excusarme no me iba a servir de nada porque de todos era conocido que estaba prendado de la chiquilla y respondí cómo siguiendo el chascarrillo. –Ya me gustaría, ya, pero no creo que ella lo consintiera. –Bueno, pues hasta luego –añadí despidiéndome con un movimiento de manos, en tanto que Tano, el novio de Lourdes me guiñaba un ojo.
   –Ve con Dios –me respondieron.
  Para llegar a los secaderos de uva tuve que caminar unos quince minutos cruzando transversalmente la ladera de la montaña. Iba pensando que ese camino lo haría de regreso con Lolita, y con el pretexto de pasar por la era probablemente volviésemos solos.
  –Si encuentro un lugar donde no nos pudieran ver estoy seguro de que hoy se dejará besar –me decía esperanzado – ¡Joder, cómo está la “pava”! y que tetas tiene la tía. Aquí, tras esta roca y los arbustos sería un buen sitio, sólo con un par de besos y tocárselas me conformo, si se sube la falda ya será cosa suya que yo no se lo voy a pedir. –Recuerdo cómo el solo hecho de pensarlo me impulsaba al onanismo.
   Casi me sorprendí al llegar a los secaderos porque el camino se me hizo corto atento a descubrir algún rincón donde seducir a Lolita. –Hoy me la juego pero no aguanto más la duda ni las ganas de meterle mano. Me gusta, me gusta, ¡Jo, si me gusta! y si viviera en Murcia ya le habría propuesto ser su novio –No acostumbraba a soltar tacos, pero cuando me exaltaba no ponía reparos y entonces me encontraba excitado pensando en la oportunidad de estar a solas con ella.
    Por último bajé un repecho que lleva al rellano donde una construcción de ladrillos mal rebozados y sin enlucir, guardaba tras una puerta de pino los aperos de labranza. Junto a ella, pendía de una larga escarpa clavada en la pared el botijo con agua fresca. La hiedra encaramada por ella más al solano y prestaba al cobertizo un aire de frescor al tiempo que embellecía su aspecto rústico.
   A su izquierda se extendían los doce secaderos de treinta metros sobre la pendiente ligeramente pronunciada y orientada al mediodía.
   – ¡Ahí va, cuanta uva! –Exclamé con admiración al ver tal cantidad del fruto secándose al sol, y observé –Aún no han corrido ningún toldo ni veo a Cinto ni a Lolita. Estarán junto a la cañada donde acostumbra a parar las trampas.
   Cuando me disponía a bajar quise saciar mi sed y al acercarme al cobertizo llegaron a mis oídos unas voces apagadas revelándome que estaban dentro. Aunque mi primer impulso había sido entrar llamándoles, un sentido de desconfianza, o cuando menos, de curiosidad me hizo reconsiderarlo y opté por escudriñar desde la pequeña ventana de la parte posterior.
   – ¡Mierda, mierda y tres veces mierda! –dije para mí al contemplar que Jacinto sujetaba por la cintura a Lolita en un abrazo del que ella intentaba evadirse, sin embargo, no mostraba mucho empeño y sus labios estaban unidos en un beso. Al fin se zafó de sus brazos y la oí decir a modo de queja.
   –Suéltame ya, pesado.
   –Pero ¿a que te ha gustado?
   – ¡No!
   –No lo niegues, que sí.
   – ¡Que no!
   Mientras yo también pensé que sí, sintiendo que se desplomaba el mundo. –Adiós a todas las ilusiones forjadas, adiós a las tardes junto a ella en casa de doña Jimena, a su risa, sus ojos, la mirada dulce, y sus dos limoncitos que ya sentía en mis manos. –Dije sintiendo un nudo en la garganta. Me alejé sin hacer ruido y fui a refugiarme tras unos matorrales llorando el desengaño.
   No me decidía a marchar y tampoco a presentarme porqué pensé que si volvía a Macharaviaya sin que me vieran creería doña Jimena que me había ocurrido algo, pero por otra parte, no quería ver a Lolita después de darse el morro con Jacinto.
   Al fin, determiné dar un rodeo para no ser visto y volver a aparecer por el repecho llamando de lejos a mi primo.
   – ¡Cintooo! ¿Dónde estás?
   – ¡Aquí, en el primer toldo! –me respondió
   – ¿Ya se ha ido Lolita? –pregunté al llegar a su altura.
   –No, está ahí dentro.
   – ¿Te ayudo?
   –Vale, coge de ese extremo, y en los puntales enlaza las vagas como yo, así ganamos tiempo.
  Intenté disimular la agitación de mi pecho eludiendo la mirada de mi primo, y me afanaba en la labor de los toldos cuando oí a mi espalda el saludo de Lolita.
 
 
  –Que bueno que estás aquí. ¿Cómo que has venido?
  – ¡Bah! doña Jimena me dijo que estaba Cinto en los toldos y quería verle. Pero luego me enteré que también estabas tú. 
   – ¿Es qué si lo hubieras sabido no vienes?
   Se me antojó de perlas su pregunta y respondí.
   –Pues… no sé, quizá que no, o me lo hubiera pensado.
   – ¿Por qué?
   –Y yo que sé. Pues… por si tenéis algún rollo –respondí inclinando la cabeza como señalando a mi primo.
   – ¿Un rollo… con ese? –Y pensé -si supieras que os he visto
   –Dime ¿con ése? –insistió
   –Mira, déjame que estoy ayudando a Cinto ¿qué no lo ves? –No pude disimular mi pesar y me mostré huraño – ¡Déjame, Joder!
 – ¡Uff, Dani! No sé que te pasa. –y dando media vuelta hizo ademán de alejarse, pero se quedó quieta y dubitativa a pocos metros, cosa que aproveché para darle el recado de la hija de doña Jimena con la esperanza de no sabía qué.
–Espera, Lourdes me encargó que te dijera que pases por la era a recoger un cesto de labor que se dejó olvidado, dijo que ya lo verás.
   –Ah, vale –e inició el paso, pero se detuvo de nuevo para decirme, con tono suplicante.
   –Dani… ¿Por qué no me acompañas? Me quedo a tender los toldos y me acompañas luego ¿Vale?
   Me quedé sorprendido sin saber que contestar, se me aceleró el corazón al recuperar la esperanza y me pregunté por qué me lo pedía tan melosa. Dudé y al punto de asentir oí que Cinto protestaba.
   –Venga ya, no habléis tanto que no acabaremos –y su voz me recordó el beso de minutos antes.
   –Lo siento, no puedo, cuando terminemos me vuelvo a Macharaviaya, prometí a la abuela regresar más pronto. –dije jadeando mientras me clavaba las uñas en las palmas de las manos.
 
El orgullo me hizo desestimar la ocasión tan anhelada mientras me maldecía por dentro.
    Lolita sin responderme, se despidió de Jacinto y se fue corriendo repecho arriba.
    – ¿Anda, qué le pasa a esa? Parece que se va cabreada. –dijo Jacinto.
   –No sé. Será porque ha de ir a la era a recoger algo que le encargó Lourdes.
   –No te fíes de las chavalas que nunca sabrás qué piensan ni qué quieren. Pero la moza está buena ¿eh?
   Me molestó la alusión a su figura pero disimulé el disgusto manifestando
   –Bueno, si nos afanamos terminaremos pronto ¿no?
   –Tenemos para algo más de una hora pero puedes marchar cuando quieras, no te preocupes. Luego te doy la honda y un tirachinas que te va a gustar.
  El camino de regreso lo hice renegando de mi suerte y en un mar de dudas porque no entendía que tras la escena que presencié me pidiera acompañarla a la era y hacer el viaje de vuelta conmigo –No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo – me repetía temeroso y, al tiempo, con la esperanza de haberme equivocado – ¿Será que Cinto la obligó? Porque es un bruto y se cree que todas las tías están por él. Puede ser que hubieran tenido un rollo y ahora está celoso si sabe que nos gustamos. Esta noche le rezaré a San Antonio la Oración de las Verdades y veré si es cierto lo que me han contado. A Justino nunca le falla según dice, y a Rafa tampoco, en cambio la abuela se asustó mucho cuando le pregunté si eso podía ser verdad.
 –Ni se te ocurra, chiquillo –me dijo – Es verdad que dicen eso, pero no todos, hay quien piensa que es cosa de las almas en pena que no se les admite en el Cielo ni tampoco en el Infierno. Ni fueron del todo buenas, ni del todo malas y andan perdidas por la tierra sin estar del todo muertas, ni del todo vivas.
  –Abuela, eso aún me cuesta más de creer que si un santo te ayuda cuando le pides algo con fervor –le argumenté
   – ¿Tú no has visto películas de zombis? Pues más o menos, pero sin cuerpo.
   –Claro, pero son historias de ciencia ficción, fantasías abuelita, a mí me gustan mucho.
   –¡Ay… Dani! hay infinidad de misterios indescifrables que el ser humano no puede interpretar, por si acaso, no intentes nunca entrar en lo desconocido, rey. Viene de antiguo que en los pueblo se cuenten historias que van pasando de padres a hijos, algo habrá de verdad cuando no se olvidan.
   –De cualquier modo, –pensé mientras me acercaba a Macharaviaya por el camino del Roquedal –esta noche saldré de dudas porque a las doce le rezo a San Antonio y veremos que pasa. No creo en brujas, pero sí en santos.
   Tan absorto iba con mis pensamientos que no me apercibí de que dejé atrás el sendero que baja al río y tendría que pasar bajo la encina. Miré al cielo observando la altura del sol y aceleré el paso para llegar antes de que se pusiera. Recordaba que en la puesta del día anterior me llamó la atención ver la Luna en el horizonte opuesto, luego, estaría a punto de salir, y del paso rápido pasé a la carrera corta sorteando con habilidad las peñas por entre las cuales discurría el camino.
   –Allí está la encina, es enorme. –Me dije al descubrirla y busqué con la mirada la tranca que arrojé cuando subía a El Valdés. –Creo que fue por aquí, junto a esta retama. Sí, aquí está, a ver ahora quien se atreve.
   Confieso que al pasar bajo sus ramas tuve que aspirar hondo y retener las ganas de correr para no demostrar la aprensión que sentía pensando que si había algún espíritu oculto o cosa parecida sería peor si manifestaba miedo. Mecánicamente, en un acto de fe, apreté con fuerza la medalla que me dio la abuela y, ya casi sobrepasada la última rama, grité – ¿Qué, aún duermes? ¡Pronto saldrá la Luna! –Y con una carcajada, producida más por la ansiedad que por alegrías, eché a correr cuesta abajo. A unos cincuenta metros me detuve, tomé una piedra del camino y tensando el tirachinas que me dio Cinto, grité –Toma, por el mal rato pasado y que te den morcilla.
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Última edición por Carlos Serra Ramos el Jue Oct 19, 2017 4:44 pm, editado 3 veces
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La encina del Roquedal.- Capítulo 3 y 4

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Mar Oct 17, 2017 10:55 pm

3) LA OUIJA
 
  En todo ello va pensando Daniel cuando llega a la altura de la encina, y duda si aparcar el coche e ir hasta ella por el sendero del Roquedal, a casa de su primo en primer lugar, o acercarse al cementerio que era su primera idea después de ver a Lolita. Al fin, no se decide por ninguna de las opciones, hace mucho calor y le apetece una buena jarra de cerveza. Al salir del pueblo vio en la plaza Bernardo Gálvez, frente a la iglesia, una cafetería de buen aspecto y mesas en el exterior bajo una frondosa parra y hacia ella se dirige casi con urgencia para calmar la sed.

  Ya sentado, vuela su memoria a los veranos que de muchacho pasó en el pueblo y piensa que si su madre no se hubiera casado con un catalán por segunda vez, hubieran seguido veraneando en Macharaviaya. Además, la Universidad y el nuevo círculo de amistades le fueron alejando de su infancia y los primeros años de pubertad.
  –Qué bien lo pasaba; mis amigos, mis amigas, mis primos, parar las trampas, ordeñar las vacas, recoger las cabras… se me daba bien tirar con honda para agruparlas ¡cuantas cosas, abuela! –Se dice para sí pensando en ella. –Y aquí, en esta plaza que apenas reconozco si no fuera por la iglesia, esperaba al sábado como si fuera una gran fiesta. Jugar al corro era la mejor ocasión de la semana para ligar, elegías a la chica que te gustaba y enlazadas las manos corrías diametralmente tres o cuatro veces la circunferencia formada por todos; según la presión de sus manos, o el mínimo roce de sus pechos al dar la vuelta, podías presumir la posibilidad de algo más al terminar el juego. 
  Abuelita siempre me reprendía por llegar tarde fuera a cualquier hora que fuese. Aquella tarde, a la vuelta de El Valdés, entré en casa y con el tono más cariñoso de que era capaz, porque pretendía volver a salir, dije 
–Abuelita, abuela, que ya estoy aquíHoy si qué vuelvo pronto ¿Eh? 
   –No blasones tanto que tampoco es temprano.  
   –Pero si aún es de día… mamita –la llamaba así cuando pretendía conseguir algo de mi abuela.
   –Qué querrás ahora, porqué esa vocecilla…
   –Nada, abuelita. ¿Cómo está la cena?
   –Ahora mismo en la mesa.
   Ya sentados conversamos sobre las particularidades del día mientras dábamos cuenta de lo que había cocinado.
   –Ha llamado mamá que dice vendrá este fin de semana. El curso está a punto de empezar y que te vayas preparando.
   – ¡Jo, que pronto han pasado las vacas!
   – Vacaciones, niño, que aquí las vacas son otra cosa.
   – ¡Mmmm…! Que buen gazpachuelo mamita, con el hambre que tengo… y las chuletitas qué bien rustiditas se ven
   –Bueno ¿que quieres?
   –Nada abuelita ¿por qué? Es verdad que está muy bueno.
   Pero al terminar la cena le dije cruzando los dedos tras la espalda – ¿Puedo ir un ratito al pilar de la plaza, mami? Es porque tengo un encargo para el padre de Justino de parte de doña Jimena y si no le veo ahora… mañana no sé…
   –Sí hijo, sí. Si ya sabía yo… Pero no más de media hora.
   –Que guapa eres, abuela. Ya quito yo la mesa.
   –Anda ve, ves que eso me costaría transigir en algo más.
   Y allá que fui más aprisa que corriendo porque si quería ver a Justino era por asegurarme de si la oración a San Antonio siempre le había dado una pista sobre lo que deseaba saber.
   Junto al pilar, como todas las noches se encontraban Ginés, Justino y Rafael, los tres haciendo corro en derredor de Cristina, aquella adolescente de Madrid que aquel año pasaba las vacaciones con sus padres. A fuerza de pinturas intentaba aparentar mayor y, su faldita tejana extremadamente corta y la camiseta ceñida al cuerpo, nos llevaba por el camino de la calentura las más de las veces. Esa noche pretextaban sus toqueteos con disimulados apretones en apoyo de su conversación.
  –Me vais a desmontar –dijo cuando Rafa la tomaba por la cintura mientras contaba –…era flaca como una escoba, así, igual que Cris, la agarré por detrás y la chavala se arrimó que no veas.
  –Vale tito, pero suéltame que me vas a ahogar. Que brutos sois los de pueblo ¡joder!
  –Venga, Raf, que te estás aprovechando –bromeó Ginés
  – ¿Yo? Si sólo es para demostraros que…
  –Sí, tú, que como sigas con las demostraciones… no sé si podrás negarlo –y sus dos amigos reían con fuertes carcajadas entendiendo a qué se refería Ginés.
  –Pero que guarros sois –exclamó Cristina en el momento que yo llegaba.
   –Hola colegas ¿Ya os estáis metiendo con Cris? Dame un beso muñeca ¿Qué te hacen estos tres? –le pregunté al tiempo de rozar sus mejillas.
  –Lo mismo de siempre. Van locos por tocarme las tetas –dijo sin el menor rubor mientras reía con ellos.
  – ¡Venga, que ya te gustaría! –Le respondió Justino siguiendo las bromas.
  –Puede, pero sería otro, que no tú. Y os dejo que no quiero más broncas de mi madre.
  – ¿Ahora que yo llego tu te vas? –Le dije como cumplido ya que prefería no se enterase de a qué iba.
  –Lo siento, Dani, te veré mañana. Pasaré por tu casa para devolverte la novela, está buena pero me gustan más picantes –me dijo junto al oído casi en un susurro.
  –Vale, pero si es sólo por eso no hace falta, ya me la darás cualquier día.
  –Bueno, también para charlar un rato que con estos moscos no se pueda llevar una conversación seria –dijo rozando de nuevo mis mejillas al despedirse.
  – ¡Joder, tito! No sé como te lo montas –manifestó Raf al quedar solos.
 –Palique chavales, que vosotros no sabéis tratar a las tías.
  Y seguimos bromeando sobre las jóvenes muchachas que en esos meses de vacaciones vuelven al pueblo con sus padres. Yo esperaba la oportunidad de cambiar el tema para preguntar a Justino lo que deseaba saber con relación a la “Oración de las Verdades” y en la primera pausa de la conversación le pregunté.
  –Oye Justino, cuéntame eso de San Antonio, la Oración de las Verdades o, como se diga, quiero saber algo y si es como dices a lo mejor me sirve. ¿Es verdad que funciona?
  –Hombre, claro. ¿Qué quieres preguntarle?
  –Son cosas mías
  – ¿Habéis oído? Cosas suyas, dice.
   Al oírle, despertó el interés de los amigos y pasé a ser blanco de sus bromas.
   –A éste le pica tras la oreja que con la pava de El Valdés no las tiene todas y quiere saber si se enrollará con ella o, le pone los cuernos antes de enseñarle el culo. ­–Y volvieron a reír a coro.
  – ¿No decías que la tenías en el bolsillo? –añadió Justino.
  –No es eso, que la tengo en el bote tío. La cosa es más seria, que no todo son las chavalas.
   Me quedé sorprendido porque habían acertado de lleno y buscaba un pretexto que pudiera ser creíble.
  –Pues cuéntanos, anda. Si no es un secreto, joder.
  –Que no, que es la pava –volvió a insistir el amigo, y otra vez las risitas.
  De pronto se me ocurrió que podía interesarlos con la historia del Roquedal.
  –Escuchad, mi abuela me ha contado que algunas noches se oyen voces y cosas raras cerca del pueblo ¿sabéis algo de ese misterio?
  – ¿Y que tiene que ver la oración a San Antonio?
  –Verás, pienso que si funciona podría valernos para descubrirlo.
  –Pues yo de ti no lo probaba, –intervino Ginés –Raf, dile lo que nos pasó con la ouija que hicimos aquella noche.
  – ¡Ostias! ¿Habéis hecho una guija? ¡Venga ya! Y qué mierda sabéis de esas cosas –exclamé asombrado
  –Raf tiene un libro de ciencias ocultas que explica cómo se practica el budú, el tarot, y más cosas. Además, funciona.
  – ¿Pero que dices, tito? ¿Me estás levantando la camisa o, qué?
  –Que te lo digo en serio, tío. Cuéntale ya, Raf.
  –Es verdad, chavea. Pero de hecho no llegamos hacerla y nos pegamos tal susto que no pienso intentarlo de nuevo.
  –Dime ya, joder, que no sé que pensar. Me da que me estáis tomando el pelo y me voy a cabrear.
  –Y dale con el incrédulo –apunta Ginés
  –Mira, todos en el pueblo sabemos que por allí no se puede pasar de noche y menos si hay Luna llena –añadió Raf –Sólo se atreven los tontos o, los que se las dan de valiente, y las más de las veces no repiten porque salen corriendo cuando oyen al alma en pena que habita allí, hay quien dice que es una enorme fiera y otros un espíritu. 
  –Conseguiréis que me lo crea, tíos –les dije absorto en el relato y deseando saber más.
  –Pues espera. Esa noche nos armamos de valor y fuimos a la casa abandonada de Jacinta, esa que queda a las afueras del pueblo y está casi en ruinas. Ya no vive aquí, le llamaban la Santa porque era curandera y podía ver el futuro en su bola de cristal y las cartas del Tarot. Hasta de Málaga venía gente a su consulta, sobre todo, para que les “quitase” el “mal de ojo” pero se marchó porque según decía, el espíritu de Adán había invadido su casa y no la dejaba dormir. A los espíritus de las mujeres les llamaba Eva.
  –Alucino, Raf.
  –Además, –prosiguió el muchacho –empezaron a tomarla por chiflada y medio bruja.
  –Es que era una bruja –remató Justino –pasaba las manos sobre el fuego sin quemarse. Seguro que era ella la que echaba el “mal de ojo” para que luego fueran a que se lo quitase.
  –Calla Tino, deja que siga Raf, hombre.
  –Dice mi padre que criaba ratas para cortarles la cola y hacer sortilegios con ellas –apostilló de nuevo.
  –Vale, tío, déjale que siga –intervino Ginés.
  –Así que ese día, al ponerse el sol saltamos el muro y entramos en la casa, la puerta cedió sólo con empujarla, la cerradura completamente oxidada y corroída no ofreció resistencia alguna pero los goznes chirriaron como en las pelis de terror. Un vaho de humedad maloliente nos penetró en los pulmones y si no hubiera sido por éste, al instante ya hubiéramos dado media vuelta “No seáis miedicas, joder, que no es más que el olor por estar cerrada” nos dijo, y luego fue el primero en mearse los pantalones.
  – ¿Y qué hicisteis? –pregunté impaciente.
   –Primero un círculo en el piso para sentarnos y con una rama seca dibujé tres líneas en el centro de la circunferencia unidas por un extremo formando una i griega, sobre el dibujo coloqué el cartón de la ouija y sobre él una piedra semiesférica que debía responder a nuestras preguntas
  –No tengo ni idea ¿Qué la piedra había de responder?
  –Sí, hombre, cada uno de los que participen en la ouija debe tocar con la punta de un dedo lo que se haya puesto en el centro, por lo general un vaso. Se formula una pregunta y el vaso se desliza a determinado punto que representa un si, o un no, como respuesta reveladora de la pregunta. Nadie debe empujar el vaso, sólo seguirlo, ni se pueden hacer más de tres preguntas.
  –No sé si podré dormir esta noche, Raf –le dije convencido.
  –Pues eso no es nada –remató Tino 
  –Bueno, sigo. En cada línea   encendí una vela y otra en su vértice representando el alma del espíritu que queríamos convocar, las otras tres simulaban las nuestras. Colocadas así se unen las energías y atraes a las almas en pena que pueden estar en cualquier parte.
  –Se me está helando la sangre, Raf. Más o menos me figuro lo que quiere decir “almas en pena” pero no lo tengo claro.
  –Es muy simple, son las que no tienen entrada en el Cielo y aguardan en la tierra hasta arrepentirse del mal que hicieron en su vida, viene a ser como el purgatorio. 
  – Tío, si que sabes –respondí admirado.
  –Me gustaban los temas esotéricos, y me siguen gustando, pero al descubrir que hay espectros pululando cerca ahora me dan pavor, tengo la sensación de que andan siempre tras de mí.
  –Hombre, admito que no debe hacer ninguna gracia tropezar con ellos pero si están muertos… ningún daño podrían hacerte.
  – ¿Qué no? Ni te imaginas la energía que tienen –agregó Tino –y piensa que muchos de esos fantasmas son las ánimas de mala gente, asesinos, atracadores, violadores, etc. que rechazados por el Cielo se niegan a ir con Satanás.
  –Vale, pero tampoco es del todo así –aclaró Rafa
  –De todos modos hasta que no lo vea no puedo creerlo.
  – ¿Es qué nos llamas embusteros? –me reprochó Ginés.
  –No, joder tío, es que se me hace muy difícil pensar eso, perdonarme, y bueno, sigue Raf que estoy en ascuas.
  –Ok. pero ten por seguro que fue como te cuento. Encendimos las velas y nuestras sombras se reflejaban en las paredes cimbreando según la luz de las llamas. En ese lugar sólo hay una ventana al exterior y la puerta del patio que cerramos al entrar. 
  –Sentados en el suelo juntamos nuestras manos en tanto que invocaba a los espíritus pero, sólo pude pronunciar las primeras palabras, en cuanto dije “Alma en pena, yo te invoco a que nos digas sobre la ouija, si eres el fantasma de la encina. Sabemos que...” Y eso fue todo, de repente se formó un remolino de polvo y telarañas que nos cubría por entero, se apagaron las velas y en plena oscuridad…Me meé encima, tío. –interrumpió Gines 
Gritando y muertos de terror, buscábamos la salida sin dar con ella –continuó Raf
   – ¡Por aquí! decía uno 
  – ¡No, que la salida estaba a mi espalda! gritaba otro
  –Y Raf se bamboleaba sin saber que pasaba –dijo Tino –y la puerta no se abría porque uno tiraba para adentro y otro hacia fuera.
  –Y lo peor fue –amplió Raf –que cuando más aterrorizados estábamos escuchamos con claridad un sonido grave, sin que pudiéramos saber si era una voz o un murmullo, o no sabemos qué, que nos decía “Marchad… no penetréis en el mundo de los muertos. Marchad… marchad… pronto…”
  –Yo no daba crédito a lo que oía pero el corazón me salía por la boca
  – ¡Ostras, que pasada, tíos! ¿Y luego? –Les dije mientras sentía una especie de cosquilleo en la espalda  
  –Luego, nada. Cuando al fin salimos todo estaba en calma, no se movía ni una hoja en el exterior. Saltamos la tapia y no paramos de correr hasta llegar aquí. Metí la cabeza bajo el agua del pilón y este hizo lo mismo, pero Ginés se vertió encima todo el balde aunque el frío era considerable. –dijo señalando el cubo sobre el broquel.
  –Ni cuenta me di –respondió el muchacho.
  –Por eso te dije que no vuelvo a intentarlo ni harto de vino.
  – ¿Y al final no pudisteis saber quien era ese espíritu?
  –Me importa un carajo. 
  –Y a mí –exclamaron Toni y Ginés a un tiempo tocando madera.
  –Pues yo no me quedo sin preguntarle a San Antonio. Anda, dime la oración, Justi –le insistí pensando en Lolita más que en el fantasma de la encina.
  –Tú mismo, pero si se te quema la cama no me eches la culpa.
“San Antonio bendito…
  –Espera que tomo nota –y busqué en los bolsillos lápiz y papel.
  –Dime.        
  –Si le aparece San Antonio se mea encima como yo con la ouija.
   –Vale, tío, y dime ya. 
“San Antonio bendito
por el niño que en tus brazos tuviste
por la palma de tu Santidad
te suplico me ayudes
en esta necesidad.
Señas te pido
señas me darás
si oigo abrir o cerrar una puerta
o a un gallo cantar, 
o a un perro ladrar.”
  –O sea, que si tras la pregunta oigo alguna de esas señales es que responde que sí.
  –Así es, pero a ver como la haces, no sea que la formules al revés.
  –Gracias, Tino, esta noche lo pruebo. Y ahora me tengo que marchar porque mi abuela se acuesta pronto. Ya os contaré mañana.
  –Sí, ya nos dirás como te fue. 
 –Sí, ya os contaré, “Arrivederci”
 –Mira el chavea, ahora nos habla en inglés.
  –En italiano, tito que a tanto no llego
  –Hasta mañana.
 Llevaba tal barullo de ideas e incertidumbres en la cabeza, que no sabía por donde empezar a desliar la madeja. Estaba decidido a desentrañar el enigma pero no me negaba que incluso sentía pánico de acercarme a menos de doscientos metros de la encina. Por increíble que fuera había de rendirme a la evidencia de que algún fenómeno extraño se escondía en ella, ya que no podía creer que mis amigos urdieran una historia falsa solo por tomarme el pelo. –Mañana iré a ver al tío Julián y que me cuente su experiencia –me dije.
  Decidido así, todo mi pensamiento se volcó en Lolita, y volví a sentir la inquietud de si estaba enrollada con mi primo. Miré el reloj y observé que aún quedaban casi dos horas para las doce, impaciente, me parecía que el tiempo se había detenido.
_____._____




4) LA ORACIÓN A SAN ANTONIO
 

  Recordar hoy aquellos acontecimientos es como algo irreal que sólo pudo suceder en la imaginación de un adolescente influido por las historias paranormales a las que su fantasía le prestó oídos –piensa Daniel mientras sigue memorando con detalle todo lo acontecido en los últimos días de aquellas vacaciones. –Sé que es así, una fantasía de muchacho, una pesadilla horrible la de aquella noche, pero nada más. Historias que se cuentan en los pueblos de todo el mundo nacidas muchas veces para hallar respuesta a preguntas que no la tienen.
  Pero no puedo negar que algunas coincidencias ayudaron mucho a qué, por extraño que me pareciera, calaran en mi ánimo como ciertas. Recuerdo por ejemplo, aquella noche…
   Eran las once cuarenta y cinco cuando ya descontaba los minutos cambiando por enésima vez el orden de las dos preguntas que deseaba formular a San Antonio. No me decidía a qué dar preferencia porque pensaba que el santo quizá no respondiera a más de una, si en la segunda no se producía alguna señal me quedaría la duda de si era mentira o no.
  Volví a revisarlas y otra vez corregí “si me quiere” porque me parecía demasiado exagerado. Y lo dejé en; “si le gusto”. O mejor; “¿Le gusto de igual modo cómo ella me gusta a mí?” –y formulada de este modo me pareció un acierto.
  –Menos cinco –dije en voz alta después de mirar el reloj un ciento de veces –Recuerdo la oración pero será mejor que la tenga a mano, no sea que en ese momento alguna palabra se me escape –y tomé el papel donde la escribí para tenerlo cerca.
  –Las campanadas del reloj de la iglesia las oigo siempre con claridad pero si entreabro la ventana me aseguro más –y me levanté de la cama para dejarla medio abierta, no hacía frío pero estaba nublado y amenazaba tormenta –después la cerraré por si acaso llueve –pensé volviendo deprisa a la cama ya que sólo faltaban segundos para la doce.
  –Me dijo Raf que si estoy a oscuras es mejor, porque en ocasiones puede verse la áurea del santo y entonces ya no hay duda de que te escuchó. Apago la luz pero tendré la mano próxima al conmutador por si con los nervios me olvido de algo, porque ¡ostia! Dios mío, estoy como un flan.
   –Una… dos… –las campanas de la iglesia iban contando las doce – ¿Le gusto a Lolita de igual modo cómo ella me gusta a mí? …seis… siete… –pensé angustiado si sería suficiente una pregunta tan escueta. –Quizá tenía que haberme expresado más ampliamente. Ocho…
 
“San Antonio bendito
por el niño que en tus brazos tuviste
por la palma de tu Santidad
te suplico me ayudes
en esta necesidad.
Señas te pido
señas me darás
si oigo abrir o cerrar una puerta
o a un gallo cantar,
o a un perro ladrar.”


   …doce.
  No pude evitar un sobresalto cuando tras la última campanada, oí con claridad meridiana que la puerta de la mesilla de noche se abría, primero lentamente produciendo un ruido sordo por el roce seco con el marco, luego, cedió de golpe y algo que cayó al suelo me produjo un escalofrío que corrió toda la columna vertebral. Me quedé rígido, los músculos tensos, alertados los oídos y los ojos desmesuradamente abiertos escudriñando en la oscuridad todo lo que se encontraba en la habitación sin ver más que bultos confusos. No percibía el más leve sonido y el silencio denso solamente era perturbado por el viento silbando entre las ramas de los árboles, sin embargo, tenía la sensación de que no estaba solo y no me atreví a encender la lámpara por temor ha encontrarme frente a una imagen dantesca fuera o no un espíritu maligno o santo.
  Tenía que decidirme a encender la luz y al fin, tras varios titubeos presioné el conmutador de la lámpara, nada anormal a primera vista, pero el ruido había sido cercano y claro.
  –Bajo la cama –me dije mientras me inclinaba para averiguarlo   – ¡Dios! ¡Dios mío, la mesilla de noche! –La pequeña puerta se encontraba totalmente abierta y sus zapatos en el suelo.
  –Sin duda las coloqué mal y han caído al empujar poco a poco, pero justo al dar las doce. No puedo justificar el hecho si no admito que la oración a San Antonio ha sido escuchada. –Y desistí de formular la segunda pregunta pensando que pudiera ser un abuso, además, no me sentía con el valor suficiente para afrontar la evidencia de que el espíritu era una realidad. Se me reveló que le gustaba a Lolita y me di por satisfecho excusando así el miedo que sentía, por otra parte, quizá Raf tuviera razón y lo mejor sería olvidarme de fenómenos paranormales, así que, entre temeroso y devoto, recé un padrenuestro agradeciendo al santo la manifestación sobre el sentimiento de Lolita.
  Apague la luz con la intención de dormirme para soñar con ella, no obstante, mantenía los ojos abiertos de par en par y todos los sentidos alerta intentando descubrir cualquier movimiento sospechoso. Empezó a llover con fuerza y las ráfagas de viento empujaban la lluvia a través de la ventana inundando el piso. Tenía que cerrarla pero no me decidía a prescindir de la protección que me brindaba la ropa de la cama. 
  Los truenos se sucedían cada vez más fuertes y la luz de los relámpagos prestaba a la estancia una imagen espectral, la cortina ondeaba como bandera al viento y la sombra de los muebles y el perchero dibujaban en las paredes figuras extrañas, sin embargo, tuve que vencer el miedo y le dirigí una súplica a San Antonio.
  –San Antonio bendito, por favor te lo pido si hay algún espíritu en esta habitación haz que se vaya –y sacando el brazo del embozo tomé la pera presionando el conmutador repetidas veces. La luz no se encendía – ¡Joder! –dije –siempre igual cuando hay tormenta –y en un arrebato de nerviosismo me levanté de un salto para alcanzar la ventana en cuatro zancadas. Justo al cerrarla, un rayo desgajó en dos el abeto que hay junto al muro del patio.  
 Un grito de terror salió de mi garganta cegado por el resplandor y el ensordecedor estampido del trueno. Cerré las hojas y porticones de dos portazos y, a oscuras, volví a la cama cubriéndome de los pies a la cabeza. –Ya no hay luces, ni sombras, ni espectros, –me dije. Y en la más completa oscuridad protegido por el cobertor me fui tranquilizando. Para conciliar el sueño recurrí a Lolita imaginándola a mi lado.
 
_______._______
 
 

Al día siguiente le resté importancia a la mala experiencia de la noche y me encontraba satisfecho porque me convencí de que la oración a San Antonio me podía ayudar en muchas de mis dudas y se me despertó de nuevo la curiosidad por el misterio de la encina. Iría a casa de mi tío como me había propuesto, era mejor saber de su propia voz lo que pasó, que hacer una montaña de algo que posiblemente no fuera más que un grano de arena. Le dije a mi abuela que iba a despedirme y le pareció bien, así que sobre las diez de la mañana entraba a su casa
 – ¡Hombre! ¿Muchacho, tú por aquí? Pensaba que ya no te acordabas de tu tío –me saludó con alegría
  –Pues ya ves que sí, tito, y no fui con Juan a parar las trampas por venir a verte, mamá vendrá el domingo a recogerme y quería decirte adiós por si luego no hay tiempo.
  –Que majote eres Daniel, no te lo hubiera perdonado, sobrino. Anda, vente conmigo a ordeñar las vacas que sé lo que te gusta tocarles las tetas.
  –Ubres, tito, ubres –le corregí bromeando.
  –Y que finos sois los de ciudad, pero a mí me gusta más decir las tetas –respondió riendo.
  Me afané en conseguir que a cada apretón el chorro de leche fuera más abundante que el anterior y disfrutaba viendo como crecía la espuma sobre la superficie lechosa produciendo ese ruido sordo, que es más grave cuanto mayor es su espesor, se despierta el deseo por su sabor cremoso, cosa que en la leche del supermercado de la ciudad no se conoce.
  –Se te hace la boca agua ¡Eh, sobrino! Luego te tomarás un buen vaso ¿vale?
  –Me voy a “jartar” tito –dije riendo al tiempo que pegué un nuevo estirón al pezón mientras presionaba la ubre.
  –Aprendiste bien Dani, ya me llevas ventaja en el balde.
  Pero yo iba pensando como pedirle a mi tío que me contara su experiencia en el Roquedal. Al fin, se me ocurrió pretextar una redacción que había de presentar en el colegio sobre cualquier anécdota del pueblo donde se pasen las vacaciones, y le pregunté – ¿Tito, me podrás ayudar?
  – ¿Qué quieres que te cuente?
    –No sé, cualquier cosa. ¿Es verdad que te llevaste un gran susto bajo la encina que hay a la salida del pueblo?
  – ¿Quién te dijo eso?
  –Bueno, la abuela me contó algo sobre ese misterio y que a ti también te pasó algo.
  –Esta mujer… pero bien está, vamos para la casa, te tomas ese vaso de leche recién ordeñada y preguntarás lo que quieras. Si sabes narrarlo te aseguro que te pondrán un diez.
  Ya sentados en el porche, con el vaso de leche desbordado de espuma y sobre la mesa papel y lápiz, me dispuse a escuchar y anotar lo más interesante. Más por justificar el pretexto que le di que por el interés de escribirlo.
  –Ah, pillastre, venías preparado ¿Eh?
  –Bueno, suponía que me ayudarías, tito.
   Y tío Julián comenzó su narración contándome más o menos lo que ya sabía por la abuela.
¿Y eso ha sido siempre?
 –En este caso no, pero hay otros fenómenos que ya contaban nuestros bisabuelos, por ejemplo; la luminiscencia del cementerio; son muchas las noches que se aprecia una fosforescencia junto a la cripta de la familia Gálvez construida bajo la iglesia, no sé si sabes quienes eran, llegaron a ser padre e hijo virreyes de Nueva España, el hijo con sólo 39 años, pero falleció un año después, sus restos descansan en la iglesia de San Fernando, en la Ciudad de México –¡Jo… jolines! Pues sí que Macharaviaya ha tenido hijos de alto rango, tío – le interrumpí porque lo que me interesaba no eran precisamente los hombres ilustres del pueblo.
– En esa cripta –prosiguió mi tío – están enterrados algunos miembros de aquella extraordinaria familia. No se ha podido averiguar el fenómeno que provoca esa tenue luz, no obstante, la leyenda cuenta que es en protesta porque a los Gálvez, que también costearon las obras de la iglesia con el dinero de su fábrica de naipes, no les dejaron enlosarla con reales de oro; la Casa Real no consentía que se pisara la imagen del rey, sólo se les permitiría si las ponían de canto, imagina la fortuna que hubiera representado eso por allá el siglo XVII.
   – Pero vamos a lo que te importa. –Sí, tío –asentí – Lo del Roquedal es otra cosa, bastante más reciente, y somos unos cuantos que creemos conocer por qué esa alma en pena sigue asustando al pueblo.
  – ¿Pero es verdad que es un fantasma?
  –Un alma en pena, niño, un alma que no quiere o no puede abandonar la tierra. Es muy cierto que algunos espíritus siguen con nosotros después de morir su cuerpo, pero muy pocos se manifiestan y pensamos que son apariciones anormales cuando lo hacen. Ya ves, en las últimas casas del pueblo eran continuas y hasta los muebles y enseres cambiaban de lugar por la noche. Tuvieron que abandonarlas porque no se explicaban el fenómeno.
  – ¿Y por qué la tomó contigo, tito?
  –Pues… verás. Si es lo que suponemos la historia es muy triste y escabrosa. No a todos les ocurre algo al pasar por ese lugar, y a ninguno si es forastero.
  – ¡Jo, tito! Es como una maldición sobre Macharaviaya. –Le dije entre incrédulo y asustado.
  –No del todo, Dani. Deja que siga. Somos unos cuantos vecinos los que no podemos acercarnos al Roquedal, sobre todo, en noche de Luna llena.
  – ¿Y nunca se hizo nada para averiguar a qué se debe ese fenómeno?
  –Mira, eso es como querer abrazar el viento y descubrir por qué sopla. Cuando comenté en el pueblo lo que me había ocurrido otros también confesaron sus experiencias. Algunos no decían nada por el temor a que les tomaran por chiflados. Decidimos un grupo de veinte hombres armados con palos, antorchas, escopetas y yo que sé con cuantas cosas e ir en una de esas noches para averiguar que ocurría.
  –Los que habíamos experimentado de alguna manera la presencia de ese fantasma teníamos más miedo que vergüenza. Todos alertados, esperábamos oír el más leve rumor, si alguien decía algo se le mandaba callar de inmediato y la situación se hacía cada vez más tensa. Se hubiera dicho que estábamos dispuestos a luchar contra cien gigantes. Cuando tras la primera loma apareció la parte superior de la Luna mantuvimos la respiración y se encogieron los cuerpos prestos a saltar sobre no sabíamos qué cosa. Las alargadas sombras de los árboles nos parecían fantasmas que se arrastraban sobre la tierra remontando rocas y arbustos mientras cambiaban sus formas, soplaba un airecillo no muy fuerte pero suficiente para balancear las ramas de la encina e imaginábamos las garras del misterioso fantasma que intentaba apresarnos.
  –El recuerdo me hace sonreír por la ignorancia de los hombres pero se me eriza el vello como aquella noche. Emergió la Luna totalmente luciendo sobre el horizonte su color ceniza, se veía enorme, como a tiro de piedra, iban pasando los minutos y no ocurría nada, impacientes, empezábamos a dudar de si todo era fantasía de nuestras mentes. Alguien, perdido el control de sus nervios gritó «cabrón, sal de una vez» y otro corroboró «¡hijo puta! ¿No tienes huevos, o qué?» Y un tercero alentado por los anteriores añadió desaforadamente «me cago en todos tus muertos ¡Sal si te atreves!»
  Le escuchaba sin pestañear, preso de curiosidad y temor. Relatos de apariciones y sobre el mundo de los muertos me hacían temblar pese a que no podía creer en ellos, pero en ese caso quien lo contaba era testimonio directo del hecho.
  –Y mira, –proseguía mi tío –de improviso se oscureció el entorno y un torbellino de sombras giró vertiginoso en derredor nuestro y de la encina, sus ramas se retorcían y alargaban como tentáculos azotando nuestros cuerpos, desgarrando las ropas y la piel, fue horrible, el remolino de viento nos izó como a plumas para estrellarnos contra el suelo rodando entre una nube de polvo, ramas y hojarasca de todo tipo. Salimos de ese círculo como pudimos, arrastrándonos y corriendo despavoridos, lo recuerdo tal una escena dantesca en la que el miedo colectivo de apoderó de nosotros y sólo pensábamos en correr, alejarnos de allí saltando peñas y barrancos sin importarnos arañazos ni golpes. Cuando al fin nos reunimos a la entrada del pueblo parecíamos seres salidos de una tumba, los ojos desencajados y la tez pálida como la luz del plenilunio pronunciando aún más la expresión de terror en nuestros rostros. Nos acompañamos uno a uno hasta el domicilio de cada cual, y el último que fui yo por vivir más lejos, al estar solo, me senté en un pollo cercano a la puerta de un vecino y no pude resistirme al llanto para desahogar el pánico que me embargaba.
  –Luego se anunció en el diario de Málaga que un pequeño tornado se había producido próximo a Macharaviaya sin ocasionar daños.
  –Parece un cuento de miedo, tito, casi imposible de creer.
  –Pues es tan cierto como que estamos los dos aquí, sobrino.
  –Total que tras la aventura tampoco pudisteis descubrir a que se debe ese misterio
  –Bueno, un día durante las fiestas de agosto, llegó al pueblo un joven bien parecido, conducía un deportivo y al parecer sus padres eran ricos. Fallecieron en un accidente y heredó una considerable fortuna. Era de agradable trato y se interesaba por la historia de la comarca de Axarquía y su legado árabe. Sin embargo, no les cayó bien a los muchachos de aquí. De ciudad, rico y guapo le envidiaron desde el primer momento. Sólo faltó que en el baile del domingo por la tarde frente a la iglesia, se fijara en una preciosa joven que todos cortejaban, Aurora se llamaba ella.
  Me quedé sorprendido por la coincidencia porque me llegó como un flash la noche del cementerio.
  – ¿Aurora? Me suena el nombre, lo vi grabado sobre la lápida de un mausoleo en el campo santo ¿es la misma?
  –Sí, murió a los veinte años.
  –Ah, pues eso dice bajo su nombre.
  – ¿De qué murió, y qué hizo el tío rico?
  –Espera, espera, ya te dije que la historia es muy triste. Había un muchacho de mal talante, pendenciero, fanfarrón y con todos los defectos que puedas imaginar pero, de familia rica por lo que algunos jóvenes de su edad le agasajaban y se sentía muy ufano pagándoles rondas de cerveza y de vinos.
  –Deseaba a la chica a toda costa y apostó una gran suma de dinero a que la conseguía del modo que fuera, dicho en el argot de los jóvenes, tú ya me entiendes ¿no? –y yo para demostrarle que ya entendía de cosas sensuales apuntillé –follársela ¿verdad?
  – ¡Niñooo! pero sí, eso. Lo intentó todo aunque Aurora no podía verle ni en pintura y cuando anunciaron su boda el despecho y los celos enloquecieron a Paco –así se llamaba –y una noche, con dos copas de más, les siguió hasta el Roquedal, nadie supo con certeza que pudo pasar allí, pero el caso fue que por la mañana un pastor encontró bajo la encina los cuerpos acuchillados de los tres jóvenes.
  – ¡Ostia, tito! Eso no me lo esperaba, que terror –dije manifestando lo que sentía.
  –Se llamó al alcalde y éste a la Guardia Civil y al forense. Ella tenía una cuchillada en el vientre, su novio en mitad del corazón y Paco más de veinte en todo el cuerpo. La versión oficial fue que ella había sido violada en presencia de Edgard, el novio, sin poder hacer nada, ya que al parecer fue reducido y maniatado de pies y manos porque tenía las muñecas ensangrentadas. Se supone que se libró de las ligaduras y luchó con Paco hasta acribillarlo a navajazos.
  –Que fuerte, tito, me estoy mareando ¿Y la cuchillada en el vientre de Aurora? –manifesté realmente angustiado.
  –Es un misterio, igual que la navaja en el corazón de Edgard. Hubo versiones de todo tipo y la familia de Paco presionó a mucha gente que por una razón u otra le podía perjudicar, entre ellos a mí mismo, que en esa época, te hablo de quince años atrás, le tenía arrendado un olivar que lo perdía si denunciaba la conducta de Paco. Total, él ya estaba muerto, y lo único que no tendría sería una tumba digna. El Juzgado se preocupó de indagar sobre su familia, pero que yo sepa, o no la tenía o no se dio con ella ni por aquí vino nadie interesándose por Edgar.
   – ¿Y qué pasó con su fortuna, el coche, sus bienes…? Se me ocurrió preguntar.
  –Ni idea, sobrino. El juzgado actuaría con arreglo a lo que esté legislado para estos casos. Imagino, no sé.
  Se le enterró en la parcela de los infieles, los que por alguna razón el sacerdote consideraba que merecían ser excomulgados o declarados ateos, y se dio por seguro que el muchacho acuchilló a Paco, y se supone que luego se suicidaría con su propia navaja sobre el cuerpo examine de su prometida. Para la Iglesia eso ya era una razón.
  Sin embargo, la versión que más arraigó en el pueblo fue por boca de doña Casilda una vidente que vivía en las afueras del pueblo…
  –Ya sé –le interrumpí –me han dicho que era una bruja y hablaba con ese espíritu.
  –Bueno, según quien la llamaba como quería, pero era una mujer amable que decía poseer la virtud de comunicarse con los muertos y muchas veces tenía premoniciones sobre algo que luego sucedía. Ella aseguraba que el alma de Edgard permanece donde aconteció el drama en tanto no se le abra el Cielo, y que si se muestra iracundo es con los que no defendimos su inocencia. Al fin marchó de Macharaviaya porque despertó temores en la gente y empezaron a llamarla bruja, que hablaba con los espíritus, que si hacía el “mal de ojos”, maleficios y un montón de cosas más por lo que un día casi la apedrean.
  –Parece una historia de ciencia ficción, tito.
  –Ya, eso puede parecer, pero, la realidad es que bajo la encina del Roquedal no se puede pasar sin sentir un escalofrío que te corre por la espalda, yo no voy ni de día, hijo, pasé muy mal rato la primera noche y no me ahogué de milagro, ya no aguantaba más cuando aflojó su presión sobre mi cuello, luego, el episodio infeliz de los que pensábamos poder enfrentarnos a los espíritus, fue más que suficiente.
  –Siempre me han dicho que en los pueblos se cuentan historias de apariciones y que la gente es muy supersticiosa.
  –Y no les falta razón porque en parte es así, sin embargo, de las supersticiones no se salvan las gentes de ciudad, ahí tienes el color amarillo, proscrito en los escenarios porque creen que da mala suerte; que se rompa un espejo anuncia una muerte, martes y trece es de mal agüero; a nadie le gusta emprender un viaje en ese día, o casarse, incluso esa fecha se evita cortarse las uñas porque salen padrastros, y unas tijeras abiertas no anuncian nada bueno, si caen al suelo señalando a una persona significará que le augura una desgracia, por el contrario, abiertas en cruz ante una puerta evita el paso de duendes y brujas. Seguro que tú también conoces unas cuantas más.
  Y presumí –Pasar bajo una escalera, un gato negro, un paraguas abierto dentro de casa. Mamá no puede sufrir ver dos cuchillos cruzados sobre la mesa, o el pan con la cara plana hacia arriba. Ah, y yo evito levantarme con el pie izquierdo, cuando me pasa por alto y me doy cuenta, me acuesto de nuevo para levantarme con el derecho.
  –Pues ya ves, si hiciéramos una relación de todas las supersticiones que existen seguro que encontrábamos más de un centenar.
  –Sí tito, pero de eso a creer en duendes…
  –Hijo, es como te lo he contado. La diferencia se da porque en la ciudad se anda muy liado, siempre con prisas, contando los minutos, pendientes de horarios fijos y entre una multitud de gente, y lo poco que se está en casa, es para comer y dormir, pero en los pueblos pequeños tenemos muchas horas del día para estar solos en el campo, hermanados con la naturaleza y escuchar nuestros propios pensamientos o quizá, lo que telepáticamente nos trasmiten otras almas.
   ¿No nos dice la religión que llevamos tras la espalda un ángel de la guarda? ¿A ti nunca te ha pasado presentir que alguien te mira y al volver la cabeza comprobar que sí? ¿Y cuántas veces tenemos la sensación de revivir algo que nos parece conocido? ¿Nunca sentiste la presencia de alguien estando solo?
  – ¡Ostia, tito! Pues es verdad.
  –Te voy a dar un consejo, Daniel. Mientras mires al cielo y no te asombres puedes creer cualquier cosa.
  –Gracias tío Julián, te aseguro que me voy a esmerar en la redacción del relato y seguro que me ponen un diez con este tema.
  Seguimos mi tío y yo elucubrando sobre lo hablado, pero ya conocía lo que quería saber.
  Cuando me despedí de tío Julián me sentí confundido, ya no estaba tan seguro de que las almas suben al Cielo o van la Purgatorio según sean sus pecados como me habían repetido tantas veces, y pensé que bien pudiera ser un purgatorio errar por la tierra sin estar vivos. No me gustaba esa posibilidad que me parecía –y sigue pareciéndome- más penosa por más cercana.
   Daniel, que toma su segunda cerveza, reflexiona sobre el tema y piensa que, saber que en cualquier lugar puedas tener un alma en pena que te observara, sería como convivir con los muertos día y noche. Y también entonces era su opinión porque exclamó en voz alta – ¡Uff, imposible imaginarlo! Sin embargo, la abuela también lo creía y tío Julián lo había sentido de cerca ¡Caramba, qué cosas! –e intenta desviar la atención volviendo a los recuerdos.
 
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Carlos Serra Ramos
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