Universo Poético








Buscar
 
 

Resultados por:
 


Rechercher Búsqueda avanzada

Febrero 2018
LunMarMiérJueVieSábDom
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728    

Calendario Calendario

¿Quién está en línea?
En total hay 2 usuarios en línea: 0 Registrados, 0 Ocultos y 2 Invitados

Ninguno

La mayor cantidad de usuarios en línea fue 60 el Lun Dic 04, 2017 11:16 pm.

NOVELA Capítulos 1, 2, 3 y 4

Ir abajo

NOVELA Capítulos 1, 2, 3 y 4

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Lun Sep 04, 2017 2:55 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

DESPEÑAPERROS


1)  TOMÁS
 
   Había salido pronto de Mérida, estuvo en Almendralejo, y Zafra, y a última hora de la mañana entraba en Aracena, población importante, entre otras cosas, por la Gruta de las Maravillas bajo el cerro del Castillo.
  Con su último cliente de la jornada había quedado a las cinco de la tarde, así que disponía de tiempo y después del almuerzo aprovecharía para visitarla por segunda vez. Es una de las joyas de las grutas españolas, formada a tres niveles comunicados por empinados pasadizos a la que se accede desde el centro mismo de Aracena.
  Tomás penetró en ella formando parte de un grupo de turistas españoles y algunos extranjeros, acompañados por el guía del lugar que iba narrando las características de las cuevas.
  –…es un sistema cárstico cuyas galerías abiertas al visitante tienen una longitud de mil doscientos metros y que solamente es la mitad de lo descubierto hasta la fecha, con doce salones y seis lagos, entre los que destacan el de Las Esmeraldas, El Volcán y Los Órganos que verán más adelante.
  –No recordaba que esta escalera fuera tan empinada –le dijo Tomás al guía mientras bajaba los escalones sumamente altos.
  –Sí que lo son, vayan con cuidado –advirtió dirigiéndose a todos. Y a continuación sólo a Tomás –Verá, se trata de hacer el menor cambio posible a las formas originales. Sólo facilitar el acceso con una seguridad suficiente para el visitante.
  –Ya, lo entiendo –le respondió.
 –Extraordinario. Me asombran los efectos ópticos y acústicos que proporcionan la sensación de vivir un mundo irreal –volvió a manifestar al paso por uno de los corredores.
  –Si presta atención le parecerá escuchar el “canto de la codorniz”; es por el goteo incesante del agua –le informó el guía.
   Y ya para sí, se iba diciendo mientras admiraba con respeto las estalactitas y estalagmitas que magnificaban las enormes salas naturales. –Adentrarse en esta cueva es arañar las entrañas de la tierra sintiendo la extraña sensación de que se profana un lugar sagrado, de estar en contacto con el tiempo desde la misma prehistoria.
   Le encantó la visita, como la vez anterior; no obstante, deseaba salir porque le aquejaba cierta sensación de agobio saberse a tantos metros bajo la superficie, le faltaba el aire y le parecía que afuera podría respirar a pleno pulmón.
  Visitó a su cliente a la hora prevista y como siempre, el trato principal fueron los precios, pero Tomás sabía argumentar de modo que al fin parecieran razonables.
  Satisfecho del resultado, emprendió el camino hacia Calañas pasadas las seis de la tarde, cuando el Sol ya había rebasado el horizonte.
  El día trascendió positivo en su actividad laboral, pero se sentía cansado porque la pasada noche no durmió bien y acusaba la falta de descanso. Entrando en Zalamea la Real miró su reloj y calculó que no llegaría a Calañas antes de las ocho. Esperaba que el cielo encapotado se mantuviera sin descargar la lluvia en tanto encontrara dónde pasar la noche. Casi con seguridad el hostal “El Paso” dispondría de alojamiento.
  El próximo pueblo era Polanco y luego Valverde del Camino, de donde partía la carretera hasta Calañas. Calculó a lo sumo cincuenta kilómetros. Pero, justo a mitad del pueblo, un rótulo medio despintado y torcido por la colisión de algún vehículo anunciaba indicando una calle a la derecha: “A CALAÑAS  23 Km.”  
  Detuvo el coche y tomó el mapa que llevaba en el asiento del acompañante, porque esa carretera le era desconocida. En efecto, una fina línea azul indicaba el trayecto hasta ese pueblo cerrando un triángulo casi perfecto. Acortaba el camino unos treinta kilómetros. – ¡Formidable!– se dijo, y viró enfilando una amplia calle con árboles a ambos lados. Observo su aspecto de reciente construcción porque a la salida del pueblo se adentraba en una urbanización de casas unifamiliares parceladas con patios y jardines. Más allá, se espaciaban las construcciones y en su lugar aparecían solares para edificar, algunos cercados y otros confundidos con la zona de monte que ya se iba definiendo.
   Habría recorrido unos dos kilómetros cuando la carretera se estrechó a menos de la mitad, lo que hizo pensar a Tomás que era el límite del pueblo, y a partir de ese punto comenzaba la comarcal 478. Algo más adelante el asfaltado presentaba grietas y pequeños baches que acusaba la suspensión del coche. No le concedió mayor importancia porque sabía que las carreteras en esa zona del interior de Huelva eran regularmente malas, pobladas de curvas, subidas y bajadas, sin arcenes y sumamente estrechas. 
  Conducía un Renault 21 que compró a últimos del verano, el aire climatizado le protegía de los cinco grados que marcaba el termómetro exterior. La música de la cassette a bajo volumen, que por lo general le relajaba los sentidos, ahora una cierta preocupación le impedía escucharla con el sosiego de otras veces. Seguía dándole vueltas a la conversación mantenida con su amigo el cardiólogo apenas unas horas antes.
  –Hola, Tomás ¿qué tal estás? –le saludó al responder al móvil, y añadió  –¿por dónde andas, muchacho?
  –Bien, estoy bien. Ya sabes, viajando como siempre, en esta ocasión por la provincia de Huelva.
   – ¡Joder, a la vuelta de la esquina! Que poco caso prestas a tu médico, ¡coño! Recuerda lo que te digo tantas veces, primero tú y después tú. Aún no hace cuatro meses y ya te lanzas a los ruedos.
  –Vale, vale, amigo mío; te aseguro que me cuido y estos viajes no me resultan tan pesados como a ti te pudieran parecer; llevo tantos años en las carreteras que ya las veo como calles más o menos largas uniendo las ciudades. Estoy bien, perfectamente, ni asomo de síntoma alguno que te alarme.
  –Lo que a ti te pasa es que eres un irresponsable.
  Una sonora carcajada fue la respuesta que escuchó el amigo –Si me hubieras visto el sábado noche en Sevilla bailando sevillanas… –y volvió a reír con gana.
  –Te lo dije, ¡irresponsable! eso es lo que eres. Ahora en serio, Tomás, ve con precaución. Te llamo porque ya tengo el resultado del cateterismo y no hay por qué temer; sin embargo… la aorta presenta una estenosis importante…
  – ¿Una qué? ¿y eso qué es? –le interrumpió.
  –Nada que sea grave porque tiene solución. Presenta un ateroma cerca del corazón que obtura la aorta en un noventa y cinco por ciento, y esa la causa del infarto, en el que por fortuna apenas hubo necrosis gracias a la pronta asistencia que recibiste. No te preocupes demasiado porque ya te digo que hoy tiene fácil y segura solución.
  – ¡Joder! ¿Cuál es la solución, según tú? Pero, disculpa, ¿quieres decir que cuando me dieron de alta tras los ocho días en la clínica no lo advirtieron? No puedo creerlo.
  –Verás, en Urgencias te recuperaron eliminando el pequeño coágulo que taponaba la poca luz de la arteria y la sangre fluía lo suficiente para que no hubiera peligro; y hecho esto, te trasladaron a la clínica para tu convalecencia, escanear el corazón, averiguar el grado de afectación que había causado y determinar el tratamiento para que no volviera a repetir.
  –Ya, todo eso lo sé, Paco, pero me dejaron salir con el ateroma pegado a la aorta, ¿no es eso? –se quejó Tomás entre el asombro y el reproche –un parche en el pecho y una aspirina por las noches como medicina milagrosa. ¡La leche, Paco, que eso no es, vamos!
  –Bueno, en algunos países, por ejemplo, no se da un alta en estos casos sin practicar antes un cateterismo, pero en España no es una práctica corriente. Se deja al cardiólogo del paciente que tome la decisión de pedir esa prueba. Por eso precisamente la solicitamos y nos podemos alegrar a la vista del resultado.
  –Pues si quieres que te diga, a mí la alegría no se me desborda.
  –Lo que pretendo decirte es qué conociendo la importancia de la obstrucción sabemos cual es el riesgo y que no debes descuidar el medicamento, pero sobre todo, no hagas esfuerzos que te cansen, mantente lo más relajado posible y nada de trasnochar ni de bailar sevillanas. De ignorarlo, seguirías con tu forma de vida que es lo menos aconsejable en esta situación. Cuando regreses…
  Un golpe en la carrocería del coche le devolvió a la realidad del momento para prestar una atención preferente a la carretera cuyo pavimento empeoraba; incluso desaparecía en algún que otro tramo, y piedras como la que acababa de rascar los bajos del coche, se encontraban peligrosamente invadiendo parte del firme.
  Se detuvo para averiguar si el pedrusco había ocasionado algún daño en el cárter pero no pudo descubrir nada. Observó la carretera –más merecedora de otro adjetivo –que se adentraba en el bosque de eucaliptos serpenteando los relieves de la montaña, de modo que, a cada dos pasos las curvas impedían la visión más allá de unos pocos metros. Ya era casi de noche y una niebla por el momento poco densa, se iba asentando sobre la tierra húmeda cubierta por el manto descompuesto de las hojas y las desgajadas cortezas de los árboles. Hacía mucho frío y volvió al volante agradeciendo la temperatura del interior.
  De nuevo quiso cerciorarse de no haberse equivocado y comprobó que el camino era el que señalaba el mapa; no obstante, pensó que debería ir atento a los mojones para verificar si el número de la comarcal correspondía al que indicaba el plano.
  Tras recorrer no más de ocho kilómetros dudaba si sería mejor dar la vuelta que aventurarse por un lugar que desconocía. Volver representaba perder una hora cuando lo que pretendió fue ganarla. Además, por mal que estuviera no sería tanto como para pensar que no se hallara en uso, en cuyo caso, se encontraría cerrada o estaría advertido. Esta lógica le decidió a reemprender la marcha con las luces largas encendidas y los faros antiniebla para controlar mejor los enormes surcos que en ocasiones hacían de cuneta en las empinadas cuestas.
  Se acomodó en el asiento descuidando expresamente el cinturón de seguridad para no acrecentar la sensación de claustrofobia que empezaba a sentir. Cambió la música de la cassette por una emisora de radio pensando que tal vez la voz del locutor le hiciera compañía o quizá, se interesara por alguna noticia o sobre cualquier tema que emitieran. El cuentakilómetros marcaba veinte por hora y aún le parecía mucho; pese a ello, en una hora o menos creía llegar a Calañas.
  Treinta minutos después de que decidiera seguir; no había rodado más de cinco kilómetros y el camino se hacía impracticable. No le cupo duda, pensó que al final desaparecería tragado por la espesura del bosque. Sorteando los baches y las piedras que le cerraban el paso buscaba cualquier rellano donde dar media vuelta y volver al punto de partida. Era mejor desandar lo andado que la incógnita de si llegaría a alguna parte.
  Siguió con la esperanza de encontrar pronto ese espacio donde maniobrar, porque se le acentuaba por momentos la ansiedad que le producía saberse en riesgo según la conversación con Paco.
   « ¿Cómo sé si este peso que siento sobre los hombros es por mi estado de ansiedad, las horas de viaje o el primer síntoma de infarto como la otra vez? Un cinco por ciento de luz en la aorta, y yo, en Sierra Morena, de noche y solo ¡Por Dios, qué locura! Luego dicen:
  –Tú si que vives, tío, siempre de turismo, libre, a tu aire, buenos hoteles, restaurantes y lo que salga.
   Si supieran las angustias vividas, las horas de sueño en la carretera, las veces que me perdí por los caminos de España…
    Ninguna otra profesión me hubiera satisfecho más, les respondía. Con la queja no iba a conseguir otra cosa más que cuatro frases de fingido asenso»
  Tomás no era hombre plañidero. De siempre prefirió ser envidiado que soportar la conmiseración con la que se pierde estima. Además, la gestión comercial le resultaba fácil porque conocía su producto y las posibilidades de la Empresa a la perfección; su carácter abierto y entregado a la satisfacción del cliente le reportaba tanto su afecto como sus demandas. Tenía eso que se llama “empatía” y gana la confianza al primer contacto.
  Pero la verdad sólo él la sabía. Las comidas de restaurante; solo, –alguna vez pidió dos copas haciéndose a la ilusión de que compartía mesa; las noches, sin compañía, reprimiendo la sexualidad cuando ésta protestaba, hacer y deshacer maletas casi a diario, las indisposiciones… Pensaba que se moría una madrugada en la cumbre del monte Urquiola cuando regresaba de Vitoria a Barcelona. Había cenado con unos empresarios y pidió setas y alguna debió ser venenosa. O, aquella otra ocasión en que con la temperatura bajo cero y el calefactor del coche averiado, se pasó las cinco horas del viaje tiritando… jamás sufrió tanto frío. «¿Y… el accidente que casi me cuesta la vida por esquivar a un perro? Tres vueltas de campana barranco abajo» Y como si alguien le escuchara dijo en voz alta ‹‹Bailando sevillanas… ¡ja, qué coño sabrá la gente!››
  Se hallaba irritado, el dolor de espalda iba en aumento parejo a su inquietud. Envuelto en la niebla, apenas distinguía los márgenes del camino y no encontraba donde maniobrar y dar la vuelta. Por la respiración agitada y los latidos del corazón supo que la adrenalina se había disparado y tuvo la seguridad de que su presión sanguínea estaba a tope. Un ataque de ansiedad es algo así como el sentimiento de muerte; aunque se quiera pensar que no se tienen razones para que eso suceda, la impresión es esa. Se deja de creer en el sistema nervioso autónomo entrando en una disnea que intenta asumir su función haciendo bombear a los pulmones más oxígeno del que precisa.
   Por si faltara algo, a pocos metros del coche los faros iluminaron las aguas de un pequeño riachuelo, el curso alto del Odiel, posiblemente, o alguno de sus afluentes, que cruzaba el camino privándole el paso. – ¿Y ahora, qué?– Se preguntó con desaliento. No tenía alternativa, o se quedaba donde estaba a esperar que alguien le descubriera o intentaba vadearlo.
   En parte, el nuevo tropiezo le devolvió algo de serenidad, pues tenía que decidir como salvar el escollo, y optó por apearse y, con el paraguas que llevaba en el maletero, fue tanteando descalzo el fondo por el lugar que pisarían las ruedas. No era hondo, palmo y medio en el lugar más profundo.
  –El motor no me preocupa; un diesel puede mojarse sin problema, pero tal vez rebase la altura de los bajos y anegue el piso. Lo intentaré. Ya, de perdidos al río, y nunca mejor dicho –pensó.
   Subió al coche, calzó los pies que casi se le habían congelado y con la mayor lentitud y cuidado penetró en el agua. Dos, tres metros y el coche iba sumergiéndose según el lecho del río cobraba profundidad. Le invadía la duda y apretaba las mandíbulas en tanto que contenía la respiración, preso por el temor de caer en algún hoyo. Ya se encontraba a la mitad del cauce y el agua se filtraba bajo las portezuelas cuando algo colisionó en los bajos – ¡Ya está! Algún pedrusco que me habrá jodido el cárter –y justo en ese momento sonó el móvil que le anunciaba un mensaje de texto. Por si fuera poco, los primeros relámpagos iluminaron el bosque.
 2)  LAURA
 
  – ¿Sí…?
  –Hola, Laura. Soy Paco ¿cómo estás?
  –Bien ¿y tú? Tomás está de viaje –respondió sin interrupción.
  –Ya sé, acabo de hablar con él. El muy sinvergüenza menuda vida se pega.
  – ¡Ay… no, pobre! Menudas palizas de coche se da, y siempre solo por esas carreteras de Dios.
  –Eso es verdad; aunque tiene sus compensaciones para él, que no soporta encerrarse en una oficina todo el día y perder la libertad que le reporta programar su trabajo. Se apasiona por los paisajes abiertos y la relación con tanta gente.
  De todos modos, y por eso te llamo, debes convencerle para que se modere un poco y encuentre la manera de llevar una vida más sosegada. Si acaso, viajes más cortos, los fines de semana en casa, caminar y algún ejercicio sin demasiado esfuerzo para mantenerse en forma ¡ah! y sobre todo no le permitas fumar ni un cigarrillo.
  Laura le escuchaba con atención, algo extrañada, porque generalmente no acostumbraba a tanta recomendación. Le parecía estar conversando más con el médico que con el amigo.
  –Ya sé, se lo digo muchas veces pero no hay manera de que se tome la vida con más tranquilidad –y añadió con cierto recelo –es qué… ¿hay alguna novedad que yo no sepa?
  –Bueno, no te alarmes, pero es lo que suponíamos y por eso se le practicó el cateterismo. Lo que ocurre es que se encontró un ateroma en la aorta que entraña un riesgo importante si no se practica… –y el cardiólogo siguió explicándole con la mayor prudencia el peligro que corría de no ser intervenido quirúrgicamente lo antes posible, pero asegurando  cada dos palabras que no entrañaba riesgo alguno en su caso, pues su salud era muy buena y no había por qué temer.
  – ¡Jesús! Paco, me asustas. Por mucho que quieras dorar la píldora, el caso es que ha de volver al quirófano ¡Dios Santo! Ahora mismo le llamo, él, ¿que ha dicho…? ¿Cómo se lo ha tomado?
  –No, Laura, no. “Volver al quirófano” dices con espanto como si fuera la muerte… tú has entrado en él varias veces, primero por los partos ¡joder! Que os tomáis esas cosas a la tremenda –dijo, infligiendo a la voz un tono de simulado enfado para aseverar mejor que no entrañaba riesgo alguno. Y añadió –Ni se te ocurra llamarle, eso le crearía más desasosiego y dudas. Mejor que tampoco le digas que yo te llamé. ¿Vale?
  –De acuerdo, doctor, –respondió con sorna –Sabes que confiamos ciegamente en ti.
  –Lo sé, querida, lo sé.
   Sin embargo, cuando colgó el teléfono, se hallaba visiblemente turbada. Quería a su marido. Era un buen hombre. Responsable, trabajador, un padre excelente, y un esposo respetuoso y atento. ¿Fiel…? Nunca le cupo duda, pero hoy tampoco podría jurar que en su vida de viajes constantes y la relación social que vivía no se prestase a la tentación de una relación esporádica; es más, más bien lo deseaba. Ella sabía que eso podía ocurrir aún sintiendo cariño por el cónyuge.
  Reconocía todos sus méritos y nunca dudaba en proclamarlos, y aunque carecía de esa cualidad de amante cariñoso que tanto aporta al amor en pareja, nunca le faltó su ramo de flores en días señalados ni las cenas de aniversario. «¡Ya! pero eso es más una costumbre; como algo obligado que le recuerda su agenda.»
  Por otra parte, cuando cualquier cosa le representaba un esfuerzo o una preocupación, allí estaba Tomás para solucionarlo, y es que Tomás las cosas más difíciles las hacía fáciles.
  «Pero es seco en sus decisiones. ­­­Absoluto –se dijo para sí, a modo de reproche. –Tomás atiende sin objeción las necesidades de la casa; Tomás no pone remilgo alguno a mis caprichos si hay la mínima posibilidad; Tomás decide qué muebles, qué pintura en las paredes, qué plantas en la terraza… Tomás, Tomás, siempre Tomás, y yo, una propiedad más de Tomás, un adorno en la casa, una elegante esposa para las cenas de negocios con sus clientes distinguidos. ¡Y ya está bien! que me ha robado hasta mi propia identidad»
   Jamás una caricia fuera del lecho, nunca el reconocimiento a sus bondades físicas –porque Laura había sido una mujer muy bella y seguía manteniendo su esbeltez a los cuarenta y ocho años.
  «Sé que la mayoría de los hombres aun me admiran y desean, todos menos mi marido –pensaba –y si alguna vez en momentos de intimidad le pregunté – ¿Tú me quieres? La respuesta siempre fue la misma – ¿Es qué no lo sabes? »
   Pese a todo, quería a Tomás; aunque el amor de los primeros tiempos fue cediendo paso a un cariño más fraternal, llegó un día en que ya no echaba tan en falta sus ausencias. Cuando antes una semana le parecía un siglo, ahora ni dos, ni tres, le producían desamparo; sin embargo, deseaba saber cómo y dónde se encontraba. En los días que estaba en casa se desvivía por atenderle hasta en los mínimos detalles: «¿Tienes sed? Apenas bebes agua. ¿Te compro el periódico?; La mesa está puesta; El baño está listo; ¿Qué camisa quieres?; Tendrás frío, ponte un yérsey…» Aunque Laura era así, lo mismo para sus hijos, su madre o su suegra, sus amistades y cualquiera que les visitase. Una mujer entregada por condición natural. Bien es verdad que con respecto a Tomás no sabía si su atención era más por aparentar la normalidad de siempre que por disposición. Reflexionaba en ello al marcar el número de su móvil.
   –Dime – respondió Tomás al cuarto sonido.
  – ¿Por dónde andas?
  – ¿Cómo?
  – ¿Que por dónde vas?
  –Te oigo muy mal. Se entrecorta la voz.
  –Te pregunto que ¿dón-de es-tás?
  – ¡Perdido… “mecagoenlaleche”!
  – ¿Perdido?
  –En medio de un bosque, entre montañas por una carretera de mierda y al parecer sin salida.
  –Tomás, yo tampoco te oigo apenas, sólo palabras sueltas. Pero, ¿estás bien?
  –Empiezo a cabrearme, no se ve un alma ni una luz por ningún sitio. Casi siento claustrofobia.
  –Tranquilízate, Tomás, por favor –se quedó con ganas de añadir que no le convenía –Tú tienes experiencia. Vuelve atrás, no sé…
  –Laura, que no te oigo nada, no tengo cobertura. Dime: ¿qué decías?
  –Digo que… ¡Dios, se cortó!
  La pantalla mostraba que la comunicación se había interrumpido. Volvió a marcar y sólo respondió la grabación; “El teléfono móvil al que llama está desconectado o fuera de cobertura”
  Se quedó más preocupada que antes, pero no cabía otra cosa que esperar; además, él la llamaría como cada noche cuando estaba de viaje.
  Pensó en telefonear a Gema, pero quizá sería alarmarla sin necesidad.
  «A veces no sé como actuar con ella. Cuando le digo algo que considero importante me responde “Mamá, exageras, a cualquier cosa le das una trascendencia desorbitada. No es para tanto.” Y cuando lo callo: “Mamá ¿cómo no me has dicho qué…? Y es que nada, o casi nada se ve con los mismos ojos de padres a hijos. Recuerdo que cuando tenía su edad disentía en todo de cuanto mi madre dijera. Para entender a los hijos convendría retrotraernos a nuestra juventud y pensar que esta es la ventaja que les llevamos porque ellos no pueden ponerse en el lugar de sus mayores
  –Bueno, esperaré a que llame Tomás y le evito el mal rato que estoy sufriendo.
   Paco apenas ha sido explícito e intuyo que el diagnóstico es grave; sé por Javier que una intervención quirúrgica a corazón abierto entraña un alto riesgo, la única solución es un bypass y a su hermano casi le costó la vida, aunque él es diabético y al parecer esa fue la dificultad.»
  Se sentó frente al televisor y pulsó mecánicamente el telemando porque no sabía qué hacer, su mente en blanco no tomaba ninguna decisión, sólo obedecía al sentimiento de culpa que la angustiaba. A veces asoma la conciencia reprobando conductas que se justifican por razones egoístas y Laura, por más que lo intentaba, nunca conseguía justificar la suya.
  Tan ensimismada estaba que se sobresaltó al sonar el teléfono. –Tomás –se dijo, mientras se apresuraba a descolgar.
– ¿Laura? –Al demorar la respuesta la voz volvió a insistir – ¿Laura? –No, no era su marido.
  –Sí, dime Javier, disculpa.
  –Hola, querida. ¿A qué hora te recojo?
  –Pues… no sé. ¿Tienes mucho interés en salir?
  – ¿Por qué lo dices? Sabes que sí. Esperaba la noche con ilusión. ¿Ocurre algo?
  –No, Javier. Es que… me duele la cabeza una barbaridad. Te iba a llamar para pedirte que aplazáramos la cena. Mañana si te parece, almorzamos en “La Menta” –mintió excusándose. No le apetecía verse con Javier preocupada como estaba y sabía que cenar con Javier no era solamente cenar en un buen restaurante.
  –Laura, por favor, sólo cenar juntos. Lo demás es decisión tuya. Cariño, ya sabes que nunca te pediré nada que tú no quieras. 
  –Lo deseo tanto como tú, pero esta noche no, Javier, es verdad que no me encuentro bien, no sé… no estoy del mejor ánimo.
  –Te recobrarás si salimos. Mira, podemos cenar algo en el restaurante al pie del funicular que te gusta tanto por ver Barcelona desde la altura
  –Javier, Javier, por favor, no insistas, ya hablaremos. Mañana tengo hora con Vanesa, nos veremos en el instituto y si quieres, iremos a comer donde te parezca ¿vale?
  –De acuerdo, pero si acaso…
  –Ahora no Javier, por favor… mañana, ¿vale? –Repitió una vez más –Discúlpame, estoy esperando una llamada de Tomás.
  Le había conocido dos años atrás en la boda de Andrea, su amiga íntima que llegó al altar cumplidos los treinta y ocho. Divorciado, de buen aspecto físico, sin prejuicios sociales e inteligente.
  Explotaba con gran éxito un instituto de belleza que le permitía disfrutar de una situación económica muy desahogada. Un hombre de gran experiencia y trato exquisito que con sólo seis años más que ella había vivido diez veces su vida.
  Se sintió bien en su compañía desde la primera vez que le aceptó compartir mesa en un lujoso restaurante de la Avenida Pearson; luego siguieron otras, y cenas en establecimientos más propensos a la intimidad. Se percató pronto de que intentaba seducirla, y lo consiguió pese a que su moral la reprimía. Sin embargo, cuando insistía en formalizar su relación ella se negaba en redondo y su respuesta siempre fue la misma.
  –Mira, Javier, quítatelo de la cabeza, nunca me atrevería a planteármelo siquiera. Fui débil accediendo a tus galanteos, tus atenciones y tu persistencia. Nunca debí ir a tu salón. Tus manos sobre mi cuerpo me hacían soñar, la caricia de tus masajes me elevaba al cielo y… sucumbí en tus brazos sin apenas darme cuenta. No te culpo, ni niego que no te deseara. Me cautivaste ¡Oh, Dios! y de qué forma. Te juro que deseaba morir tras aquel primer encuentro si bien no me arrepentía.
 
  Javier guardaba silencio en esas ocasiones buscando argumentos que la pudieran convencer.
  –Laura, sé valiente, afronta la realidad. Me gustas, te quiero y no te soy indiferente, lo sé. Tomás es un hombre noble, un buen padre –son palabras tuyas –pero, aunque te quiera “a su manera”, te tiene abandonada. Está acostumbrado a vivir y defenderse solo más de la mitad de sus años. Entiendo que la relación de pareja se puede resquebrajar cuando cada uno vive la vida en soledad semanas tras semanas. ¿Por qué te sacrificas tú y me sacrificas a mí teniendo la felicidad en nuestras manos? No seas cobarde, mujer, estas cosas pasan y no se puede guardar una fidelidad que cuesta tanto sacrificio. El amor, si se quiere conservar, hay que cuidarlo cada día.
     –No Javier, no digas que soy cobarde porque me muerde la conciencia al acostarme contigo, porque me pese a serle infiel. Y encima, que le abandonase, “ahí te quedas”. Eso sería una crueldad que no merece. Y no, no podría.
  -Si me presto al engaño es porque ya me resultaría imposible dejar de verte y él no sufre en tanto lo ignore. Piensa que jamás una disputa seria, ni un insulto, ni mal trato físico o moral. ¿Cómo iba a ser feliz contigo sabiendo el daño que le causaría? ¿Y mis hijos? Tú no le conoces, juzgas esta situación subjetivamente, de forma egoísta, y lo entiendo, porque eres libre. Me tienes a ratos, o a días, y eso te hace sufrir sin pensar en el sufrimiento mío soportando una mayor condena. Mira, Javier, cambiemos de conversación que no sabes bien lo que me duele.
   Y así concluían siempre que trataban este tema, con cierto malestar porque ambos estaban convencidos de sus razones. Pero su corazón se revelaba deseando decirle lo contrario.
  Había pasado más de una hora cuando volvió a marcar el número del móvil de Tomás y la respuesta siguió siendo la misma; “sin cobertura”. –Le mandaré un mensaje de texto –pensó. – “Por favor, si te llega este mensaje, respóndeme. Dime cómo y dónde estás. Besos” 



3)  TOMÁS REFLEXIONA
 
  Tomás, en medio de la corriente y detenido por algún obstáculo, se dispuso a averiguar qué le privaba el paso. –No puedo desmoronarme –pensó –y he de salir de aquí de cualquier forma.
  De nuevo descendió del coche y con el agua hasta casi las rodillas intentó descubrir la gravedad del tropiezo. La linterna de nada le valía porque el nivel del río superaba el vacío entre suelo y chasis, así que tuvo de palparlo estirando el brazo cuanto podía.
  En efecto, al parecer una gran piedra se había encajado bajo en trapecio. –Pues lo intentaré de nuevo ¡Me “cagoen”…! –gritó sin terminar la frase y volvió al volante, metió la marcha atrás para salvar la piedra y sin más problemas cruzó el último tramo hasta la orilla pero con el ánimo encogido al rodar a ciegas sumergido en dos palmos de agua..
  Una vez al otro lado se detuvo para leer el mensaje. Era de su mujer. –Está preocupada por la conversación de antes. No debí… la asusté, claro.
  La pantalla seguía anunciando que no tenía cobertura, aún así, intentó llamarla y al no conseguirlo escribió un mensaje para decirle que no se inquietara, que estaba bien y no corría peligro, pero por muchas veces que repitió el envío siempre aparecía en la pantallita el icono de stop indicativo de que el mensaje no era enviado.
  –Me siento agotado y mejor será relajarme a ver si cede este dolor que se expande cada vez más por los dorsales. No puedo hacer otra cosa por el momento porque además, la niebla es tan espesa que apenas distingo el capó. Menos mal que ha remitido esa ansiedad que me ahogaba. ¡Y qué mal momento se pasa, leche!
  Reclinó el respaldo de su asiento todo lo que daba de sí, abrió el pastillero y decidió tomar los medicamentos en previsión a que empeorase su estado de ánimo. Repitió la cápsula del ansiolítico pero se negaba a la nitroglicerina sublingual porque creía que de calmar el dolor con ella era síntoma de infarto. – ¡Santo Dios, ya me podría dar por muerto en este lugar! –se dijo.
  Su pulso daba cincuenta y tres pulsaciones en medio minuto y eso era mucho. –Ánimo Tomás, –se alentó –no te asustes, que en peores trances te has visto. Recuerda aquella noche en las marismas entre Ovar y Aveiro, en Portugal. Precioso su mar interior pero, a media noche, con dos copas de más y circulando por una franja de tierra, tan estrecha que no permitía volver atrás, mientras la marea subía y subía, es para que esto te parezca un día de campo buscando setas.
  Se abrigó cuanto pudo y apagó los faros y el motor; ya lo pondría en marcha si la temperatura del interior descendía mucho. El depósito estaba a menos de la mitad y no quería correr más riesgos. Entornó los párpados y aspiró varias veces profundamente arrebujándose en el asiento de la mejor manera. Dejaría que el soma actuara por sí mismo liberándolo de la intervención consciente.
   Con el asiento casi horizontal, las puertas bloqueadas y en plena oscuridad, esperó a quedarse dormido mientras la mente revivía pasajes de su vida en los que hubo de todo.
 
_________.________
   
 
  Fui feliz, sí, muy feliz, sobre todo en los primeros años de matrimonio y mis hijos pequeños, “siendo míos” porque nunca fueron tan míos como entonces hasta la pubertad.
  «Cada vez que volvía de viaje habían crecido dos dedos y apenas les pude prestar atención en su pubertad. Me quedaba con la preocupación en el cuerpo, sí, y sufría cuando conocía sus inquietudes por boca de su madre, y ella volvía a ser correo de ida y vuelta en mis recomendaciones porque iba por delante el “tú no les digas nada que me lo han dicho como secreto. Ya les diré yo” O bien, “Me han dicho que te diga que les dejes ir a…” “no le digas a papá esto que se enfadará” Es algo que no entiendo, si nunca les impuse por la fuerza mi voluntad…   
  No sé, quizá será esta seriedad que simulan mis facciones y aparentan reclamar respeto en tanto que intento todo lo contrario, pero es el caso que nunca alguien me ha dicho guapo, ni simpático, a lo más que llegaron es a manifestarme como halago “que personalidad tienes” ¡Ya ves! ¿Qué querrá decir eso de la personalidad, cara de ogro?
  Debí ser más cariñoso con ellos. Pero, es que cada uno es como es. Demostraciones de cariño si saben que les quiero me han parecido banales, pamplinas, palabras que no demuestran nada.  
  ¿Qué mayor demostración que esta vida sacrificando días, semanas de convivencia con ella y con mis hijos para que nada falte en casa? ¿Acaso se puede renunciar a la oportunidad de una gestión bien retribuida en perjuicio del bienestar de los tuyos? ¿No hubiera sido egoísmo rechazarla por estar más tiempo con ellos, renunciando al estándar que hoy disfrutan? Entendí que era responsable de velar por la familia y me siento satisfecho. Sergio en Londres, terminando sus estudios, y la niña médico. Ese ha sido el premio»
  La borrasca que al fin se desató, le distrajo de sus pensamientos. Descargó de improviso con grandes goterones que cegaban totalmente la visión del exterior –Vaya, lo que temía ya está aquí. –Resignado, introdujo en la disquetera música de Mozart y se acomodó lo mejor que pudo dispuesto a dormir.
    –En qué hora tomé este atajo –pensó indignado –Siempre con el ansia de ganar tiempo al tiempo.
  –Paco lleva razón; debí pensar más en mí, menos viajes y una vida más tranquila junto a los míos, porqué a fin de cuentas, ¿qué te queda? He vivido mucho, sí, viajes por media Europa, los mejores hoteles y cientos de relaciones empresariales que en su propio interés me agasajaron. Y todo eso ¿dónde está? En la memoria que no cuenta para nada, siendo historia. ¿Y a cambio de qué? Mi casita en la costa, casi abandonada; ahora es el jardinero quien poda los rosales, quien recorta el seto, los arces y cuida los abetos. Y el cedro, y el desmayo, y… la mimosa del estanque –No era la primera vez que añoraba la paz de años atrás y siguió reflexionando –Pero la vida es una rueca que si no gira no hila, peregrina idea por otro lado, hallar satisfacción en conseguir más de lo que se precisa, y aún sabiéndolo, las responsabilidades adquiridas te obligan a seguir siempre adelante. Y sí, esta vez escucharé a Paco que, al parecer, por lo que dice, puedo quedarme tieso en cualquier momento.
  –Recuerda bien, Tomás, dos días antes no podías imaginar que cuarenta y ocho horas más tarde te encontrases en la UVI rodeado de médicos intentando que tu corazón no dejara de latir. Y el problema sigue ahí, procura no cansarte –me había dicho.
   Decididamente la conversación con su amigo le había afectado y siguió planificando su futuro convencido de que se imponía un cambio.
    –Declinaré responsabilidades en la empresa, que ya es hora de que alguien tome el testigo y me releve. A ver si recompongo el núcleo familiar, porque me estoy apercibiendo de que últimamente cada uno tira por su lado. Iremos a Londres para saber cómo le va al chico, que ya hace dos meses que no le veo, y anda muy suelto, y la médico, compartiendo apartamento con una amiga. Quieren ser libres, ya ves, como si la casa de sus padres fuera una prisión.
  Arreciaba la lluvia y se sucedían los relámpagos sin interrupción, un fuerte viento inclinaba los árboles poniendo a prueba su resistencia, y los truenos, cada vez más fuertes, medían la distancia de donde descargaba el rayo.  
  Sin embargo, Tomás seguía absorto en sus pensamientos como antídoto al peligro que no deseaba conocer.
  – Y Laura… no sé, desde que marcharon una y otro no está tan comunicativa, acaso falta el tema principal de conversación, que eran los chicos. Se ha creado su propio círculo de amistades para llenar su vacío y el de mis ausencias. Es natural. Pero esa amiga suya… Andrea, cuyas miradas no acierto a interpretar, no me parece serio para tanta intimidad como le muestra. No se recata en mostrar sus piernas, ni en inclinarse con cualquier pretexto para lucir sus senos ante mí, pero se cubre cuando Laura entra en el salón.
  –Anda, que no habrás tenido aventuras por esos mundos –me dijo un día sin venir al caso.
  –No soy tan atrayente para que las mujeres me presten una atención especial.           
  –Y además, modesto, aparte de que eres bien parecido, a las mujeres nos mola más la personalidad que tenga el hombre, y es evidente que tú la tienes.
  –Gracias por esa opinión, Andrea, te aseguro que me halaga; sin embargo, debo decirte que en este tema soy bastante frío, y no precisamente por guardar una fidelidad conyugal, que para mí ese término tiene otras connotaciones de mayor amplitud. Por practicar el acto sexual ocasionalmente, con lo que respecta al hombre, no se desmerece en absoluto la entrega total a la mujer que amas, a la madre de tus hijos con quien compartes lo bueno y malo de la vida. Ya sé que las mujeres tenéis otro concepto…
  –No estés tan seguro, bombón, –me interrumpió Andrea riéndose con burla –No todas somos iguales. Lo de la igualdad con el hombre empieza a funcionar, tenlo presente.
  –De cualquier modo, en mi caso, Laura puede estar tranquila, que ni eso, bien es verdad que de no ser así tampoco te lo iba a decir a ti, siendo su amiga.
  –Ya, pero ni que lo jurases te creería, ¿o es que no fijas tu mirada en unas buenas curvas o en un escote generoso? terminó acariciando con picardía su propio cuerpo hasta reposar sus manos entre los muslos ciñéndolas con fuerza al juntar las piernas.
  –Uyuyuyyyy… querida, qué mujer tan peligrosa estoy descubriendo. –Y por toda respuesta entornó los párpados y entreabrió los labios.
   –En efecto, es una mujer capaz de tentar al diablo, y la mejor recomendación es mantenerse alejado porque, es verdad, tiene una figura excelente y su mirada conturba la mente más fría; se me hace difícil no admirar su cuerpo sin desnudarla y debo confesar que más de una noche me vienen a la memoria sus insinuaciones satisfaciendo en parte el onanismo. No, decididamente no le conviene a Laura la amistad de una mujer tan frívola. Ni a mí, prestar atención a sus provocaciones.
  Aunque confiaba ciegamente en su esposa, el cambio que advertía en ella desde que disponía de todas las horas del día entrañaba un riesgo que debía tener en cuenta; cuidaba su imagen más que nunca, vestía ropas elegantes y modernas. Algo… “resueltas” con relación a lo que acostumbraba antes.
   –Y, ¡qué guapa está! Reconozco que le favorece el cabello rubio, las ropas ajustadas ciñendo su cuerpo, y los escotes atrevidos luciendo la piel morena. Tiene un busto precioso y es seguro que muchos hombres se encandilan a su paso. Pero es mía y debo cuidarla; si siempre la he querido, hoy la deseo más que nunca. Ha sido una lástima que considerara el sexo como una función más del matrimonio.
  «Recuerdo aquella noche en Sitges cuando, después de cenar junto a la playa, paseamos descalzos chapoteando el agua. La luna en naciente no alumbraba más que la espuma de las olas y, casi en la oscuridad, nos tendimos sobre la arena para contemplar un cielo nítidamente estrellado. Me sentí romántico, como recién enamorado y acaricié sus senos, besé su boca y se me despertó la libido con la misma ilusión y fuerza que en la noche de bodas. Mis manos pasearon su cintura, su vientre y sus caderas. Las deslicé bajo la ropa acariciando su piel hasta el tobillo y, beso a beso, ascendí por su entrepierna. Hizo un respingo y bajó la falda cubriéndose los muslos en actitud manifiesta de que no le apetecía.
  – ¿Estás loco? ¿Aquí? ¿No puedes esperar? –Y se apagó el encanto.
   – ¿Nos vamos? – fue mi respuesta en tono seco. –Ya no valió su predisposición llegando a casa.
  Sí, nos ha faltado eso, algo más de sexualidad. He de recuperarla como sea, que no me pase como a Paco»
  Empezaba a sentir el efecto de los tranquilizantes y ya le estaba venciendo el sueño; se desvanecían las imágenes y se alegraba, era mejor abandonarse en la inconsciencia que sentir el agobio de antes. Se volvió a tomar el pulso y contó ochenta pulsaciones por minuto. La crisis había pasado, el dolor de la espalda también cedía y se encontraba mejor; esperaría al amanecer si era preciso: no era la primera vez que pasaba la noche en el coche. –Si salgo de ésta, que saldré, prometo enmendarme –Y con ese pensamiento, Tomás cabeceó perdida la consciencia por el sueño.
  Ya no percibió que la tormenta se intensificaba de tal modo, que en unos minutos la calzada se convertía en afluente del Odiel, y dos horas más tarde, éste ya lamía las ruedas traseras del vehículo. Ni los truenos, ni el ensordecedor repiqueteo de la lluvia sobre el coche lograban despertarle, en tanto que las aguas ascendían la pendiente hasta el punto de poner en peligro su estabilidad si llegaban a sobrepasar el chasis.
avatar
Carlos Serra Ramos
MIEMBRO HONORARIO
MIEMBRO HONORARIO

Fecha de inscripción : 11/09/2016

Volver arriba Ir abajo

Re: NOVELA Capítulos 1, 2, 3 y 4

Mensaje por Carlos Serra Ramos el Mar Sep 12, 2017 7:47 pm

4)  LA INCERTIDUMBRE DE LAURA
 
   Esperaba intranquila la respuesta de Tomás, pero pasadas las once el teléfono seguía en silencio; buscaba mil razones que lo justificara y siempre se sobreponía la voz de Paco repitiendo las mismas palabras <la aorta obturada, la aorta obturada> y las de Tomás, <perdido en un bosque, entre montañas y al parecer sin salida. No veo un alma ni una luz por ningún sitio>
   Tenía la seguridad de que algo grave le ocurría, pensaba que si no había posibilidad de comunicarse por el móvil hubiera llamado desde cualquier teléfono fijo en el primer pueblo que encontrase. Como no podía hacer nada más que esperar iba de acá para allá, del salón al baño, del baño a la cocina o al dormitorio. Regó las plantas interiores, ojeó una revista y por último decidió retomar la lectura del libro que tenía a medio leer.
   Su vista tropezó con los álbumes de fotografías colocados en el anaquel más pequeño de la librería, y cambió de idea. Tomó con precipitación los más antiguos y volvió al salón para recordar a través de las fotos aquella primera época de relación. 
   «Cuánto había cambiado su aspecto físico, y cuánto su comportamiento, la actitud frente a la vida y hasta el amor de entonces. Casi treinta años no pasan en vano, de un día a otro parece que no ocurra nada, lo cotidiano, se dice, pero a lo largo del tiempo es mucho lo andado en el camino.  
   Qué magnífico viaje –recordó a la vista de las fotografías tomadas en los canales franceses, cuando aquél crucero a bordo de un pequeño barco de alquiler. –Y qué noches en cubierta, bajo el manto oscuro del firmamento, motivando a Tomás a presumir de sus conocimientos astronómicos. 
  –Mira, ¿ves esa estrella que brilla algo más que las de su entorno, justo sobre el mástil de la antena? Pues si tomas otra que se destaca a su izquierda te da una distancia entre ambas. Esa misma distancia a la derecha te muestra la estrella Polar. Las dos primeras pertenecen a la Osa Mayor y la estrella Polar, a la Osa Menor.
   – ¿Y por qué no me lo cuentas en la cama, cariño? le decía yo cuando deseaba sentirme arropada en sus brazos. Y lo mismo contemplando las estrellas, que en la oscuridad del pequeño camarote nos sentíamos más dueños del Universo que parte suya.» 
  Laura había amado a su marido. Le debía hasta la vida de cuando cayó de la barca aquella tarde de pesca y se lanzó al agua sin saber nadar apenas. 
  «Qué serenidad mantuvo para rescatarme; poco faltó para ahogarnos los dos en el lago de Bañolas: asido al cabo de la cuerda me abrazó con sus piernas la cintura y fue cobrado amarra, sin embargo, mi desespero era tal que me deshice de ellas para alcanzar su cuello sin conseguirlo. La poca brisa que soplaba alejaba la barca y la cuerda no daba más de sí. Él sabía que sin tenerla sujeta no podría remolcarme, y me gritó desesperado.
– ¡Laura! ¡Por Dios, Laura, chapotea, chapotea con los brazos! ¡No llego! ¡Si suelto la cuerda nos ahogaremos los dos! –y la soltó.
– ¡Noooo…! Grité al ver su gesto y la desesperación en su rostro. Si llegué a él o él a mí, no pude saberlo, sólo que me sentí cogida por el cabello y luego otra vez por la cintura con sus piernas, había recobrado la cuerda y ya no pude soltarme hasta tocar la borda. Subirme a ella fue obra de titanes. Sangraba por los múltiples arañazos que le di y a mí me parecía tener todas las costillas rotas. Tuve que consolarle porque lloraba abrazado a mí, muerto de miedo. Era un joven musculoso, muy fuerte y… también atractivo, le admiraba, siempre lo dije. 
   – ¡Señor, Señor! ¿Qué me ha pasado?» –Se lamentó.
  Ahora le quería, y aunque pareciera lo mismo, no era igual. Le faltaba desde hacía mucho tiempo la ilusión del beso, las noches de hotel en la Costa Brava, o en el refugio de la Cerdanya. Las cenas de bocadillo en el rompeolas mientras pescaba, el brazo sobre sus hombros en el cine…
  Cuando nacieron los hijos se fueron espaciando los viajes y eran muchos los fines de semana limitados a tomar el vermouth en el bar de la esquina, ir al cine del barrio si la película era buena, y el paseo por el parque con los niños el domingo por la mañana. Eso sí, él no perdonaba una sola tarde de fútbol cuando el Barcelona jugaba en casa. Así fueron perdiendo, sin apenas darse cuenta, la ilusión por las salidas y el cuidado personal: Tomás dejó el gimnasio, ella acudía menos a la esteticista, ganaron unos kilos y su conversación versaba siempre sobre las mismas cosas. La tele llenaba el espacio del sábado noche y para ello no precisaban más atuendo que el pijama. Ni rasurarse Tomás, ni Laura otro cosmético que la crema limpiadora.
  Luego, se le despertó un ansia desmedida por crecer económicamente y se apuntó a todo. 
 «–Ya no somos solamente tú y yo, que con poca cosa nos arreglamos. –me dijo –Tenemos dos hijos y quiero para ellos lo mejor –Vendió pisos, solares, transporte, turismo y cuanto le parecía que pudiera ser negocio. Por fin se asentó en el actual empleo consiguiendo su propósito. Pero… hay cosas que no tienen precioA veces me parece estar casada por poderes. Siempre de viaje, incluso fechas señaladas y muchos fines de semana. Mejoró nuestra economía, en efecto, pero a mí poco me importaba un mejor coche, y cené más a gusto un bocadillo en la escollera del puerto mientras Tomás pescaba, que luego en el mejor restaurante de la ciudad»
  El sonido del móvil anunciándole un mensaje de texto la sustrajo de sus pensamientos. “No te preocupes, estoy bien, dudo que me leas porque no tengo cobertura. Te llamaré cuando sea posible o desde el hotel, si no llego tarde. Duerme tranquila”
  – ¡Uf...! –Suspiró aliviada –ya era hora, menos mal, quizá temí más de la cuenta, y es qué me alarmé por las palabras de Paco. Mañana le insistiré para que regrese cuanto antes, no puede andar por ahí en ese estado.
  Cerró el álbum y decidió ir a dormir con la intención de que el sueño relajase sus emociones. No obstante, ya en la cama, al cerrar los ojos la imagen que asomó a su mente fue la de Javier e inconscientemente se abrazó a la almohada.
   –Cómo tira el corazón –gimió –o lo que sea, esa endemoniada atracción física que no me permite razonar. Es un deseo irreprimible que no controlo. Señor… ¡que lucha! Si pudiera ver las cosas como Andrea. 
   «–No  seas tonta mujer –le había dicho esa misma tarde –te obcecas en culparte constantemente como si hubieras cometido un crimen siendo que no es más que un desliz común a muchas y muchas mujeres cuando el marido no les presta la menor atención y, mira, bien merecido lo tienen. A ver, te pregunto: ¿quieres a Javier o no le quieres?
  –Claro, sabes que sí.
  – ¿Y por eso quieres menos a Tomás?
  –Verás, es otro sentimiento, el cariño que siento por él no tiene nada en común con lo que me inspira Javier, ni siquiera de recién casados. Aquel era un amor natural, lógico entre dos personas que se enamoran, y esto es una pesadilla, aquél fue bendecido y éste, pecaminoso. No me concentro en nada, en cada momento del día siento sus labios en los míos, y los muerdo para sufrir otro dolor que no sea el que me causa su beso.
  –Y… dime, después de… eso, retozar en la cama toda la tarde ¿cómo te quedas?
  – ¡Jo! Andrea, que expresión tan malsonante empleas.
  –Bueno, lo diré en fino; después de hacer el amor ¿te sientes bien o, mal?
  –Mal, relajada, unida a él, pero, no me atrevo ni a mirarme al espejo.
  –Mira, chica, si yo fuera psicólogo te diría que hay en esa atracción una gran dosis de deseo sexual, de necesidad de ternura y de saberte admirada despertando la pasión al hombre que nos desea. Por lo que me cuentas de tu marido, aunque te pasees en pelotas ante sus narices se queda tan fresco.
  –Te vas a resfriar, me dijo un día. 
  – ¿Lo ves? Te repito, querida, no te atormentes tanto, “ojos que no ven corazón que no llora”. Por otra parte, ¿es que crees que Tomás es un santo? ¿Que con la vida que lleva no habrá aprovechado más de una y de cuatro veces la ocasión de una aventura? Parece mentira que quieras ignorar cómo son los hombres.
  –Yo qué sé, Andrea, no lo podría jurar pero tampoco me ha dado motivos para dudarlo. Como marido no tengo queja alguna y es un padre excelente para mis hijos.
  – ¿Y como amante…?
  –Un desastre, cierto, sumamente frío. Va a lo suyo y a lo más que llega es a preguntarme si me ha “venido”.
  – ¿Y tú…?
  – ¿Y qué voy a responderle? –Sí, cielo, ha estado muy bueno – ¿Qué quieres, si no sabe más? 
  –O sea, que tú a la luna de Valencia en tanto él se desahoga. Eso era para nuestras abuelas, niña, a ver si te espabilas.
  –Mira, no creo que sea lo más importante en un matrimonio, se esforzó cuanto pudo para conseguir el bienestar de su familia. Con cada nuevo logro se sentía feliz más por nosotros que por él, y para que yo pudiese dedicarme enteramente al cuidado de los chicos. Andrea, tú no lo entiendes. Cada uno mide con distinta vara la moral y quizá la mía sea desmedida, no lo niego, porque la conciencia no ceja en acusarme y cuando vuelve de viaje no puedo mirarle abiertamente a los ojos; es una contradicción extraña: quiero que vuelva, deseo verle, pero al cruzar la puerta es como si el mundo se me desplomara encima.
  –Laura, querida, has de tomar una decisión, no puedes estar con tu marido y pensar en Javier, ni acostarte con éste y ver en sus ojos la mirada de Tomás que te reprocha. Te vas a trastornar como sigas con tantos miramientos. Javier está loco por ti, me ha dicho muchas veces que te quiere, que le gustaría que pidieras el divorcio para casarse contigo, pero que antes de perderte está dispuesto a sufrir esta situación el tiempo que sea hasta que tú decidas. Por un hombre como él, anda, que me lo iba a pensar dos veces. Querida, mimada, viajes y todos los caprichos a tu alcance ¡hasta un avión, wau! una lotería, y tú, enclaustrada en casa esperando a tu maridito semana tras semana. Me pongo enferma.
  – ¿Pero qué dices? ¿Es qué crees que eso representa para mí alguna motivación? ¿Cómo puedes pensar que cuatro joyas o un crucero a las antípodas valen una separación rompiendo la unidad de una familia? No me conoces nada, Andrea. Un desprecio, un insulto, o un bofetón, no me ofrecerían duda alguna ¿pero por dinero o lujos? ¡Si daría media vida por que no hubiera sucedido!
  –No te desquicies muñeca, que no es eso. Ya sé que ahora tampoco te falta nada. Pero mira la mujer de vuestro amigo Paco, no tuvo escrúpulo ninguno en decirle hasta aquí hemos llegado y le plantó sin más por no ponerle los cuernos. Hoy la sociedad afortunadamente ha cambiado mucho en estos casos. Las parejas se separan antes que soportar cualquiera de los cónyuges un matrimonio infeliz ¿No te das cuenta? 
  –No. No me vale el ejemplo. En primer lugar, porque no hay hijos de por medio y además, tienen entre quince y veinte años menos y eso hay que considerarlo, no es mi situación. ¿Que la sociedad ha cambiado? Claro, y me alegro, pero también te digo que no siempre se asume el matrimonio con la misma responsabilidad de antes. En fin, Andrea, déjalo, cada uno es cada cual. Esto es largo y nos empecinaríamos en argumentos y refutaciones sin conseguir acuerdo.
  –Que estás anticuada querida, te habrías de dar cuenta que la vida es solo tuya y no tendrás otra. No te excuses con los hijos, que ya son mayorcitos y el biberón lo toman por su cuenta. Pero, eso sí, hay que ser fiel al marido, que semanas y semanas viajando por todas partes durante tantos años, ahí lo tienes, de célibe cuando se va. ¡Joder, tía, despierta ya!
  –Andrea, por favor, te estás pasando, pero me haces bien porque cuanto más te escucho más me afianzo en renunciar a esta relación que no me reportará más que sufrimiento.
  –Bueno, chica, tú misma. Ve a confesarte, a lo mejor te curas. Acabó diciendo al tiempo que reía a carcajadas»
   Laura dio otra vuelta en la cama y al pensamiento de no ver más a Javier, abrazó con mayor fuerza la almohada y prorrumpió en sollozos.

_____._____
avatar
Carlos Serra Ramos
MIEMBRO HONORARIO
MIEMBRO HONORARIO

Fecha de inscripción : 11/09/2016

Volver arriba Ir abajo

Volver arriba


 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.