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Despeñaperros.-Capítulos 5, 6 , 7 y 8

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Despeñaperros.-Capítulos 5, 6 , 7 y 8

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Jue Sep 14, 2017 12:11 am

03
 5) EL AMOR DE JAVIER
 



“No desearás la mujer de tu prójimo” –recordó Javier cuando Laura hubo colgado el teléfono. Y agregó –porque es bien cierto que en el pecado se lleva la penitencia. 

 Se había enamorado de Laura como un adolescente, y no era suya. Casada, con dos hijos, un hogar estable, un buenazo de marido y más de veinticinco años de vida conyugal tranquila, son razones suficientes que no justifican romper un matrimonio –pero no puedo seguir así –se decía cerrando los puños de impotencia y una gran angustia en el corazón.  

  –Algo le pasaba esta noche, el tono de su voz no era el tono dulce con el que me habla. Que esperaba una llamada de su marido, siempre su marido antes que yo, es lógico, claro, pero cuanto duele ¡coño! Cuando está en Barcelona es como si ella estuviese en Rusia, no puedo verla ni llamarla, y sólo por Andrea sé que existe. Cuando Tomás sufrió el infarto se pasó un mes en la casa de la playa. Tan sólo cuatro palabras en el móvil “Estoy bien, te recuerdo, aquí no tenemos co-bertura. T.Q. Laura.” fue todo lo que supe de ella mientras me consumía la angustia. «Ahora estarán conversando en la terraza, ahora paseando junto al mar, son las once: se ha-brán  acostado y están solos. Quizá esta noche la desee…» Qué días, qué puñales son los celos aún sabiendo que no tienes derecho. Eso, no tengo derecho alguno en tanto que la quiero como nunca quise a mujer alguna de tantas que tuve entre mis brazos. Llegué a escudriñar la playa con los pris-máticos casi a diario, hasta que una mañana la vi tendida sobre la arena, junto a su esposo. Se me retorció el alma y vomité veneno por la boca y sangre por los ojos. ¡Buena la hice! Nunca lo hubiera sospechado.

 Y así se atormentaba una y otra vez sin hallar salida. Estuvo tentado varias veces de volver a llamarla, pero desistió dolido por el corte en la conversación anterior.

  –Espero una llamada de Tomás – ¿Qué te parece? como si no pudiera volver a llamar si comunica. Bueno, a ver si ma-ñana está más asequible.

 Se encontraba molesto y deseaba dejar de pensar en ella. Toda su experiencia de nada le valía para convencer a Laura de ese último paso pidiendo el divorcio a su esposo en tanto que tenía la seguridad de ser correspondido. En cuantas re-laciones habían mantenido, su entrega en cuerpo y alma era total y confesaba con arrebato el amor que la consumía –Sí, te quiero, te quiero –repetía, perdido el temor a declararlo, y él sabía percibir cuándo sólo el sexo era el estímulo.

 Pulsó el telemando del televisor con la idea de distraer su atención;, a esa hora se emitía el telediario en el canal na-cional. 

 –Lo de cada día. –pensó –Manifestaciones en Madrid reclamando cualquier cosa, elecciones en Francia. Y a mí qué me importa, como si fuera en Pernambuco. Violencia de género o disturbios no sé donde. El ibex 35 bajó 0,8 puntos… claro, no puede haber un Tsunami cada día, ni un huracán que arrase las ciudades. –Sentía ira de sí mismo y decidió servirse medio vaso de güisqui que le relajara la mente. –A ver si dan el tiempo y me voy a dormir.

 Las noticias sobre el tiempo y el fútbol eran las que más le interesaban. Tenía una avioneta de cuatro plazas que cuidaba como si tuviera vida propia. Se le despertó la afición cuando cumplió el servicio militar en paracaidismo; tras di-vorciarse hizo realidad el sueño acariciado desde entonces, y una o dos veces por semana acudía al Club Aeronáutico de Sabadell donde revisaba el más mínimo detalle de la Cessna 180. Solía volar cortas distancias sobre la costa, pero le gus-taba elevarse hasta casi los 4.000 metros de su techo. A Lau-ra le encantó cuando voló con él por vez primera.

  – ¿Lo ves, Laura? te prometí el cielo y ya estamos en él.

 –Sube, sube más que quiero tocarlo con los dedos –me pedía entusiasmada, y cuando el morro de la avioneta enfilaba las nubes se me abrazaba gritando

  –No, no, por favor, baja, baja.

 Sacudió la cabeza de lado a lado para ahuyentar el recuerdo de su voz y de sus risas, y de nuevo prestó atención al parte meteorológico. “…la borrasca entre las Azores y la costa de Portugal se va desplazando a toda el área occidental de la península y ya se hace notar en Portugal. En el cuadrante suroeste se esperan fuertes lluvias y ráfagas de viento hasta ochenta Km. a la hora que irán en aumento en las próximas horas  en las provincias de Badajoz y Huelva.  La nieve…” –Por fin llega el invierno –pensó Javier.

  Fue esa noche cuando la llevó a su apartamento después de cenar en el Garden del hotel Rey Juan Carlos. El restaurante sobre la piscina enmarcada con palmeras y la exótica variedad de plantas ofrecían una panorámica sobre la ciudad de extraordinaria belleza a través de las mamparas de cristal. A lo lejos, los reflectores del Palacio Nacional en Montjuich rasgaban la oscuridad hasta difuminarse entre las nubes. Y Javier, hundido en su butaca, se recreaba en su tristeza al recordarlo.

 «Las notas musicales del piano y la voz de la cantante amenizaban la exquisita cena, pero ambos dependíamos más de nuestros ojos que del embrujo del entorno ¡qué hermosa estaba! Le tomé una mano y noté su presión sobre la mía. Fue como un sí a cuanto pudiera suceder después.

 Brindamos y nos prometimos un deseo sin confesarlo aunque sabíamos bien cual podía ser en ese instante. Después, paseamos el jardín por los senderos tenuemente iluminados, dando luz y color a las camelias, hibiscos, calas y tulipanes que bordeaban como seto los caminos. Y a las bignonias que trepan las palmeras. Llegamos de la mano hasta el estanque donde los cisnes se deslizaban sobre el agua, sorteando juncos y lotos. Visto desde la glorieta, nos parecía vivir las pá-ginas de un cuento.

 En la semipenumbra, su rostro cobraba una belleza irreal que abrumaba mis sentidos. Creo que en ese instante me enamoré renunciando a cualquier otro placer que no fuera el placer de estar con ella. La tomé por el talle, la atraje a mi pecho y bebí de sus labios entreabiertos nuestro primer beso sellando la sentencia de ser tan sólo suyo.»

  Revivía aquella noche sufriendo por un amor que se le antojaba imposible. Ese recuerdo y la ilusión perdida por no estar con Laura le hicieron cambiar de idea. En vez de cerrar el televisor se dirigió a la pequeña caja fuerte, buscó bajo los documentos y tomó un DVD en cuya funda se leía: Laura.

  Lo insertó en el video, y en el televisor apareció a los pocos segundos la imagen de ambos en su alcoba. Sabía que fue inmoral grabar la escena, y lo era más no haberla destruido, pero en cada ocasión que lo intentó se detuvo por no renunciar a lo que tomaba como totalmente suyo de la mujer que amaba. –Pero claro que el amor de entonces no era el que hoy sentía. –se justificó.

 Se sentó en el sofá manejando el mando a distancia para recrearse en las secuencias que más daño le hacían. Besos en racimo recorrían centímetro a centímetro la piel rosada, el cuello, las axilas, los senos y otra vez sus bocas. Conocía bien los puntos más erógenos de la mujer y abundaba en las caricias elevando la libido de Laura. «No digas nada y siente, siente tan sólo la caricia de mis manos, el roce de los labios y el calor de nuestros cuerpos que se funden sólo en uno. Tú eres yo, y yo soy tú. Amor, amor…»

 Jadeaban ambos sobre el lecho desbordando su pasión, y en el sofá, jadeaba Javier en tanto que de sus ojos manaban unas lágrimas. 

 Media vuelta sobre sí, y ella parecía una diosa dominando entre sus piernas el cuerpo del hombre sometido a su placer. «Así, así… Ay, Javier, te quiero, sí, te quiero y soy tuya, tuya… Solamente tuya en cuerpo y alma.»

 No quiso, no pudo seguir presenciando las imágenes que sólo le producían dolor. Se levantó de un salto, extrajo el DVD del vídeo y lo rompió en pedazos en tanto qué, apretando las mandíbulas, un susurro escapaba de sus labios –Lo juro Laura… te juro que he de enamorarte hasta que seas solamente mía.

  Si hubiera sabido que en otro lugar de la ciudad la mujer que amaba también derramaba sus lágrimas sobre la almohada.


______._____

 

  6)  ZEUS Y SEMELE


 
Le despertó el fuerte ruido de la lluvia que resonaba sobre el vehículo como si soportara las cataratas del Niágara. Llovía intensamente, era uno de esos aguaceros de los que se dice que se desborda el cielo. En los primeros momentos dudaba si sufría una pesadilla; llegó a pensar si se hallaba sumergido bajo el agua. Este pensamiento le despertó la lucidez de inmediato.
  – ¡El río! –Exclamó en voz alta. –Ese riachuelo, que tras cruzarlo detuve el coche, seguramente habrá crecido peligrosamente si es que llueve desde que me dormí.
   En efecto, se percató de que el piso estaba cubierto por el agua que había superado el chasis, pero los cristales empañados y la cortina de lluvia no le permitían ver absolutamente nada ni con todas las luces encendidas. Puso el motor en marcha para conectar el calefactor y caldear el interior del coche pues sus ropas de abrigo no habían bastado y se encontraba adherido de frío.
Bajó la ventanilla y se alarmó al descubrir que la corriente cubría los ejes de las ruedas. No se paró a comprobar si procedía del río o del leve desnivel del camino. Tenía que escapar de allí como fuera, era un gran riesgo quedarse, pero también consideraba que si el desnivel de la carretera no le favorecía podía meterse en cualquier depresión, una zanja, o a saber que cosa, obligándole a abandonar el coche que era su único refugio. Con lo poco que alcanzaba a ver le parecía estar en el mismo cauce del río, y no dudó, vigilaría el nivel del agua pensando que aún apuraría medio palmo más de altura aunque se anegara el interior. 
   Los árboles marcaban más o menos los lindes de la calzada y circulando a una distancia equidistante entre ellos podría alejarse aunque la visibilidad al frente fuera nula. Metió la primera marcha y levantó la palanca del embrague muy despacio. Un leve patinazo le advirtió del firme resbaladizo – ¡Ay, Dios, aquí me quedo! –dijo próximo al desánimo. Lo intentó de nuevo acrecentando el cuidado en el juego del embrague y la tracción respondió esta vez avanzando tan lentamente que parecía no moverse, era navegar más que rodar y le rogaba al coche, como si éste pudiera escucharle, que no se detuviera. –Sácame de aquí amigo mío, que tú puedes, compañero. –Oír su voz era no estar solo. Unos metros más adelante notó que el motor pedía más gas –Subo –se dijo –No sé por donde voy pero al menos estaré a salvo del río. Cincuenta metros más ganando altura y en el camino disminuyó el nivel del agua; suspiró aliviado, pero seguía circulando a ciegas, aunque más confiado.
  Poco había de durarle su incipiente optimismo porque volvió a patinar al tiempo que coleaba deslizándose a la derecha. Giró el volante, aceleró, frenó e hizo cuanto sabía para enderezar la dirección del coche pero fue inútil. Al fin se detuvo con un golpe seco en el bastidor quedando ligeramente inclinado.
  –Un bache, lo que temía. ¿Qué más me va a pasar esta maldita noche? –Seguía lloviendo intensamente pero no reparó en salir para averiguar que había sucedido. La rueda delantera derecha se hallaba hundida hasta el eje en el surco que hacía de cuneta. – ¡Nooo…! –Gritó con desespero, tan fuerte y prolongado como permitió el aire de sus pulmones. Cuando el vértigo de la altura despertaba su acrofobia cruzando grandes puertos, la combatía gritando si estaba solo.
  Volvió jadeando al coche y tras tranquilizarse intentó sin esperanza remontarlo, pero la rueda giraba sobre el barro sin resistencia alguna igual que suspendida en el aire; ya no podía hacer nada más y tenía que resignarse, no apreciaba peligro de que le arrastrase la corriente y dio gracias al Cielo por haber alcanzado una altura que consideró sin riesgo, de modo que sólo cabía pasar la noche de la mejor manera posible. A la luz cegadora de los relámpagos buscó dos grandes piedras con las que calzó las ruedas, a continuación tomó del maletero toda su ropa de abrigo y la manta de viaje porque la madrugada era gélida y no podía mantener el motor encendido hasta el amanecer, o Dios sabía cuánto. Al entrar al coche, chorreaba como salido del baño; se descalzó, se secó y vistió cuantas prendas pudo, y el resto lo usó para cubrirse al acostarse en el asiento posterior. No apagó el motor pensando en que lo haría cuando le llegase el sueño; deseaba disfrutar de la temperatura que le proporcionaba el calefactor.
  Ahora se encontraba bien, incluso relajado tras la decisión de esperar al nuevo día y no le cabía duda de que podría reemprender el viaje, por otra parte, pensaba que no iba a estar lloviendo con la misma intensidad todo el tiempo. Bebió un trago largo de agua, más por engañar al estómago que por sed, ya que éste empezaba a protestar, y se arrebujó entre las ropas y la manta con la esperanza de dormirse pronto.
  Pero estaba desvelado, los truenos y el relampagueo incesante no le asustaban, más bien se recreaba en la demostración de fuerza que ofrecía la naturaleza, si acaso, temía que cualquier rayo quebrase alguno de los árboles próximos y se desplomase sobre el coche. Y no era infundado su recelo porque a corta distancia se desgajaba un gran eucalipto segado por esa chispa eléctrica de decenas de millones de voltios. No pudo distinguirlo, pero el estrepitoso chasquido y la cegadora luz, llenaron por completo su sentido espacial del “todo” en tanto que su olfato percibía un intenso olor a azufre.
  – «Si ahora me viera Paco. Él, que se asustó porque le dije que bailaba sevillanas… No obstante, dicen que el lugar más seguro   contra estos meteoros es el interior de un coche.
  Pobre amigo mío, menos mal que sus pacientes le absorben todo el tiempo, en eso no ha cambiado, pero parece haber envejecido diez años en sólo dos. Cómo lloraba cuando me anunció que Lina le había pedido el divorcio; me quedé tan sorprendido que no supe qué decirle.
  – ¿Se ha enterado de tu desliz con la enfermera?
  –No. Eso posiblemente me lo hubiera perdonado, a fin de cuentas no pasó de ser un capricho para un par de noches. Es mucho peor, ha sido ella. Se ha enamorado de otro hombre y dice que su moral no le permite una relación a espaldas mías. Su moral ¡ja! ¿Dónde estaba su moral cuando se dejó seducir? La muy…! puta!
  –Cálmate, Paco, por favor. Cuando un matrimonio se rompe alguna culpa tienen ambos, sabes que Lina no es una mujer que obre sin meditar a fondo las consecuencias de una decisión como esa. Ya ves, acabas de reconocer que te hubiera disculpado el rollo con la enfermera en tanto que Lina, por no serte infiel, te confiesa un amor al que no puede renunciar. Conociéndola, apostaría a que ha empleado toda su voluntad sin en conseguirlo.
   –Son dos cosas distintas ¡leche! Aquello fue algo ocasional, además, en eso no intervino ningún sentimiento pasional ni nada parecido ¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? 
  – ¿Qué hubieras hecho tú, Paco? Imagina que no te dice nada, se pega dos polvos con ese individuo y te enteras. ¿Cómo te hubieras sentido?
  –Insisto, no es lo mismo y no vas a convencerme. ¿Cómo ha podido dejarse seducir? ¿Desde cuándo se está viendo con ese fulano a espaldas mías? ¡Qué no se ha consumado! dice, como si eso fuera una disculpa; ¡venga ya! ¡Qué bien supo disimular! ¡Quita, hombre! 
  –Piensa que tu mujer no era una propiedad, y en el corazón no se manda amigo mío.
  –Lloraba con desconsuelo cuando me lo dijo, sabes, y cada lágrima suya me rompía el corazón. Dudaba entre consolarla, abrazarla y llorar con ella, o maldecirla. ¡Si pudiera volver atrás!» 
    Tomás iba recordando esta conversación sin sentirse satisfecho; era como esos pensamientos de contraste que angustian. No estaba convencido de haber sido sincero en sus manifestaciones.
   “Que en el corazón no se manda…” le dije, y no estoy tan seguro de ello. Es la razón la que toma decisiones equivocadas o no, según entienda cada uno la moral y sepa sujetar deseos que se escapan.
   El fracaso de su amigo le había revelado que nunca se sabe todo de quien comparte tu vida. Además, no siempre es conveniente –pensó recordando la fábula de Zeus y Semele, que leyó en un libro de Gema sobre mitología griega, era tan aficionada que cariñosamente la llamaba Ártemis. –Murió al instante fulminada por la luz del dios al descubrir su rostro, la única cosa que desconocía de él.
 
Será una fábula –se dijo –pero digna de tenerla en cuenta. Todos quisiéramos saber de los seres que nos importan hasta el pensamiento más oculto, aunque siempre confiando en que nada pueda haber que nos lastime. Cuántos matrimonios se rompen al descubrir una infidelidad que en nada afectaba a su relación mientras ésta se ignoró. Recuerdo aquellos versos que escuché un día:




“¿Y el amor, qué me dices del amor?


Rendirás en su nombre hasta el aliento


y por ello serás reconocido,


más, por otro amor... un desatino


y el resentimiento, como el viento,
barrerá los alientos ofrecidos”




   Y sí, se habrían de considerar en el amor muchas más cosas: un engaño que se descubre, duele, y duele mucho por fortuito que sea, pero en gran parte es un dolor de orgullo herido que entrañará el despecho y el rencor. No hay perdón, y si lo hay, la desconfianza inunda el beso con sabor amargo porque no se olvida. Lina ha sido noble, y Paco lo va entendiendo, aunque le cuesta. ¡Pobre Paco!»
  El sueño no llegaba y seguía lloviendo copiosamente, el ruido que producía sobre la carrocería no ayudaba y sólo la abstracción del pensamiento en pasajes de su vida inhibía algo el ensordecedor repiqueteo. Necesitaba dormir y pensó que si no tomaba una nueva cápsula sedante, pasaría la noche en vela y podía asomar de nuevo la ansiedad. –Además justificada ¡coño! Qué mi situación no es muy halagüeña que digamos – dijo al tomar del pastillero dos sedantes doblando la dosis intencionadamente. Puso un CD de “Música para la relajación de la mente”, según anunciaba la carátula, con la idea de que le hiciera el efecto de otras veces.
  Buscó acomodarse mejor en el asiento posterior y se dispuso a no pensar en nada, pero al cerrar los ojos le vino a la memoria otra noche, otra intensa lluvia, unos ojos y aquellos labios entreabiertos ofreciéndose al beso.
  –Un marco parecido y qué distinta situación –recordó distendiendo una sonrisa.
  «Fue en un área de descanso en la autopista de Toulouse a Lyón. Anny sabía expresarse en un francés perfecto y se brindó de intérprete. Me hacía un gran favor y siendo una buena amiga vi con agrado su propuesta, además, podía quedar interesada en la representación de nuestro producto para el sur de Francia. Jamás llegué a sospechar que tuviera otra inclinación por mí que no fuera el afecto.
  Qué ciegos somos los hombres muchas veces –pensé más tarde –y qué ingenuos en temas amorosos.




______.______



 
 Cenamos en un pequeño restaurante de Toulouse; no era lujoso, pero sí ambientado a una cierta intimidad. Dos velas encendidas, un jarrito con tres o cuatro flores –típico de los restaurantes franceses –vajilla de porcelana con decorados Luís XV y finas copas de cristal, le otorgaban un lujo que no merecía el establecimiento. Unas cortinas recogidas en los marcos de la ventana nos aislaban de otros comensales y la luz halógena del techo iluminaba justamente la circunferencia de la mesa. Una de esas veladas que quedan en el recuerdo sin que adviertas qué cosa las distingue.
  Un brindis con champagne cerró la cena acompañada de un buen vino de Burdeos. Quizá fuese demasiado para Anny. Tal vez el marco del lugar, los dos a solas refugiados en el interior del coche, envueltos en una lluvia tan intensa como ahora, o la oscuridad reinante; y puede que la proximidad del hombre por el que sentía determinada atracción, motivara una escena que me rompió el aliento.
  Habíamos agotado los temas rutinarios de conversación y las pausas se prolongaban llenando los vacíos un CD con canciones de Jané Birkin.
  Presentí la mirada de Anny y giré la cabeza, sus ojos fijos en mí, brillaban y observé con asombro que unas lágrimas rodaban sus mejillas y la respiración entrecortada manifestaba una emoción que no acertaba a comprender.
–Anny, Anny… ¿y eso…? ¿Qué tienes, qué sucede? –le dije al tiempo que el dorso de mi mano acariciaba sus pómulos.
  – ¡Bèsame…! ¡Je t'aime! –susurró llevada por la voz del cantante. Me lo hubiera tomado a broma de no ser por la expresión compungida de su rostro.
  – ¡Te amo, Tomás! lo siento, lo siento. Qué tonta, dirás, y tendrás razón, yo no quería… Tomas…
  –Por Dios, Anny ¿Qué dices? –se abrazó a mi cuello escondiendo su llanto silencioso y dudaba en cómo consolarla negándole el beso que pedía.
   –No puede ser, Anny ¿no te das cuenta que es una locura? Si somos grandes amigos y te quiero como a una hermana. 
   –Nada te pido, Tomás, sólo un beso, eso será todo. ¡Ay, Tomás, si supieras cuánto te quiero! Las cartas que te escribo con el destino final de la papelera. Cómo llenas mis sueños y cuántas lágrimas vertidas sabiendo que tu corazón no es mío…
  –Anny, Anny… yo no sabía…
  –Calla, no digas nada.
   Acaricié sus cabellos y mis brazos la estrecharon con fuerza, sentía por ella en esos momentos una ternura inmensa por su pesar y me dolía ser el causante de su sufrimiento.»
   Ensimismado en el recuerdo de aquella lejana noche y por la acción de los sedantes, se iba diluyendo en sus sentidos la percepción de la música y el sonido de la lluvia se confundía con aquel otro en la memoria.
   «Cobijada en mí, dejó de llorar y besé su frente y sus cabellos. Ya no jadeaba y parecía más tranquila pero sentía su aliento quemándome la piel. Alzó la cabeza, entreabrió los labios y volvió a pedir – ¡Bésame, bésame...!Y la besé. Y de qué modo la besé, sí… la besé cien veces, y aún perdura en la memoria el recuerdo de su entrega. Sí, la besé…la besé…»
  Ese beso fue el último recuerdo de Tomás antes de entrar en un profundo sueño.



7)  LAS RAZONES DE ANDREA

 


  Casi eran las nueve cuando despertó Laura, que acostumbraba a levantarse antes, pero esa noche, desvelada por encontrados sentimientos, se durmió muy tarde. Por una parte Tomás, que debía ser intervenido lo antes posible, y por otra, su infidelidad, que la mantenía en una lucha constante de conciencia. Podía optar por seguir siendo la esposa fiel y sacrificada a una vida de pareja intermitente renunciando a la pasión por Javier, o enfrentarse a los hechos con el coraje de Lina confesándole que se había enamorado de otro hombre e incapaz de mantener el engaño pedirle la separación, o bien, que el tiempo tomara la última palabra y seguir como hasta ahora viviendo la aventura a sus espaldas. 

  Tomó de la mesilla de noche el móvil casi con la seguridad de que Tomás no habría llamado; de no hacerlo por la noche ya no esperaba su mensaje hasta última hora del día, sabía que no madrugaba y a estas horas aún estaría dormido. De no ser por su salud no la preocuparía lo más mínimo. Se levantó por fin y con la ducha de agua fría recobró la ilusión por arreglarse y salir a la calle. Antes de vestirse el albornoz se miró al espejo y admiró su cuerpo desnudo; la luna reflejaba su silueta de medidas bien proporcionadas, unos senos apenas incapaces de retener el lápiz bajo su pliegue, cuello de cisne y cabello rubio, vaciado y escalado a puntas, apenas rozaba la piel de sus hombros cubriendo parte del rostro ciertamente atractivo. No era una belleza, pero sus ojos verdes, almendrados, ligeramente hundidos en las cuencas, le otorgaban un aire de misterio en el que se abstraía Javier cuando se miraba en ellos. Recurrió a la micro pigmentación para pronunciar mejor el perfil de sus labios haciéndolos más sugestivos «No puedo quejarme, Javier sabe bien lo que hace, sus masajes y el mejor equipo de esteticistas obran el milagro. ¡Que cambio! ¿Dónde aquellas cartucheras y la celulitis que me desfiguraba?»

  Desayunaba en la cafetería El As de Copas del Paseo de Gracia a donde iba casi a diario y donde conoció a Andrea tres años atrás. Había quedado con ella para ir al salón de Javier como todos los viernes; aunque disentía de su liberalismo extremo, le gustaba su compañía porque era la única persona que conocía su intimidad. Además, sabido es que se gana mayormente el afecto quien disculpa o dice comprender un equívoco, que aquel que lo repudia y amonesta.

  Podía no estar de acuerdo con Andrea, pero le aliviaba su complicidad y estaba segura de su discreción ya que jamás hacía crítica de alguien a quien le tuviera afecto; lo compensaba sobradamente con las personas a las que no les cayó bien. Mujeres que le robaran protagonismo en cualquier reunión o acto social quedaban marginadas de su estima.

  Paseó la mirada por el local para descubrir alguna cara conocida, saludando con un gesto a las que frecuentaban el establecimiento asiduamente. Pero no estaba Rosa, ni Elvira, con las que mantenía cierta relación desde que se hizo socia del SPA junto al mar, en la Barceloneta.

   Andrea se retrasaría diez minutos como siempre, luego estaría a punto de llegar. A las once tenía la cita en el gabinete y no quería llegar tarde porque hoy el tratamiento sería largo: peeling, algas y masaje se llevaban dos horas. Si querían ir al restaurante “La Menta”, no sobraba el tiempo.

    Y justo con la demora prevista Andrea entraba en el local.

  –Hola, niña ¿cómo estás hoy? Cada día te ves más joven; mientras yo voy sumando años parece que tu los vas restando, pronto nos van a confundir la edad –dijo de corrido como saludo en tanto se besaban las mejillas con un beso al aire.

   –Eooooo, respira ¿quieres? Te vas a ahogar. No entiendo que llegues tarde con la pólvora que tienes, claro que en ti ya es un hábito.

   –El desgraciado teléfono que siempre ha de sonar justo en el momento menos oportuno; era Jano que no para: ¿y cuándo salimos, cuándo nos vemos, cuándo esa cena…? Lo tiene crudo el muy pesado. Además, vengo porque quedé contigo. Me retrasaron la cita una hora, si no me importaba, claro. Cada día va más gente, a este paso Javier pronto se hará millonario. Bueno, aprovecharé para comprar un bolso que vi ayer, precioso, y me va de bien… con los zapatos beig, los del lacito, ya sabes. ¡Olga! –alzó la voz llamando a la camarera –Porfa, un café con leche y tarta de manzana, cuando puedas, pero ya, que a mi amiga se le hace tarde –y bajando el tono añadió junto a su oído –para ver a su amorcito.

  –Por favor, Andrea, no empieces.

  –Huyyyss, chica, cómo si fuera mentira ¿Qué vas a hacerte hoy? Yo, los pelitos, de to-das par-teees, también los ocultos, je,je.

  La forma en que lo dijo despertó la risa de Laura –estás como una chota, Andrea.

  –A Tano le gusta así, el muy morboso, le parece que lo hace con una jovencita. Si vieras, ayer me compré una picardía de seda, preciosa, Intima Cherry, en color rojo con un estampadito de frutas que le da un sexi… y un tanga a juego con su manzanita y todo. Se puso a cien ¡Wau…! Por eso no me llevé el bolso, me quedé sin un euro y como las tarjetas las controla Tano… –y volvió a reír.

  –Dichosa tú, no sé cómo puedes. ¿Ya se te pasó el enamoramiento con Rober?

  –De eso nada, monada, esa es la diferencia entre tú y yo, que a Tano le adoro. Es mi hombre, me gusta, me hace feliz en la cama y fuera de ella; además, respeta mi libertad, nunca pregunta, ni reprocha, él sabe que me tiene, como yo sé que es mío aunque se acueste con cien mujeres. Tampoco le pregunto en tanto me ame, que a fin y al cabo es lo que cuenta. ¿Qué quieres? Un dulce de cuando en cuando no empalaga.

  –Liberalismo puro que no voy a discutir, pero con ello se corre el riesgo de descubrir mayores satisfacciones con el nuevo amante y echar a perder un matrimonio hasta entonces estable.

  –Mira Laura, una cosa es el sexo y otra el amor, si no, repara en el comportamiento de la pareja tras la práctica sexual, media vuelta dándose la espalda y a lo sumo, un beso en la mejilla. En tanto que el amor se manifiesta a lo largo de los años en lo que realmente importa, la convivencia común con armonía compartiendo lo bueno y lo malo, y si quieres que perdure, mantén la libertad de cada uno. Lo primero podrás hacerlo con quien quieras una vez o las que te apetezca si el tío te gusta y te resulta grato, pero si hay amor le limpiaras el culo si lo necesita aunque sea jorobado.

    –Estoy de acuerdo en lo último, pero… qué quieres que te diga, a mí me resultaría imposible entregarme a un hombre si no media el sentimiento.

  – ¿Lo ves? Ya empiezas por decir “entregarme”. Yo digo tomar, o recibir. ¿Qué hacen ellos sino tomarte y poseerte para su satisfacción? Y cuando se han satisfecho sólo te recuerdan para presumir con sus amigos. Pero si se enamoran no te dejan ni a sol ni a sombra, te controlan hasta el pensamiento. “Te transparenta el vestido, vas muy pintada ¿Dónde has ido, de dónde vienes?”. Si te conoció con el cabello negro te quiere rubia; si largo, lo querrá a lo chico ¡Uff, qué agobio! Créeme niña, sólo es cuestión de no intimar. No quieras saber del amante de turno más que el tamaño de su pene.

   A esta última frase de su amiga, Laura respondió abriendo los ojos desmesuradamente, conocía el desparpajo de su vocabulario y aún así le sorprendió.

  –Calla, me asustas; cómo eres, Andrea. ¿Y la moral? El respeto al hombre que te ama y el respeto a una misma ¡qué horror! ¿Es qué no te remuerde la conciencia sentir en tu vientre el amor de Tano, cuando por la tarde era el calor de otro cuerpo el que te embriagaba?

  –Y dale con el amor en ese acto. Te lo dije antes y lo repito, poco tiene que ver lo uno con lo otro.

  –O sea, como las bestias.

  –Mira, según lo veo yo, más o menos. En eso nos diferenciamos poco ¿te has observado en ese acto alguna vez? Se transfigura el semblante, la mirada dulce cuando comienza el juego se torna agresiva; la caricia, suave en manotazos y pellizcos, se estruja la carne, te aprisionan los pechos, clavas las uñas, muerdes, y si no golpeas es porque te retienes. Y en la cúspide del placer sexual, te adueñas de la pareja como si se tratara de tu propio cuerpo, y es seguro que aun se diga; “más, más, más…” ¿Y eso por qué? Pues porque la racionalidad que nos diferencia de los animales se pierde cuando se folla. Así que llevas razón, en eso nos asemejamos.

  – ¡Jesús! Me escandalizas, Andrea. –Su rostro reflejaba el mayor asombro sin saber si echarse a reír o seguir debatiendo seriamente el tema. –No has de generalizar, –optó por lo último –en modo alguno creo que eso sea común a todos y a todas, al menos yo…

  Y Andrea la interrumpió con una risa que no podía controlar –lo imagino niña, pero eso que te pierdes –y siguió riendo hasta despertar la curiosidad de los clientes próximos. – Pero si sientes ese rechazo no es por naturaleza; –dijo al fin –el ser humano es polígamo, para que te enteres, y sólo la sociedad en la que se desarrolla es la culpable de que no se muestre tal y como su natural le pide.

  –Y esa misma sociedad, querida, con sus reglas mantiene la unidad familiar y da estabilidad al colectivo.

   – ¿Qué dices? Si las hay que a la mujer adúltera la apedrean, en alguna las empalan, y otras las repudian porque fueron violadas.

  –Eso es detestable, por supuesto; sin embargo, piensa qué ocurriría en una comunidad donde el amor libre fuese una práctica asumida.

  –Estoy convencida de que el amor en una pareja sería más sano, más sincero, más real. A Tano le perdono menos la mentira que el acostarse con la vecina de arriba. No te engañes, se nos inculcó la idea de que el sexo era pecaminoso y sólo aceptado en el matrimonio, y así seguimos: creyendo que es un delito si no es con tu pareja, sobre todo por las mujeres, que no nos disculpamos ni entre nosotras, pero ¿sabes? hay encuestas para eso como para todo. Y sorpréndete; casi la mitad de las encuestadas confiesan haber mantenido al menos una relación extramatrimonial en su vida, y en los hombres creo que ronda un ochenta por  cada cien, luego la crítica y el desprestigio no son más que sostener una falsa moral en consonancia con la norma del lugar en que se habita.

  –Menudo tratado de filosofía hecho a tu medida me estás soltando, querida.

  –No era mi intención, pero me haces sufrir por todos tus melindres. ¡Quita ya! disfruta lo que tienes y haz feliz a tu marido aunque lleve cuernos; se te acabaran los problemas de conciencia que a nada te conducen. Y una cosa es cierta: en casos como el tuyo la felicidad de una persona, casi siempre, va en detrimento de la felicidad de la otra. O eres tú la desdichada o lo es él.

  –Se me hace tarde, Andrea –advirtió a su amiga dando por cerrado el tema en el que tenía poca defensa dada su relación con Javier –Olga, cobra, por favor.

  –Déjalo, pago yo porque me quedo y pediré otro cortado.

  Es seguro que Laura se habría sorprendido mucho de acceder al pensamiento de su amiga, cuando ésta quedó sola. «Esta mujer es más lela que la santa inocencia. No me explico cómo tiene a dos hombres bebiendo todos los vientos por ella. He de ir con cautela para comerle el tarro poco a poco y confío en las artes de Javier para que tarde o temprano consiga separarla de Tomás. En tanto, esté tonto por su mujer se hará el estrecho; el muy puritano, y un día van a caerle los ojos en mi escote. Cuando le provoco disimula y cuando cree que no le veo me repasa de arriba abajo y me pone a cien. ¡Mira que está de buen ver el tío! y anda, que no tendrá experiencia el hombre, con tantas mujeres que habrá tenido en la cama trotando por esos mundos. –Espera a que Laura se desencante un poco más de ti o se vaya con Javier, vas a saber lo que son dos buenos polvos. Y si no, ya me cuidaré yo de que te enteres, a fin de cuentas a Laura le haría un favor, y a ti ya sabría como consolarte.»

  Se le despertó el deseo por Tomás el día que alquilaron una pequeña embarcación y le sorprendió desnudo al ponerse el bañador; él no pudo advertirlo, y ella, por unos segundos, se recreó en la contemplación de su cuerpo. Durante todo el día esa zona de la entrepierna fue diana para sus ojos y desde entonces no le abandonó la idea de sentirlo en sus entrañas.

 
 
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  Eran las once cuando entraba en el instituto de belleza de Javier; dos de las esteticistas se acercaron a saludarla de inmediato siendo la clienta más distinguida por su jefe. Vanesa le dijo que ya tenía la cabina preparada y podía pasar cuando quisiera.

  –Te daré el baño de algas y mientras se absorben los nitratos te hago la cara ¿vale? Pero el masaje te lo dará Javier, porque tengo la muñeca hecha puré, –dijo mostrándola vendada –fue anoche, quizá un mal gesto que no recuerdo y al momento empezó a dolerme hasta el punto de que no puedo sostener ni un vaso de agua. Aunque me duele menos, no conseguiría atenderte ni bien ni mal. Javier dijo que llegará antes de las doce.

  Tardó unos segundos en responder sorprendida por la propuesta; su experiencia y el conocimiento que tenía sobre la anatomía del cuerpo era muy superior a los de la esteticista, la delicadeza en los pasos y la presión de sus manos en nada se parecían a los de Vanesa, y sobre todo, el relajamiento que producían sus dedos sobre los occipitales dibujando círculos concéntricos bajo el cabello era para temer que pasara el tiempo. Sin embargo, esta mañana hubiera deseado que fuera ella. Había decidido proponerle a Javier un cierto distanciamiento temporal para enfriar algo el amor que les consumía, un tiempo para recapacitar y tomar cualquier decisión que les conviniera, fuera cual fuera, pero aceptándola con todas sus consecuencias. Ahora temía no ser capaz de mantener la razón si sentía sus manos acariciando su cuerpo.

  –No importa, querida, lo que siento es tu muñeca. ¿Has probado con baños de agua y sal muy caliente?

  –Me dieron en la farmacia una crema que dicen que va bien. Será algún punto de reuma pienso yo, me pasa casi siempre cuando está para cambiar el tiempo, baja la presión atmosférica y el cuerpo algo se hincha. Y por lo que decía el parte anoche, parece que se nos acerca una borrasca.

  Mientras hablaba iba embadurnando con habilidad el cuerpo de Laura con un fango oscuro, al parecer de lodo, por degradación de las algas marinas. La envolvió con un gran plástico y la cubrió con toallas y una manta eléctrica, consiguiendo el calor necesario para la dilatación de los poros permitiendo la máxima absorción de los nitratos.

  –Bueno, ya está. Ahora la cara mientras las algas hacen su efecto.

  Una hora después salía de la ducha; Vanesa se cuidó de secarla y la acompañó a la camilla para recibir el masaje e hidratar su piel.

  –Javier ya hace un ratito que llegó ¿le hago pasar?

 –Sí, cuando quiera.

  Treinta segundos y apareció su figura en el dintel de la puerta.

  –Hola, Laura ¿qué tal te ha ido?

  –Bien, esta chica es muy delicada –a duras penas consiguió dar a su voz un tono de normalidad – ¿y tú, cómo estás?

  –Bien, bueno, no del todo. He dormido poco esta noche.

  – ¿La úlcera, acaso?

  –No, me desvelé y lo poco que dormí fue a pequeños intervalos.

  –Tomas demasiados cafés.

  –Los tomo siempre y eso no me afecta, pero déjalo, son cosas mías, cosas del corazón. Gírate de espaldas por favor.

   Obedeció sin responder cuidando no mostrarse desnuda, y Javier terminó de arroparla dejando al descubierto solamente los pies por donde iniciaría su masaje. Los nudillares en las plantas, el tratamiento del empeine y el tendón de Aquiles la relajaron.

  Descubrió una pierna aplicando los diferentes pasos de rigor, terminando en un pase largo, suave y lento desde los dedos de los pies hasta las ingles para rolar las manos sobre los glúteos y deslizarlas con la misma suavidad hasta las plantas. Era correcto llegar a la entrepierna, pero Laura no pudo reprimir un suspiro entrecortado.

  Un pase y otro, y un gemido de placer no encubierto conmovieron las fibras sensuales de Javier, que apretó las mandíbulas y cerró los párpados sin muestra aparente para la mujer que tenía en sus manos.

  La cubrió de nuevo, dejando descubiertas nalgas y espalda para descargar la tensión de los dorsales. Así, sus ojos contemplaron la anatomía posterior de un cuerpo casi perfecto. Las curvas de sus costados, pronunciadas por el estrecho talle, y las caderas, hacían ignorar sus años. Bajo las axilas, Javier percibía el nacimiento del busto como fuente de voluptuosos pensamientos.

  Los hombros, la nuca, su cabello, toda ella era incitación al deseo de sentir en su piel el cálido roce de la suya. Sin poder contenerse por más que se esforzaba, un beso limpio, largo y delicado fue reposando a lo largo de su cuello.

  Laura no le rehusó, ladeó la cabeza facilitando la caricia y un susurro de aprobación llenó de dicha el corazón del hombre. Tuvo que rendirse a la evidencia, desvanecía en los brazos de Javier y quebraban en añicos los espejos de su vida anterior, se eclipsaba el mundo envuelto entre las sombras, engullido por la luz de otro amanecer.

  –Anda, date la vuelta y acabaremos con un masaje suave en pecho y abdomen. Recuerda que quedamos en ir a almorzar y querrás que te compongan el cabello. Tenemos tiempo, pero no sobra.

  Se giró y sus ojos se cruzaron con los suyos. La mirada traslucía la pasión de dos seres entregados al Destino. Nada podían decidir por ellos mismos, salvo su unión hasta la muerte; era una promesa ofrecida sin palabras, un juramento de amor y de renuncia a todo aquello que se interpusiera entre los dos. Con el beso tatuaron en sus almas voto y ofrenda.

  Renunciaron al lujoso restaurante y comieron de tapeo en una cafetería bajo el apartamento de Javier, porque les quemaba el deseo de estar juntos. Cuatro montaditos y una copa de vino les pareció un manjar, y ya en el dormitorio daban rienda suelta a toda su felicidad en un rosario de frases amorosas y gemidos de placer. Cuando sonó el móvil de Laura, dijo –Déjalo. No estamos. –Y al sonar de nuevo alargó su brazo sin separase de Javier y pulsó a tientas la tecla de desconexión –Sólo tú y yo existimos en el mundo.

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Cool DESESPERO

 
  Eran más de las diez de la mañana cuando Tomás abrió los ojos ignorando por unos segundos donde se encontraba. Se los frotó varias veces para recobrar la lucidez. Le dolían todos los músculos del cuerpo, tenía el cuello rígido y las piernas dormidas. Hizo un esfuerzo para incorporarse y aspiró tanto oxígeno como admitían los pulmones para recomponer su estado vital. Un débil rayo de sol penetraba por el cristal trasero del coche y recordó que cuando se durmió llovía intensamente. Miró su reloj y se asombró al observar la hora – ¿Cómo he podido dormir tanto? Las cápsulas, claro, no sé cuantas tomé.
  No sentía frío porque se hallaba arropado con multitud de prendas, pero se alarmó al no recordar si había cerrado el contacto, y en efecto, la llave en posición de encendido y el motor parado evidenciaban la imperdonable ligereza y haber consumido todo el combustible. – ¡Dios mío, y por aquí no pasa un alma! –Accionó el demarré, que renqueando dio dos, tres vueltas totalmente agotado hasta el último amperio de la batería.
  Tomó el móvil con la esperanza de que tuviera cobertura y el silencio fue la única respuesta, por otra parte, recordó que había tranquilizado a su mujer con el mensaje de texto, que al perecer fue emitido, y no sospecharía que se encontraba en una situación difícil. –Si no hallo otra solución volveré a intentarlo –y salió del coche para averiguar qué podía hacer.
  Nada, la rueda permanecía hundida, el depósito vacío, la batería descargada y el móvil sin cobertura.
«Maldito teléfono del demonio. –gritó –A ver si al menos puede enviar un mensaje: “Por favor, Laura, sigo en el bosque Cra. Comarcal 478, sin gas-oil y avería coche, móvil sin cobertura. Si te llega el mensaje avisa policía de Zalamea la Real. Yo bien, no te preocupes. Besos.” ¿Que más puedo hacer?» –pensó mientras pulsaba inútilmente la tecla de envío.
  «Algo, todo menos quedarme aquí. También puedo caminar y salir por mi pie de este bosque que más parece la selva del Amazonas –se dijo– Qué absurdo, de qué modo se han encadenado los incidentes hasta llegar a esto. Es para maldecir la hora en que tomé este camino. No es posible que se anunciara como trayecto hasta Calañas. Seguro que no advertí alguna bifurcación y me metí por ella. El caso es que aquí me hallo sin comida –se percató entonces que el estómago reclamaba alimentos –y perdido sin saber que dirección tomar. Al menos por agua no podré quejarme» –pensó mientras se dirigía al río para beber unos sorbos y refrescarse. Bajaba turbia pero le calmó la sed y le reconfortó el ánimo.
  Su mente no cesaba en buscar una solución, daba vueltas y vueltas a todas las ideas que le venían a la cabeza sin que ninguna le pareciera buena.
  Recobrado el vigor y de vuelta al coche, pensó –No espero más y que sea lo que Dios quiera. –Y se vistió con la ropa de mayor abrigo dispuesto a emprender un trayecto que ignoraba.
  «Si este camino lleva a Calañas supongo que en dos o tres horas podré llegar. Aunque tengo mis dudas, el cielo encapotado no es garantía de que se mantenga sin llover y si repite como en la madrugada lo pasaré muy mal; desde luego, atendiendo a las recomendaciones de Paco es una locura. Y, por qué no confesármelo, debo guardar cierta prevención. No, ¡que coño, prevención! Miedo, tengo miedo, eso. Presiento que no llegaría y aún soy joven para morir de una manera tan imbécil.»
  Tomó un paquete de cigarrillos de la guantera y pensó –este es el mejor momento para volver a fumar –y se sentó sobre un tronco caído dispuesto a saborear el humo del cigarro en malsana compensación al percance que sufría.
  «No fumes, no fumes, el tabaco mata, y mira tú con qué mala folla te puedes ir al otro barrio; si me repite el infarto al menos me habré dado este gusto –y buscó en sus bolsillos el encendedor –Y ahora, ¿dónde está? Fuego, necesito fuego» –y dio un brinco a la palabra “fuego”. Se levantó como movido por un resorte y fue al coche a buscar el encendedor que encontró en la guantera.
  Respiraba ansiosamente cuando recogía las hojas secas de los árboles, las ramas más finas, las cortezas de los eucaliptos y todo lo que creía podía arder con mayor facilidad.
  –Eso, eso, prenderé el bosque entero si es preciso, pero se enterarán de que aquí hay alguien –y seguía recopilando leña mojada por la lluvia, pero no le importaba, ya se cuidaría él de que ardiera.
  Jadeaba por el esfuerzo, y la emoción disparaba la adrenalina bombeando el corazón de tal modo que sentía los latidos en el cuello. Volvió la angustia y cuanto más crecía su ansiedad, con mayor rapidez y nerviosismo se movía. Se fue desprendiendo de la ropa de abrigo más por agobio que por calor; hasta la camisa llegó a desbotonarla de un tirón porque se ahogaba.
   – ¡Mierda! hasta el reloj me estorba –y tomó del pastillero dos, cuatro o seis ansiolíticos que ingirió con mano temblorosa. No por ello dejó de moverse con rapidez esforzándose por quebrar el ramaje bajo de los árboles mientras vociferaba tacos y gritaba las frases más absurdas en un intento de calmar su desespero. El viento, y tal vez algún rayo, había desgajado algunas ramas que arrastró recurriendo a toda su voluntad. Se agudizaba el dolor entre pecho y espalda, y temía que en cualquier momento su corazón dijera basta, pero seguía seleccionando entre los matorrales lo más combustible, y en menos de una hora había conseguido juntar una buena pila, que aún le parecía poca, pero sus fuerzas se agotaban por segundos. Vació el maletero de todo tipo de papel: catálogos, revistas, libros, plásticos y todo lo que pudiera arder. Recogidos a mitad del camino, amontonó la leña sobre ellos y miró al cielo rogando que no lloviera. La llama del encendedor prendió pronto en el papel, luego en los libros, el plástico… las hojas y las ramas más finas iban secando su humedad. Todo consistía en que el fuego de lo más inflamable durase lo suficiente para evaporar el agua de la leña apilada. –Más, falta más broza – casi gritó, y a pesar de su cansancio y el hormigueo que sentía en su brazo izquierdo, volvió a recoger cuanto podía, tenía claro que en ello le iba la vida, y en esa creencia, el hombre saca fuerzas de flaqueza para preservarla.
  –El alcohol del botiquín, la colonia del neceser, las alfombrillas, todo lo que incremente las calorías del fuego será válido –atinó a pensar.   
  –Ya asciende al cielo una columna de humo, pero se dispersará y siendo gris pasará desapercibida confundida con las nubes –y buscó más plásticos y un resto de aceite de motor.
  –Si consigo que arda la cubierta de recambio, el humo será visible –y la lanzó a la hoguera. –Ya quema cualquier cosa que se le eche encima, la cubierta despide un humo denso y negro que alertará a quien lo descubra. Ahora sí, puedo fumarme ese cigarro y reponerme.
  Y se sentó sobre el mismo tronco caído de antes, salvado del fuego por su peso. No llegó a encenderlo, un sudor frío bañaba su cuerpo, se congestionó su estómago y ascendió a la garganta una arcada de jugos gástricos en tanto que se incrementaba la sensación de muerte que conocía bien. Apenas unos segundos y sus piernas se negaban a sostenerle.
  – ¡Dios, Dios! las pastillas, la nitroglicerina…–no estaba en el bolsillo cerillero del pantalón donde siempre las llevaba –En el coche, me habrán caído en el coche mientras dormía. No llegaré… no llegaré… no podré llegar –Superando su extrema debilidad, al borde del desmayo y nublada la visión, en un último esfuerzo se acercó hasta él y, al abrir la puerta, cayó de bruces sobre el asiento posterior – ¡Dios mío, no, aquí no! ¡Santo Cielo, mi familia! mis hijos, Laura… –En el último instante descubrió en el suelo el pequeño envase consiguiendo depositar bajo la lengua dos pastillas. Cuando el vasodilatador hizo su efecto, Tomás no intentó moverse, se hallaba exhausto, temía no tenerse en pie por la sensación de vértigo que le embargaba y se dejó llevar a la inconsciencia.
  Allí quedó, boca abajo, con las piernas asomando por la portezuela del vehículo, mientras la hoguera, seguía lanzando al aire la señal de un S.O.S. que quizá alguien descubriera.
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   – ¡Julia, Julia! –llamó a gritos su marido que trozaba leña junto a la casa. Ésta se hallaba en la ladera de un pequeño monte desde el cual la vista podía abarcar una gran zona de la comarca – ¡Julia! – volvió a llamarla con más fuerza sin resultado. Dejó el hacha hincada en el tronco y se apresuró a entrar en la vivienda.
  –Julia ¿no me oyes? Ven, mira.
  – ¿Qué pasa, qué quieres?
  –Mira, allí, en los eucaliptos ¿No es humo?
  –Algún cazador estará asando unas buenas costillas. ¿Cómo va a ser humo con lo que ha llovido?
  –No sé, pero yo diría… ¿No ves que es humo muy denso y negruzco? Además, el viento sopla fuerte y si es fuego…
  – ¡Anda ya! Y termina de cortar la leña que cualquier cosa te va bien para no hacer nada. ¡Este hombre…!
  Y entró en la casa mientras su marido tomaba de nuevo el hacha pensando que quizá tuviera razón la Julia, pero desde el verano pasado en el que el bosque se convirtió en una hoguera cercando el pueblo de El Villar, cualquier columna de humo le sobresaltaba.
  –Seguro que algo está ardiendo –pensó tras astillar un par más de gruesas ramas –me da… que es algún fuego intencionado porque tiene razón la Julia, con lo que ha caído no prende ni la paja –y volvió a entrar.
  –Mira, mujer, yo llamo al Ayuntamiento. Al menos que lo sepan porque eso no pinta bien.
  –Te van a tomar por chiflado, pero haz lo que quieras.
 


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Carlos Serra Ramos
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Fecha de inscripción : 11/09/2016

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