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NOVELA.- Despeñaperros Capítulo 12 y desenlace

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NOVELA.- Despeñaperros Capítulo 12 y desenlace

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Vie Sep 29, 2017 10:57 pm

12)    EN EL HOSPITAL
 
  Pasada la una de la madrugada, Gema salió por segunda vez a la puerta del hospital para fumar un cigarrillo. Había dejado ese hábito meses atrás, pero en ocasiones puntuales le apetecía aspirar el humo sintiendo el leve vértigo que produce en la mente tras un tiempo de abstinencia. Su madre la había llamado desde Córdoba una hora antes, luego no iba a tardar mucho, pero tendría tiempo de estirar las piernas en un corto paseo por el aparcamiento. –De cualquier modo, sólo hay un acceso al recinto y si llegara avistaría el coche al entrar –pensó sin confesarse la verdadera razón de su interés. Sentía la necesidad de comprobar quién acompañaba a su madre y si realmente era un coche de alquiler –Aunque ¿cómo saberlo si no llevan distintivo alguno? A los taxis de Barcelona les distingue el color amarillo de las puertas, pero éste era de los llamados de lujo –seguía meditando. –Qué absurda obcecación con este tema. Y qué injustos y egoístas somos los hijos con nuestros padres; se nos antojan seres híbridos, cómo ángeles, expresándolo acorde con el cariño que les tenemos. Me resulta imposible imaginar a mamá y a papá en una escena de amor gozando entre besos y caricias el placer del orgasmo.
  Llevaba unos quince minutos esperando su llegada, pero de ninguno de los que entraron en el recinto se apeó su madre, y ya se disponía a entrar al hospital cuando los faros de un automóvil oscuro iluminaron en ese momento la entrada al aparcamiento interrumpiendo las reflexiones de Gema. Se dirigió donde se detuvo en una de las hileras más apartadas y pensó, dada la distancia y los espacios vacíos que había –Vendrán a hacer manitas porque si no… – ¿O serán ellos. Será mamá?­ –terminó dudando.
  – ¡Ya está, ya está! ¡El túnel, el túnel! –Ahora caía en la cuenta. 
  –Con razón algo no me encajaba cuando me dijo que venía en coche. Más claro, el agua ¿dónde ese túnel que cortó la comunicación? No hay ninguno en la autopista A-2 hasta más allá de Zaragoza y es imposible pensar que fueran por la autovía de Lérida en un viaje de urgencia. Viene con ese tío y el móvil era el suyo. ¡Qué tonta he sido! tantas cábalas sin darme cuenta antes.
  Le latía con fuerza el corazón al aproximarse al coche cuidando de no ser vista, y giraba la cabeza cuando temía ser descubierta, o se agazapaba entre los vehículos aparcados vigilando que algún “segura” pudiera confundirla con un ratero. 
  Aunque no distinguía a sus ocupantes, se abstuvo de acortar la distancia y esperó con el ánimo encogido temiendo averiguar lo que no deseaba. El coche que recordaba era un BMV azul oscuro o negro, como éste en tamaño y color, porque no alcanzaba a identificarlo por el modelo. Pasaron más de diez minutos y seguía esperando sin decidir qué hacer; ignoraba si estaba perdiendo el tiempo o en la espera obtendría respuesta a su recelo.
  Y en efecto, aunque Gema no conseguía apreciar sus rostros, eran Laura y Javier que se despedían, sorprendida ella por la decisión de éste en volver a Barcelona esa misma noche.
  –No puedo, Laura. No puedo quedarme porque ese compromiso es ineludible; vienen expresamente de París para tratar una franquicia que me interesa mucho y, además, tampoco podría prestarte ayuda alguna. Estás con tu hija y vuestro amigo llega mañana. Ni siquiera tendríamos ocasión de vernos.
  –Pero no es eso, es por la locura de volver sin descansar ¿Cómo vas a recorrer mil y pico de kilómetros otra vez sin dormir al menos unas horas?
  –Mira, ahora no tengo sueño, no estoy cansado, el trayecto contigo se me hizo corto y cuando me parezca o advierta que lo necesite, me detendré en cualquier hotel de la carretera, pero ya habré cubierto buena parte del viaje. Si puedo llegar a Madrid, mañana será un paseo hasta Barcelona. Con esa gente quedé a las seis, así que tengo tiempo. No te preocupes, mujer.
  – ¿Y cómo no me dijiste nada? No lo hubiera consentido.
  –Por esa razón, cariño, y quería traerte yo. Llámame con lo que sepas. Tenme al corriente sobre lo que se decide hacer con tu marido, y tú, procura descansar y toma con serenidad sea lo que sea. Venga, no alarguemos la despedida que es peor.
  Al abrir la portezuela para apearse se encendieron las luces del interior y Gema pudo entonces descubrir con claridad quién era la mujer que salía del coche. El hombre, alto y de fuerte constitución, lo hacía por la otra puerta; bordeó el capó y llegó hasta ella ciñéndola en un estrecho abrazo de interminables segundos. 
  – ¡Cabrón, que es mi madre! Suéltala, suéltala ya… –dijo para sí con los puños cerrados y encajadas las mandíbulas por no gritarlo. Tanto rechazaba el consentimiento de su madre que le parecía vivir una violación. Se le nublaron los ojos y se mordió los labios cuando dio media vuelta para dirigirse a la entrada de Urgencias – ¿Cómo has podido, mamá? Estaba en lo cierto. Lo sabía, ¡si ya lo sabía yo! ¡Ay, mamá! ¿Qué has hecho? –Una cosa era entenderlo, incluso disculparlo, pero otra, presenciar el adulterio sin sentir que algo se desmoronaba en su interior.
  No le hubiera dolido más una infidelidad a ella misma que la que se infería a su padre ingresado en la UVI de un hospital a tantos kilómetros de casa. 
  –Ni viéndolo con mis propios ojos puedo creerlo. ¿Se habrá vuelto loca?
  Sumida en la angustia, apresuró el paso llegando lo antes que pudo para disponer de unos minutos e intentar serenarse. No era esta la ocasión de descubrirla y pedirle razones; una justificación, algún motivo, algo con que pudiera disculpar tal actitud cuya consecuencia era el dolor.
  Gema era una mujer de su tiempo, adaptada a una sociedad más permisiva en la que los valores humanos se medían con distinto metro, y nunca tuvo una crítica para los casos de ruptura que conocía, pero con sus padres era distinto y se reprochaba no ser más objetiva.
  «Olvidamos con facilidad que son personas como todos, con virtudes y defectos, y a veces, con deseos inconfesables que reprobamos al vecino pero justificamos en nosotros. No es justo y deseo interpretar los hechos con el mismo juicio, y consolar el sufrimiento de mamá que, si da este paso, posiblemente tenga sus razones.
   ¿Qué se yo de su vida conyugal más que la apariencia? Es cierto que papá se desvivió por su familia, pero también lo es que está más tiempo fuera que en casa, y mamá pasa media vida sola. Además, cuando vuelve parece que llega de visita o a uno de los hoteles que frecuenta: “Por favor, Laura acércame las zapatillas” “Voy a mi escritorio, avísame cuando esté la cena” “¿Te importa que cambie de canal?” Nunca saldrá de la ducha en calzoncillos; siempre su albornoz. Jamás en la mesa con el torso desnudo por calor que haga. Hasta el punto que alguna vez le dije – ¡Papá, que estás en tu casa! Es que nos cohíbes con tanta compostura ¿Por qué no te estiras en el sofá y descansas los pies en uno de sus brazos? 
  –Es verdad, bella Ártemis. Ya es tanta la costumbre que no me doy cuenta de las comodidades que pierdo. – ¡Qué distinto es su trato conmigo! Más cariñoso no puede ser, en tanto que con ella nunca una broma, un cachete en el trasero o un beso que no sea al aire. 
  Entiendo que el amor llegue a cansarse tras largos años de convivencia y el cariño supla su falta, y entiendo pueda ocurrir que alguien se cruce en el camino y cuando se quiere regresar ante una ilusión nueva ya no se manda en la voluntad. Lo entiendo, sí, pero me costaría aceptarlo, y no por ella, sino por papá. Se moriría de pena si es que por desamor se muere. Nunca hubo para él más horizonte que nosotros. ¡Ay, Dios mío, no lo consientas!»  
  A los pocos minutos, entraba Laura dirigiéndose al mostrador, cuando vio a Gema sentada en una silla y una revista en las manos.
  –Cielo, acabo de llegar –y preguntó mientras la besaba.
  – ¿Qué haces aquí?
  –Te esperaba.
  – ¿Cómo está papá? Que mal lo habrá pasado, Dios mío.
  –Está descansando, supongo que duerme. Le atienden muy bien. Las enfermeras saben que soy médico y quizá eso las condiciona algo. ¿Qué tal el viaje?
  –Bien, pero muy pesado. No sé cómo tu padre es capaz de correr tantos kilómetros una vez y otra. ¿No le puedo ver?
  –De ninguna manera, mientras siga en la UVI no nos dejaran entrar. Cuando llegue el doctor decidirá si ya lo instalan en una habitación. Si acaso, podrías verle tras la ventanita de la puerta. Preguntó por ti cuando llegué, y cada vez que entro. A mí no me ponen tanto reparo, alguna ventaja tiene la profesión.
  –Aunque sea como dices, quisiera verle. Pídeselo a la enfermera, anda. Cómo habrá sufrido, pobre. Por lo que sé, le recogió un helicóptero de la Cruz Roja en pleno monte. ¡Virgen Santa!  
  –“He estado a punto de morir”, me dijo al verle. Y sabes que papá no se asusta por poco. Imagina, sintiendo la angustia que antecede a un infarto y verse solo en la espesura de un bosque que no se conoce, sin un alma que pueda socorrerlo, con la imposibilidad de comunicarse con alguien, averiado el coche y qué se yo. Si ha salido con bien de la aventura es gracias a su serenidad y porque tiene recursos para todo. No hay otro hombre como él en todo el mundo, es extraordinario. Que suerte tenemos, mamá, de saberlo nuestro.
  Se expresaba de tal modo buscando herir las fibras más sensibles de su madre.
  –Hemos de convencerle para que deje el viaje –dijo por toda respuesta desviando la vista al acusar el golpe en su conciencia, y agregó en el intento de no abundar sobre su estado: 
  –Me ha llamado tu hermano; consiguió pasaje para mañana y llegará por la tarde vía Madrid. Hiciste bien en decírselo, me amonestó muy enfadado porque yo pensara esperar a saber la gravedad de papá.
  –Claro, cómo no. Verás que alegría tiene cuando le vea. –y añadió queriendo saber –Por cierto, ¿y el chofer, se queda a dormir en Sevilla?
  –Decidió volver a Barcelona y parar por el camino en cualquier hostal. 
  –Lo digo porque al otro lado de la carretera, justo frente al hospital, se encuentra el Hotel Bellavista; se podía haber quedado en él. Yo he reservado una habitación doble por si nos hace falta.
  –Ah, qué bien, aunque sólo sea por asearnos. ¿Quieres decir que si lo pides tú no me dejarán ver a papá?
  –Entrar, por supuesto que no, –y repitió –quizá por la ventanita de la puerta… lo intentaré. Aunque le tienen controlado, el problema sigue ahí y cualquier emoción podría agravar su estado. Voy a ver… espera.
  A los pocos minutos volvió con el compromiso de que solamente le pudieran observar desde fuera porque, además, dormía muy tranquilo. 
  Asintiendo a sus recomendaciones, siguieron a la enfermera por los pasillos hasta la puerta de la UVI y Gema que deseaba apreciar el comportamiento de su madre se sintió emocionada al oírla decir: –Tomás, Tomás… –al descubrir el suero inyectado, los finos tubos de oxígeno asomando por las fosas nasales y la pantalla del monitor junto a la cama. 
  –Perdóname, Tomás, perdón… perdón… –le pareció a Gema que balbuceaba, entrecortadas las palabras por un llanto contenido. O quiso parecerle, en el deseo de escuchar su arrepentimiento. Como fuera, la abrazó cuando al girarse apoyó la cabeza sobre su hombro. –Está sufriendo –se dijo –mucho, y no sé por cuántas cosas. Qué mar de sentimientos albergará su corazón, porque mamá no es capaz del engaño sin que se le rompa en pedazos. ¿Será posible amar a dos hombres a la vez?   
  Al salir, viendo la enfermera el desconsuelo de Laura, consintió –Cuando despierte les dejaré pasar, pero por favor, sólo un minuto y no digan nada a nadie. 
– ¡Ay, gracias! No sabe usted cuánto se lo agradezco –respondió Laura.           
 

________.________




DESENLACE
 
  Eran casi las dos de la madrugada cuando Javier tomaba la N-IV con la intención de pernoctar en el hotel Melia Confort de Guadalajara. Le aseguró a Laura que no estaba cansado pero sentía la necesidad de tomar un buen café con leche y caminar algo, después, yendo solo estaba seguro de cubrir los seiscientos y pico kilómetros en poco más de cuatro horas ya qué, a excepción de Despeñaperros, todo el trayecto eran tramos donde se podía desarrollar una gran velocidad. Aun podría dormir unas horas. En la primera área de servicio llenaría el depósito y pediría ese café. 
  Estaba contento, le hizo feliz viajar con Laura y tenía la seguridad de haberla ganado un poco más. Fue ella quien le pidió sentirse llena de su amor unas horas antes, al pie de una encina, cobijada en sus brazos, desbordada la pasión en más y más. Sí, se sentía feliz porque ya era suya y sólo la muerte podría arrebatársela. 
  Sintonizó la emisora Radio Cinco cuya programación se sustenta en la reiteración regular de las últimas noticias y, justo en ese momento, emitían el parte meteorológico; anunciaba intensas lluvias y fuertes ráfagas de viento debido a la borrasca procedente del Atlántico que ya había ocasionado inundaciones en la Andalucía occidental. –Vaya, ya me extrañaba que se retrasara tanto, he de celebrar haber desestimado la idea de volar con este tiempo –pensó al acomodarse inclinando hacia atrás el respaldo del asiento. 
  Llegando a Écija, descubrió una gasolinera en la que pudo repostar y tomarse un café con leche que acompañó con una copa de Cardhú, la madrugada era gélida y le apeteció el licor para reconfortarse. Aspiro hondo sintiendo que recobraba toda su vitalidad. 
  El resplandor de un rayo anunció con su estallido la tormenta que casi al instante descargaba con intensidad. 
  – ¡Demonios! Ese ha caído cerca, parece que va en serio –dijo en voz alta dirigiéndose al empleado.
  –Sí, se estaba barruntando desde hace horas y ya la tenemos aquí, por lo que ha dicho el parte están en alerta roja algunas provincias. Vea, vea como cae.
  Una cortina de agua casi impenetrable no dejaba ver más allá de unos metros y en pocos minutos, la estación de servicio se convertía en una balsa a excepción de la zona cubierta de los surtidores.
  – ¿Va usted lejos? 
  –Pensaba dormir en Guadalajara pero, bueno, mejor será que me hospede en el Parador de Manzanares. Mañana tendré tiempo de sobras para llegar a Barcelona a primera hora de la tarde.
  –En Bailén tiene un buen hotel, fue Parador Nacional años atrás.
  –Tomo nota, gracias. ¿Qué le debo? 
  –Son cincuenta y tres euros, señor. Pero, espere un poco, hombre, a ver si amaina algo.
  –Iré con precaución. Gracias otra vez.
  Y salió decidido a reanudar el viaje bajo la lluvia –En el Sur llueve poco, pero cuando lo hace, diluvia, –decía para sí –recuerdo unas imágenes por televisión de hace unos años, en que el río Genil anegó la ciudad, la autovía, vista desde el helicóptero, parecía más bien cruzar un lago, o las marismas del Guadalquivir.
  Tuvo que aminorar la velocidad porque temía patinar sobre el agua que inundaba la calzada, y los relámpagos sucediéndose sin tregua le cegaban la visión – ¡Joder! Cómo siga así tendré que parar en cualquier sitio, pero dónde, si en las autovías que no son de pago no hay ni un triste refugio.
  También en Sevilla se vaciaban las nubes con estrépito al estrellarse el agua contra los ventanales por la acción del huracanado viento, y Laura, tuvo un pensamiento para él –Al menos que no le pille esta lluvia, por Dios, que sólo faltaría que sufriera un accidente.
  Circulando con la máxima precaución y a moderada velocidad fue ganando kilómetros hasta qué bien pasado Córdoba apocó la tormenta y volvió a acelerar. Ya en Bailén, de haber visto la salida a la población posiblemente se hubiera quedado en el hotel recomendado por el empleado de la gasolinera, pero se apercibió tarde y, como ya no llovía, decidió seguir hasta Manzanares. Después del desfiladero la carretera era prácticamente una recta. Ciento treinta kilómetros los haría en menos de una hora, y presionó el acelerador.
  Tan enquistada llevaba a Laura en el pensamiento que le parecía que viajaba con él físicamente y le hablaba en voz alta como si ella pudiera oírle.
  –Apenas puedo creerlo, querida, ya a mis años recobrar la ilusión por un hogar, por compartir la vida, las alegrías, los viajes, las cenas junto al mar, noches de hotel, todo contigo, Laura… Te cubriré de felicidad hasta que me digas ¡basta! Seré tu lacayo y tu rey, y tú, mi amante y reina. Oh, Laura… Si soy tan poca cosa para ti ¿cómo es posible que me quieras tanto? Se acabó el deambular entre la gente sintiendo la soledad en el espíritu. Es mentira que ella contraiga libertad, un argumento de conformidad falso que pretexta la vida errante del que no tiene con quien compartirla. ¿Para qué la libertad? ¿Para contemplar la luna solo? ¿Se admira más un atardecer sin compañía? ¿Acaso es más sabroso el plato de la mesa? ¿O es qué, en el lecho nos place más el vacío que el cuerpo de la compañera?
  Circulaba ya por Despeñaperros y, en ese tramo, la vía de ida y vuelta se separan de modo que cada una se halla en la vertiente opuesta y a distinto nivel, la que va en dirección a Madrid más baja. Las curvas, aunque pronunciadas, mantienen una visibilidad buena y Javier conducía seguro sobrepasando en mucho los límites recomendados. Aún así, miró su velocímetro porque un deportivo le pedía paso – ¡Joder, ciento cincuenta! Pasa, tío, pasa –dijo en voz alta – y momentáneamente aminoró. 
  Llegando al punto, desde el que descubrió las luces del mirador donde cenaron, desvió la mirada reviviendo la escena bajo la encina. 
 –Ha sido allí, Laura, donde hace unas horas me entregabas tu cuerpo y voluntad. Donde la pasión desbordada motivó tu juramento y el grito de placer sigue resonando en mis oídos. Allí, allí, sí, donde esa vivencia vale por una vida entera.
  Cuando volvió la vista al frente ya era tarde. Tras la curva, el deportivo cruzado en la carretera le cerraba el paso. 
 
_________.________
 
 
 A las seis de la mañana la enfermera de guardia en la UVI fue al encuentro de Gema y su madre.
  –El señor Peranau está despierto y se encuentra muy bien. Me ha preguntado por ustedes y le dije que estarían con él un par de minutos si prometía no emocionarse, no creo que lo consiga pero, por favor, hagan lo que puedan para evitarlo. Cuando entre para darle el medicamento síganme y no olviden ponerse la bata. En cinco minutos estoy con ustedes.
  –Gracias, señorita, le agradezco que entienda mi inquietud –Dijo Laura, visiblemente agradecida.
  Gema se pasó todo el tiempo observando cada gesto de su madre, cada palabra, cada respuesta o reacción a preguntas intencionadas tratando de averiguar la convivencia con su padre.
  –Salís muy poco ¿verdad? ¿Por qué? ¿Es cosa tuya o de papá?
  – ¿Cuánto hace que no vais a la Cerdanya? ¿O a la Costa Brava que tanto os gustaba? ¿Papá ya no va a pescar? La última vez que estuve en la casita de la playa me pareció casi abandonada ¡qué pena! Con lo bien qué lo pasábamos…–y Laura respondía con evasivas o desviaba la conversación, pero en ningún caso culpaba a su padre de falta de atención ni de cariño. 
  –Ahora cuando entremos…
  –Perdona, me están llamando –la interrumpió al sentir el vibrador del móvil.
  –Hola, Andrea, ¿Qué pasa, es que no puedes dormir?
  – ¿Cómo estás, y tu marido? 
  –Aquí, con Gema. A Tomás aun no le he visto, pero ahora, nos van a dejar entrar unos minutos. Estaba dormido y dicen que va bien.
  –Laura, cariño, he de decirte algo pero no es nada bueno
  – ¿Qué pasa? No me asustes, que bastante tengo. –Gema frunció el ceño alertada por las palabras de su madre 
  –Mira, ya te llamaré más tarde, es que temía que lo escucharas por radio o en la “tele”
  –Por Dios, Andrea, me tienes sobre ascuas, dime ya.
  –Me han llamado de la policía.
  – ¿La policía?
  –Sí, la Guardia Civil de Tráfico…
  – ¡No, no, nooo! –respondió en tono alto tomando asiento porque la zozobra la invadía abandonándole las fuerzas. Supo de inmediato que se trataba de Javier.
  –Verás, llamaron al último número registrado en las salidas de su móvil y era el mío, de cuando tú lo usaste, ¿recuerdas?
  –Ya, pero ¿qué ha pasado, qué ha sido? Un accidente ¿no?
  –Sí, un accidente, en Despeñaperros.
  –En Despeñaperros… ¡Ay, no… Dios mío, no…! –ya no tenía voz para articular palabra – ¿Grave?
  –Sí, Laura, grave, muy grave. Dicen que falleció en el acto.
  Y Laura se desplomó perdida la conciencia. Gema lloraba mientras la atendía recostándola en el banco de madera porqué sabía quién, porqué sabía el dolor que la inundaba, y esa mujer, infiel o casta era su madre.
  –Mamá, mamá, sé cuanto sufres, pero reponte. Papá te espera –le decía mientras el algodón humedecido en amoníaco que trajo la enfermera, hacía su efecto y se recobraba.
  –Hija… tú no sabes… –pudo articular apoyando la cabeza en el pecho de Gema.
  –No digas nada, mamá. Yo te quiero, yo te quiero y lo sé, pero no quiero saber, más que te quiero.
  Pasaron unos minutos y algo repuesta, abrazada a su hija siguieron a la enfermera hasta la cama de Tomás. Cuando llegó a su lado no pudo contenerse por más tiempo, se inclinó sobre él, y rompió en un sollozo incontenible vomitando la amargura de su alma rota, de su felicidad truncada. Aún contenían sus entrañas las esencias del amor con Javier bajo la encina, en tanto que yacía sobre el pecho de un extraño. Ya no reconocía su corazón, más hombre que el que perdió su vida por estar con ella. 
   A Tomás se le humedecieron los ojos, al tiempo que acariciaba los cabellos de su esposa, y pensaba –“Qué ciegos somos los hombres muchas veces, y qué ingenuos en temas amorosos”. Yo que temía… y ya ves, Tomás, deshecha en llanto por el temor a perderme.
  Gema, no lograba discernir su sentimiento, no era un final feliz, pero un rayo de esperanza conformaba su espíritu, mientras posaba cada una de sus manos sobre la cabeza de sus padres y rogaba a Zeus, que no se cumpliera la fábula de Semele.
  Pero en los sentidos de Laura, no había más voz ni percepción del mundo, que la frase repetida como un eco, incitándole a la muerte “mañana… quien sabe”,  “mañana… quien sabe”.   
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Re: NOVELA.- Despeñaperros Capítulo 12 y desenlace

Mensaje por María Susana el Lun Oct 02, 2017 10:04 pm

Terminada la novela, agradecemos al autor de la misma , la deferencia tenida al dejarnos leer a los que la conocíamos, pero que pudimos profundizar más en ella y  los que no encontrando en sus líneas un motivo  para pensar y recrearse.
Nuestras más sinceras gracias Carlos Serra Ramos.
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María Susana
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Re: NOVELA.- Despeñaperros Capítulo 12 y desenlace

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Lun Oct 02, 2017 10:30 pm

María Susana escribió:Terminada la novela, agradecemos al autor de la misma , la deferencia tenida al dejarnos leer a los que la conocíamos, pero que pudimos profundizar más en ella y  los que no encontrando en sus líneas un motivo  para pensar y recrearse.
Nuestras más sinceras gracias Carlos Serra Ramos.
Gracias a ti por tu seguimiento y la vigilancia en la ubicación de los post.
Recibe mi abrazo, querida
Carlos
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Carlos Serra Ramos
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Re: NOVELA.- Despeñaperros Capítulo 12 y desenlace

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